[CUENTOS] “Temporada baja” por Ramiro Sanchiz

Seguimos con la sección CUENTOS. En esta oportunidad “Temporada Baja”, un relato escrito por el escritor uruguayo Ramiro Sanchiz. Pensábamos dividirlo en dos partes, pero no se puede. Es algo extenso para web, pero vale la pena:

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Adalinda apareció en el hostel un jueves al fin de la tarde. Atravesó la puerta despacio y miró la sala vacía (era una mala semana, en temporada baja). Noté que se detenía en la cartelera con las fotos de los huéspedes y también en la de los tours. Entonces me miró, sonrió y se acercó al mostrador.

Yo estaba corrigiendo un capítulo de Ficción para un imperio, la novela que había comenzado a escribir poco después de la partida de Jon y Rex; mi turno había comenzado a las 19 y, como todavía estábamos en horario de verano, Adalinda entró al hostel con las últimas reverberaciones de la puesta de sol que, si se tratara ahora de escribir un relato más pintoresco, diría que se las desprendió de la ropa como si se tratara de apartar cualquier brillo de su vida o su alma, de cualquier cosa que pudiese servir para recordarla, ahora que se me ha desdibujado su rostro y el timbre de su voz. Llevaba además una mochila pequeña y se notaba que por debajo de la camperita otoñal y la musculosa de Black holes and revelations (eso sí lo recuerdo: todavía la conservo) llevaba un traje de baño. Me pidió una cama en una habitación compartida; le dije que era su día de suerte: no había nadie más que yo en el hostel, así que por el precio de la cama tendría una habitación completa. Sonrió y me preguntó de dónde era. Uruguay, le respondí. No tenés acento uruguayo, dijo, con acento español. Me dio su pasaporte y su tarjeta de crédito. Era alemana. No tenés acento alemán, le dije. Viví mucho tiempo en Madrid, respondió.

Le ofrecí cargarle la mochila hasta la habitación, que estaba en el piso de arriba. No será necesario, dijo, sin dejar de sonreír. Algo en su mirada me hizo pensar que esa noche iba a cogérmela, y después resultó que tenía razón, pero no sería antes de escuchar su historia o, mejor dicho, el papel con el que forraba la caja vacía que era su historia. Bajó a la hora y media con el pelo mojado y cara de haber dormido una siesta. Tenía un libro bajo el brazo, como si planeara ponerse a leer en alguno de los sillones de la sala. Me preguntó qué lugares para comer había cerca (eso dijo: lugares para comer) y le contesté que si quería podíamos pedir una pizza y compartirla; asintió, así que llamé al bar de la costanera y pedí una grande con muzzarella, jamón y aceitunas. En la heladera tenía cerveza y agua mineral; saqué una Schneider rubia y dos jarras refrigeradas. La casa invita, le dije, y nos sentamos en los sillones de la salita. Empezó su historia después del primer sorbo.

Se dedicaba a seguir bandas de rock; elegía una gira mundial y la seguía casi siempre concierto por concierto y país por país, aunque ahora había decidido hacer una pausa. Dormía en hostels baratos, a veces en trenes o autobuses, a veces en terminales, para ahorrar un poco. El 18 de marzo había visto el show en el estadio de River Plate en Buenos Aires junto a un chico británico que hacía más o menos lo mismo que ella y que había sido su compañero y amante desde las fechas en Australia, en febrero. Después viajaron por Argentina y Uruguay; el plan original había sido saltearse los conciertos de Brasil (23 y 24 de marzo) y retomar la gira en Zurich, el 11 de abril, pero eso no fue lo que sucedió. Evité preguntarle qué la había hecho cambiar de idea, pero quedó claro que no le importó que el inglés optara por seguir adelante solo. Ella prefirió seguir vagando por ambas costas del Río de la Plata, dijo, hasta que un breve párrafo en una de sus tantas Guías Lonely Planet la convenció de conocer Punta de Piedra. Le comenté que siempre había sido un gran fan de Pink Floyd y que me hubiese encantado presenciar la versión del disco completo que estaba ejecutando el antiguo bajista y letrista de la banda. ¿Y por qué no fuiste?, preguntó. Dinero, le respondí, y otras cosas que no vienen al caso. Asintió, supongo que aceptando el hecho de que si ella tenía sus misterios yo también tenía derecho a sugerirlos.

Pasamos un buen rato hablando de Pink Floyd y de Waters solista. La versión del Dark Side que aparecía en P.U.L.S.E. nos parecía odiosa a ambos, y me aseguró que Waters la había superado ampliamente, incluso teniendo en cuenta que se extrañaba la voz de Gilmour. Había mirado en Internet el calendario de la gira y se proponía retomarla en Florida, el 18 de mayo. Eso significa que me perderé una buena parte de los conciertos en Europa, dijo, aunque está previsto que los últimos sean en España, Países Bajos, Dinamarca, Inglaterra y Rusia. Quién sabe, le dije, quizá hasta te pueda acompañar. Se encogió de hombros y me preguntó cuánto llevaba trabajando en el hostel. Desde marzo, respondí, y empecé a contarle una versión a escala de los últimos años de mi vida: había publicado dos libros a fines de los años noventa, luego padecido un bloqueo de escritor que me llevó a probar suerte en la música. ¿Y qué instrumento tocas?, preguntó. Guitarra, algo de piano y bajo, respondí, aunque mayoritariamente guitarra. Me uní a una banda de rock gótico al estilo de la década de 1980 y luego a otra de space rock, una mezcla de Pink Floyd con Tool y David Bowie. Levantó las cejas. Eso suena interesante, dijo, ¿dónde puedo escucharlos? Fui hasta el escritorio de la recepción e hice sonar desde la computadora los MP3 de Andromeda revisited, el EP que terminó por ser lo último que grabé con los Glitter. Adalinda escuchó con atención mientras bebía su cerveza y yo atendía al chico del delivery, que se había demorado lo suyo, como siempre. Abrí la caja humeante y dispuse la pizza sobre una bandeja. Tenía uno de esos cortadores de ruedita dentada, que saqué de la caja que apoyábamos sobre la heladera con las bebidas. Y llevé otra cerveza.

–Está bien –sentenció–; tiene mucho de glam rock, ¿verdad?

–Al principio era lo que queríamos hacer, pero luego descubrimos que no teníamos un cantante lo suficientemente gay como para hacer un glam rock creíble. Entonces empezamos a fusionarlo con más cosas… mucho rock progresivo, especialmente.

