#AdelantoNovela | A morir | Christian Broemmel y C. Castagna

Ilustra Broemmel & Castagna 2

CAPÍTULO 8:

Me despertó un fogonazo de luz; me da el sol en la cara, pensé, pero cuando abrí los ojos pude ver que era de noche, afuera, y que, adentro, alguien había prendido la lámpara del living. No me moví, un sexto sentido me dijo que había peligro; los pasos que se escuchaban eran demasiado livianos para ser del gordo; yo, donde estaba, me encontraba bien oculto por el respaldo del sillón, pero esto mismo impedía que yo pudiera observar al intruso, que se movía despreocupadamente por el departamento: pude escuchar que se dirigía hacia la cocina, abría un cajón, y después oí el tacho de basura abrirse y un ruido de bolsa; sabía que había alguna relación con el chop suey, pensé, entró alguien para ocultar la evidencia, ¿la evidencia de qué?, en ese momento supe que ya no iba a volver a ver al gordo: ellos lo tenían. Lo escuché caminar hacia la habitación y prender la luz, abrir el cajoncito, entonces una pausa, ruido de cosas revueltas¸ estaba buscando el diario del gordo, sin duda, el intruso puteó en chino, pegó un grito de alarma en chino y después pareció seguir hablando con alguien, como si tuviera un celular; hizo otra pausa más larga, me imaginé que esperaba instrucciones y, cuando estas llegaron, ahí sí que empezó a revolver todo. Pensé en sorprenderlo y darle una tunda para que tuviera y así sacarle alguna confesión; me metí el diario en el bolsillo interno de la campera de cuero mientras me levantaba cuidadosamente del sillón buscando no hacer el más mínimo ruido; sin embargo tuve la mala suerte de aplastar en el proceso el paquete de papas fritas semi vacío que había quedado ahí cuando me quedé dormido. El ruido en la habitación cesó y el chino se me vino como tromba al living; yo apenas terminaba de pararme cuando se frenó en la puerta; nos medimos: era un chino joven, vestido con ropa deportiva, se puso a hablar, pero no parecía hacerlo conmigo, tampoco tenía celular alguno, ni artilugio metido en la oreja; de cualquier manera asintió como si alguien, de alguna manera, le hubiera dicho qué hacer y se me acercó lento, moviendo los brazos artemarcialmente, mirándome a los ojos con un tic nervioso feo que le hacía levantar el lado izquierdo de los labios en un rictus mezcla de fiereza y asco que creí reconocer sin saber de dónde; retrocedí para así poder tener más dominio de la situación pero esa era la trampa: lo que quería el chino era que me alejara más de la puerta de salida; apenas lo hice se mandó como una luz escaleras abajo. Como una luz es una forma de decir, porque el chino bajaba en la más completa oscuridad, velozmente como si conociera cada escalón o tuviera vista infrarroja; atrás de él yo lo hacía mucho más penosamente, tropezándome cada tres pasos, apretando el botoncito rojo de la iluminación en cada piso, rodé un par de veces, es cierto, pero no por esto cejando en mi empeño; soy un luchador, pensé, mi problema es cuando me faltan objetivos, mi problema es el largo plazo, donde no encuentro un sentido; a corto plazo mi objetivo es claro: tengo que agarrar a este chino a como de lugar y lo voy a hacer.

