#Entrevista | Margarita García Robayo | Por Pamela Aguirre Leonetti

Por Pamela Aguirre Leonetti

A Margarita García Robayo no le gusta leer los libros que escribe. Al primero que publicó, “Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza”, no lo odia pero casi: lo siente ajeno. Aunque hay una excepción, “Hasta que pase un huracán”, la nouvelle que publicó Tamarisco en 2012, y que cuenta la historia de una joven de clase media cuyo único objetivo es convertirse en extranjera, es un libro que adora. Cuando lo lee, dice, encuentra su voz, y, al fin y al cabo, la voz es lo único que importa.

¿Cómo nace tu relación con la literatura?

Tengo muchos recuerdos de mis lecturas de infancia pero son recuerdos más ligados al placer de la lectura que al acto de escribir. Adoraba “Mujercitas”, los libros de aventura, Julio Verne. Primero leía lo que estaba en la biblioteca, y a medida que fui creciendo fui incorporando lecturas. A mí lo que me pasó es que empecé tarde las lecturas que siento que más me representan y eso tiene que ver con que nunca tuve una familia que tuviera una relación con la literatura o con los libros. A mi padre le gustaba leer, pero no tenía una guía que me dijera “no leas esto”, nadie me sacó un libro de Isabel Allende para que no leyera, por ejemplo, nadie me dijo qué era literatura basura y qué no.

¿Te hubiera gustado tener esa guía?

No sé. Porque tal vez si la hubiera tenido no hubiera hecho el otro camino o no me hubiera interesado la literatura. Los caminos de cada persona son disímiles. Yo claramente no tuve uno academizado o intelectualizado. Mi interés por este oficio se dio de una manera totalmente periférica. Estudie derecho, periodismo, hice una maestría en periodismo, y después dije: “no quiero saber más nada de periodismo”. Y así fui haciendo mi camino. Cuando empecé a elegir mis propias lecturas, empecé a descubrir a mis padrinos literarios, y eso me fue marcando, creo que el primero fue el mexicano José Emilio Pacheco, que tiene una novela que para mí es fundamental, “Las batallas en el desierto”; Juan Rulfo; Josefina Vicens; Vladimir Nabokov; Natalia Guinzburg; Katherine Mansfield, que para mí es como un ente superior; Hebe Uhart, que también va por ese lado. De Argentina, Hebe es mi preferida lejos.

¿Qué rescatás de Sudaquia, el blog que tenías en Clarín? ¿Qué efecto tuvo en tu profesión?

A mí me encantó hacerlo. Era algo distinto. Estuvo bueno porque los blogs en ese momento eran eficientes, llegaban, eran textos cortos, te remitían a otras cosas. Empezaba como esa cosa de la maravilla de escribir corto y que la gente lo leyera. Y otra cosa que lo hacía atractivo que era que estaba dirigido a personas que se iban, que venían, que viajaban, que se cruzaban en países, en un momento en el que todos se iban a todos lados. Esa cosa de tránsito que a mí me interesa tanto, que creo que está presente en todos mis libros, creo que empecé a descubrirla ahí también, y que es algo muy inherente a los latinoamericanos. Sudaquia caló bien en ese lugar. Por eso se replicó en tantos lados, como en Le Monde, por ejemplo. Y un poco por ese blog, ese año me pusieron en esa lista de 50 personalidades colombianas, pero creo que no fue solo por eso sino porque confluyeron una serie de factores. No digo que yo no haga las cosas bien, o que no haya merecido estar en esa lista, pero creo también que a lo largo de la vida se me han presentado una serie de valores agregados y añadidos. Por ejemplo, a mí me suelen dar becas y premios, pero tiene que ver con que soy mujer, latinoamericana, inmigrante: soy un receptorio de becas. Creo que hay un lugar, terrible, horrible, en el que uno se puede ubicar, en el que nunca me puse conscientemente, pero en el que estuve y eso generó como una efervescencia y tuvo ese efecto positivo. No soy ingenua en ese sentido, sé que las consecuencias tuvieron que ver con un contexto que permitió que eso pasara.

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¿Por qué dejaste de escribir no ficción? ¿Volverías a escribir crónicas? ¿El periodismo fue un paso necesario para llegar a escribir ficción?