–Pero aquí canta una chica…

–Sí; Perséfone. La incorporamos a fines de 2005, después estuvimos mucho tiempo grabando y ensayando… ahí fue que salió este EP, Andromeda revisited, y… bueno, como por julio pensamos que ya estaba todo listo para empezar a tocar. Ahí nos empezó a ir bien, y surgió la chance de hacer una gira por la costa… pero bueno, cómo te lo explico…

Hice una pausa.

–Si no quieres contármelo está bien, yo…

Tomé un trago de cerveza.

–Perséfone en realidad se llamaba Valeria. La conocí en un concierto de la banda en la que ella cantaba, una banda de metal sinfónico. Le di clases de latín y epistemología y nos hicimos muy amigos…

–¿Sólo amigos?

–En cierto sentido sí, en cierto sentido no. Pero sí, llegamos a estar muy cerca. Hasta que empezó a tocar con nosotros y todo cambió. Nos fuimos distanciando. Ella tenía sus problemas, también, y yo no estuve ahí para… bueno, para servirle de apoyo. En realidad lo único que hice fue causarle más preocupaciones… llegué a hacerle la vida imposible, supongo, como si la hubiese raptado de su vida en Montevideo para llevármela en esta gira. Fue así, más o menos. A lo último casi no nos hablábamos, y ella… ella tenía una novia, que también era otra fuente constante de problemas. Tocamos acá, en Punta de Piedra, y esa noche tuvo un accidente. O se quiso matar. Se metió en el mar en plena tormenta, yo casi me muero tratando de salvarla… pero no pude. El miércoles que viene van a ser tres meses de que murió. Y yo me quedé, viví unos días con ahorros, conseguí trabajo y techo acá…

–¿Se mató por vos?

–No, supongo que no; sería una idiotez, matarse por alguien… además yo ya no era nadie. Para ella. A lo mejor se mató porque estaba sola.

–Lo siento mucho por tu amiga… Y por ti…

–Está bien. Te agradezco. Las cosas pasan porque pasan.

Guardamos silencio un rato mientras comíamos la pizza.

–¿Y nunca más has vuelto a escribir?

–Me cuesta mucho entender por qué dejé de hacerlo en su momento… pero fueron… a ver… 2002, 2003, 2004… cinco años sin escribir. Estábamos entrando acá, a Punta de Piedra, cuando se me ocurrió un cuento. En realidad no fue que se me ocurriera… ideas se me ocurrieron siempre, cosas… no sé… siempre leí mucha ciencia ficción y fantasía, y eso te va como preparando para que te bases mucho en ideas, cosas como ¿qué tal si los aliados perdían la segunda guerra mundial? o ¿qué pasaría si aparece un alienígena muerto varado en la playa?… pero ahora, en Punta de Piedra, fue diferente, fue… sentirlo. El cuento estaba ahí. No era tanto una idea, era una sensación que pude experimentar, de principio a fin, simultáneamente, y si enfocaba… imagínate que tenés una cámara con un buen zoom o unos binoculares y estás viendo algo un poco remoto y fuera de foco, pero si te esforzás en mover la ruedita que acciona los lentes de repente enfocás. Fue algo así. Si me esforzaba podía enfocar, ver con más precisión, hasta el punto que percibía las palabras exactas, una por una, el comienzo, el medio, el final… así que lo único que tuve que hacer fue sentarme y escribir.

–¿Y qué escribiste?

–Un cuento, muy corto. Y después se mató Valeria y decidí quedarme acá, en Punta de Piedra. Escribí otro cuento, también un cuento cortito, ni una página, pero para mí… Bueno, una noche estaba caminando por la playa, solo… no sé si llegaste a ver cómo es la costa más hacia el este, pasando el farallón… hay rocas y poca arena, tenés que caminar con cuidado. Y yo estaba caminando por ahí y de repente se me ocurrió parar y descansar. No de la caminata, me acuerdo que pensé… descansar… supongo que vos me entendés. Parar. Relajarme, pero no sólo como cuando uno relaja los músculos, también relajar la mente, no sé, el espíritu… como cuando uno tiene la espalda flexionada y la va soltando sobre un colchón, sobre una superficie, hasta que sentís que cada centímetro cuadrado de piel de tu espalda toca el piso o la cama o lo que sea. Bueno, hacer eso pero con la mente, con la parte de la mente que percibe el tiempo, ¿entendés? Relajarme sobre el presente. Yo toda la vida tuve cierta sensación del momento… no tengo otra manera de describirlo que no sea esa… la sensación del momento: algo, un sentimiento, una sensación, que de alguna manera es como un símbolo o un signo del momento que estoy viviendo. Por ejemplo, si pienso en el 2004, cuando empecé con la banda, me imagino una tarde de invierno caminando hacia donde ensayábamos. Sé que con estas palabras no transmito nada, pero para mí en esa imagen está ese momento, está cómo me sentía, está quien era yo ahí… Y siempre quise ser capaz de sentir el presente. No en retrospectiva, no en recuerdos: sentir el presente, lo que está pasando mientras está pasando. Así que entre las rocas me relajé, respiré profundo y me puse a mirar el mar. Viste que Punta de Piedra es un lugar bastante oscuro, ¿no? Tenés la luz de la rambla, nada más, y pasando las rocas ni siquiera eso. Entonces estaba ahí, viendo la oscuridad misma, y eso como que te descansa la visión, me parece… el mar, las estrellas, el reflejo de la luna sobre las olas. Todas esas cosas elementales. Y empecé a recordar… yo de chico le tenía miedo al mar por la noche, le tenía miedo a una cosa que se hace acá en Uruguay, no sé si en España o en Alemania también lo tienen, acá se llama “pescar a la encandilada”, y es ir de noche a la playa con redes y una cosa que se llama calderín, que es como una red para cazar mariposas pero… bueno, es diferente. Vos atraés y atontás a los peces con las luces de los faroles, tirás la carnada al agua para que vengan, y ahí los pescás con el calderín o con el mediomundo, que es como una red redonda y bastante grande. O podés también usar las cañas, o todo a la vez. A mi padre y mi abuelo les encantaba pescar en la encandilada, siempre querían que los acompañara, no sé, como si fuera parte de hacerse hombre o algo así, pero a mí no me gustaba, me daba un poco de miedo el agua del mar de noche, me daba incluso asco, repulsión, no sé por qué. Y además siempre me aburrió pescar, así que muy pocas veces los acompañé. Después, más de grande, empecé a arrepentirme de no haberlo hecho más veces, y cada vez que podía bajaba al mar, me fumaba un porro, llevaba la guitarra, un cuaderno y una lapicera… generalmente escribía poesía, o cualquier cosa que se me ocurriese. Dejé de hacerlo con el bloqueo y ahora, como te podrás imaginar, todo eso volvió. Estaba sentado entre las rocas, entonces, como dejándome llevar por la oscuridad, los recuerdos, el mar… en fin… Todo, sentí, era lo mismo; la banda, Perséfone, los cuentos que empezaba a escribir, los cuentos que había escrito cuando podía terminar uno por día o día  y medio… y no había nada diferente en mi vida; estaba en la cima de una torre, altísima, en el frío y el viento, en el aire más tenue, rodeado de nubes pálidas, sin sustancia. Mi vida se había diluido, había llegado a un máximo de insustancialidad, un fondo del que, sentí, empezaba a levantarme. Pero necesitaba algo nuevo, algo que perseguir… Y ahí se me ocurrió algo. Toda mi vida, pensé, me habían pasado cosas que yo había elegido: que yo había pensado para mí. Todo el mundo, todo lo que me rodeaba, era yo: eran mis cosas, mis ideas, mis miedos, todo. Y en cierto modo estaba atrapado, ¿no? Porque la única salida era percibir el mundo como lo percibiría otro. Todo estaba adentro, por lo tanto, si quería algo nuevo en mi vida… creo que hay algo de eso en Marcel Proust, ahora no me acuerdo de la cita, pero estaba esa idea: lo nuevo, lo diferente, lo otro evidentemente no implicaba conocer desde mi mente cosas nuevas, descubrir cosas hasta entonces jamás vistas que pudiese anexar a mí, a mi imperio, digamos; al contrario: tenía que romper las barreras y salir de mí mismo para ver el mundo con otros ojos… tus ojos, por ejemplo. Sólo así vería cosas nuevas… Pero el tema era cómo hacerlo. Entonces me acordé de una cosa que me pasó entre el 2000 y el 2001, no mucho antes de dejar de escribir… Me pasó que leyendo a Mallarmé, es un poeta francés, capaz que lo conocés –negó con la cabeza–, bueno, no importa, es un poeta, para mí el mejor poeta, el poeta más genial de la historia de la poesía… pero no importa eso, el tema es que yo me había obsesionado con Mallarmé, quería escribir como Mallarmé, traducir a Mallarmé, escribir una novela sobre Mallarmé… y entendí que la única manera en que me podía sacar esa obsesión era justamente ser autoindulgente al máximo: no poner ninguna resistencia, pensar Mallarmé, escribir Mallarmé, todo lo que surgiera, sin bloquearlo, sin hacer ningún esfuerzo. Sólo así Mallarmé se iba a ir… solo.

