#Entrevista | Cuando la oscuridad cree en vos, por Patricio Eleisegui

Hay algo maldito que debe escribirse. Una necesidad muy cercana a la obligación de hundir las manos en lo que mancha para extraer del magma más fétido una creación literaria original.
Hay mucho de riesgo, de locura sin diagnóstico, puesto a disposición de lo no narrado hasta ahora: el vaivén del amo del mal en este mundo que sobrevive entre la tierra soplada y los escombros del Padre, Hijo y Espíritu Santo. La perversidad que vive acá a la vuelta, paga con débito, o duerme al lado de cualquiera.
Con Súcubo (2013, WuWei), Nicolás Correa encarnó a la perfección el rol del escritor que en su sana inconsciencia –como una suerte de ángel travieso– patea géneros y tradiciones como si se tratara de un hormiguero añejo, senil y obliga a construir un nuevo refugio. Porque entiende que la creación es lo único que salva a la literatura que vale la pena. Entonces, inventa y obliga a inventar.
En su primera invitación a la incomodidad, Correa se le animó al demonio, a la cárcel, al horror en el barrio, a la perversidad con forma de mujer. Cada pasaje de Súcubo, el agite de Ciro, su protagonista, es casi una metáfora de lo que el mismo autor enfrenta al momento de divulgar, ahora, la segunda parte de La Trinidad de la Antigua Serpiente: como su personaje –aunque en otro ámbito–, Correa también es un exorcista sin templo.
“Sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”, dijo Cristo a Pedro, en alusión a ese apóstol que luego devino en primer Papa. Con una recepción que todavía se divide en fuerzas que van desde la sorpresa hasta la polémica, pasando por el reconocimiento de que asistimos a una irrupción inédita en la escena literaria americana, Súcubo resultó la certeza de que la primera piedra para el culto que vendrá existe, se solidificó, y es inamovible. Que es hora de seguir construyendo.
Consultar por el nuevo riesgo literario de Correa es preguntarnos en qué anda el verdadero horror. El espanto significativo. Porque al resto, insalubre, ya lo conocemos: en lugar de sumergirnos en ciénagas de miedo inexploradas apenas si nos permite flotar, malolientes, en el charco del tedio: muertos vivos que comen el cerebro de quien no piensa, fantasmas ocultos entre los pliegues de un pionono, animales que no sirven para nada poseídos de forma innecesaria, extraterrestres que experimentan con personas sin obra social, el asesino del bosque que desguaza al hijo quinceañero del concejal en el campamento de la Asociación Cristiana de Jóvenes…
A escasos días de la irrupción de Íncubo, quien aquí escribe dialogó con Nicolás Correa sobre el mal como evento de novela, la literatura argentina de terror que no asusta, el Papa Francisco como maestro de ceremonias en la lucha contra el diablo, y Lucifer caminando a su alrededor desde la adolescencia. ¿Existe un mal sexual? ¿Cómo hace un escritor para narrar las andanzas del horror más antiguo sin volverse súbdito de eso prohibido que retrata?
Es palabra de autor.

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Patricio Eleisegui (PE): ¿Por qué el exorcismo como evento literario? Y un interrogante que viene desde Súcubo, la novela que antecede a Íncubo: ¿Por qué el demonio tardó tanto en llegar la literatura argentina?

