#Cuento | Todo pelo es pelo muerto | Agustín Acevedo Kanopa

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Te advierten que podés llegar a cagar rojo, que no te preocupes, que no es sangre, que es sólo la coloración de una de las medicaciones, pero es difícil sacarse el susto de levantar la cola del water y ver aquel rojo descomponiéndose en un remolino degradé rosa, ni bien tirás de la cadena.

Desde que empezó “el tratamiento” su vida se resumió en una sucesión interminable de advertencias. Las advertencias de los mareos. Las advertencias de las sudoraciones. Las advertencias de la falta de apetito. Las advertencias de las náuseas. Las advertencias de insuficiencia respiratoria. Las advertencias de una posible caída de pelo. Las advertencias de una posible baja de autoestima. Las advertencias de posible irritabilidad. Las advertencias de no querer escuchar más advertencias.

A veces siente que preferiría que todo hubiese ocurrido como una gran sorpresa, una bomba atómica que hubiese explotado lo suficientemente lejos como para dejarla así como está, una sobreviviente lejana de Hiroshima y Nagasaki. El otro día apareció en Facebook una aplicación que podía determinar el radio de devastación que tendría una bomba atómica de caer en tu ciudad. En Montevideo uno se las imaginaría cayendo, como en las películas, en Plaza Cagancha, el Palacio Salvo, o la explanada de la Intendencia, pero por alguna razón, el ground zero de todas las bombas es Bulevar Artigas y Palmar. En la aplicación también podés elegir cuál bomba querés que se detone. Se alegró de darse cuenta que la “Little Boy” no llegaba a alcanzar en su expansión destructiva a ninguna de las casas por las que anduvo mudándose con su madre en los últimos cuarenta y dos meses. Tampoco la “Fat Man”. Ya a partir de la “Joe-4” las cosas se complican. La última ola de expansión llega al apartamento de su tía abuela, a la casa de aquel señor del mercado modelo con quien salió su madre, y apenas rozando, a la altura de Piedras Blancas, la de aquel milico, con quien también salía su madre (se mudó a todas, siempre con la perrita, las valijas y un par de muebles). Con La “Tsar Bomba”, todo Montevideo, incluso llegando a Santa Lucía y Bello Horizonte, vuela por los aires. Todo estos cálculos guardan una sensación de familiaridad en ella, pero los razonamientos quedarán en la densa melaza de un deja vú, a no ser que por casualidad o introspección dé con un recuerdo de sus seis años, ella caminando de la mano con su padre en la Rambla Sur, el viento pampero golpeteando su rompevientos fosforescente, él señalando el esqueleto de Riogas y diciendo “si a un loquito se le ocurre prender un fósforo ahí, explotamos todos”.

A los seis años uno tiene apenas una vaga noción del auténtico peligro, pero esa indeterminación lo convierte en algo intermitente, que se extiende como una telaraña a los últimos rincones del mundo. Pero ahora acaba de cumplir dieciséis años y tampoco tiene una noción del auténtico peligro. No la tiene, incluso aun después de aquel día en que el oncólogo le dijo que, pese a la remoción exitosa del Linfoma, encontraron pequeños tumores en el hígado, intestino y pulmón. Hace dos semanas le sacaron nuevas placas y, después de seis meses de tratamiento, los tumores prácticamente desaparecieron. El doctor los comparó con arvejas. Cuando se lo dijo, sintió que el doctor estaba más contento que ella, como si esperara que lo abrazara, o algo. Su madre quiso festejar llevándola al McDonalds, pero ella sólo quería salir del hospital.

Algo que odia de la quimio es que arruina todo lo que hacés mientras estás bajo sus efectos. Arruina cualquier cosa que haya pasado por vos en ese momento, incluso después de terminar el proceso. Piensa en las bombas atómicas y la quimio. Piensa en la cuarto de libra con queso que ahora le da asco, en los ticholos que le trajeron luego de su primera sesión, en la lana de toda su vida ahora raspando sus brazos y el perfume que una de las enfermeras que la atienden. Todas esas cosas son como esa canción que arruinó al convertirla en sonido de alarma para el liceo, como ese litro de Martini que se tomó con unas amigas en la previa de un baile, como la radiación de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin hasta ahora inutilizando el suelo de Chernobyl.

Todos estos son pensamientos negativos que puede ser que lleguen cuando empiece a sentir los efectos de la medicación, como dijo la psicóloga. Pensamientos que pueden colindar con la depresión, la angustia, el nerviosismo, el abatimiento, el tedio y malhumor, como dice la pelotuda de la psicóloga. Las enfermeras venían sugiriéndole que la viera y cuando llegó el momento –ella en la cama del hospital, en esas internaciones de dos días mientras le administraban la quimio- fue sólo una charla de quince minutos, con la señora parada a un metro de la cabecera de la camilla, explicándole todo lo que estaba sintiendo y avisándole todo lo que iba a sentir.