–¿Y se fue?

–Esperá que voy a buscar más cerveza.

Se habían terminado las Schneider pero quedaban todavía unas cuentas Pilsen y un par de marcas brasileras que no me gustaban. Le llené la jarra a Adalinda y luego llené la mía; sobre la mesa había tres pedazos de pizza, ya  fríos. Tomé uno, mordí hasta la mitad y seguí.

–Se fue, y se fue también mi poesía. Ahí deje de escribir poemas. Dejé de sentirme un poeta. Y poco después, en el 2002, también dejé de escribir. Pero no fue sólo por Mallarmé… hubo otras cosas, no importa. Lo que sí importa es que ese procedimiento me pareció el único que podía servirme en el momento en que me encuentro ahora… porque bastaba con entender que yo no puedo salir de mí mismo porque de alguna manera estoy tan obsesionado conmigo mismo, con mi idea de quién soy, de mi “yo”, de mi personalidad y todo lo que de alguna manera me representaba o me representa, y, por lo tanto, la única manera de salir adelante es ser autoindulgente, pensar Federico, escribir Federico, agotar todo lo que fuese Federico. Y eso implica escribir sobre mí, hablar de mí… bueno, esto que estoy haciendo ahora, ¿no?

Asintió.

–Creo que te entiendo. ¿Y eso te llevo a escribir tu vida, tu historia?

–Esperá, hay más. Hasta ahí la idea me parecía que, a lo sumo, podía generar eso que vos dijiste, mi historia, mi autobiografía, si se quiere, disfrazada de ficción en todo caso, novelas à clef, lo que sea; pero entonces pensé que había una especie de intermedio entre yo y esas otras infinitas posibilidades de los demás, de los mundos de los demás… y eran las diferentes variantes de mi yo, ¿entendés? Imaginate que vos no descansabas de la gira y seguías adelante… ¿cuál era el concierto siguiente al de Buenos Aires?

–23 de marzo, Rio de Janeiro…

–Bueno, vos podrías haber viajado a Brasil y por lo tanto no habrías aparecido hoy acá y yo seguiría solo, y no te estaría contando esto, y no sabremos qué podría pasar, tanto pasarme a mí como pasarte a vos… con qué te habrías encontrado en Brasil o si hubieses seguido adelante en el tour. Ahora tendrías otros recuerdos, serías otra persona. Imaginate si el cambio hubiese sido, no sé, hace diez años. Si cuando empezaste a seguir bandas, por ejemplo, hubieses cambiado de idea y buscado algo que hacer en Madrid o Alemania o… En fin. Serías otra persona, una persona diferente. Ahí se me ocurrió entonces que todas mis versiones alternativas son personas diferentes, aunque también son yo… soy yo… ¿verdad? Quizá no hay en rigor nada que nos una más allá de recuerdos compartidos… recuerdos a los que se puede tener acceso y recuerdos a los que no, cosas que quedaron olvidadas o sepultadas. Pensar que todos seguimos siendo yo a lo mejor es apelar a algo como el “alma” o el “espíritu”, y no tenemos por qué pensar que eso existe. O, en todo caso, quizá podamos averiguarlo. Y ahí se me ocurrió escribir no sólo sobre mí sino sobre lo que harían otros yo… y sobre lo que otros yo escribieron. Imaginar, por ejemplo, un yo que ha escrito una larga novela de fantasía épica, una especie de  Majipur o Canción de hielo y fuego o El señor de los anillos… y luego pensar en otro yo que en realidad vivió esos acontecimientos en un mundo fantástico, u otro que, por el contrario, está aislado en una habitación o en un callejón entre la basura, un linyera de barba larga y enmarañada, y lo único que hace es imaginar, ya sin saber que imagina, ya confundiendo con la realidad, y en esa imaginación se le mezclan los recuerdos y ya no sabe qué le sucedió y qué no, y ahí aparecen todos los personajes de su vida… O, ¿por qué no?, un yo prisionero en una burbuja de realidad, un universo paralelo para él solo, como si viviera bajo un domo entre simulacros de todas las personas que conoció en su vida, y todos los libros y los discos… Todas esas variantes me interesan, y también interconectarlas, hacer que se encuentren… contar esas historias… todas ellas.