Nicolás Correa (NC): Creo que el exorcismo es algo que estructuró más de la mitad de mi vida, y siempre tuvo que ver con cosas que están presentes pero invisibles a los ojos. Por influencia materna tuve contacto con el fenómeno, para llamarlo de alguna manera, desde temprana edad. Con esto no quiero decir que mi madre hiciera exorcismos, más bien se dedicó al esoterismo y al conocimiento perdido; pero alguna vez este fenómeno surgía en conversaciones que yo oía a escondidas mientras mi vieja conversaba con mi viejo, o cuando la iban a ver. La influencia era directa.
A mí el camino hacia el exorcismo se me fue armando solo. Tengo algunas situaciones iniciáticas que no voy a relatar acá, pero en sí, nunca tuve que buscar esta pasión por el tema, porque siempre estuvo. Un día, demasiado interesado en la acción de las potestades oscuras en el mundo real, me encontré buscando en bibliotecas de colegios católicos esos libros que “no se prestan”; más tarde estudiando latín para poder descifrar el Ritual Romano. Mucho tiempo después, asistiendo a un exorcismo en el Hurlingham profundo y donde se sucediera un rumor acerca de posesión. Otro, me vi investigando letras de bandas y la posible estética demoníaca que utilizaban, detrás de grandes banderías. Ciertamente, debo reconocerlo, yo siempre quise ser un exorcista.
Varios años más tarde, saliendo de una charla con un amigo en Lezica -charla eternamente repetida- con el que hablábamos del exorcismo en toda su magnitud, ya sea en la literatura, en el cine, como ritual, como conflicto; pensé que sin proponérmelo, tenía una gran historia para contar. Inmediatamente, me vi necesitado de investigar qué había hecho la literatura argentina con esto. Entonces busqué, sin encontrar nada. Por algún motivo, nadie había escrito esa novela. Ni exorcistas, ni demonios. Empecé a leer lo que se llama el “terror argentino” y me di cuenta que, en tanto construcción estética, la literatura argentina estaba acéfala en el género. Teníamos una tradición sin nombres, escueta, reducida. Aburrida. Pensé que el terror político había saturado todas las vías. De cierta manera, intuí que el género me permitiría experimentar riesgos estéticos, y algo que me interesaba más: poder ampliar la realidad de forma sustancial. Lanzar al aire una moneda; yo venía trabajando cuentos bastante realistas. Esta afirmación conlleva una necesidad de poder narrar algo de la mejor forma. No hacemos coches, no somos una línea de producción, se gana muy poco con esto. Si me pongo a sacar libros para darle de comer al lector complaciente de verano, estaría siendo un fariseo. Y está lleno de fariseos en la literatura. Para eso están todas esas editoriales delicadas.
A mí me interesa correr riesgos, experimentar con la escritura. Y en eso, el terror, poner el primer exorcista del Río de La Plata, me sirvió para pararme en un espacio diferente. No fue gratuita esa escritura. La novela, en buena medida, fue y es resistida. Entonces, sospecho que el demonio, simplemente, no llegó a la literatura nacional, porque todavía se sigue escribiendo de una manera inocente, sin compromiso y muy reproductiva de un par de modelos. En ese sentido, no se produce nada que tenga que ver con nosotros. Debo aclarar que, excepto algunos momentos de Mariana Enríquez, Juan José Burzi (que realmente me parece el más inquietante de todos), Celso Lunghi, algo que leí de Varizeiles; el resto tiene una ingenuidad fenomenal. Porque ni siquiera sospechan lo que el terror conlleva como evento estético. Y Poe murió hace bastante. Lo mismo le está pasando al género fantástico. Hay una incursión, pero con una ingenuidad brutal. Claro, hay excepciones.

PE: Íncubo, quizás más que la previa Súcubo, deja en claro que no estamos frente a una novela luminosa sino ante un acontecimiento más inquietante: una novela peligrosa.

NC: Peligrosa, sí, porque moviliza muchas energías alrededor. En ese sentido pienso que es una novela poco feliz.
Si lo querés, es luminosa porque permite una especie de anagnórisis profunda sobre el mal, dar cuenta de su existencia; en su opacidad, te viene a decir que no importa lo que vos creas, las potestades del mal se movilizan lo mismo y les importa un carajo que en este plano vos creas o no.
Supongo que hay otros peligros en Íncubo, pero tiene que ver con correr cierto riesgo estético, cambiar el tono de la saga, mientras la saga ocurre. Algunos colegas me recomendaron que no lo hiciera, que podía perder lectores. La respuesta es lógica y consecuente: encontrar menos empatía con el lector, no es perder lectores, sino seleccionarlos. Quien tenga que leer, que lea. No es un texto luminoso, vos lo dijiste.

PE: Íncubo separa la carne para que la herida que abrió en la literatura nacional la aparición de Súcubo no solo sangre: derive en hemorragia. Que, tras esa novela fundacional, poco a poco surjan más autores que hagan del exorcismo un tema pilar en el terror local. ¿Cuál ha sido la reacción, ante este golpe de timón en el género, de los escritores argentinos que basan su obra precisamente en el terror? ¿Cómo ha sido colocar al diablo frente a la tradición?

NC: Realmente la recepción de los pares fue muy interesante. Muy cálida. Los que no lo asimilaron así fueron algunos medios, que parecieron inquietarse ante la posibilidad de una sola lectura: la política. Está perfecto, pero es más o menos como decir que Ronsino está cerca de Onetti, que está cerca de Faulkner. Es una obviedad, una grosería. La dimensión estética la captaron algunos periodistas, pero no fue, en ese sentido, demasiado digerida. Es decir, se dijo que fue la primera novela de exorcistas de la literatura Argentina pero no mucho más.
Sospecho que hay una gran expansión del género, pero todavía no logra desprenderse de los modelos que imita, y que imita mal. Tampoco hay conciencia del contexto, se ubican mal las historias, se las cuenta desde personajes sin circulación cotidiana, irreales; se las vuelve parodia sin serlo, y eso vuelve al terror una guarangada.
El terror político y el terror estético, suelen darse una buena mano. Por eso marco que la lectura política está perfecta, porque se puede leer en esa línea toda la literatura argentina, pero no es la única lectura, y ocurre que obtura un poco.
El problema de Súcubo era carecer de tradición literaria, de ser única en su especie, entonces tuve que darle un anclaje político, para que el mal no caminara sin referente. Después el texto empezó a abrirse y ser conflictivo en sí mismo.

