#Reseña de Autor| Natalia Ginzburg: un mundo de historias íntimas y libros que no mienten, por Victoria Mora

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Para Marily Pugno, ella sabe porqué.

La novela breve Familia de Natalia Ginzburg, termina con una escena de lo más trivial, Carmine uno de los personajes principales agoniza, entonces, recuerda una escena infantil en la que se encuentra en el regazo de su madre una noche de tormenta en una estación de tren en la ciudad, están esperando junto a mucha gente para volver a su pueblo. “El porqué su memoria había descartado y destruido tantos días, tantos sucesos, y conservaba en cambio tan cuidadosamente aquel minuto, mantenido a salvo a través de los años, tempestades y escombros, no lo comprendía. No recordaba nada de sí mismo en aquel tiempo, ni qué ropa llevaba, ni qué zapatos llevaba, ni qué estupores o curiosidades se tejieron y deshicieron, por aquel entonces, en su pensamiento. Había sin embargo conservado por casualidad un montoncito de impresiones mínimas, dolorosas pero ligeras. Había conservado las voces, el barro, los paraguas, la gente, la noche”

Esta es la prosa de Natalia Ginzburg, una prosa de los detalles, de los divinos detalles cotidianos, de las historias íntimas, mínimas pero no por eso menos profundas y conmovedoras. Sus novelas y sus ensayos en gran parte podrían desprenderse de este párrafo: el pueblo, su gente, la ciudad, los recuerdos, la memoria, el exilio, la muerte, están presentes con ese impacto que se logra con una prosa fluida, sencilla, sin vueltas. Inscripciones de una vida convertidos en la mejor literatura.

Natalia nació en Sicilia como Natalia Levi, era hija de un intelectual socialista que no la dejó ir a la escuela para que no se contagiara enfermedades y eligió que fuera educada en su casa por maestros particulares. Quizás este haya sido el primer exilio interior para una autora que verá marcada su vida por el confinamiento. En el año 38 se casó con Leone Ginzburg, de quién tomará su apellido. Leone era un intelectual ruso cofundador de la Editorial Einaudi, editorial que en pleno avance del fascismo proponía traducir lo mejor de la literatura rusa y norteamericana, proyecto que llevó adelante con Cesare Pavese y Giulio Einaudi quién dio nombre a la editorial. Fueron perseguidos por el nazismo. Pavese mantuvo la editorial cuando Einaudi se fue al exilio suizo y Leone con Natalia y sus hijos se vieron obligados a mudarse a los Abruzos, a un pequeño pueblo de Italia, que será fuente de historias inagotables para la escritora.

Las novelas La calle que va a la ciudad (1941) y Las palabras de la noche (1961) toman de lleno el pueblo y su idiosincrasia encarnada en gente común. Sin juicios, sin opiniones, su prosa muestra de una forma descarnada, sencilla y cotidiana, y es allí donde anida todo su valor. Volverá a hablar de la ciudad, el pueblo y la vida allí en sus otras novelas y en sus ensayos. La gente moviéndose en estos escenarios y marcados por ellos no dejará de retornar. Logra narrar de modo magistral lo cotidiano que revela la naturaleza humana.

Finalmente, su marido es capturado y muere bajo tortura en 1943. La desolación, la tristeza y el dolor aparecerán brotando de la pluma de Natalia pero nunca contando la experiencia directa, cruda del nazismo, así como la vemos en las imágenes que tanto han quedado marcadas a fuego en la memoria de la humanidad. En su obra no hay cuerpos maltratados, lo que hay es el mal y esto se cuenta por añadidura a sus historias cotidianas.