No sé si fue un paso necesario, pero fue el camino que hice, que me tocó hacer. No es que desprecie al periodismo, al contrario, tuve muchos maestros periodistas, soy admiradora de muchos, trabajé largos años con ellos, y los conozco a todos: a Jon Lee Anderson, a Ryszard Kapuściński… Lo que me pasa es que viví el periodismo muy de cerca, leí a todos los cronistas, casi que tengo más libros de no ficción que de ficción, estoy muy familiarizada con el género, y quizá justamente eso es lo que me hace tener como cierta distancia. De todos modos, básicamente lo que me hizo alejarme del periodismo es el hecho de que no me siento tan cómoda haciendo eso, me faltan las ganas de ir a buscar la historia, y creo que eso es esencial en el periodismo. En cambio, con la ficción estoy más cómoda y puedo enfocarme en un ejercicio que me encanta hacer que es la mera cosa de regodearme con el lenguaje y con las palabras; eso me fascina, es algo que podría estar haciendo durante horas, eso me enamora del oficio de escribir, no la otra parte que tiene el periodismo que es salir a la calle. Para hacer buen periodismo tienes que salir, y a mí eso me da pudor, no me gusta, por eso dejé de hacerlo.

¿Crees que la ficción tiene siempre un anclaje en lo real?

En mi caso sí, yo soy absolutamente realista. No consumo ni me interesa escribir ciencia ficción ni cosas fantásticas porque les veo los trucos y los engranajes y no me siento cercana a ese género. Por otra parte, me gusta escribir sobre la realidad contemporánea porque es lo que tengo a mano, lo que hay a mi alrededor. No podría escribir sobre el pasado porque no lo tengo cerca y no me genera ninguna curiosidad particular, me interesa como anclaje, pero nada más. Mi escritura transita por lo más cercano, por lo que tengo a mano a nivel de época, ahí me surgen las cosas.

¿La mudanza a Buenos Aires te ayudó a empezar a escribir ficción?

Sí. Fue esencial venirme acá. Me parece que no hubiera podido escribir ficción en Colombia porque no lo creía posible. Acá es diferente, las personas están más familiarizadas con el mundo de la escritura. Además acá sentí como una conexión con gente que quería hacer lo mismo que yo, encontré un microclima muy sólido en el que sentí que me podía inscribir perfectamente. Creo que gané muchas cosas viniendo a Argentina; gané, sobre todo, esa certeza de que se podía escribir ficción, algo que nunca había hecho antes. Si bien yo sabía que el periodismo para mí era un camino intermedio a algo que me gustaba hacer mucho más que era escribir, recién acá finalmente vi a la escritura de ficción como una posibilidad y todo se fue dando muy naturalmente y muy fácil, aunque quede medio presuntuoso decirlo. Aunque quizá el punto sea que a mí me pareció fácil poder escribir ficción y publicar por todo el temor que yo traía y porque me parecía imposible que sucediera.

Ya hace una década que vivís en Argentina, ¿pensaste en escribir algo “de acá”, algo con la voz de Buenos Aires?

Es verdad que mis textos están situados en Cartagena, en el Caribe; aunque los cuentos podrían estar situados en cualquier parte. Creo que lo que me pasa es que hay como una distancia cultural que no termino de cerrar. Primero y principal con el lenguaje, jamás podría hacer que mis personajes vocearan porque me parecería anti natural, podría trucarlo, pero no es lo que me sale, por eso no puedo escribir con una “voz” de Buenos Aires.

¿Qué herramientas necesitás al momento de sentarte a escribir? ¿Escribís todos los días?

Trato de escribir todos los días pero no puedo. Antes de Vicente, mi hijo, escribía todos los días o por lo menos era mi meta, pero ahora no. Creo que cuantas más cosas de las que creemos que necesitamos para escribir consigamos, mejor. Si tengo un escritorio, silencio, comida y bebida alrededor y tranquilidad absoluta, genial, estoy segura de que va a ser mucho más grata la experiencia de escribir. Pero tampoco creo que sean elementos indispensables, las veces que no he tenido el espacio, el ambiente, ni el tiempo ideal, pero he tenido la idea clara de lo que quería decir, lo he podido hacer. No es que dependa demasiado de esas cosas, pero si las tengo mejor. Nunca escribí a mano, de hecho me parece que perdí la letra, así que algo fundamental es la computadora. También tengo como mil libretitas para anotar ideas. En general trato de andar con una libreta y una birome en la cartera y si se me ocurre algo lo escribo.