–Para lo cual, evidentemente, jamás tendrás tiempo, porque todas esas historias son si no infinitas al menos sí numerosísimas…

–Exacto, pero uno de mis otros yos es inmortal, acordate que se trata de pensar en todas las posibilidades, y él sí terminó el proyecto. Como lo puedo pensar, puedo escribir sobre él, y en cierto modo, a través de él, las historias están completas…

–De un modo muy extraño están completas –dijo, terminando su vaso.

–¿Querés más cerveza?

–Me parece un abuso… seguir asumiendo que la casa invita… La próxima la pago yo.

–Como vos quieras.

Me levanté y traje otra Pilsen, pero esta vez me senté a su lado. Ciertas mujeres ceden ante la megalomanía, y Adalinda, como descubriría en un rato, era una de ellas.

Por el resto de la semana estuvimos solos en el hostel. Yo cumplía mi horario conversando en la sala o escribiendo mientras ella leía o dormía en su habitación. Nadie llegó por unos cuantos días, así que apenas mi compañero del turno de la tarde se iba Adalinda y yo teníamos el hostel para nosotros. En mi día libre, que esa semana tocó un viernes, tomé prestado el auto de mi jefa y manejamos hasta Punta del Este, que en temporada baja se convertía en un pueblo fantasma de alta tecnología, edificio vacío tras edificio vacío a lo largo de quilómetros de costanera, apenas iluminado el nivel del lobby y algún piso cuyos habitantes habían resuelto pasar un fin de semana en la soledad otoñal de la península y sus alrededores. A mí me gustaba manejar por las callecitas de la Barra y pasear la mirada por las vidrieras vacías de las galerías de arte, de los bares que anunciaban músicos de jazz, de las tiendas de ropa y perfumes de marcas carísimas para encontrar después de un rato de búsqueda el rincón iluminado en el que los serenos de todas aquellos establecimientos se encontraban para pasar las noches en compañía, beduinos que se reunían en los contados oasis de luz de aquel desierto en tinieblas. Era como recorrer un pedazo del primer mundo adosado al territorio uruguayo y vaciado de sus habitantes veraniegos, que, cuando los evocaba en el pensamiento, me parecían mucho menos reales que las calles oscuras y drenadas o que los edificios vacíos pero mantenidos cuidadosamente por su personal permanente, esa gente pobre y trabajadora de Maldonado y los alrededores. Se los veía pasando las horas, manteniendo las piscinas a la temperatura adecuada, los jacuzzis en funcionamiento, las salas de videojuegos, las mesas de pool, los gimnasios, aguardando la visita eventual de alguno de los propietarios. Y cuando llegaban, un viernes a las ocho de la noche por ejemplo, no hacían sino pasar por allí como un aire insustancial, un viento leve que agitaba un poco la realidad de aquellos gimnasios, salas de juegos y departamentos. La gente del verano eran fantasmas, entonces, hologramas que brillaban en verano por aquellas calles que sólo ahora, en temporada baja, mostraban su rostro verdadero.

A mí la temporada baja me había traído a Adalinda, como si ella fuera un viejo juguete perdido en la playa años atrás y que viene ahora a ser descubierto una tarde por la bajante; una muñeca, quizá, una figura de acción de un superhéroe o un robot, desdibujado por el salitre del agua y todavía enredado en su bufanda de algas. Los recuerdos y la vieja angustia de haberlo perdido deberían estar allí, entre sus formas y sus colores gastados, pero no aparecen. Algo se los ha llevado para siempre.

Después de coger yo solía contarle qué estaba escribiendo o qué planeaba escribir. Siempre me pedía que me explayara más con los argumentos de corte fantástico, en los que había incorporado a la ciudad de Ventomedio, el destino que intentaba alcanzar un narrador en primera persona que era presentado con mi nombre y apellido, como si fuese una suerte de alter ego fantástico, una autoficción imposible.

Ventomedio, de hecho, pertenecía a un antiquísimo imperio que, se decía, ocupaba el universo entero, un mundo perfectamente plano que se extendía infinitamente hacia el norte, el este, el sur y el oeste. Los fundadores del imperio, milenios atrás, habían codificado todas las cosas del mundo y asignado los nombres, los valores y sus lugares en el orden; sin embargo, algunos sabían que el imperio no agotaba lo real: de hecho, en los lugares en que su autoridad mermaba la realidad se volvía más borrosa, más difusa, y los mundos se interpenetraban y confundían. Eran las Márgenes, como la llamaban los habitantes de las zonas fronterizas, entre ellas aquella cuya capital era Ventomedio, y de allí venían todas las amenazas al poder imperial.

En algunos capítulos de esa novela se aludía a la Flor, una criatura incomprensible, tanto planta como animal, tanto viviente como inanimada, tanto natural como artificial, que desafiaba todas las categorías del orden impuesto por el imperio; esa Flor (que en otros mundos era comprendida como una criatura alienígena) engendraba todo tipo de criaturas que invadían las ciudades. En el pasado distante había existido una hermandad entregada a la tarea de servir a la Flor y abolir para siempre al Imperio, pero con el paso de los siglos esa hermandad fue destruida casi por completo, hasta que sólo quedaron unos cuantos agentes errantes que habían perdido por completo acceso los unos a los otros y que, además, vieron terriblemente mermadas sus facultades y conocimientos. Por alguna parte de la novela, entonces, debía hablarse del último de los agentes, que había arribado a Ventomedio con una de las esporas o semillas de la Flor. Si lograba recordar correctamente la sabiduría que su hermandad había intentado preservar desde los tiempos más remotos sería posible que la semilla germinara en un vástago de la flor, que, desde Ventomedio, pudiera a su vez engendrar más criaturas que llegarían a significar un duro golpe contra el imperio. En algunas líneas temporales el agente triunfaba en su propósito y aparecía en Ventomedio una nueva forma de la Flor: años después por toda la ciudad se hablaba de las esporas, una poderosa droga alucinógena que, poco a poco, uso tras uso, iba logrando que quienes la consumieran se perdieran en un mundo ajeno a la realidad cotidiana del imperio. En las versiones de esta historia más en la órbita de la ciencia ficción, de hecho, se especulaba con la posibilidad de que las esporas formasen parte de una invasión extraterrestre: ciertos alienígenas pretendían modificar las mentes de los humanos hasta volverlos indistinguibles de ellos mismos, y para lograrlo propagaban las esporas, que portaban sustancias capaces de alterar las mentes de los humanos que las consumieran gradualmente. El efecto era una incursión al mundo alienígena o, mejor, a la realidad como era percibida por los extraterrestres. En el contexto de Ventomedio y el Imperio, sin embargo, la resistencia entendía a las esporas como un arma de liberación; no faltaba quien, por otro lado, las considerara el arma última del imperio y, por lo tanto, el mayor sistema de control.