PH: Angie Pagnotta
PH: Angie Pagnotta

Abajo la puerta estaba cerrada: salió por el vidrio; tenía una motoneta estacionada afuera. Lo corrí toda la cuadra con la suerte de que enfiló para el lado donde yo había dejado la moto; ya vas a ver cuando me suba a mi corcel, pensaba hasta que la vi, todavía ahí encadenada pero sin la rueda de adelante; me cortaron las piernas, pensé, pero no iba a dejar que eso me frenara: abrí el candado lo más rápido que pude, levanté la moto sobre la rueda trasera y arranqué haciendo willy. Como me había dejado atrás al doblar por la esquina, el chino estaba tranquilo y había bajado la velocidad, cuál no sería su sorpresa al verme aparecer montado sobre mi 250 rampante; casi choca contra un auto estacionado, pero pudo volver a controlar su motoneta a tiempo y aceleró a fondo; si no hubiera sido porque tuve que perseguirlo haciendo willy todo el trayecto, esa hubiera sido una persecución muy corta: jamás hubiera podido competir su ciclomotor contra mi fierro, pero en una sola rueda la cosa se puso más exigida, mantener el equilibrio a esa velocidad es algo que no sé quién más, aparte de un acróbata, hubiera podido hacer, esquivando autos y peatones como yo lo hice hasta acercarme tanto al chino que casi podía tocarlo; vi su cara de sorpresa y pánico, le sonreí desde lo alto; pero entonces giró en un violento contramano, los autos se abrían cuando podían, frenaban, chocaban entre ellos, si bien la velocidad de su motoneta no era gran cosa, su velocidad mental para esquivar los obstáculos que se le interponían era impresionante: casi me pierde un par de veces; la avenida se convirtió en un caos; en un momento, un colectivo que intentaba pasar a otro, vio justo a tiempo al chino de la motoneta y se abrió bruscamente hacia la izquierda para dejarlo pasar pero, como del carril de enfrente se le vino encima un auto, volvió a pegar un volantazo, esta vez hacia la derecha, acercándose peligrosamente al colectivo que tenía a su lado hasta que comenzó a chocarse contra él; delante de mí se formó un túnel que se ensanchaba y angostaba intermitentemente entre los dos vehículos; acelerá, me dije, ya estás jugado, tenés que pasar en el instante justo en que no compacta esta compactadora, y si no lo lográs, habrás muerto en tu ley, como Pappo, recordé; pasé justito, los bordes del manubrio echando chispas contra el chasis de los colectivos, del otro lado del túnel el chino mirando para atrás, perdiendo un tiempo que yo iba a aprovechar, pero también, del otro lado del túnel, un Porsche chatito, quizás el único así en el país, puesto ahí justo en ese instante por obra y gracia de quién sabe qué chaboncito haciéndose el langa con qué minita, me sirvió de rampa para dar el más grande salto en motocicleta de mi vida; en el aire, toda la velocidad pareció detenerse: pude observar los techos de los autos ahora quietos, desperdigados por la avenida como los vehículos abandonados en su camino fuera de la ciudad, embotellados la mañana después del apocalípsis zombie de una película yanki, yo sobre mi moto, entonces, un jinete del Apocalipsis listo para caer sobre la cabeza del fugitivo y más, sobre las cabezas de todos aquellos fugitivos que huyen de sus vidas sin moverse, esclavos de su huída inmóvil y que podía ver, quietos, congelados en las ventanas del primer piso de los edificios a los costados, sin mirarme ni mirarse, sin ver, yo, el elegido: así me cebaba en mi momento de gloria hasta que fue más importante preocuparme por cómo llegar al suelo sin caerme o dar contra un auto de frente; lo logré con dificultad justo para ver cómo el chino salía por una lateral; lo alcancé fácil ahí, me puse justo detrás, saqué la cadena y de un golpe se la enrosqué al cuello y tiré; cayó al suelo casi al mismo tiempo que yo, porque al soltar una mano terminé de perder el control de la moto, que siguió su curso unos metros hasta que cayó hacia atrás, con su única rueda mirando al cielo; creí escucharla expirar; yo una moto muerta no la pago, pensé, que me vengan a buscar, con la mente nublada por el golpe. La cadena se me había zafado al caer pero seguía enroscada en el cuello del chino, que tenía la cara ensangrentada por el coletazo; intentaba pararse, fui, lo liberé pero lo amenacé con romperle la cara, bueno, con seguir rompiéndole la cara si no hablaba: no habala esapaniol, me dijo; lo agarré de la campera y me lo acerqué a la cara, no podía quitarme de encima la sensación de que a este yo lo conocía; ¿sos uno de los que se apareció por el cyber, vos?; no alcancé a decir más: con una patada rasante me hizo perder el equilibrio y caí pesado contra el cordón de la vereda; la noche se confundió, creo que ya por unos días tuve, pensé, mientras sin poder moverme sentía las manos del chino hurgando el bolsillo interno de mi campera de cuero.

*

CAPÍTULO 9:

La casa en la que Miriam vive con su papá es una casa discreta, tipo chorizo, al final de un pasillo largo y angosto, de paredes que llegan hasta el cielo, por donde pasa una nube solitaria. Cuando entramos en la penumbra Miriam me hace un gesto de silencio con el índice sobre los labios, yo me encorvo y camino en puntas de pie detrás de ella. En la oscuridad veo bultos, muebles, sillones y objetos por todos lados; el living recibe luz de un patio interno, de cemento oscuro de hollín y plantas que parecen restos disecados de extraños seres espaciales. Juan y Sebastián se escabullen hacia afuera a través del ventanal apenas abierto. Supongo que para ellos debe ser algo así como un jardín intergaláctico. Miriam me conduce directamente a la habitación y voy sintiendo que el pasillo se angosta y que mi corazón rueda a los tumbos a través de él. La poca luz define la cama de una plaza, una cómoda de pino garabateada con Liquid-paper, y algunos pósters en las paredes, entre los cuales me llama la atención uno de Néstor en Bloque. Es un rubiecito con actitud patoteril y flequillo ridículo que podría ser gracioso, aunque la oscuridad le da un tono grave a su expresión. Miriam cambia algunas cosas de lugar para hacer espacio sobre la cama, y un rayo azul atraviesa el cuarto. Siento la piel erizada, giro la cabeza y veo un monitor emitiendo un loop de imágenes, en este caso una de Pablito Lescano y sus Damas Gratis. Miriam cierra la puerta con cuidado, ¿puedo ofrecerte algo Casti..?, dice después, mientras se saca las zapatillas y las arroja por la ventana al patio. La voz me sale quebrada por los nervios, no quiero ni pensar en el búfalo que duerme al lado. Necesitaría algo para bajar, todavía estoy un poco enroscado, de bajón, explico, con una mueca estúpida. ¿Whisky o Alplax?, hay de los dos en la habitación de mi papá, comenta, de lo más natural. De pronto siento un sudor frío. Un whisky estaría bien, pero te parece…, y Miriam se esfuma antes de que termine de pronunciar la frase. Sentado en la cama, con los colores de la pantalla proyectados sobre la cara, hago sonar los dedos, lo único que quiebra el silencio de la casa.

PH: Angie Pagnotta
PH: Angie Pagnotta

Pero el silencio se recompone, se estira, se mueve hacia cada rincón, llega a todos lados, sale de la casa, toma todo el barrio. Miriam reaparece con una botella de Criadores medio vacía y un vaso ancho, esmerilado y sin hielo. Desenrosca la tapa con los dientes a la vez que cierra la puerta con un empujoncito de la cadera. Sirve como una bartender experimentada; estira el chorro en el aire hasta que lo corta con un movimiento de la muñeca y me entrega el vaso junto con la botella. Después se inclina sobre la compu y dispara un regguetón a un volumen no muy alto. Pero lo suficiente para seguir el ritmo, y va meneando, suave, mientras se desata el pelo y se masajea la cabeza. Me mando un trago bien largo y la observo moverse a contraluz; es un momento de intimidad, de ella con ella misma. De repente se quita el top y con la yema de un dedo recorre la puntilla del corpiño. Yo siento una daga de fuego en el pecho, y para apagarla me termino lo que queda del whisky en un solo envión. Miriam levanta la vista y sin decir agua va se lanza sobre mí de palomita, y me tiro hacia atrás para recibirla. Nuestras respiraciones se mezclan, mientras escuchamos el traqueteo del vaso rodando por el parquet, hasta que por fin se detiene. Durante unos segundo nos quedamos así; ella montada sobre mi, las tetas desparramadas contra mi pecho mientras palpitamos algún sonido, alguna señal de peligro al otro lado de la pared, por más imperceptible que sea. Pero no hay nada. No vuela ni una mosca sobre el lomo del búfalo. El aliento de Miriam todavía conserva un dejo a vómito, aunque el mío no debe ser mejor, pienso, y le doy un beso suave, respetuoso. Ella lo recibe con una actitud pasiva, hasta que su lengua me penetra y empiezo a sentir el vaivén de su cadera. Le encajo el muslo entre las piernas y ella inicia un frotamiento acompasado; la temperatura de esa zona va calentando mi pantalón. Ahí abajo todo está a punto caramelo, pienso, y cierro los ojos en un ruego silencioso para que haya alguna reacción desde mi parte. Ella sigue concentrada en los movimientos de su lengua dentro de mi boca y como si oyera mis pensamientos mete una mano para tantear. De pronto se detiene. Manosea. Duda. Yo aprieto los párpados y sigo como si nada. Acto seguido redobla la apuesta de gemidos, franeleo y lenguas vivas, y lleva su performance al siguiente nivel. Su mano trabaja la zona como si hiciera un masaje cardíaco. Yo respondo como un autómata, sólo una idea ocupa mi mente de hojalata, y está más cerca del drama que del placer. Quisiera salir corriendo, cruzar la avenida con el semáforo en rojo, ser atropellado aunque no gravemente herido, llevado hacia el viejo hospital de los muñecos y así finalmente poder descansar. La mano de Miriam abandona el intento de reanimar a mi entrepierna. Separa su boca de la mía, corta un hilo de baba con los dedos y se seca la saliva con el reverso de la mano. ¿Qué pasa Casti..?, sonríe, desorientada.