¿Te da más placer escribir cuentos o novelas?

Depende de lo que quiera contar. Respeto muchísimo el género de los cuentos. De hecho, si me apuran mucho y me ponen a elegir creo que prefiero escribir cuentos porque me da como una especie de satisfacción que tiene que ver con encontrarle la vuelta a las cosas, más en el sentido técnico. Para mí, que soy como un poco convencional en el tipo de cosas que busco leer y escribir, los cuentos tienen que tener efectividad narrativa, tienen que ser máquinas perfectas. Un cuento lleno de ambigüedades tiene que estar bien resuelto. La cosa técnica en el cuento a mí me pesa muchísimo, más que en la novela. En la novela me siento con más libertad para la divergencia, y me pesa más la parte introspectiva, me pregunto más cosas a mí: por qué digo esto, por qué hacer esto, qué sentido tiene. En un cuento no me pregunto esas cosas nunca: se me ocurrió una idea, me vino una imagen, trato de darle forma, de hacerla efectiva y listo.

¿Buscás unidad entre los cuentos de un libro de cuentos?

Sí, totalmente. Para mí los cuentos tienen que girar en torno a algo que los condense. Para mí eso es esencial, en “Cosas Peores” creo que es muy palpable. Supongo que es lo que llaman “crear un universo”; los personajes se mueven en distintos lugares pero lo que quiero generar es un universo lleno de quiebres, de fisuras, de personajes con cierta incomodidad, de tránsito, ese era el universo que a mí me interesaba para este libro y eso es lo que transmiten todos los cuentos.

¿Cuándo empezás a escribir un cuento o una novela, sabés adonde querés llegar?

En general necesito saber adónde voy, sobre todo con las novelas. A veces los cuentos no van a ninguna parte, a veces los cuentos consisten en una muy buena y eficiente narración de una situación estática o inconducente y eso puede hacer un gran cuento, no tiene que haber una evolución necesaria de acciones. Por eso digo que con los cuentos me permito más eso, la imagen, la escena, el marco. Pero con las novelas sí, lo primero que se me ocurre es final, sé que quiero llevar a los personajes de acá a acá, sé adónde quiero llegar, si no tengo eso no empiezo a escribir una novela siquiera. Empiezo a escribir una novela porque quiero decir eso, porque quiero llegar ahí.

¿Qué es lo que más te cuesta cuando escribís?

Antes, avanzar. Ahora no, ahora lo que más me cuesta es forzar el lenguaje. Me pregunto muchas veces, una vez escrita una frase, si está bien escrita, si lo puedo decir de otra forma, de una manera que no sea tan obvia, que no sea cursi; me preocupa encontrar la sintaxis adecuada, las frases que más me gustan, las imágenes que quiero mostrar, ese detalle me obsesiona, me cuesta, y lo disfruto mucho, me gusta el trabajo mismo con el lenguaje. Es lo que más me cuesta y también lo que más me gusta.

¿Sos autocrítica?

Sí soy muy muy autocrítica. Me cuesta cerrar los textos. Además, en general trato de no leer los libros que publico; la única excepción es “Hasta que pase un huracán”, que es una novelita que quiero mucho, creo que debe ser mi preferida, la adoro y de hecho debe ser el único libro que rescato. Lo que me pasa siempre es que después de escribir algo ya no me gusta, es como que saco las cosas y después las siento ajenas y entonces cuando vuelvo sobre lo escrito me da de todo, prefiero ni leerlos. Hay algunos libros que directamente los niego, como “Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalzas”, lo leo y digo: esto no es mío, le tengo una especie de rechazo. Pero con esta nouvelle —“Hasta que pase un huracán”— me pasa otra cosa y creo que es porque ahí está mi voz: si pudiera elegir un tono, elegiría ese.

A “Lo que no aprendí” le sacaste toda una parte, ¿tiene que ver con eso?

