#Cuento | Cortar por lo sano, por Flavia Pantanelli

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PH: Angie Pagnotta

¿Me permite, señora? Y, sí. En una sola de estas sillas no entramos. Perdonemé, estoy todo traspirado. Sí. Necesitamos dos lugares. A veces, tres. No. No se incomode. Con este lugar alcanza. Así estamos bien. No se asuste, por favor, no se asuste. Ella no habla, hace solamente ese ruido. No, antes sí que hablaba. No sabe cómo hablaba. Pero desde que quedamos así que no habla. No habla, no se mueve, no nada. Come y duerme, come y duerme. Y mira todo, siempre con esa sonrisa que le ve. Ni le cuento lo que pesa. Moverme así no sabe cómo me cuesta. No. Qué siameses ni siameses: es mi mujer. Si se lo cuento no me lo va a poder creer: una brujería. ¿Vio? Le dije que no me iba a creer. ¿Usted hace mucho que espera? Se ve que el doctor es bueno, porque mire cómo está la sala. ¿Lo conoce al doctor Mensogna? A mí me lo recomendó el doctor Paso. Me dijo que es un fenómeno este doctor y que él sí me va a solucionar el problema.
Le decía que él sí me va a resolver este problema. Disculpemé que le hable tan bajo, es que me falta el aire así como estoy y la voz no me sale muy clara que digamos. Ojalá sea como usted dice, mire, porque hace tiempo que ando de acá para allá arrastrando esto. Cada médico me dice algo distinto pero la cosa no se arregla. Siempre igual, al principio todos le prometen el oro y el moro, pero después, cuando el tratamiento no resulta, lo dejan a uno clavado horas en la sala de espera, o la secretaria le dice que el doctor no lo va a poder atender, que está en un congreso. No sabe la cantidad de congresos a los que van los doctores estos, hágame el favor. O si no, lo tienen ahí, como un otario, parado en el consultorio, con semejante problema a cuestas y el médico que lo mira como si lo culpara a uno por lo que le pasa, para mí que lo hacen para que uno se vaya de una vez por todas y no aparezca más. La verdad, yo entiendo. Entiendo. Algo así no se ve todos los días, ¿no? pero aunque sea por el esfuerzo que es moverme, salir a la calle. Hay que estar en mis zapatos para saber lo que es bañarse, vestirse, subir al colectivo, así. ¿Me sigue?
Once meses que empecé con esto. Probé de todo, no le miento, de todo. Y no sabe la plata que tengo gastada en remedios, tratamientos. Porque la obra social no me quiere cubrir. No sabe las vueltas que tienen. Más vueltas que la oreja. Sí. Lo van pasando de ventanilla en ventanilla, y siempre igual, que sacar número, que mostrar el carnet, que firme acá, que traiga otro papel. Para qué le voy a contar. Má qué papel ni papel, una biblia les llevé y me siguen mandando de un lado a otro.
Y, un poco, ya me acostumbré. Pero imagínese lo que es salir a la calle así. Cómo lo mira la gente a uno. Después están los que hacen como que no lo ven. Eso es lo más fulero. Uno pasa y nadie lo mira, parece que se volvió invisible. O si no, como hace un rato, que me subí al colectivo, la gente me miraba con asco, no vaya a ser que me siente al lado. Y gracias que el colectivo me paró, porque, encima, muchas veces ni me para. Diga que la ferretería la tengo al lado de mi casa, no tengo que viajar para ir al trabajo pero para ir a los hospitales no me queda otra que el colectivo, porque el tren es peor, a ver si no termino de subir y me la enganchan a mi mujer con la puerta que el vagón empieza a avanzar y uno y va viendo el final del andén. Los chicos se me burlan, mocosos de porquería. Pero peor cuando se ponen a llorar. No sabe las madres como me miran, como a un degenerado, me miran. Digamé usted ¿es culpa mía que los chicos me miren y se asusten? Digamé ¿culpa mía tener este problema?
De Soldati. Una hora cuarenta y cinco, dos horas, depende el tráfico. Ya hace media hora que pasó mi turno y todavía está el señor de ahí enfrente, la señora con el chico y usted, antes que yo. Pero bueno, si dicen que es tan buen doctor, espero un poco más, ¿qué se le va a hacer? Además, así como estoy a dónde quiere que vaya, ¿no?
