[CUENTOS] Hermana en tránsito por Juan Manuel Candal

Por Juan Manuel Candal//

pasajera

En noches como esta, mientras voy sentada cómodamente junto a la ventana del micro, pienso que me hubiera gustado tener una hermana. Pasan los postes, el cableado, el horizonte llano y la negrura espesa de las arboledas fantasmales y la imagino a ella sentada acá al lado, en el asiento que da al pasillo, igual a mí, diferente a mí, a veces amigas, a veces con ganas de matarnos. Con esa mirada cómplice que dice «sí, yo sé».

            ¿Le hubiera gustado a ella tenerme de hermana a mí? No soy lo que se dice una persona fácil. Esto se va a entender mal. No es que sea tampoco una rayada, pero me cuesta dejar que las personas lleguen a mí, que un hombre llegue a mí; me cuesta que me toquen, que me vean, que realmente me vean. Trabajar en turismo hace que uno conozca gente todo el tiempo, y todo el mundo me quiere: me saludan con un beso cada mañana, me sonríen con gesto sincero, pronuncian mi nombre con cariño, me recuerdan cuando no estoy, me contactan si me necesitan. A veces incluso se preocupan por mí si me ven muy cansada o tuve uno de esos clientes que te queman la cabeza y se van sin comprar nada. A veces noto que alguno me mira, mi cuerpo en constante batalla conmigo misma. Me tapo con carpetas, me giro en la silla, sonrió con gracia. En la oficina me quieren. Soy querida.

            Soy nadie.

Mi hermana, rubia, con su pelo un poco más largo, su mirada provocativa, sus piernas marcando cada paso de manera que se le endurezca el culo; con su escote no muy armado pero desafiante y sus bajadas de ojos irresistibles, sonreiría mucho. Me diría que me hago demasiado problema. Para ella, linda, suelta, amiga de sus amigos y demasiado agradable para pasarse de inteligente, las cosas serían sencillas. En su espejo tendría mi ancla, sabría que la necesito para no olvidarme que estoy viva, que mi piel siente cuando roza, que mi sonrisa se ve tan joven como la suya. Y en una noche como esta, no es tanto lo que me diría, sino que tomaría mi mano en silencio.

«Hermanita. Estamos juntas. Dormite, que yo te cuido». Esas cosas no se dicen con palabras, se dicen con una mirada, con un gesto. Ella lo sabe. Desconfío de las palabras porque arruinan siempre lo que quiero decir, reinterpretan mis emociones como los traductores electrónicos del google: quedan los sentidos aislados, un archipiélago de palabras que no logra cohesión. Así soy yo, ahora que lo pienso. Mi hermana sabría entenderlo.

A veces pienso que el límite entre nosotras sería esa facilidad, esa familiaridad. Porque si me quiere tanto que ya ni siquiera necesita que le cuente para saber cuándo estoy mal, entonces, ¿por qué no hace algo? ¿Por qué callar y respetarme? No soy tan frágil, podés sacudirme, no me voy a romper. Y ahí te quiero ver. Si abrimos las compuertas, si empezamos con las preguntas difíciles. ¿Podrías quererme si yo fuera realmente yo? ¿Podría yo ser realmente yo y no esta versión Apta Para Todo Público? Dije que me quieren fácil, y es verdad. Pero es fácil que te quieran fácil. Basta con no ser muy molesta, basta con ser un poco simpática, impostar la sonrisa un poco, arreglarse lo justo y no confrontar. A mí me gustaría que me quieran difícil. Mirá ahora mismo, hermanita de la noche, es mi cumpleaños y viajo sola en un micro. Empiezan mis vacaciones. Las voy a pasar, por supuesto, sola. Seguro, me veré con amigos y primos y toda esa gente que no deja de recordarme que yo soy esa persona que ellos ven en mí. Los quiero. Los quiero con mi corazón insensible, que se conmueve por lo que les pasa pero no se arriesga por ninguno. Ya pasó la una de la mañana. Me llegaron algunos mensajitos. Pero estoy sola, sola de abrazos, sola de humedad al punto que cada día me quedo un poco más seca. Tan independiente que casi empiezo a acostumbrarme a mi soledad, a añorarla. A veces tengo miedo de que este aislamiento empiece a ser una elección —una adicción—, y no una fatalidad.