Sí, sí. Era una novela de tres partes. De hecho ya estaba contratada y en un momento le dije a mi editor: “Mira, quiero que sea esto, quiero sacarle una parte”. Y fue lo que fue. Me parecía que la parte del medio no tenía nada que ver, que era una divergencia. Me tomo muy en serio lo que dicen mis libros y por eso decidí sacar esa parte. De hecho, creo que hay mucha gente que escribe bien, escribir bien es relativamente fácil: si controlas la técnica, si la practicas, si la pules, va a salir bien; en ese sentido hay muchos libros correctos, muchos libros buenos, muchos libros extraordinarios y escritos con una técnica impecable, pero muchas lo que falta es la sustancia y eso es lo que yo sigo buscando en los libros, a eso me lo tomo muy en serio. El “cómo” es la parte más divertida: buscas, encuentras, no encuentras, descartas. Pero lo quieres decir es fundamental y cuando lo encuentras es epifánico: “esto es lo que quiero contar”; puedo tener escrito la mitad de un libro, pero si no llego a ese punto en el que hallo lo que quiero decir, no le encuentro sentido a la escritura.

¿Hay mucho de literatura autorreferencial o confesional en tus libros?

No creo en la autobiografía para nada. Creo que es una etiqueta que se puede trucar, que las autobiografías son tan ficción como lo que habitualmente se conoce como ficción, que la ficción puede contener mucho más autobiografía que los textos confesionales. No creo en la rigurosidad de esas etiquetas. Sí en “Lo que no aprendí” claramente mi intención fue apelar a mis propios recuerdos básicamente porque el libro surgió a partir del episodio de la muerte de mi papá, ahí se me ocurrió escribirla, y ahí empecé a reflexionar sobre la reconstrucción de la historia familiar, las versiones que tenemos de nuestra propia historia como familia, esos recuerdos compartidos totalmente disonantes entre sí, esa fue la premisa de la novela. Y como era una cosa que claramente surgía de mi propia experiencia, elegí ese registro y apelé a mis propios recuerdos. Es decir, de todo lo que he escrito, si hay algo más autobiográfico que el resto es esa novela. “Hasta que pase un huracán”, por ejemplo, está escrita en primera persona, es sobre un personaje femenino y bien podría asimilarse a mi historia, pero, sin embargo, justo este personaje no tiene nada que ver conmigo, ni con mi familia, ni con mi entorno, y aun así es el libro que siento como más cercano de todos las que he escrito.

¿Intentás cambiar cosas en tu escritura para no repetirte a vos misma?

Creo que uno tiene que exigirse salirse de los lugares cómodos, pero también me parece que en ese esfuerzo no puedes perder esa conexión que te lleva a escribir de determinada forma y a contar determinadas cosas. Por mucho que uno quiera salirse de una especie de camisa de fuerza que es el estilo o el tono o lo que fuera, hay algo que prepondera ahí de lo que no vas a poder deshacerte nunca, por eso tampoco hay que forzarlo. Igual trato de cambiar; por ejemplo, yo venía manejando mucho el registro femenino, y en “Cosas Peores”, no sé si se fue dando naturalmente o si fue un poco autoimpuesto, pero quise contar otras historias, correr un poco el foco y así salieron personajes masculinos.

¿Te costó cambiar esa voz?

No sé si me costó. Tardé bastante en completar ese volumen y me interesaba mucho —un poco en contraste con el primer libro en el que había habido una pretensión técnica estructuralista con nueve historias en las que las mujeres se entrecruzaban entre sí y en el que había trabajado con la economía del lenguaje, con escenas cortas y muy visuales— que el libro tuviera mucho caudal, que las historias no fueran simples, que no fueran trazos, que dijeran muchas cosas, que los personajes aparentemente fueran esos pero que en realidad hubiera miles que circularan por otro lado; y eso fue lo que traté de hacer.

¿Alguna vez tuviste miedo de copiarle el estilo a alguien?

Sí, sí. Para empezar a escribir básicamente copié, copié estilos de todo el mundo. Creo que por eso me distancio mucho del primer libro —Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza—, creo que es un pastiche de cosas que escuché, que leí, de escenas que robé del mundo, de los libros, del cine, de la televisión. Es todo eso puesto ahí con una pretensión literaria y eso es lo que me distancia. Pero para empezar a escribir siempre copiamos. Siempre está la pregunta, ¿a quién empezaste copiando? Cuando empecé a escribir tenía el universo de Katherine Mansfield  en la cabeza, por ejemplo, y creía que todo tenía que circular ahí, en ese universo.

¿Te cuesta sentarte a escribir después de publicar algo que tuvo éxito?