PE: La introducción de Íncubo, al igual que en la novela que le antecede, puede leerse como una advertencia. Hay un consejo en torno a la protección ¿cuáles son los recaudos que, como autor, tuviste que tomar para bajar a las profundidades a extraer cada capítulo?

NC: A la hora de escribir, me dispuse a luchar. Es cierto esto. La escritura de esta saga me está llevando a poner el cuerpo, a entrar en contacto con fuerzas que están más allá de lo real, que al ser invocadas se acercan y comienzan un lento proceso de erosión espiritual.
Con el asesoramiento de mi madre y de mi padre, fui entendiendo que a medida que me adentraba en esta zona, debía protegerme con fuerza en mi fe. Entonces descubrí que tenía que escribir estos textos. Eso alimentó mi fe. Soy un hombre de fe. No creo en la institución y me desmarco de eso, pero sí tengo mi fe, y en ella me amparo cuando la necesito.

PE: Además de la posesión espiritual, en la actividad del maligno y sus secuaces también se repite la posesión de los cuerpos; el usufructo de la carne del atormentado. ¿A qué responde esta apropiación de lo finito? ¿Por qué el hacer del demonio está tan relacionado con la sexualidad?

NC: La idea del cuerpo humano impone un límite. El límite es tangible. El demonio se apropia de aquello que es concreto, y lo tuerce. Produce un efecto de torsión sobre el cuerpo, y tiene un componente sexual, en gran medida, porque el sexo está muy mal visto para el catolicismo. A eso sumale que todos los amuletos católicos son violentados contra/en el cuerpo: ahí tenés una violencia de ida y vuelta. Y el demonio viene y se ríe de todo eso. Una monja violada, una virgen ensangrentada, un crucifijo como elemento masturbatorio, un cura tentado por el demonio.
Se torna incómodo y, a su vez se vuelve, finalmente, diezmado por ese objeto al que intenta someter, ya que no tiene más intervención que en el plano físico. Y acá sabemos que el alma y el espíritu son imposibles de ser apropiados, a menos que uno los entregue. Entonces como no puede operar sobre espíritu y alma, opera sobre la carne. Que duela el cuerpo para que se compruebe su poder en el mundo material.

PE: ¿Se puede ser objeto de Dios y objeto del diablo, y que estos roles se intercambien, casi en un mismo momento?

NC: Se es objeto de Dios y objeto del demonio. El hombre es contradictorio y todo el tiempo va de un polo al otro. Además de poseer el famoso “libre albedrío”.
Esto nos instala de lleno en el llamado “principio de polaridad” hermético. Ir de un polo hacia el otro, sin entender por qué ocurre esto. Con esto no quiero decir que un día un flaco puede ir a misa y clavarse todos los sermones del mundo, y al día siguiente hacer un pacto con el diablo. Quiero decir que todo el tiempo oscilamos de error en acierto, de acierto en error.

PE: “Llega un momento en que uno debe convertirse en otra cosa para entender quién es. En ese camino, a veces, nos acompaña un ángel, o un demonio.” La cita, por la interacción con lo oscuro que implica esta obra, obliga a la pregunta: en alguna instancia de la escritura ¿te acompañó algún demonio?

NC: La cita habla de la resistencia. Ser humano es resistir a lo divino y a lo maligno. Es ser humano, simplemente. Muchas veces cuesta esto, porque no es simple reconocerse en contradicción o no es simple reconocerse humano, ni divino ni maligno.
Y, con respecto a la compañía, en toda la instancia me acompañó uno en particular. Es más, ese demonio me develó de qué iría la historia, quién sería el mal, de qué modo. Él se fue presentando solo en mi camino. Fue llevando el texto hacia él, y esto no es de ahora. Esto ocurre hace unos diecinueve años. Desde aquél primer reconocimiento cuando tenía doce años, hasta que empecé a escribir Súcubo. Cuando entendí de qué se trataba el asunto, me di cuenta que no podía dejar de escribir la saga.
En cierto sentido, siempre desafié al mal, cosa que no debe hacerse. Y en algún momento tuve que pagar ese desafío. Por supuesto, me acompañaron otras potestades lumínicas. Ciertamente, las necesarias para que pudiera escribir la novela y mi espíritu no fuera destrozado. Aunque ese demonio me haya guiado hacia la escritura y yo escriba esto, ambos no fuimos más que impulsores de una arquitectura mayor.

PE: Alguna vez me comentaste que te tocó presenciar exorcismos.