La psicóloga usaba unas pulseras doradas de bijouterie que tintineaban cuando movía las manos. No sabría explicar por qué, pero para ella es un detalle importante.

Abre la heladera y saca el jugo de naranja. Piensa en un psicólogo que tuvo dos años antes -antes de todo esto. Un psicólogo que pocas veces emitía opinión, pero que parecía escuchar todo lo que decía. Un día prefirió ir a la rambla con una amiga y dejó de ir. A veces piensa que fue injusta con él, que el tipo realmente se interesaba. Que era una buena persona. Esos buzos antiguos que usaba. El nido de horneros que podía ver desde la ventana de su consultorio. Esa tristeza que se ve en la gente que nunca tuvo hijos.

Son apenas las ocho y media de la mañana, pero ya no hay nada que la pueda volver a meter en la cama. La puerta de su cuarto está cerrada y aun así se puede escuchar a Facundo roncando. Todas las mañanas se levanta y le hace el desayuno a él y a su madre, pero hoy decidió que no lo va a hacer. Hace calor, podría desencadenar la bicicleta que le consiguió Facundo, pedalear por Camino de los Camalotes y agarrar para el Parque Lecocq. Pero hace calor.

La idea de la bicicleta fue de ella, aprovechar los descampados y el verde del nuevo barrio y bajar esos doce kilos que ganó desde que empezó el tratamiento. Según su madre es sólo la quietud, pero ella sabe que es una gordura diferente, como si alguien le estuviese bombeado aire con un inflador conectado a la mariposa que le suelen clavar en el reverso de la palma.

La otra vez, la del quince de Melina, fue horrible. En cualquier vestido quedaba cuadrada. En todos los vestidos de todas sus fiestas. En el Molat floreado sin mangas que usó para el cumpleaños de su madre. En la solera blanca que en las luces negras de Up! se le traslucía el sutién y la bombacha. En el vestido tubo con mini y el calor de la mano de Yonatan atravesando la licra mientras apretaban atrás de los amplificadores, en el quince de Mariana. En el strapless corte recto con volados plateados que le pidió prestado a Ainara para el casamiento de su hermana. Todos estirados, las tetas perdiéndose en la caída de la tela, ella llorando y la tía viniendo express, trayendo su conjunto de palazzo y chaquetita negra con bordados en dorado.

Pero aun teniendo el quince de Jessica viniéndosele encima en cuestión de una semana, hoy no se va a subir a la bicicleta.

Por primera vez en su vida puede abrir una heladera y verla llena. Desde que se mudó con su madre, por primera vez sin otras parejas, ni alguna de sus cinco hermanas y sobrinos, la heladera rebosa de verduras, fruta, requesón, mermeladas, yogurt, coca-cola y milanesas ya empanadas. Se corta un trozo de dulce de membrillo. Todavía sin tragarlo, disolviéndosele en la boca, pega un mordisco a un trozo de queso: Martín Fierro instantáneo. Se sirve otro jugo de naranja y se sienta en la silla, sintiendo el frío de la rejilla atravesándole la bombacha.

Afuera, unas nubes inesperadas encapotan el cielo. Al final era buena idea no ir al Lecocq, se está por largar con todo. Dicen que es el temporal de Santa Rosa, al menos eso es lo que vienen diciendo desde que en pleno agosto Montevideo se convirtiera en Guayaquil. Piensa qué estaba haciendo el 23 de agosto del año pasado. Algo de la noche de la nostalgia, pelearse con su madre porque no la dejaba salir, o porque ella no dejaba salir a su madre.

Piensa que ahora sí tendría razones por las cuales sentir nostalgia, pero en realidad no siente nada. Meliana, Ainara, Mato, Elías, Sofía, Melanie, los chicos de la Plaza Seregni, sus caras aparecen como borroneadas por un dedo. La han llamado, la otra vez incluso se tomaron tres bondis para ir merendar a su casa, pero en todo momento sintió la situación como una obligación, mirando de reojo el reloj de la cocina. Sabía que de ahí pasarían dos meses sin verlos, y después de una próxima reunión, tres o cuatro meses más. Los escuchaba hablar y no se acuerda si las charlas que estaban teniendo ahí, en la cocina, son las mismas que tenía cuando iba a su liceo. En su cabeza recrea un recuerdo lindo (la psicóloga le dice que siempre es bueno volver a un recuerdo lindo; eso, y pensar en el color azul) y se le ocurre volver a esos días de fin de año en que faltan todos los profesores. Se acuerda de esa vez que se tomaron un bondi y fueron al Parque Rodó, subiéndose a las sillitas giratorias. Recuerda comer churros, la azúcar pegoteándose en sus labios, gritar -no porque quisiera gritar, sino porque era divertido gritar- en la bajada de la montaña rusa. Pero ¿de qué hablaba con ellos?