“Lo nuestro era un exilio: nuestra ciudad estaba lejos, y lejos estaban los libros, los amigos, las vicisitudes varias y cambiantes de una verdadera existencia. Encendíamos nuestra estufa verde, con el largo tubo que atravesaba el techo; nos reuníamos en la habitación donde estaba la estufa, y allí cocinábamos y comíamos; mi marido escribía sentado a la gran mesa ovalada, los niños sembraban el suelo de juguetes. En el techo de la habitación había un águila y pensaba que aquello era el exilio. El exilio era el águila, era la estufa verde que crepitaba, era la vasta y silenciosa campiña y la nieve inmóvil” escribe en su ensayo “Invierno en los Abruzos” en Las pequeñas virtudes (1962), posiblemente su más bello libro, donde reúne ensayos publicados en diarios y revistas entre los años 44 y 62. Allí también dice: “Una vez que se ha padecido, la experiencia del mal ya no se olvida (…) No nos curaremos nunca de esta guerra. Es inútil. (…) Nosotros no podemos mentir en los libros ni podemos mentir en ninguna de las cosas que hacemos. Acaso sea el único bien que nos ha traído la guerra. No mentir y no tolerar que nos mientan los demás” Es la guerra pero también es la vida. Ginzburg no miente. A pura honestidad en sus páginas recorre los temas que atraviesan una vida. La de su propia vida golpeada por la tragedia más brutal, pero que también son los pequeños temas que cualquiera transita en su día a día. El lector encontrará en sus páginas sesgos de lo más íntimo: la pobreza, la pérdida, la maternidad, los amigos, las ciudades que habitamos o visitamos, la música, los oficios. Lo más íntimo contado desde la absoluta honestidad: “la verdadera honestidad, tanto en la escritura como en el cine, no se plantea propósitos, ni se piensa a sí misma. En cuanto a los compromisos con el público, la verdadera honestidad no los rechaza, simplemente porque ni siquiera recuerda que existen” escribe en “Dillinger ha muerto” en Ensayos un libro publicado por Lumen en 2009 que incluye sus libros Nunca me preguntes (1970) y No podemos saberlo (1973-1990)

Mirar la vida desde la perplejidad que se nos impone al vivirla, desde allí, parece que escribe, siempre sostenida en una posición de observadora, a veces testigo, y a veces protagonista, pero aún en estos relatos en primera persona sus juicios no aparecen. No comprender el mundo parece haber sido el trampolín que la impulsó a una vida de letras.

Al final del nazismo vuelve a Roma sola y sus hijos permanecen con su mamá hasta tanto ella puede reacomodar su vida. Pasa por un período complejo de dificultades laborales y económicas y nace su tercer hijo de padre desconocido. En el año 46 vuelve a la editorial a pedir trabajo, termina formando junto a Italo Calvino y Pavese el comité de lectura.

En el año 50, se casa por segunda vez, un tiempo después que Pavese se hubiera suicidado. Por cuestiones laborales de su marido se va a vivir a Londres. En esta etapa de su vida escribe Léxico familiar (1963) a partir de esta novela, relato familiar autobiográfico, gana popularidad y comienza a escribir con frecuencia en medios de comunicación.

“Cuando escribo historias soy como alguien que está en su tierra, en calles que conoce desde la infancia, y entre muros y árboles que son suyos. Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida, pero, en cualquier caso, historias, cosas en las que no tiene nada que ver la cultura, sino sólo la memoria y la fantasía” de “Mi oficio” en Las pequeñas virtudes. Oficio que la acompañó hasta el final de su vida en 1991. Oficio que sus lectores celebramos que haya encontrado como lugar de resistencia frente al mundo.

11998126_610390742432739_1168963635_nVICTORIA MORA: nació en Buenos Aires en 1979. Es psicoanalista, docente y narradora. Ha participado en jornadas y publicado trabajos entrecruzando psicoanálisis y literatura. En 2012 ganó el primer premio del concurso de cuentos de la Fiesta Nacional de las Letras de Necochea con su cuento “El último tren”.”Demasiado tarde” fue uno de los cuentos ganadores del Concurso literario Micaela Bastidas organizado por el INADI. En 2013 su cuento “Herencias” resultó uno de los ganadores del Concurso del 1° de Mayo organizado por la Casa de los trabajadores de Córdoba. Su cuento “Rescate” fue finalista y parte de la Antología del Certamen literario de Editorial Alma de diamante (2013). Fue finalista del II Concurso de cuento breve Osvaldo Soriano organizado por la facultad de Periodismo de la UNLP con su cuento “Huellas” (2014). Su microrrelato “Masacre” recibió una mención en el Concurso Provincial de Murales Literarios (2014). En 2014 publicó su primer libro de cuentos Un mundo oscuro por editorial Llanto de mudo. Colabora con las revistas digitales Kundra y Mercurio Contenidos.

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