A través de la ventana veo una sombra que cae al patio detrás de ella. Pego un salto, y al ver mi cara, Miriam reacciona espantada. Ahoga un grito, y después del golpe seco contra el piso nos quedamos esperando (una curiosidad; más allá del sobresalto inicial, seguido por el temor que se ha instalado, subyace en mí es una gran sensación de alivio). ¡Hacé algo Castagna!, ordena Miriam en un susurro agitado, cubriéndose los pechos con la almohada. Con cuidado me acerco a la ventana y no logro ver nada. Asomo la cabeza a través de los barrotes. Veo un flaquito desparramado como un saco de huesos; equipo Adidas de la selección Argentina, y una zapatilla de menos seguramente a causa de la caída. A un costado del cuerpo también hay tirado una especie de librito o agenda. ¿Qué pasa Castagna?, se agita Miriam a mis espaldas. Necesito entender mínimamente esta situación antes de dar una respuesta. Pienso; tengo taquicardia, el puslo acelerado, un muerto en el patio y al búfalo que en cualquier momento despierta enloquecido y me lleva puesto. Pero, en eso, el flaquito que al final no estaba muerto lentamente empieza a mover los dedos de una mano y después todo el brazo para alcanzar el cuaderno y metérselo en el bolsillo de la campera. Noto que está golpeado, tiene moretones en la cara y agujeros en la ropa que dejan ver raspones sangrantes en los codos y en las rodillas. Le faltan mechones de pelo, pero no se queja: sólo escucho que llega a decir, con una voz débil, entrecortada y oriental: “Miliam… Miliam… socolo, pol favol…”

Miriam vení un segundito por favor, la llamo en voz baja, con un hilo de voz, y ella asoma la cabeza justo al lado de la mía, pero como la suya es más chica, logra pasar los barrotes ¿Por casualidad vos conocés a este muchacho?, comento, ella lo observa aterrorizada cuando él levanta la cabeza y ninguno de los dos puede creer lo que ve. Es el novio de Miriam, el wachín, pero ahora con facciones orientales: ojos rasgados, chinos. ¡Un wa-chino! digo en voz alta y Miriam me golpea para que no grite. Mi amor, ¿sos vos?, se desespera. El wachino balbucea algo incomprensible mientras intenta levantarse. Se aferra a los barrotes para llegar hasta nosotros. Tiene la cara llena de cortes, huellas de una pelea a muerte y la marca de algo que parece una cadena alrededor del cuello. Juntitos uno al lado del otro, Juan y Sebastián siguen la escena con atención trepados al marco de la ventana. Castagna-san, Miliam, mi amol… mi tesolo… ayuda… ya no sel yo…, se lamenta el wuachino, haciendo un gran esfuerzo por no desmayarse. Miriam estalla en lágrimas, se atraganta hasta que finalmente logra hablar, siempre en voz baja: ¡mi amor adónde estabas decime por favor que te pasó qué es esa cara de chino que tenés quién te golpeó así contame por favor corte que no entiendo nada! De repente, la expresión suplicante del wuachino desaparece y cambia a un tono neutro, superior; la mirada perdida, como descifrando un mensaje que le llega del más allá. A lo cual responde hablando en chino y con un gesto afirmativo. Después recoge una zapatilla marca Nike, que resulta ser de Miriam, y la descarta cuando ubica la propia. Endereza la espalda, se la coloca y anuda enérgicamente. Un segundo después escapa trepando la pared del patio como un hombre gato, y adivinamos que su andar sigiloso por los techos se pierde en el atardecer.

 

Ilustra Broemmel & Castagna 2*C. CASTAGNA: Diego Fernández) nació en abril de 1975, en Buenos Aires. Es escritor y diseñador gráfico. Publicó el libro Alta Gracia (Pánico el Pánico, 2012). Algunos de sus cuentos aparecieron en las antologías El amor y otros cuentos (Random House Mondadori, 2011), Karaoke (Textos Intrusos, 2012), Escribir Después (Ed. Outsider, 2012) y Nunca menos (Pánico el Pánico, 2013). Colaboró con reseñas literarias, notas y cuentos en las revistas La Única, Paco, Olfa y No Retornable. Co-organiza el ciclo de música y lecturas “No lo intenten en sus casas”.

*CHRISTIAN BROEMMEL: nació en 1972, en Buenos Aires. Es escritor y realizador audiovisual. Publicó el libro de cuentos Luz negra (Pánico el pánico 2011). Publicó cuentos en las antologías El amor y otros cuentos (Random House Mondadori 2011), Karaoke (Textos Intrusos 2012), Escribir después (Ed. Outsider 2012), Nunca menos – Covers de la literatura argentina (Pánico el pánico 2013) y la nouvelle El hombre que hablaba en flores (Décima Editora, 2015). Es el editor de la sección de reseñas de la Revista No Retornable. Es co-organizador del ciclo de lecturas y música No lo intenten en sus casas. Colaboró con publicaciones en las revistas La Única (crónicas), Kundra (literatura) y Próxima (ciencia ficción).

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