Me parece que naturalmente uno después de que sale algo quiere hacer otra cosa. Es como que ya expiaste eso y quieres hacer otra cosa, pero también pasa algo curioso con los libros y es que salen con un delay con relación a la vida de uno. O sea tú terminas de escribir un libro, lo entregas, lo publican al año, y entonces transcurre mucho tiempo y cuando finalmente sale el libro ya tú estás en otra cosa, en otro mundo. Entonces creo que por eso a veces parece que hay un salto muy grande entre un libro y otro, pero porque a veces la vida da saltos grandes entre un libro y otro. A mí me pasa que escribo algo y listo, cierro ese cajón, ese capítulo.

¿Escribís porque tenés necesidad de decir algo?

Sí, bueno en “Lo que no aprendí” tenía necesidad de hablar de eso. Bueno y justo en lo que estoy escribiendo ahora también, hay un tema que me está dando vueltas y vueltas y necesito escribir de ese tema, necesito decirlo, tengo que sacar eso. Creo en eso que dicen románticamente de las “obsesiones” del escritor, creo totalmente en eso. Creo que si no fuera así, uno no escribiría, no tendría razón para escribir; la obsesión es eso, es tener un tema rondándote en la cabeza tanto que no puedes no escribir sobre eso.

¿Buscás crear el humor que se ve en tus textos?

Sí, lo busco y también me sale. No concibo otra manera de escribir, tiene que estar, está en todo lo que escribo. Es como soy y también como soy es como escribo. Y también me gusta mucho como efecto, me gusta además cuando me encuentro con lecturas que tienen ese chispazo que te saca una risa.

Alguna vez dijiste que te interesaba el mundo contemporáneo porque es difuso y entonces lo interesante está en la mirada con la que lo miremos ¿Ejercitás esa mirada, qué tan importante es para escribir?

Creo que hay cosas que se pueden ir ejercitando a lo largo de la vida y hay otras cosas con las que uno ya viene. Siempre me interesó poner el ojo sobre ciertas cosas, que son las que me llaman la atención. Está en cada quién saber cómo explota eso que decidió mirar. No tengo un método o una clave para ejercitar la mirada, para mirar de un modo. Es algo que me sucede de manera inesperada y espontánea, nunca sé en dónde va a haber algo que me genere un pensamiento mayor que me haga querer contarlo de determinada manera. Cuando sucede me doy cuenta, pero no es que me lo proponga. Por eso creo que era malísima escribiendo crónicas de no ficción, porque no tenía esa curiosidad que tiene que tener un periodista para contar historias. A mí se me cruzaban azarosamente o me las encargaban lo que para mí era una maravilla porque no tenía que pensarlas ni salir a buscarlas. Me daba fobia preguntarle a la gente, no se me ocurría qué preguntar, se me ocurría todo después, me daba vergüenza. Y con la literatura no dependo de eso sino que sé que naturalmente va a suceder. Veo algo o escucho una conversación y entonces empiezo a buscar, a indagar sobre eso, y todo se me torna parecido a ese tema. Si voy a escribir una novela sobre el color fucsia, de repente todo es fucsia, todo lo veo de ese color, todo es epifánico, y entonces todo fluye. No sé cómo sucede, pero sucede.

 

Tuviste a tu primer hijo hace poco más de un año, ¿la maternidad cambió algo en tu forma de escribir, de ver el mundo?

La maternidad es un sacudón en la vida de cualquiera. Todo lo que pueda decir es medio repetido. Yo quizá siempre tengo un punto de vista medio bajoneante, adoro a mi hijo, pero creo que el mayor efecto de la maternidad es que te fragiliza, te pone en una situación de vulnerabilidad permanente, todo se hace de repente como de cristal, todo se rompe, y eso sí claro que te cambia, no te da poderes nuevos para escribir, ni creo que te haga mejor persona: me siento tan plena como era antes, pero sí lo que detecto de nuevo en mi transitar por el mundo es esa sensación de permanente fragilidad, y eso aunque no me lo proponga puede verse reflejado en lo que escriba. A mí de hecho me interesa mucho el mundo infantil, todo lo que a uno le pasa en la infancia, tengo como una especie de recuerdo entre placentero y perturbadorsísimo de lo que es el niño, entonces, más allá de la maternidad, siempre ha sido un universo que me ha interesado.

¿Creés que la literatura tiene un rol en la sociedad, cuando escribís te preguntas por eso?