La variación favorita de Adelinda construía una Ventomedio enteramente simulada, un gran sistema de realidad virtual rodeado por un mundo devastado en la guerra del imperio (o su equivalente en ese contexto) contra los alienígenas. Estaba segura de que yo me había inspirado en Punta del Este y sus calles desiertas, y nunca se lo negué.

Me resultaba bastante difícil, a la vez, llevarla a que me contara algo más de su vida. Sólo sabía que había empezado a seguir giras de rock cuatro años atrás, que tenía 28 años, que sus hermanos manejaban la fortuna familiar y le permitían sacar todo el dinero que precisara de una cuenta bancaria, y que no tenía por el momento más planes para su vida que seguir en su mundo de las grandes giras. Era el universo paralelo del rock: una vida de estadios, carreteras y hostels, como si el mundo fuese nada más que un gran parque temático, una suerte de Salón de la Fama del Rock and Roll extendido hasta el último rincón de la realidad. Quizá por eso le gustaba el desierto aristocrático y tecnológico de Punta del Este: tanto aquellas calles vacías como su mundo de grandes tours y festivales no dejaban de recordarle que era una turista, alguien que estaba de paso y que había accedido a algo maravilloso y a la vez efímero.

Lo cual, supongo, era igual de válido para la vida que yo llevaba, bajo el domo de mi escritura obsesiva y mis recuerdos. En cierto modo al menos, y es posible que ella haya visto eso en mí, que lo haya entrevisto en mis historias de Perséfone y Space Glitter, de la historia de la ciencia ficción uruguaya y mis viejas pesadillas de la infancia… y que por eso, precisamente por eso, se sintió atraída por mí, al menos lo suficiente como para quedarse más allá de sus planes de regresar al circuito del rock mundial. Pasamos todo mayo en la misma rutina, mientras el hostel recibía a una pareja de veteranos porteños o a algún montevideano o montevideana que quería pasar un fin de semana de otoño ante el Atlántico. Caminábamos por la costanera y bajábamos al mar, en mis pocas noches libres, entre las rocas; ¿sentís el momento? ¿pudiste sentir el presente?, me preguntaba, y yo siempre le mentía que sí.

Pero si le preguntaba si acaso ella también lo había sentido en el corazón de un concierto siempre permanecía en silencio. Son todos los días las mismas canciones, dijo, hasta que cambio de gira. Y después se ven los pequeños cambios, agregó, como en el mundo. Entonces la imaginé en el centro de una explosión a cámara lenta, sólo que no era una explosión sino el pogo al borde del escenario, el vórtice de gente a su alrededor y ella quietísima, serena, como si esperara entre las notas de cualquier canción que de repente estallara un nuevo universo. Para de inmediato apartarse de él. O para huir al fin del mundo, a Punta de Piedra, a una habitación de hostel.

