“No tenés calle”, por Luz Marus

Mi hermana me dice: “Te acompaño, dale”. Así empezó todo. Sola no me animaba. El deseo quedaba ahí, como tantas otras cosas que querés hacer pero que terminas no haciendo.

—¿Te fijaste en el google map? ¿Qué onda? ¿Es muy difícil llegar?

—Ay nada que ver, vamos en tren, todo bien. Yo sé más o menos por dónde es. Nos encontramos en la estación de Pueyrredón y de ahí tomamos el tren de José León Suárez, hasta San Martín.

—Ok, te espero ahí, beso.

Llego veinticinco minutos antes a la estación Pueyrredón. Le quiero mandar un mensaje a mi hermana para que se apure pero me doy cuenta de que no tengo crédito, que ya gasté la opción “cárgame saldo”—así con acento en la á —, y la opción S.O.S.  Me quejo de los celulares con abono y de las pocas opciones que hay.  Mi hermana llega puntual, o sea, veinticinco minutos después. Ver a alguien conocido y querido en un lugar desconocido e inhóspito, qué alivio. Pienso que no le voy a decir esto a mi hermana porque me va a decir algo así tipo: “Boluda recién estamos en capital y ya te estás quejando.” No pienso quejarme hoy, me está acompañando y  no voy a quejarme de nada.

Llegamos a San Martín.

—Es lindo, tiene una a onda Mar de Ajó. A la peatonal.

—Boluda vos vivís en una burbuja.

Llegamos y saludamos a Nacho. Nos empieza a contar cosas. Tengo ese pensamiento recurrente: “Esto debería filmarlo” Le digo:¿Te molesta si te filmo diciendo lo mismo, pero adentro, con mejor sonido?  Nacho se copa. Al final cuando apago la cámara y le pregunto: “che y qué pensás del Pibe Trosko, de Facebook” me dice: “Prendé, prendé la camarita.” Qué lindo cuando en vez de “apagame la camarita” te dicen “prendeme la camarita”. Cuánta pasión. Cuánto rojo hay acá.

Pasa un rato largo. Nos convidan mate. Compro “Prensa obrera” y me siento bien porque leo sobre política y entiendo.

Filmo el lugar. Veo una biblioteca con rejas. El televisor no tiene rejas, ni las cámaras, ni nada material. Los libros están protegidos. En ese pequeño gesto audiovisual te das cuenta dónde ponen el valor, qué cosas temen perder de verdad. Le pregunto:

—¿Por qué los libros enrejados?

—Y…hay libros que ya no se consiguen.

—Me encanta ese pensamiento. Protegen los libros como si fueran oro.

—Son oro, mirá, tenés este de Trotsky sobre Stalin, este otro ….Libros que no encontrás en ningún otro lado.

Quiero tocarlos. Meto mi mano, mis dedos, entre los cuadraditos de la reja y los toco.

Llega Néstor Pitrola. Yo lo veo, lo reconozco y dudo. Es él pero entró como uno más. Es él. Sí, es. Néstor se sienta, se sirve un vaso de coca común, y empieza a hablar. Viene de dar varias charlas, una de ellas en la Universidad  de Tres de Febrero.

Me siento adelante, para poder filmarlo mejor. Empieza a hablar y siento que la tiene re-clara Empiezo a sentir admiración. La inteligencia y la simpleza. La honestidad en la forma. No parece un dirigente político. Parece un amigo que te cuenta lo que piensa. Me hace acordar a un novio que tuve hace unos años que hablaba parecido  a él y decía cada tanto: “Qué grande Pitrola”. Para mí Pitrola era eso, hasta ese momento, una frase que decía cada tanto este novio mientras se tocaba la barba.  ¿Qué será de su vida ahora? Me doy cuenta de que le copiaba—o se le pegaban—algunos gestos. Lo extraño unos minutos. Le mando un beso imaginario porque no me hablo con ninguno de mis exs. Vuelvo a Pitrola. Habla distinto a todos. Me convence, me emociona, me hace reír. Su lógica, su inteligencia. Me sorprende  la claridad con la que explica ciertas cosas. Termina el acto. Me acerco, lo saludo, lo filmo, le pido su mail.

Me voy a buscar a mi hermana que ya estaba con cara de cansada y  me dice: “¿vamos?” mientras un pibe se la estaba chamuyando. El pibe nos dice: “chicas por qué no nos juntamos a charlar de política.” Mi hermana no le pasa el celular. Se lo paso yo. Nos despedimos. Llegamos y vemos que se va un tren. Puteamos bajito. Un tipo nos dice: “Era el último, eh”. Puteamos fuerte. “No puede ser boluda perdimos el tren!!.” El tipo nos indica un colectivo que va para capital. Lo vemos venir, lo tomamos. Ella pone la tarjeta sube, yo las quinientas monedas. Nos sentamos y empezamos a hablar de todo. Algo nos hervía en la sangre de otra manera. Después de ¿media hora? Ella—no sé por qué no fui yo, en dónde estaba mi cabeza?— Ella mira el paisaje y me dice:

—¿Vos le preguntaste si este era el que iba para Cabildo?

—No. No me digas que…(miro el paisaje: Pasto de un lado, pasto del otro)

—Boludaaaa nos fuimos a la mierdal!!

—Ay no  me muero! Y encima no tenemos crédito en el celular, no, no te puedo creer. Papá me avisó! Me muero , no puede ser!! Me siento Lisa en ese capítulo de los Simpson donde se pasa con el micro y termina en un lugar así. ¿Te acordas? Fábricas, todo cerrado, nada.

—Lisa tenía ocho años, nena!  Ocho!! Vos cuántos cumplís? Basta. Bajemos acá.

—No!!! estás en pedo cómo nos vamos a bajar acá, en el medio de la nada!!

