#Cuento | La violación de Lucrecia | Por Juan José Burzi (Argentina)

La violación de Lucrecia

 Para Daniela Esposito

Corrió hasta el pequeño bosque una tarde de su niñez, sin saber que ese sería el recuerdo más antiguo que rescatará más adelante. La aya la sigue con displicencia, dado que si tiene necesidad de darle alcance solamente deberá apurar el paso un poco más. No se da cuenta de que la niña corre hacia una trampa, y por eso, cuando de pronto desaparece de su vista, no entiende qué sucede ni sabe bien qué hacer.

El pozo no es profundo, apenas dos metros, pero lo suficiente como para que la niña pierda el conocimiento. La maleza que disimula el agujero se reacomoda en la posición que estaba antes, cubriéndolo totalmente, invisible a la vista.

Alpiel se acerca a la niña desde una de las tantas cavernas que confluyen en ese claro. Camina encorvado, apoyándose con las manos en el suelo, como un animal. Desde arriba se oyen los gritos de la aya, que desesperada llama a la niña: “¡Vera, Vera!”

Vera siempre soñaba ese episodio insulso de la niñez: Valentina, la niñera, la llevaba de la mano entre los pastizales que separaban lo que era el parque trasero de la casona familiar del montículo de árboles que sus padres se empecinaban en llamar “el bosque”.

Una vez que llegaban, Valentina la conducía entre los árboles hasta un breve claro libre de malezas, hongos y piedras. Se sentaban en unas raíces que sobresalían de la tierra, pertenecientes a un árbol cuyas ramas se retorcían atormentadamente hacia arriba.

Valentina le hablaba, le contaba algo que Vera no iba a recordar luego del sueño ni durante el día, si bien la escuchaba con ansiedad, una ansiedad que se parecía al miedo. Luego Valentina se inclinaba hacia atrás y sacaba eso de entre las raíces.

Vera adolescente no tiene amigos en la escuela. No habla si no la obligan, al punto tal que puede pasar días enteros sin pronunciar palabra. Le gustan los espacios cerrados, pequeños, íntimos. Le gusta leer, aunque olvida lo que leyó casi al momento de cerrar un libro. Le gusta dibujar, aunque no entiende bien qué dibuja ni de dónde saca los modelos de lo que hace. En la escuela citan a sus padres. La interrogan acerca de dónde saca esas ideas, pero ella no sabe qué responder. Deja de dibujar en la escuela, se limita a hacerlo en su casa, y a esconder todo. Cuando sus padres encuentran alguno de sus dibujos, se los retiran y los rompen. En un principio la retan, ahora cada vez menos.

Lo que sacó Valentina de entre las raíces era una especie de cilindro de madera, con una punta roma y redonda. Toda la superficie, de unos veinte centímetros de largo, estaba tallada con figuras de diversas formas, ninguna de ellas humanas, aunque se podían adivinar brazos y piernas similares a los de una persona. Hay tentáculos, dientes, bicéfalos, espinas. Algunos de esos seres tallados son una variedad zoológica deforme y mixta; otros, como imágenes salidas de una pesadilla alucinada.

¿Cuánto recuerda Vera de ese accidente? Recuerda el verde intenso del pasto, el olor a humedad del agujero, la voz de la aya, el aliento denso de Alpiel, la vista del millón de gusanos entrando por su boca, sus oídos, sus fosas nasales, los árboles que frenaban la luz del sol, la sangre de Alpiel manando directo a su boca, el amarillo que salpicaba el paisaje por el que corría, el vómito negro, los gritos de la aya, la penetración, el dolor en la pierna, la sensación de pisar el vacío, el zorro y el búho que la miran fijo, las manos de alguien que la alzan para sacarla del pozo, Alpiel.

La tercera consulta a especialistas convence a los padres de Vera: es una niña normal, introvertida en exceso, pero no presenta problemas de maduración ni retraso mental. Tampoco tiene signos de autismo.