Una tarde sacó de su mochila un par de cuadernos de tapa dura, abrió uno de ellos y empezó a contarme que su primera gira fue el Riot Act Tour de Pearl Jam; había viajado desde Frankfurt hasta Brisbane, Australia, para ver el show del 8 de febrero de 2004; salteó Sydney y Adelaide y asistió al concierto del 19, en Melbourne. Después viajo a Tokyo, donde disfrutó a la que era entonces su banda favorita en Tokyo, el 3 de marzo. Pasó casi un mes en Japón y partió hacia Estados Unidos el 29, para asistir a los conciertos de Denver (1 de abril), New Orleans (8 de abril), Tampa (13 de abril), Atlanta (19 de abril), Cleveland (25 de abril), Albany (29 de abril) y Buffalo (2 de mayo). Pasó el resto del mes recorriendo el estado de New York y también Pennsylvania, New Jersey, Connecticut, Massachusets, Vermont, New Hampshire y Maine; para el 29 de mayo ya estaba en la costa oeste, en Vancouver, Canadá, donde, al día siguiente, escuchó una vez más a la banda; siguió Mountain View (1 de junio), San Diego (5 de junio), Dallas (9 de junio), Fargo (15 de junio), Chicago (18 de junio), Columbus (24 de junio), Clarkston (26 de junio) y, de nuevo en Canadá, Toronto (28 de junio) y Montreal (29 de junio), donde descansó hasta el 7 de julio, cuando viajó a New York para el concierto del día siguiente, y después Mansfield (11 de julio), Hershey (12 de julio), Holmdel (14 de julio) y el final de la gira en Mexico DF, donde repitió fechas en el Palacio de los Deportes  el 18 y el 19 de julio. Pasó unos días en la casa de su hermano mayor en Frankfurt y empezó a seguir la gira Lick Tour de los Rolling Stones: el 24 de julio los vio en Hamburgo, el 27 en Praga, el 8 de agosto en Hanover, el 15 en Rotterdam, el 19 en Amsterdam, el 29 en Londres, el 1 de septiembre en Glasgow, el 5 en Manchester y el 11 en Dublin. Viajó entonces a Madrid, donde pasó una semana con su hermana mayor, y partió después hacia Benidorm, donde vio a los Stones el 25 de septiembre, para seguir hacia Coimbra (27 de septiembre) y Zaragoza (29 de septiembre); allí decidió no viajar a Hong Kong, donde estaba planeado el final de la gira, y sumarse a la gira A reality tour, de David Bowie, a la que intersectó de nuevo en Estados Unidos, el 6 de diciembre en Fairfax, Virginia; siguieron Boston (9 de diciembre), Filadelfia (10 de diciembre) y Uncasville (16 de diciembre), para después viajar a Bahamas y asistir al concierto del 20 de diciembre en Nassau, donde permaneció hasta el 5 de enero de 2004, cuando partió a Estados Unidos para poder ver a Bowie el día 7 en Cleveland y después en Auburn Hills (9 de enero), Minneapolis (11 enero) y Chicago (16 enero). Cruzó la frontera con Canadá y llegó a Calgary el 21 de enero; siguió hacia Vancouver (24 de enero) y regresó a Estados Unidos: Seattle (25 de enero), San José (27 de enero), Las Vegas (30 de enero), Los Ángeles (3 de febrero) y Phoenix (5 de febrero), para regresar a Los Ángeles y tomar desde LAX un avión hacia Canberra y desde allí hasta Wellington, Nueva Zelanda, donde asistió al concierto del 14 de febrero; de regreso en Australia pasó por Brisbane (17 de febrero), Sydney (21 de febrero), Adelaide (23 de febrero), Melbourne (26 de febrero) y Perth (1 de febrero); tras saltearse Singapur se encontró en Tokyo (9 de marzo) y después Osaka (11 de marzo), para saltar hacia Hong Kong y el concierto del 14 de marzo en Wan Chai; de regreso en Estados Unidos asistió a los shows del 29 de marzo en Filadelfia y del 30 de marzo en Boston; atravesó entonces una vez más la frontera con Canadá y seguió a la gira por Toronto (1 de abril), Quebec (4 de abril), Winnipeg (7 de abril), Edmont (9 de abril) y Kelowna (11 de abril), conciertos a los que siguieron, una vez más en Estados Unidos, los del 13 de abril (Portland), 14 de abril (Seattle), 17 de abril (Berkeley), 19 de abril (Santa Barbara) y 22  de abril (Los Ángeles). Allí descansó hasta el 17 de mayo, cuando viajó a Pittsburgh, y siguió por Milwaukee (19 de mayo), Moline (22 de mayo), Buffalo (25 de mayo), Atlantic City (29 de mayo), Uncasville (2 de junio) y Wantagh (4 de junio), desde donde regresó a New York, donde permaneció hasta el 12 de junio, cuando partió hacia Noruega para los conciertos de Bergen (17 de junio) y Oslo (18 de junio)[1], que fueron seguidos por el de Seinäjoki, Finlandia (20 de junio). El 25 de junio se encontró en Scheeßel, Alemania, donde Bowie dio el que sería el último concierto de la gira, que debió ser cancelada por sus problemas de salud. Adalinde, entonces, pasó un par de días días en casa de su hermano mayor y decidió –pese a que no era realmente una fan de la cantante– seguir el Re-invention World Tour de Madonna; eligió la fecha del 30 de junio para incorporarse a la gira y viajó a Worcester, Massachusetts; siguieron Filadelfia (4 de julio), East Rutherford (7 de julio), Chicago (12 de julio), Atlanta (24 de julio), Sunrise (28 de julio) y Miami (1 de agosto), para regresar a Europa y asistir al concierto en Manchester (14 de agosto) y a dos de las seis fechas de Londres (19 y 25 de agosto), dado que le había llegado a gustar el concepto visual del escenario, basado parcialmente en la instalación X-STaTIC PRo=CeSS, del fotógrafo Steven Klein. Siguieron la ciudad irlandesa de Slane (29 de agosto), Paris (4 de septiembre), Arnhem (8 de setiembre) y el final de la gira en Lisboa, el 14 de septiembre. Allí conoció a Katherina, otra rica heredera que recorría el mundo siguiendo giras de rock, y decidieron juntas unirse al Madly in Anger with the World Tour, de Metallica; el 21 de septiembre vieron a la banda en Cleveland, Ohio, y después Columbus (24 de septiembre), Ashwaubenon, (27 de septiembre), Auburn hills (1 de octubre), Montreal (4 de octubre), Toronto (6 de octubre), Albany (9 de octubre), Buffalo (10 de octubre), Quebec (15 de octubre), Filadelfia (20 de octubre), Boston (24 de octubre), Hamilton (27 de octubre), London (Ontario, 28 de octubre), Sunrise (6 de noviembre, mi cumpleaños número 26), Jacksonville (8 de noviembre), Nashville (11 de noviembre), Duluth (13 de noviembre), Houston (16 de noviembre), San Antonio (20 de noviembre), West Valley City (22 de noviembre), San Diego (24 de noviembre), Anaheim (27 de noviembre) y el último concierto de la gira, en San José, California, el 28 de noviembre. Dos días después asistieron al concierto de Columbus, Ohio, del Against all gods tour, de Marilyn Manson, que siguieron por Orlando (2 de diciembre), Atlanta (4 de