Me pregunto mucho por lo que quiero decir, cómo lo quiero decir, y cómo se inscribe eso dentro del mundo. Pero no me pregunto mucho cómo va a ser leído o cómo va a afectar a la sociedad. Creo que ya que este inscrito en el mundo es una intervención. No creo que la literatura tenga una función pragmática o social, no me interesa la literatura en ese sentido, ni los escritores que sienten que tienen ese rol social. Para mi escribir tiene que ver con el goce estético. Es tan sencillo y tan complejo como eso. Es producir belleza, conmoción, transmitir experiencias; es arte, es creación. No creo que la literatura sirva para más nada que no sea eso y creo que cuando se intenta que haga otra cosa se la hace mierda.

 

¿Qué pensás de los concursos literarios, creés que sirven?

Depende de los concursos. El que gané de Casa de las Américas sé que es confiable, prestigioso y me presenté porque me parecía que tenía que ver con inscribirme en una tradición. Parece muy solemne, pero es eso. Este concurso me interesaba por eso, casi como para probarme, como una cosa de pertenencia.

Te legitima en un punto…

Sí, sí, es horrible decirlo así pero sí. Me hace sentir que está bien, que escribir es algo que puedo hacer, que estoy, que pertenezco. Es medio triste plantearlo en esos términos pero sí. Creo que cuando escribes ficción, lo haces con una especie de esperanza y de desesperanza cada vez que te sientas a escribir. No sabes si eso que escribes va a llegar a algún lado o no ni si se va a ver traducido en monedas. Es decir, estás invirtiendo en algo que no sabes que efecto va a tener, es una apuesta llena de fe. Para eso creo que sirven un poco los concursos, para tener una recompensa después de todo ese esfuerzo, de esa cosa desoladora que es escribir y poner tus cosas fuera. Yo no me suelo presentar a concursos, pero creo que sí sirven. Sirven, además, para cerrar manuscritos, porque si no puedes morir con miles de archivos en “Mis Documentos” sin terminar. Además sirven porque te dan una especie de palmada, algo que puede parecer totalmente inocuo pero que a veces necesitas mucho: que te digan dale, sigue, vas bien. Y también por el tema económico, porque necesitamos tiempo y el tiempo se compra con plata. Y en este concurso, Casa de las Américas, me presenté porque tenía muchísimas ganas de ganarlo. Me dio mucho gusto haberlo ganado.

¿Y qué pensás de los talleres literarios?

Creo que sirven mucho. Yo ya no voy a ningún taller. Mi única experiencia de taller fue el de Liliana Heker y fue increíble porque me dio disciplina y me impulsó, sin ese taller no me hubiera lanzado a escribir ficción. Creo que no sirven si ya no vienes con algo propio, con un bagaje personal que es lo que tú vas a desarrollar; pero para trabajar cuestiones técnicas y para aprender a sacarles basura a los textos, a pulirlos, son ideales porque uno solo rara vez se da cuenta de qué es lo que falta. Además, me parece que los talleres son una maravilla si das con un grupo adecuado, con un escritor generoso, nada condescendiente, nada complaciente; porque la generosidad en ese círculo creo que es eso: no ser condescendiente.

¿Qué podés decir de las editoriales?

Rescato mucho a las editoriales chicas. Algo lindo que decir de ellas es que son una especie de mundo que funciona como una amortiguación maravillosa de las otras editoriales. Es otro mundo, no es una industria, es realmente lo que uno se imagina que es trabajar con un editor: te respetan el trabajo, invierten mucho tiempo en conversaciones con el autor, preguntan si te parece esto o lo otro, te ofrecen muchas opciones de tapas, están pendientes. Hay una red de editoriales chicas en Latinoamérica y en España que son súper valiosas y súper rigurosas y que tienen esa cosa de querer generar ese intercambio con el autor. En las editoriales grandes, por obvias razones, porque trabajan como una especie de supermercado, aunque a uno también le interesa estar en ese supermercado, claro, tienen otros tiempos, otros manejos; a mí rara vez me corrigen, creo que es por falta de tiempo. Y a mí me gusta ese intercambio, me gusta que me den una devolución, me interesa saber qué piensa el otro, creo que uno también se enriquece con eso.

¿Alguna vez pensaste en escribir poesía?

