El silencio, por Clarice Lispector

Es tan vasta la noche en la montaña.Tan despoblada. La noche española tiene el perfume y el eco sordo del zapateo de baile, la italiana tiene el mar cálido aunque esté ausente. Pero la noche de Berna tiene el silencio.

En vano intenta leer para no oírlo, pensar rápido para ocultarlo, inventar un programa, frágil puente que apenas nos liga súbitamente al improbable día de mañana. Como sobrepasar esa paz que nos acecha. Montañas tan altas que la desesperación siente pudor. Los oídos se agudizan, la cabeza se inclina, todo el cuerpo escucha: ningún rumor. Ningún gallo posible. ¿Cómo estar al alcance de esa profunda meditación de silencio? De ese silencio sin recuerdo de palabras. Si eres muerte, ¿cómo bendecirte?

Es un silencio, Ulises, que no duerme: es insomne: inmóvil pero insomne y sin fantasmas. Es terrible -sin ningún fantasma. Inútil querer poblarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y “diga” algo. Es vacío sin promesa. ¿Cómo yo, Ulises? Si al menos hubiese viento. Viento es ira, ira es la vida. Pero en las noches que pasé en Berna no había viento y cada hoja estaba incrustada en la rama de los árboles inmóviles. O si fuese la época cuando cae nieve. Que es muda pero deja rastro -todo se emblanquece, los chicos ríen jugando con los copos, los pasos crujen y marcan Durante el día eso es tan intenso que la noche aún permanece poblada. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja pruebas. No se puede hablar de noche secreta del mundo. Y no se puede hablar del silencio como se habla de nieve: ¿sentiste el silencio de esas noches? Quién oyó no lo dice. Hay una masonería del silencio que consiste en no hablar de él y de adornarlo sin palabras.

La noche, Ulises, desciende con sus pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los chicos de Berna adormecen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en losas y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces de las casas. Sólo uno que otro poste iluminando para iluminar el silencio.

Pero este primer silencio, Ulises, todavía no es el silencio. Que se espere, pues las hojas de los árboles aún se arreglarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.

Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se yergue el espíritu atento, y de la Tierra y de la Luna. Entonces él, el silencio, aparece. Y el corazón late al reconocerlo: pues él está dentro nuestro.

Se puede pensar rápido en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perderán. Pero es inútil eludirlo: está el silencio. Aún el peor sufrimiento, el de la amistad perdida, es simplemente fuga. Ya que si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -como arde, Ulises, por ser llamada y responder-; temprano se descubre que no te exige nada, tal vez sólo tu silencio. Pero los de la masonería saben de esto. Cuántas horas perdí en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga -como esperé en vano ser juzgada por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forjadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano finalmente mostrar su indignidad. Tan suave es para el ser humano finalmente mostrar su indignidad y ser perdonado con al justificación de que se es un ser humano humillado de nacimiento.

Hasta que se descubre, Ulises -no quiere tu indignidad. Él es el Silencio. ¿Él es Dios?

Se puede intentar engañarlo también. Se deja que el libro de la mesa de luz se caiga al suelo como por casualidad. Pero -horror- el libro cae dentro del silencio y se pierde en su muda e inmóvil vorágine. ¿Y si un pájaro enloquecido cantase? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría el silencio como una leve flauta. Lo que más se parecía, en el dominio del sonido, con el silencio, era una flauta.

Entonces, si hay coraje, no se lucha más. Se entra en él, ¿se va en él al Infierno? Se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que se entre. Que no se espere el resto de la oscuridad dentro suyo, solamente él. Es como si estuviésemos en un navío tan descomunalmente enorme que ignorásemos estar en un navío. Y si este navegase tan eternamente que ignorásemos estar yendo. Más que es o un hombre no puede. Vivir al borde de la muerte y de las estrellas es vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay ni siquiera un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso  El corazón tiene que presentarse delante de la Nada solo y solo latir siente en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta todo desnudo, ni siquiera es comunicación, es sumisión. Porque no fuimos hechos sino para el pequeño silencio, no para el silencio astral.

Si no hay coraje, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad delante del silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se esparce dentro nuestro. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio sino el auxilio bendito de un tercer elemento: la luz de la aurora.

Después nunca más se olvida, Ulises. Inútil incluso huir hacia otra ciudad. Pues cuando menos se espera se lo puede reconocer -de repente. Al cruzar la calle en el medio del as bocinas de autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de decir una palabra. A veces el propio corazón de la palabra se reconoce en el Silencio. Los oídos se asombran, la mirada se aclara -helo ahí. Y esta vez él es fantasma.

Fragmento de Aprendizaje o Libro de los placeres, de Clarice Lispector.

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