Corro hasta el chofer. Mi hermana me sigue. No hace falta explicarle, ya se dio cuenta de todo.

—Y acá, ya fue, la terminal es peor que esto. Y yo termino ahí, ya no vuelvo.

—O sea, todo mal boluda no nos puede pasar esto.

Me quiero matar!, Me empiezo a imaginar cómo será ser violada el día de mi cumpleaños. O morir el día de mi cumpleaños. No sé, todo junto. Mejor morir, pienso. Morir el mismo día en que naciste.

—No quiero que me violen el día de mi cumpleaños.

—Pará boluda no exagerés, venimos del PO! ¿ves? Querés militar y no tenés calle.

En eso saco mi costado más líder y le digo al chófer:

—Hagamos lo siguiente. Vos cuando veas un colectivo que viene del otro lado, que va para capital, le haces señas como que pasa algo urgente (pasaba algo urgente) y nosotras nos bajamos y nos subimos a ese.

¿Vos podés creer que me hizo caso? Sí, vos lector mío, podés creerme? No se lo exigí, no se lo rogué, le hablé así, como a un compañero. Con este espíritu de “si todos colaboramos es mejor para vos, para mí, para ella”.  Así, tan natural como eso. Era una aventura en conjunto. ¿Y si no pasaba ninguno?  Era bajarse en medio de la nada o seguir hacia la nada peor. Era el riesgo. Recuero una frase de Pitrola: “Y…a lo mejor la única salida es la ruptura. Nosotros no tenemos miedo a perder. A eso estamos acostumbrados. Nosotros nos arriesgamos. Nos jugamos a lo mejor. Y si perdemos, bueno, no será la primera vez, y no se acabará la militancia por perder una vez o cien veces. ”

Nos sentíamos juntos en la aventura, el chofer y mi hermana y yo. O ganamos todo o perdemos todo. Nada de medias tintas. Nada de bajarse acá.

Mi hermana, mientras, me puteaba un poco:

—No te acompaño más boluda. Vos y tu documental pedorro. Primero el asado con Moreno donde me cagué de hambre porque no te dejaban comer hasta que el tipo no terminase de hablar. Ahora esto.

—Bueno pero esto no es culpa del P.O

—Obvio que no, es culpa tuya que te subís a un bondi y ni preguntas para dónde va. Encima lo paras en cualquier lado. Obvio que no te iba a parar. Cómo se nota que no estás en la calle. Lo más lejos que habrás ido es a Tigre.

—No, también fui a Ituzaingó, y voy a ir todos los sábados. Estoy cambiando.

“Ahí pasa uno!!” gritamos a dúo. “No, ese no va”, dice el chófer con pena.

Ay Dios, cada vez estamos más adentro de la nada. Y encima llueve. Nos miramos con cara de: Ya fue, nos violan juntas, con suerte no quedamos embarazadas y no morimos. Van a hacer un trío con nosotras. Mi primer trío el día de mi cumpleaños y con mi hermana. Olvídate de la cámara y del celular.

El chofer dice: “Ahí viene uno que me parece que va, eh.”

Le hace luces, el colectivo para—frenan los dos, en medio de la nada, pasto de un lado, pasto del otro lado—Nos bajamos y yo le digo al chofer, como a un amigo, como a un compañero: “Vos esperá a ver qué nos dice, por ahí volvemos, dale?” Nos subimos corriendo. “Gracias por frenar en el medio de la nada”, casi le digo: “compañero.”

El chófer anterior nos toca bocina en una forma de saludo. Ya estamos a salvo:

—¿Vas hasta Capital?

— Sí, te dejo en tal y tal y ahí te tomás otro para Belgrano.

Vamos las dos sentadas casi sin hablarnos.

—Boluda dale, no te enojes, es mi cumpleaños.

Mi hermana mira por la ventanilla con cara de seria.

—Tenés cara de cortometraje—Le digo. Se ríe.

—¿Cómo es cara de cortometraje?

—Así, natural, filmable. En los cortometrajes no se suele contratar actores porque no hay presupuesto y entonces hay gente así, más natural, como vos, por ejemplo, mirando por la ventanilla.

Llegamos a la casa de mi hermana. Cuando se baja me dice:

—Al acto del pro no esperes que te acompañe, eh.

—Ay no, no me podés dejar sola ahí. ¿Justo ahí?

—No sé, vemos.

—Gracias, y perdoname  por no tener calle.

Se va caminando como en un cortometraje.

Sigo mi viaje. Ya reconozco las calles. Me relajo y saco de la cartera Prensa obrera. Me gusta lo que leo. Lo entiendo, es claro, concuerdo, me apasiona. Quiero escribir para Prensa obrera. Pero qué voy a escribir si apenas estoy empezando a entender algo. No tengo calle, me digo. Me pregunto si tengo derecho a participar en el partido obrero, si no soy obrera y me muero de miedo cuando no reconozco el barrio. Me acuerdo de las palabras de Nacho, uno de los militantes, cuando le pregunté por el Pibe Trosko:

“No importa cuál es tu clase social. No importa de dónde venís. Importa para quiénes y por qué luchas. El Che Guevara venía de una familia bien e hizo una revolución. Si luchas por los trabajadores, entonces, bienvenida. Todo lo demás no importa.”

Suena el celular. Es mi mamá:

—¿Dónde carajo están?

—Todo bien Má, nos pasamos pero ya estamos volviendo. Ella ya se bajó, y yo estoy en un lugar reconocible.

—Bueno, te dejo algo de comida preparada en la heladera.

—Gracias, Ma.

Corto y me pregunto: ¿Soy la Piba Troska?

Llego a mi casa, prendo la computadora, abro mi casilla de mail y leo:

“Feliz año, luz trosca.”

No se puede describir la felicidad.

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