diciembre), Houston (7 de diciembre), Corpus Christi (10 de diciembre), Albuquerque (13 de diciembre), Santa Barbara (16 de diciembre) y Los Ángeles (19 de diciembre), donde decidieron abrirse de la gira y evitar la rama asiática (que, en cualquier caso, sólo contaba con tres shows anunciados) y el final en México DF. Adalinda regresó a Alemania para pasar Navidad y Fin de Año con su familia, y de paso decidió descansar por los meses del invierno. En marzo se reunió con Katherina en Seattle y asistieron a los conciertos en esa ciudad del Never Ending Tour, de Bob Dylan, los días 7 y 9 de ese mes; siguieron Portland (11 de marzo), Oakland (15 de marzo), Reno (18 de marzo) y Los Ángeles (22 y 25 de marzo), donde decidieron pasarse al Vertigo Tour de U2 desde su fecha inicial, el 28 de marzo en San Diego. Esta, incidentalmente, fue la única gira que recorrieron de principio a fin, sin saltearse una sola ciudad; estuvieron, entonces, en los shows de Anaheim (1 de abril), Los Ángeles (5 de abril), San José (9 de abril), Glendale (14 de abril), Denver (20 de abril), Seattle (24 de abril), Vancouver (28 de abril), Chicago (7 de mayo), Filadelfia (14 de mayo), East Rutherford (17 de mayo), New York City (21 de mayo), Filadelfia de nuevo (22 de mayo), Boston (26 de mayo), Bruselas (10 de junio), Gelsenkirchen (12 de junio), Manchester (15 de junio), Londres (18 de junio), Glasgow (21 de junio), Dublín (24 y 27 de junio), Cardiff (29 de junio), Viena (2 de julio), Chorzów (5 de julio), Berlín (7 de julio), París (9 de julio), Ámsterdam (15 de julio), Zúrich (18 de julio), Milán (21 de julio), Roma (23 de julio), Oslo (27 de julio), Gotemburgo (29 de julio), Copenhague (31 de julio), Múnich (3 de agosto), Niza (5 de agosto), Barcelona (7 de agosto), San Sebastián (9 de agosto), Madrid (11 de agosto), Lisboa (14 de agosto), Toronto (12 de septiembre), Chicago (20 de septiembre), Minneapolis (23 de septiembre), Milwaukee (25 de septiembre), Boston (3 de octubre), New York City (7 y 11 de octubre), Filadelfia (16 de octubre), Washington DC (19 de octubre), Pittsburgh (22 de octubre), Auburn Hills (25 de octubre), Houston (28 de octubre), Dallas (29 de octubre), Los Ángeles (1 de noviembre), Paradise (4 de noviembre), Oakland (8 de noviembre), Miami (13 de noviembre), Tampa (16 de noviembre), Atlanta (19 de noviembre), New York City nuevamente (22 de noviembre), Ottawa (25 de noviembre), Montreal (28 de noviembre), Boston (4 de diciembre), Hartford (7 de diciembre), Buffalo (9 de diciembre), Cleveland (10 de diciembre), Charlotte (12 de diciembre), St. Louis (14 de diciembre), Omaha (15 de diciembre), Salt Lake City (17 de diciembre), Portland (19 de diciembre), Monterrey (12 de febrero), México DF (16 de febrero), San Pablo (21 de febrero), Santiago (26 de febrero) y Buenos Aires (1 de marzo). Dado que la gira sería reanudada recién en noviembre, Katherina propuso retomar el Never Ending Tour, que comenzaba el 1 de abril en Reno su temporada 2006. Siguieron Stockton  (3 de abril), Tucson (10 de abril), Grand Prairie (15 de abril), Des Moines (21 de abril), Menphis (25 de abril), New Orleans (28 de abril), Knoxville (4 de mayo), Orlando (9 de mayo) y Hollywood (10 de mayo); aquí Adalinda, aburrida de Bob Dylan, propuso unirse al Black Holes and Revelations Tour, de Muse, pero Katherina había conocido a un roadie y prefirió seguir (un poco más de cerca, de hecho) al Never Ending Tour, así que, tras una parada de una semana en Berlín y unos cuantos días de recorrida en Italia, Adalinda vio sola a los Muse en Milán el 7 de junio, en el festival Milan’s Rolling Stone. Siguió Neuhausen ob Eck, en Alemania, el 24 de junio (con el Southside Festival), y después Londres (28 de junio), Werchter (30 de junio), Arras (1 de julio), Belfort (2 de julio), Kristiansand (8 de julio), San Francisco (18 de julio), Los Ángeles (19 de julio), San Diego (21 de julio),  Denver (25 de julio), Chicago (29 de julio), Detroit (31 de julio), Boston (3 de agosto) y New York City (6 de agosto). El siguiente tramo se llevaría a cabo en festivales y con conciertos más esporádicos, por lo que Adalinda consideró cambiarse a otra gira; sin embargo, como Muse planeaba tocar en el Summer Sonic Festival, que incluiría a Metallica, Tool, Deftones, The Polyphonic Spree, Daft Punk y The Flaming Lips (todas bandas que le interesaban), decidió que asistiría a los conciertos del festival en Japón: el 12 de agosto en Osaka y el 13 en Chiba, donde compró y leyó dos veces, deslumbrada, su ejemplar de Neuromante; fue precisamente en Chiba donde conoció a Edward, el ya mencionado chico británico, que la convenció de sumarse al The Dark Side of the Moon Live, que había comenzado en Lisboa el 1 de junio. Adalinda y su nuevo amigo interceptaron a Roger Waters el 3 de septiembre en Holmdel, New Jersey, y lo siguieron por Boston (9 de septiembre), New York (14 de septiembre), Newark (16 de septiembre), Montreal (20 de septiembre), Richmond (24 de septiembre), Columbus (28 de septiembre), Phoenix (5 de octubre), Los Ángeles (11 de octubre) y Seattle (15 de octubre), última fecha de esa sección de la gira. El 2 de noviembre se encontraron con Katherine (quien no habló del roadie dylanita) en Sydney para ver a U2 en el relanzamiento del Vertigo Tour, al que siguieron los conciertos de Adelaide (10 de noviembre), Melbourne (15 de noviembre), Auckland (20 de noviembre), Tokyo (26 y 19 de noviembre), Saitama (22 de noviembre) y el final de la gira en Honolulu, el 2 de diciembre. Decidieron entonces retomar el Black holes and revelations tour, y viajaron a Roma para el concierto del 6 de diciembre, al que siguieron Ginebra (9 de diciembre), Viena (11 de diciembre), Lion (13 de diciembre), Paris (15 de diciembre), Nantes (19 de diciembre) y Amberes (22 de diciembre). Katherina regresó a Bélgica para pasar fin de año con su familia y Adalinda acompañó a Edward a Londres; allí decidieron abandonar a Muse y regresar a la gira de Roger Waters, que se reanudaría el 12 de enero en Melbourne para seguir en Auckland, Nueva Zelanda, el 20 de enero y luego Sydney (30 de enero y 2 de febrero), Brisbane (4 de febrero), Adelaide (6 de febrero), Perth (9 de febrero), Shanghái (12 de febrero), Hong Kong (15 de febrero), Mumbai (18 de febrero), Dubai (21 de febrero), Monterrey (2 de marzo), Guadalajara (4 de marzo), Méjico DF (6 de marzo), Bogotá (9 de marzo), Lima (12 de marzo), Santiago (14 de marzo) y Buenos Aires (18 de marzo).