Hasta los muchachos de la barra me están esquivando el bulto, últimamente. Una vez pasó que estábamos parados en la esquina, venía caminando una mujer, me vio y se cruzó de vereda. Una mujer linda, que atiende la mercería; El gordo le arrastra el ala hace rato. Cada vez que lo ve conmigo, se cruza de vereda. Y claro, a mí se me ve de lejos. De ahí que El gordo me pone frío cada vez que lo llamo. Y los clientes también están dejando de venir. Están yendo a la ferretería del otro lado de la avenida. Y eso que no tiene ni la cuarta parte del surtido que tengo yo.
El problema empezó cuando a Estela se le dio por dejarme. Ella, mi mujer. Estela. Un día, sé que era lunes porque había tortilla de papas, me dijo que se iba. Yo le pregunté que cuándo y ella ni me contestó, me dijo que se llevaba el auto y empezó a cargar las valijas que ya las tenía listas. Yo me quedé, imagínese, de una pieza. Casi que no podía terminar la tortilla de papas, y el budín de pan ni lo probé. Le pregunté si pensaba volver y me dijo que ni loca. Le pregunté que a dónde se iba y me contestó que qué me importaba si nunca me había importado nada de ella. La verdad no sé de dónde sacó una idea así, no le digo que no pude ni probar el budín de pan. Y se fue nomás. Dio un portazo que temblaron los vidrios. Y no sabe como salió con el auto, como un tiro, salió, que yo siempre le digo que no lo arranque frío. Por diez días, como si se la hubiese tragado la tierra. No se le ocurrió llamarme ni una vez para decirme dónde estaba ni cómo.
Faltaba más, llamarla yo. Además, ¿a dónde la iba a llamar? Ah, fíjese que no se me ocurrió empezar por ahí.
Un amigo en común. Que estaba viviendo en una pensión por la zona de Constitución, sobre la calle Brasil.
No. ¿Para qué? Seguro no me hubiera atendido. Si ella hubiera querido hablarme me hubiera llamado. Hubiera venido a casa, bien que sabe dónde es. Conoce mis horarios perfectamente: sabe que todos los mediodías vuelvo a comer y duermo media horita de siesta antes de abrir de nuevo la ferretería.
Al principio me dije, ya va a volver con el caballo cansado, pero cuando pasaron dos semanas y ni noticias, ahí me bajoneé, la verdad. Nunca me había pasado, de estar así, bajoneado. Abría tarde el negocio, se me mezclaban los bulones, las arandelas. Un día vendí un flotante a un hombre que quería una sopapa y dos por tres me equivocaba con el cambio. Suyo señora. Haga, haga. Así aprovecha un poco el tiempo. ¿Me haría, de paso, el favor de traerme un poquito de agua de la máquina?
Gracias, tenía una sed terrible. Sí. Toda la mañana perdida. Pero vio que médicos estos se atrasan siempre, yo no sé si dan más turnos de lo que pueden atender o qué, pero la verdad que es una amansadora. Dos horas de atraso, fácil, lleva. Pero dicen que es un bocho.
La cosa es que como a los dos meses, leyendo la revista del cable, veo el anuncio de una mentalista:

MADAME NADINE.
Hago lo que las demás solo prometen.
AMARRES.

Ahí sale el paciente. A ver si le toca a usted. Es joven el doctor, mire. Pensé que tendría más o menos mi edad. Esa misma tarde me dio turno la tal Nadine. Era en Pompeya. No abrí el negocio y me fui directo a verla, después de la siesta. Me tomé el 6, que me dejaba justo en la puerta. Estaba nervioso, como que no me sostenían las piernas. O también, tantos días seguidos a sánguche, paté. Y la verdad es que extrañaba la comida casera. ¿Qué se le va a hacer? Uno es un animal de costumbres. Ahí entra la señora con el nene, se ve que falta menos. Se la hago corta porque me parece que la próxima es usted. Disculpemé si me rasco, es que cada tanto se me duerme la pierna. Por el peso. ¿vio? Sí, tanto peso, se corta la circulación. La casa de la Nadine era una tapera. Chifletes por todas partes. El estudio era pegado a la cocina. Venía un olor bárbaro de pollo al horno con papas. Figúrese, pollo al horno con papas y yo tanto tiempo a sánguche. Se sentó en una mesita baja y se puso a barajar unas cartas así de grandes, que parece que se llaman tarot y me empezó a decir que una cosa y que la otra y la verdad que le pegaba a todo, sobre todo cuando dijo que a mí me gustaba la comida casera. Me preguntó para qué venía y que si le quería hacer una pregunta al tarot. En eso sonó el teléfono y se fue a atender.