Facundo no dice nada, pero, a no ser por Melanie, que la conocía de antes, no parece bancárselos mucho.

A Facundo lo conoció cuando el pelo todavía le daba para hacerse un corte de rapado asimétrico a lo Miley Cyrus. Para cuando tuvo que rapárselo todo, Facundo apareció por su casa con un pañuelo celeste. No tienen una fecha precisa, pero para ella él se convirtió en su primer novio de verdad a partir de ese momento. Ahora Facundo sigue roncando, y ella espera que permanezca dormido un montón de horas más. Diez, doce horas, un día entero.

No supo qué día se vino a vivir, pero cuando se quiso acordar ya estaba almorzando con él, durmiendo apretados en la cama de una plaza, viéndolo discutir con su madre sobre si pintar de un color u otro una habitación. Facundo también dejó de ver a sus amigos, y hay algo de ellos dos, perdidos en ese rincón de las afueras de Montevideo, que la parece dejar en un estado de sopor. A veces la familia de Facundo llama y él se encierra en el baño a hablar por teléfono. Nunca llega a escuchar su voz, sin saber si realmente hay una conversación del otro lado de la puerta. El único momento en que Facundo no está es cuando se va a trabajar. En esas horas siempre se promete que va a estudiar para dar libres unas materias, pero sabe que cuarto lo tenía perdido desde que entró a la clase del Miranda con el pañuelo en la cabeza. Habrá ido un mes y medio. Se hizo amiga de una mina depresiva y otra super pelotuda. En algún sentido parecían complementarse. Después vinieron las nuevas internaciones, los faltazos a los escritos. Cuando se quiso acordar hacía un mes que no iba. Ahora sólo estudia mitología griega. No sabe de qué va a servirle, pero cuando algún profesor pregunte por los hijos de Clitemnestra, no va a dudar un segundo en enumerar cada uno e indicar quién mató a quién.

Para el tiempo en que no estaba en la casa, a Facundo se le ocurrió traerle una Play 2 que tenía en lo de sus viejos. Está destrabada y tiene como cincuenta juegos. Ella nunca jugó más que a los Sims y le complica bastante el tema de los joysticks, pero después de un par de meses llegó a dominarlos bastante bien, especialmente los de carreras. Al principio únicamente se prendía al Need For Speed: Most Wanted, casi únicamente jugando a ser perseguida por autos patrulla. Después encontró otros juegos, pero no le gustaron tanto como el primero. Del Burnout Dominator le gustaba cómo se hacían pelota los autos al chocar, pero no le gustaba tanto los escenarios. El Test Drive se iba volviendo medio monótono con el tiempo y el Gran Turismo 3 era mucho más difícil de manejar, por más que Facundo le dijera que era el más realista de todos.

Un día se despertó en el medio de la noche y se lo encontró jugando al GTA: Vice City. Al principio pensó que era otro juego de carreras, pero de repente vio cómo su novio salía de un coche con una escopeta y le disparaba en la espalda a un bichicome. El tipo entraba y salía de autos. De la nada atropellaba a dos viejas, y de sus cadáveres, como una aparición fantasmal, flotaba un fangote de billetes rodeados por un halo verde fosforescente. Facundo se metía en misiones introducidas por unos videos cortos de esos personajes poligonales animados, pero a ella le interesaba más ese espacio entre una misión y otra, el rato en que su novio se dedicaba a robar autos hasta encontrar el mejor disponible, o ese tiempo en que simplemente vagaba por ahí, matando a alguien porque sí.

Termina el jugo de naranja y prende la Play. Es extraño jugar en la cocina, con las piernas recostadas sobre la mesa de vidrio, pero en el cuarto siempre está durmiendo Facundo o ella, y al final les resultó más fácil dejarlo conectado a un televisor chico que está sobre la mesada de mármol. Desde que Facundo destrabó las barreras que impedían el paso a Downtown, se ha pasado todo el tiempo dando vueltas por las dos islas interconectadas del juego, contratando y asesinando a prostitutas, atropellando a haitianos, escapando de policías, asaltando tiendas de discos, intentando saltar canales con autos en llamas, arrojándose desde rascacielos, apostándose en las terrazas de edificios con un rifle sniper, decapitando a transeúntes con katanas, manejando taxis y ambulancias, acumulando velocidad en motocicletas hasta salir despedida ante el primer objeto con el que se tope.