He contado cuantas veces pasó por cada ciudad, he trazado las líneas en el mapa que, como las de la mano, son las marcas del destino o, mejor dicho, traman el cuento de un destino; ¿qué hacía que una mujer de casi treinta años estuviese tan segura de querer pasar los días de su vida siguiendo esta telaraña (estos canales de Marte) de bandas y conciertos? ¿De qué huía? ¿Qué buscaba? Nunca obtuve respuestas. Adalinda callaba siempre, así que, como en otros momentos le conté e improvisé argumentos de la novela que estaba escribiendo, terminé por crear yo mismo esas respuestas, por inventarla, por volverla ficción. Y ella escuchó con paciencia todas mis historias alternativas de su vida en el paraíso perdido del rock, en el gran diorama instalado por encima del mundo y apuntalado por escenarios y las vibraciones en el aire de todas aquellas gargantas e instrumentos. El rock había sido el eje del mundo, de nuestro mundo: ella, simplemente, quería seguir allí.

 Una noche me mostró algunas fotos que había tomado en los años inmediatamente anteriores a su entrada al mundo de las giras; eran trabajos tilt shift, imágenes de calles, parques, estacionamientos, shoppings, edificios históricos y ruinas –todos paisajes evidentemente europeos– tratados con sutiles alteraciones en el foco para parecer dioramas o esas intrincadas maquetas que los coleccionistas de modelos de trenes disponen en grandes mesas para aportarles a sus vagones y locomotoras un universo acorde a su escala. Había poco más de cuarenta fotos, todas conservadas en un CD. Contemplando una a una le hablé de mi afición a los modelos a escala 1/72 de aviones de la Segunda Guerra Mundial. Los niños de mi edad, le conté, sabían todo sobre motos y autos, pero yo prefería distinguir las variantes del Spitfire o el Messerschmitt Bf 109 y poder narrar las historias de sus motores, diseños de camuflaje y armamento. Llegué a armar muy pocos modelos decentes y para cuando finalmente adquirí las habilidades necesarias para darle buen acabado a mis maquetas me desinteresé por completo: había descubierto casi al mismo tiempo la ciencia ficción –y con ella la escritura– y el rock. Adalinda sonrió. Podemos ir a Punta del Este, dijo, a tu pueblo fantasma, y hacer unas fotos; yo luego las convertiré en maquetas para ti.

La frontera del 18 de mayo pasó, entonces, sin que Adalinda pareciera preocupada por regresar a sus caminos, pero en los primeros días de junio empezó a considerar más opciones. Podía retomar los conciertos de Waters en Los Ángeles, el 13 de junio, o sumarse a la gira A Bigger Bang Tour de los Rolling Stones ese mismo día en Frankfurt, lo cual le permitiría pasar un tiempo con sus hermanos. Le sugerí seguir ambas giras: podía ver tres shows de una y luego viajar para los siguientes tres de la otra. La idea le gustó y decidió que el 9 de junio partiría hacia Alemania. Aproveché que había recibido un giro de mis padres para llenar el tanque del auto de mi jefa, y le propuse a Adalinda llevarla hasta el aeropuerto. Aceptó. Nos despedimos con un beso ni especialmente largo ni especialmente profundo, pero de alguna manera sentí que le decía adiós a una amiga de la adolescencia o una compañera de liceo. Me dejó su remera de Black holes and revelations y el mapa de Estados Unidos en el que habíamos marcado sus idas y venidas con las giras de Waters, Muse, Marilyn Manson, Pearl Jam, Metallica, Bob Dylan, Madonna y los Stones. Yo no tenía nada para darle. O ya le había dado demasiadas historias.

Al día siguiente recibí el primer mail de Jon y Rex desde el final de la banda; estaban en Mendoza, Argentina, y me contaban –en el estilo incomprensible de Rex– qué había sido de ellos durante los últimos meses: habían desistido de tocar los dos solos versiones acústicas de sus canciones y decidieron seguir de gira sin música, simplemente recorriendo los caminos del mundo. De alguna manera llegaron a la conclusión de que cuanto más se alejaran de los centros de civilización más fácil les sería presenciar hechos sobrenaturales (“no inhibidos por la irradiación de razón que se centra en las ciudades”, escribió Rex) como OVNIS, fantasmas, criaturas ancestrales y animales desconocidos. Así conocieron a un periodista que editaba varias revistas de ufología y criptozoología y fueron contratados como corresponsales en América Latina. Debían recorrer un plan de ciudades entregado mensualmente por el editor (junto al correspondiente giro con el dinero para los viáticos y un pequeño sueldo) y reportar todos los fenómenos misteriosos que presenciasen o de los que encontrasen relatores y testigos. Los Andes, dijeron, eran una fuente inagotable de historias, y pensaban pasar dos semanas acampando en el Parque Nacional Aconcagua. Quizá se darían una vuelta por Montevideo en septiembre: allí, decían, podríamos encontrarnos. No supe qué responder. Era, por supuesto, el tipo de trabajo que sólo Rex podía conseguir, y el tipo de plan en el que sólo Jon podría seguirlo. O quizá yo también, en otras circunstancias.

Y el 10 de junio me escribió Adalinda. El mail no incluía más que las fotos tilt shift de Punta del Este (yo salía en una de ellas: casi no me reconocí a un lado del auto de mi jefa, en una postura que me hacía indistinguible de un muñequito de LEGO o un Playmobil) y una lista de canciones por orden alfabético que, se entendía fácilmente, eran todas las que había escuchado a lo largo de los últimos años en sus giras. Había algo inhumano en la lista, pensé, algo impersonal en el orden alfabético, en el listado que disponía en la misma tipografía a “Like a Rolling Stone” y a “Irresponsible Hate Anthem”. Pero, a la vez, detrás de esa impersonalidad había un mensaje, un sentido en enviarme aquel extenso inventario; las canciones y las ciudades, pensé, debían ser ella, lo que ella venía siendo, lo que ella acumulaba como yo acumulaba días vacíos, páginas y recuerdos de Perséfone, de Jon y Rex, de mis aviones a escala, mis poemas, las canciones de Space Glitter y tantos cuentos y novelas de ciencia ficción. Los dos, como todos, éramos tiempo, capas de tiempo con cosas pegadas pero, a diferencia de aquel texto de Borges, el diseño de líneas y ciudades de los mapas de Adalinda, por más que agregara las canciones, no configuraba su cara. No la tenía: ahora, de hecho, no puedo recordarla. Era rubia, seguramente: cabello rubio ceniciento, muy largo y lacio; tenía lentes, creo, era alta, de pechos pequeños y bellas caderas, o al menos así la imagino ahora. Y entiendo que puede ser la descripción de cualquier mujer, como el hilo conductor de la lista de ciudades y canciones, lo que se buscó, lo que se quiso evitar, el destino al que se tiende o el infierno del que se intenta huir.


[1] Concierto que fue interrumpido después de que una golosina arrojada desde la audiencia impactara en el ojo de Bowie, nunca se supo si en el de pupila normal o en el de pupila permanentemente dilatada después del célebre incidente infantil con su amigo George Underwood.

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