Nunca pensé en escribir poesía. De chica descreía mucho de la poesía, no me gustaba nada, me parecía que estaba por encima de eso. Ahora realmente entendí que la poesía es un lenguaje superior, que si no quería leerla o no me interesaba en ese momento era por mera ignorancia, por no saber entender. No creo que alguna vez me anime a escribir poesía, no creo tener las habilidades que se necesitan para hacerlo, pero me parece que es como una especie de arte superior, ahí sí tienes que esforzarte y ser muy eficiente en términos y estética, el lenguaje es ahí incluso más importante. El tiempo en el oficio me ha hecho respetar mucho más la materia prima, es decir, el lenguaje, ya no me parece que es tan accidental construir una escena, eso ya lo superé, ya está, empecé a querer mucho el lenguaje y la palabra, entonces cuando encuentro que hay poesía híper mega sofisticada me encanta, como la de Sharon Olds, por ejemplo.

¿Crees que hay que tener un talento especial para escribir o que pesa más el esfuerzo y el trabajo a la hora de escribir bien?

Creo que es todo junto. O sea, la gente que no tiene talento para escribir, no va a escribir bien. No sé bien que es el talento, pero tienes que venir como con algo, porque solo con el trabajo no puedes escribir un libro bueno. Está lleno de libros horribles y de gente que escribe muy mal. Hay que tener mucha disciplina, pero hay que tener algo para escribir. Hay que tener las dosis justas de cada cosa, pero creo más en la gente talentosa sin disciplina que en la gente con disciplina y sin talento. Hay un escritor uruguayo que me encanta, Mario Levrero, que me reivindica en mi idea de tener momentos de hacer nada. Yo soy dispersa, trato de tener una disciplina, pero también soy fiaca a morir, prefiero el ocio y creo que el ocio está subestimado. Creo que tendríamos que tener grandes espacios de ocio para poder ser más productivos. Cuando leí “La novela luminosa”, de Levrero, dije: “este es uno de los míos”, ese libro habla de esa especie de esfuerzo inútil por producir algo, es como ese diario del no poder, de esa frustración.

¿Qué estás escribiendo ahora?

Estoy con una novela. Arranqué a mitad de año. Tuve una primera parte, no completa por supuesto, capítulos como de prueba, que me gustaban, me entusiasmaban, pero seguía sin encontrar ese algo que me hiciera clic, que me hiciera pensar que las cosas encajaban. Hace dos o tres días estuve a punto de descartarla de vuelta, porque este es como el segundo intento, y creo que ahí recién encontré lo que quiero decir, un lugar del que no me tengo que salir y ahora sí creo que avanzo más rápido o por lo menos más aliviada. Estoy esperando a tener algo más cerrado para hablar con la editorial. Al principio la tenía enganchada en el mismo contrato de los cuentos —“Cosas peores”— pero decidí esperar y tenerla más terminada para no apurarme.

¿Y qué estás leyendo? ¿Tenés un libro preferido?

Ahora estoy leyendo “Sueños a 90 centavos”, de Violeta Gorodischer, también al chileno Diego Zúñiga. Tengo una pila de libros en la mesa de luz. Lo último que busqué para leer fue el último de Lorrie Moore, que se llama “Gracias por la compañía”, que medio que me decepcionó porque no es tan bueno como los otros, casi que lloré por la decepción, lo leí dos veces para buscar algo. Igual el peor libro de ella es el mejor de una generación. No tengo un libro fetiche. Tengo un estante de libros que trato de mantener siempre juntos por si hay una guerra.

¿Quiénes están ahí?

A ver…Está Raymond Carver; los diarios de John Cheever; Kafka; Amy Homes; Anne Tyler; Lorrie Moore; Carson McCullers; Katherine Mansfield; José Emilio Pacheco; María Moreno; “La vida privada de los árboles”, de Zambra; Shel Silverstein, un poeta infantil oscurísimo; “Un perfecto equilibrio”, de Rohinton Mistry; y algunos otros que seguro me olvido.

La entrevista dura casi dos horas. Margarita siempre sonríe y nunca deja de mirar profundo. Antes de irse, dice que no sabe cuánto tiempo más vivirá en Buenos Aires. Que nunca pensó que iba a estar diez años en Argentina. Que probablemente vuelva a viajar: tal vez vivir un tiempo acá y otro allá, en cualquier parte. Que tal vez vuelva a ser un personaje en tránsito. Como los personajes de sus libros. Como todos.

Pamela Aguirre Leonetti

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