Mi hermana entendería que le tengo terror a una caricia. Que cuando una mano toca mi piel hay como mil marcianitos que se ponen a bailar de emoción, de anhelo y de terror. Que si bien es verdad que los años te endurecen, los años también te ablandan. Parece una paradoja y por ahí lo es. Pero con los años, mis fobias se esparcen con el mismo confort que mi necesidad de que me quieran, de que me toquen, de que me vean.

¿Y quién puede querer a alguien como yo? No soy más linda que ninguna, no soy encantadora, no soy sexy. Tengo un cuerpo anodino, a veces me gana el mal aliento, y cuando me pongo muy flaca me desaparecen las piernas. Pero mi hermana me dice que todo eso me lo invento yo. ¿Por qué me lo iba a inventar, con lo que me duele esta soledad? Porque a veces, hermanita, me dice ella, uno construye su hogar en sobre la tierra yerma de su lado enfermo. Lo hace sin saberlo, claro, como un refugio y como un abrigo de la crueldad que anda suelta por el mundo y muerde en cualquier esquina. Y a veces salimos de ese hogar tristemente maravilloso y por un momento sentimos el vértigo del roce. La mínima promesa de un amor, que se materializa en una mirada masculina, una sonrisa seductora, un cuerpo atractivo con un dejo sensible. Y por un minuto apenas, una se atreve a soñar con que esas manos la toquen, la abracen, la lleven hacia otro refugio: un hogar nuevo y luminoso, y la película se proyecta en la imaginación hasta que de repente la pantalla se agrieta y una recuerda que es una y no esa. Y vuelvo al hogar, al verdadero hogar, en mi lado enfermo, en mis bracitos fríos. No es que no quiera todo aquello, lo otro, es que no soporto la idea de tanta belleza, de tanta felicidad. Me marea, me hace sentir irreal, como ese sueño adolescente en el que estás desnuda en medio del colegio y la vergüenza y la angustia te comen hasta que finalmente te despertás y… no pasa nada, estás en casa.

A veces me pregunto si hubiera podido ser feliz mirándome en tu espejo, saboreando tu felicidad. Yo, la lúcida, la acomplejada, la culta. Vos, simplemente mirando la tarde caer con una cerveza en la mano, sonriendo con los ojos cerrados frente a la brisa. ¿Serías la novela de amor de mi vida? Ese libro interminable en el que la chica se enamora, se deslumbra, es rechazada, es reclamada, es cortejada, se abre, se entrega, se pelea, se reconcilia, se casa, se separa, se vuelve a juntar, ama y es amada, por uno, por dos, por varios. Tal vez la intensidad de tu vida tendría así una doble subsistencia: tus años viviendo sumados a los míos mirándote vivir.

A veces me pregunto cuál de las dos fue la que murió al nacer. ¿Soy yo realmente la que vive, en este limbo complaciente pero infranqueable? Si existe algo así como la realidad, estoy segura de que esta, mi vida, es real. Pero también estoy convencida de que eso mismo pensás vos.

¡Ay, hermanita! ¿Soy yo —este personaje de sana pena que muere un poco cada mañana— quién vive, o sos vos —producto de mi imaginación, eterno punto de llegada inalcanzable—, la que realmente se materializa en el mundo y envejece dignamente cada día?

A veces no sé por qué se te ocurren estas ideas. Mi tristeza nunca es más humana que cuando me llamás del otro lado, a través de tus palabras.

 

La Plata, 19 de noviembre de 2010

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6 Comments

  1. Me gustó mucho. Siento que yo podría haber pensado todo esto que piensa esta chica en varios momentos de mi vida. Toca fibras sensibles.

  2. El cuento está bien igual no entendi eso de la literatura chabón, no se que tiene esto de literatura chabón, tira mas para cheto de ultima Igual tiene partes muy buenas, muy de cita

  3. Me gustó. Por momentos me sentí leyendo de nuevo la mente clasutrofóbica de la protagonista de la “La Suplente”, de Lozerech.
    Un saludo!

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