NC: Vi varios exorcismos. Nunca participé de uno. O sí. A veces la gente cree que los exorcismos son como los que suceden en el cine, es decir, para referenciar tal evento, busca en el imaginario fílmico las imágenes que produjo, mayormente, El Exorcista, más tarde El exorcismo de Emily Rose; antes que ambas El bebé de Rosemary. Es interesante esto que digo porque en este caso, para la gran población, estas películas aportaron imágenes nunca vistas, verdaderamente imposibles en un ritual, y crearon al exorcismo, como tal, desde la ficción. Es decir, un ritual de exorcismo nada tiene que ver con eso que se ve en la pantalla. El padre Mancuso aclara esto en su libro, y tiene razón. También lo hace Fortea en la Summa Daemoniaca, aclarando que rara vez un exorcismo tiene algo que ver con lo que ocurre en Hollywood.
¿Por qué hago esta aclaración? Simple: la posesión es más común de lo que la gente se imagina. Todo el tiempo la gente sufre estas alteraciones energéticas. Estas “invasiones”, por llamarlo de algún modo. Es constante la relación entre planos, el cruce entre seres invisibles, la convivencia con espíritus desencarnados.
El punto es que el ser humano moderno cambió la percepción del universo. Cortó los lazos con el mundo mágico, y eso tiene sus costos.

PE: Nunca supe si fuiste poseído.

NC: Yo tampoco. Tengo sospechas.

PE: Ninguna obra que haga mención al demonio ha sido gratuita en cualquiera de las artes. ¿Cuál es el precio que pagaste y cuál todavía estás afrontando por haber parido Íncubo?

NC: No sé si hay un precio. Gané en experiencia. Sé qué quiero, qué no quiero. Tanto Súcubo como Íncubo son, literariamente, una apuesta fuerte para mí. Quizá la segunda más que la primera. Marcan una manera de concebir la literatura: el riesgo y la acción más que la especulación.

El Señor de las Moscas también será un riesgo nuevo, pero ya no espiritual. Eso lo tengo muy en claro. Un amigo dijo: “cuando metes las manos en la mierda, lo que conseguís es mierda.” Eso sucedió con estas dos primeras novelas.
Establecí relaciones que, evidentemente, eran necesarias e importantes en mi biografía, pero que no las elijo para vivir, ni para nada. Aprendí. Yo no soy de esos boluditos que se cuelgan una cruz gigante, al derecho o al revés, o que piensan que esto se trata de construir un personaje medio maldito, a lo Poe, de parecer rarito, dark, emo, o cosas así.
A mí la vida me parece hermosa. No ando en giladas. No me como la del terror fresquito. Lo que te cuento, pasa. Si querés creer, cree. Si vos no crees, a nadie le importa, porque la oscuridad si cree en vos. Toda mi vida fue una preparación para lo venidero, lo sigue siendo. Si bajé a conocer, verdaderamente, lo que se esconde en las entrañas de la oscuridad, fue para conocer ese mundo y su lógica. Ya lo conocí. No vuelvo.
En lo personal, no quiero escribir desde las sombras. Elijo, como siempre, el camino del filo de la navaja, y creo que ese camino, involucraba la palabra en sombra: Íncubo.

AUTOR DE LA NOTA | PATRICIO ELEISEGUI:

1795634_488541981267875_1437224581_nPatricio Eleisegui (10 de abril de 1978) se crió en Sierra de la Ventana, provincia de Buenos Aires, Argentina. Publicó relatos y poesías en revistas y portales de Internet de Argentina, España, México, Perú y Colombia. Su cuento “Cacho de Fierro” integra la antología 12 Rounds (Lea, 2012), mientras que el relato “Calfucurá” fue incluido en las antologías “Cuento Raro” (Outsider, 2012) y “Charco Negro” (Wu Wei-Unomasuno, 2013, Argentina/España). Fue finalista de forma consecutiva de las ediciones 2011 y 2012 del Premio Clarín Alfaguara de Novela. Publicó el mini volumen de relatos “Nubes de Polvo Sopladas a Cañonazos” (El 8vo. Loco-Milena Caserola, 2013), y antes de que concluya el año presentará “Envenenados” (editorial Wu-Wei), una investigación periodística acerca de la problemática de las fumigaciones y sus consecuencias ambientales y sanitarias en el interior de la Argentina. También para diciembre de 2013 prepara la presentación de la antología sobre santos populares “Paganos” (Alto Pogo), proyecto basado en una idea suya, y en el que intervino como antologador junto a Juan Marcos Almada, realizador de la iniciativa. Ya para 2014 tiene prevista la publicación de “Ninguno es Feliz”, volumen de cuentos que verá la luz por el sello Alto Pogo. Es editor en un periódico económico de Buenos Aires. Desde 2013 integra el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA). Contacto: eleisegui@gmail.com

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