La criada le trae la cena. Vera se alimenta encerrada y en soledad. No tolera que la vean comer. Le parece tan vergonzoso como ir al baño.

Una pata de pollo adornada con verduras y un plato de papas adobadas. El color dorado de la piel del pollo le produce vértigo, se imagina ese alimento descomponiéndose en su interior, siendo absorbido lentamente por el cuerpo, siendo expulsado el deshecho. Está mareada, duda en llamar a la criada y en esos segundos todo se vuelve negro.

¿Qué había pasado con Valentina? ¿Por qué había sido despedida, si era una de las personas preferidas de Vera? Vera lloraba con su madre, se inhibía con su padre, y escapaba de los demás.

Una noche cualquiera de verano, el ventanal de la habitación está abierto, el viento mueve las cortinas y una sombra aparece por el balcón. No lo hace trepando, sino descendiendo del techo, con un salto ágil y silencioso. La sombra tiene silueta de hombre. Es Alpiel. Vera duerme, pero puede ver todo lo que sucede a su alrededor en el sueño.

Vera aprendió a ver morir. El conejo muerto en la jaula en cuestión de segundos sufrió las siguientes metamorfosis: se endureció, se infló de gases, comenzó a ser invadido por las bacterias descontroladas de su aparato digestivo sin actividad, se conformaron larvas; de las larvas, gusanos; los gusanos horadaron la piel cada vez más blanda del cuerpo ya desinflado de gases, la piel se aplastó con una furia silenciosa sobre las costillas, las cavidades del cráneo, los huesos de las potentes patas, las moscas, los gusanos, las larvas, los escarabajos, la putrefacción, la nada, una materia indefinida e incómoda en la jaula.

Alpiel habla un idioma que Vera desconoce. Sin embargo, ella entiende qué dice. Y son esas palabras las que le causan los primeros síntomas: se le acelera el ciclo menstrual, la sangre le humedece la entrepierna, la sábana se tiñe en segundos, los pezones se le endurecen.

Alpiel sube a la cama de un salto. Ella ya está desnuda. El aliento pesado de él sobre su boca, sobre sus pechos. El pene hinchado y helado buscando la cavidad sangrante.

El frío que la penetra es agradable, es un frío que la quema y que a la vez la retrotrae a sus sueños, a los eternos recuerdos de la niñez, del incidente del bosque, de las palabras de Valentina, de su padre cuando se ponía la máscara para mutar en el demonio rojo y la iba a visitar. Es un frío que se expande dentro de ella y que coloniza su vagina, sus ovarios, el torrente sanguíneo; que viaja por las células, que se convierte en ella y ella es como un apéndice con una boca hambrienta e inexperta, todas las veces la primera vez.

Come y vomita en la bañadera, indistintamente de lo que ingiera. Y después se asoma en la bañadera, como colgando su torso adentro de ella y lame el propio vómito. Con paciencia, sin asco ni placer, introduce nuevamente cada trozo, cada montículo de alimento y de bilis en su cuerpo.

Valentina le dejó un recuerdo. Un libro que le dijo que escondiera, que no lo leyera hasta que llegara a los dieciséis años, con signos y dibujos, un idioma impronunciable. Vera lo trató de leer varias veces, y en un principio se dijo que a medida que llegara a la edad indicada lo iba a entender más. Pero nunca lo entendió hasta que llegó el momento.

Las marcas desaparecen a la mañana siguiente, después de las visitas de Alpiel. De sus brazos cuelgan jirones de piel, las mordidas en los pechos y en el cuello sangran, pierde algunos mechones de pelo, tiene heridas causadas no recuerda cómo. A veces es un agujero de considerable tamaño y profundidad en una pierna, al punto que llega a ver el hueso y las diferentes capas de piel, músculo, grasa, carne.