A veces, algunas de esas noches en donde el mareo no la deja dormir, o cuando sencillamente está comida por el insomnio, se desliza por debajo del brazo de Facundo, camina de puntas de pie a la cocina cocina, abre el garaje de Sunshine Imports donde siempre deja guardada la partida y se sube al Stinger. A veces entra a conducir por la arena de Ocean Beach, desde el faro hasta Vice Point, una línea recta impoluta como el trazo de un flechazo. Otras veces agarra por Little Havana y al pasar cerca de aquella pandilla de negros aminora el paso hasta que la ven y empiezan a dispararle. Otras veces entra al club de golf de Leaf Links y comienza a conducir uno de esos carritos sin ninguna dirección, perdiéndose en el verdor del pasto y esas puestas de sol que tiñen toda la pantalla de naranja. Más que nada, hay noches en las que se roba un auto cualquiera y anda lento por las calles de Little Haiti, su auto avanzando lentamente entre las casas de techos bajos y el pasto seco. Ir atropellando a todo el mundo es fácil, lo verdaderamente difícil es conducir por ahí sin querer ser percibido, conducir como si uno mismo estuviese en ese auto. Le gusta manejar el Lincoln, respetar los semáforos, pasar por delante de los autos patrulla como un ciudadano más, sin que ellos sepan que dos días atrás estuvo asesinando, robando y prendiendo fuego a todo lo que se encontraba a su paso. Avanzar como esos pasos suyos en el corredor, cada vez más silenciosos, hasta que ella misma siente estar al borde de desaparecer.

Estuvo metiéndose en los recovecos del puerto, viendo a los obreros salir con sus cascos amarillos, conduciendo hacia el Aeropuerto Escobar, estacionando en la puerta como si estuviese esperando a un amigo que vuelve después de un largo viaje. Agarró por los acueductos que conectan con Little Havana, se robó un auto Cheetah y viajó por la rambla dejando apretado hasta el fondo el botón x lleno de grasa de la cocina. Circunvaló el hospital y se tomó la autopista que lleva al puente que conecta a Downtown con Prawn Island. Por alguna razón, aminoró la marcha al pasar por los estudios de cine vacíos. Se bajó del auto y empezó a caminar por aquella zona de mansiones abandonadas. Se mojó las piernas subiéndose a la fuente de dos peces gigantes y pixelados que escupen agua por la boca. Empezó a llover y se le ocurrió refugiarse en una de aquellas mansiones.

Ahora se queda quieta y en silencio en el interior de una mansión semitapeada, cubierta por graffitis. En el videojuego son la una de la mañana y si hubiera algún control para poner a dormir a su personaje sobre esas alfombras garabateadas, lo haría ahora mismo. Dormir, protegida por ese nuevo techo, la lluvia que se siente a lo lejos y todo ese mundo, esos transeúntes y policías que no saben que adentro de esa casa hay un asesino cansado. Más allá de la cocina escucha al temporal anidarse en el techo de su casa. Lo sabe por las primeras gotas de lluvia repiqueteando sobre las chapas, el recuerdo de su casa en Colón, durmiendo con sus dos hermanas en el sofá-cama del living, turnándose para cambiar los baldes y las toallas en los lugares que caían las goteras. En el pequeño patio la lluvia golpea la chatarra oxidada que dejó el dueño y nunca les dio por retirar. Desde la cocina puede ver una chapa para claraboya pudriéndose en la humedad. Le sorprende ver cómo la fibra de vidrio se va convirtiendo en pelo cuando se pudre. El otro día leyó que, por más nutrientes que nos muestren los avisos de shampoos, todo el pelo es pelo muerto. Pero también leyó que el pelo y las uñas son lo único que sigue creciendo aun después de morir. Son las seis de la mañana y la lluvia cede espacio a un sol que evapora en segundos todos los charcos del asfalto. Sale al patio. Va a ser un lindo día en Vice City.

11997906_10153726750642518_1586884088_nAGUSTÍN ACEVEDO KANOPA, nació en Montevideo, 1985, pero hasta los siete años su vida alternó indecisa entre otras ciudades: La Coruña, Guadalajara y Tokio. Psicólogo y crítico de cine y música, su primer obra édita fue un poemario, Caja Negra (Editorial Cuenco del Plata, 2007). Luego vino una novela, Antes del crepúsculo (Ganadora de los Fondos Concursables del MEC 2009, posteriormente publicada en Trilce) y más tarde un libro de cuentos, Eucaliptus (Estuario Editora, 2013, ganadora de una mención en el Premio Nacional de Literatura, MEC). Colaboró en varias antologías de cuentos, entre ellas De Acá –Ed. Rebeca Linke, 2008-, Entintalo –CCE, 2010-, Hasta aquí llegamos, Cuentos del Fin del Mundo –Ed. El cuervo, Bolivia-Argentina, 2013- y Voces -30, Nueva Narrativa Latinoamericana –Ebooks Patagonia, Chile, 2014).

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