[RESEÑA] Ball boy o la prosa obsesiva, por Gonzalo Viñao

//Por Gonzalo Viñao

            El propósito de esta reseña es utópico: dar cuenta en 3500 caracteres de Ball boy, la novela (novelita o nouvelle, o cuento largo, o no) de Tatiana Goransky, publicada a fines de 2013 como parte de los diez textos editados en la colección “Exposición de la Actual Narrativa Rioplatense”. Utópico, precisamente, porque esas ochenta y cuatro páginas magistrales superan, como pocas veces se ha visto, la capacidad de cualquier comentarista.

            Pienso en El Lazarillo de Tormes, rompecabezas de síntesis impecable, y en los caudalosos ríos de tinta que alimentó en los últimos quinientos años. Pienso en otros pequeños artefactos de relojería narrativa, como esas historias de Conrad (El corazón de las tinieblas, El regreso, Freya o Juventud) capaces de poner a todos los maestros de la literatura británica a chupar un clavo, muy a pesar de su origen polaco.

            Ball boy es la radiografía de una obsesión, la obsesión de Manuel por llegar a ser el mejor ball boy de la historia, porque “ser ball boy es todo”. A esa obsesión le sacrificará su carrera tenística, su vida sexual, sus relaciones familiares, su humanidad completa hasta quedar acorralado. Y entonces Ball boy es también la crónica de una crisis desencadenada, crisis que se vuelve más grandiosamente trágica cuanto más pequeño e intrascendente es el motivo que la desencadena.

Tapa de Ball Boy
Tapa de Ball Boy

            ¿Qué es un obsesivo?, ésta es la pregunta en torno a la que parece gravitar Ball boy. ¿Ser ball boy, para Manuel, forma parte de una convicción mesiánica? ¿Será un caso de influencia genética, o el peso del pasado? ¿O Manuel es simplemente un débil de carácter sugestionado por el entorno? A lo largo de los diecisiete días que atraviesa esta crónica imaginaria, acompañando los avatares del Roland Garros del 2009 y compartiendo paso a paso, con el lector, el descenso al infierno de Manuel, Tatiana Goransky nos muestra –con un implacable sentido de la disposición narrativa y un dominio absoluto del desarrollo argumental– lo que sucede cuando colapsa el mundo de un obsesivo.

            Cuándo contar, cómo decir, qué insinuar, dónde sembrar el suspenso, cuáles son los acentos y los silencios adecuados, éstas son las artes mágicas que pone en juego Goransky, impulsada quizás por aquello que le permite conocer mejor al protagonista de Ball boy: su propia obsesión, la obsesión por la escritura.

            El mejor homenaje de un escritor a otro del que tengo noticias es éste: Scott Fitzgerald, sinceramente frustrado con su vida y su escritura, irrumpiendo borracho y armando un escándalo en el jardín del hotel donde se alojaba Joseph Conrad durante su viaje de consagración a Nueva York, después de semanas de no encontrar coraje para visitarlo en términos más cordiales y declararle su profunda admiración (al fin y al cabo, no le hubiera costado mucho trabajo conseguir que alguien los presentara). Tal vez Conrad no tomó nota del asunto. Lo más probable es que, a sus años, se hubiera molestado bastante. Pero cuesta pensar en una manifestación más espontánea y honesta de los sentimientos que esa explosión trasnochada de pánico sacro por el objeto de su veneración que, junto con cierta inclinación etílica, empujó a Fitzgerald hacia uno de los papelones más notables de su carrera.

            Después de leer Ball boy no es difícil imaginarse a Fitzgerald armando otro escándalo nocturno de alcohol y lágrimas en el jardín de Goransky, más o menos por los mismos motivos: Ball boy es la demostración empírica de que el poder de narrar sigue vivo entre nosotros.

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