Alpiel le cercena el abdomen con sus uñas, y lo abre con la facilidad con que se pela una naranja. Le arranca un pedazo de intestino y tira de una punta. La ahorca con su propio intestino. El placer voluptuoso e insoportable de la eventración la hace tener múltiples orgasmos uno atrás del otro, quiere morir en ese momento, entregarse al goce de ser exterminada por Alpiel.

En la escuela pasa los recreos en la sala de estudios de Ciencias Naturales. Tiene un permiso especial para entrar. Se para frente al esqueleto humano y se maravilla de la limpieza ósea que la enfrenta y la mira con una mirada más llena de vida que la de ella. También hay un torso como el de un maniquí, con una cabeza asexuada. La mitad de ese torso tiene piel, la otra mitad muestra el interior anatómico del cuerpo. Hay tonalidades azules y coloradas, un laberinto de órganos que Vera fantasea con desarmar y volver a armar, como si fuera un rompecabezas.

La máscara del demonio rojo es un recuerdo que no olvida. Su padre se eclipsaba cuando se colocaba la máscara. Como si se vaciara de energía para después rehacerse, volviendo a ser otra cosa, diferente, vigorosa. “Papá, papá, tengo miedo”. Y nunca recordaba más que eso, ese rostro colorado con el cuerpo, la ropa y la forma de su padre que se asomaba por las noches a su habitación, primero la cabeza y después el cuerpo. El demonio rojo, congelado en un único gesto, sonreía, mudo e inexpresivo. Y ella tenía miedo, y el demonio rojo daba unos saltitos graciosos y se sentaba en un costado de su cama.

Si el pene de Alpiel es frío, su semen es helado. Cada vez que ella recibe el semen el dolor parece nuevo e inexplicable, como si nunca antes hubiera sido inseminada por él.

Ella de rodillas aplica el beso negro a Alpiel, el mismo que le aplicó de pequeña en ese pozo del bosque, cuando se selló un pacto que no buscó ni eligió. Él se inclina un poco hacia adelante y se abre las nalgas con ambas manos, así los labios y la lengua de Vera cubren la mayor superficie posible del ano deforme. Para ella el olor es intolerable, se materializa en el gusto que se le mete en la saliva y se confunde con el de la sangre que le sale de las encías. Un gusto dulzón y agrio a la vez, a descomposición y corrupción, como el conejo muerto en la jaula, pero más intenso y muchísimo más antiguo.

Alpiel le arranca los ojos a veces. Tiene la fuerza para hacerlo. El dolor es agudo, los párpados se parten, se desgarran sin resistencia ante esa voluntad apocalíptica. Está ciega pero es guiada por Alpiel, que la maneja agarrándola del pelo, haciendo que se arrastre por la habitación, que acerque la cara al piso, hasta el líquido que no sabe qué es pero que lame.

El cuerpo roto, mutilado, vejado, se recompone por las mañanas. La mutación que va desde lo que Alpiel hace de ella hasta lo que ella vuelve a ser, se lleva a cabo en la madrugada, en esas horas mudas y oscuras, en las que a veces está tirada en un rincón, con cucarachas e insectos que salen de los rincones y que le recorren la piel, las heridas, los orificios.

Todo vuelve a su lugar, el rompecabezas, que es su ser, queda completo. Al menos en apariencia.

Y es por las mañanas el momento en que Vera no sabe exactamente cuál es la pesadilla: Si lo que sucede durante algunas noches, o los días que transcurren en aparente normalidad.

12107751_10207282452435138_6681986612971925118_n *JUAN JOSÉ BURZI: nació en 1976 en Lanús, Provincia de Buenos Aires. Editó el libro de cuentos infantiles de terror Miedo a la oscuridad (2005), la nouvelle El trabajo del fuego (2006), y los libros de cuentos: Un dios demasiado pequeño (2009), Sueños del hombre elefante (2012) y Los deseantes (2015)  Juan José Burzi es profesor de inglés, traductor, director de la revista Los Asesinos Tímidos y además editor del sello editorial Zona Borde.

 

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