Ah, ahí parece que se me está pasando el calambre en la pierna. Hay que hacer así, golpecitos contra el piso, para que se despierte. Eso no falla.
Cuando volvió Nadine de hablar por teléfono estaba como apurada, medio nerviosa. Me preguntó directamente a qué había ido. Le dije que mi mujer me había abandonado y que yo quería que volviera. Pero así como así, no. De cualquier manera, no. Quería que volviera como tiene que ser, que estuviera contenta. No que viviera rezongando o con cara de perro. Que estuviera contenta, calladita. Como antes, como al principio, porque al principio ella y yo éramos un solo corazón.
Una vela, dos sobres, una moneda, dos cintas rojas, y una cáscara de naranja seca, de esas que son toda la vuelta completa, que se pelan de pe a pa sin romperse, vi que tenía algo escrito. Me dijo lo que tenía que hacer medio a las apuradas, en la puerta. No sé por qué, desde lo del teléfono estaba como nerviosa.
Seiscientos pesos. Me pareció que estaba en precio.
No, al señor de bigotes. Y bueno, esperamos tanto, un poco mas qué hace, ¿no? Lo único, que estas sillas son duras. Con tal que aguanten. Mire, con la yeta que tengo, capaz que se abren las patas y me voy al suelo. Llegué pasada la medianoche porque el 6 no pasaba nunca y al final me tuve que tomar el 115, que no quería porque hay que hacer combinación, la cosa es que entre pitos y flautas tardé una barbaridad. Cuando llegué, estaba tan apurado que ni cené, qué importaba, total al día siguiente, si todo salía bien, ya iba a estar la patrona y capaz hasta tocaba comer pollo al horno. La cosa es que agarré y puse todo sobre la mesa: las cintas en cruz, la moneda, la pasta, la vela. La prendí. Cuando busco la cáscara de naranja donde estaba escrita la frase que tenía que repetir, me doy cuenta que los anteojos me los había dejado en la ferretería. Si los iba a buscar se me acababa la vela. Madame Nadine me había dicho que recitara todo el tiempo que durara prendida. Nada de apagar y seguir después. Empecé a repetir más o menos lo que llegaba a entender. Terminé de madrugada, reventado. Dejé todo como estaba y me fui a dormir dos horitas antes de abrir, que iba a ir temprano el corredor de vástagos. Me tiré en la cama vestido y me dormí como un tronco. Y me desperté así. Me faltaba el aire. Pensé que me fallaba el corazón. No me podía mover ni para agarrar el teléfono, me llevé las manos al pecho y toqué esto, la espalda de la patrona.
No, no dice ni una palabra. Ni siquiera cuando, sin querer, la golpeo contra el marco de la puerta, o la canilla de la bañadera. O cuando le tiro un poco del pelo, para peinarla, o si el puré está caliente o le falta sal. Ni siquiera un quejido cuando la apoyo sobre el mostrador de la ferretería, para descansar un poco la espalda, que la tengo a la miseria, y eso que el mostrador está siempre lleno de bulones, de tornillos. No sabe lo que es vivir con esto pegado. No sabe. No sabe. Y ella, mírela. Con esos ojos que me siguen día y noche, día y noche con esa sonrisa embobada que tiene todo el tiempo.
Once meses. Once meses que no vivo, que tengo este cuerpo amarrado al mío.
Gracias.
Yo nunca llevo pañuelo.
Al día siguiente no pude ni salir a la calle, pero al otro me animé, tomé un taxi hasta la casa de la Nadine ésta. Ni me hizo pasar, por la ventana, directo, me preguntó qué quería. Yo le dije que cómo qué quería, cómo qué quería. ¿No veía me cómo había dejado? Ella dijo que yo le había pedido exactamente eso, que Estela y yo volviéramos a ser un solo corazón. “Madame Nadine hace lo que los demás solo prometen” me repetía la muy hija de puta. La hubiera matado, le juro, si le llegaba a poner las manos encima, la mataba. Pero así como estoy ¿Qué quiere que haga? ¡Un solo corazón, le había dicho a la Madame! ¿Me sigue? ¡Un solo corazón! ¡Qué pelotudo! ¡Ella y yo un solo corazón! ¡Mire como quedé! apenas si me puedo mover.
Fui a todos lados. Ya le dije, todos le prometen el oro y el moro y pasado un tiempo.
Médicos, chamanes. Un rabino. ¡Hasta me hicieron un exorcismo en una iglesia de Isidro Casanova! Eso sí que no se lo deseo a nadie, se lo juro. A nadie. Hasta que un día, el bueno del doctor Paso me dijo que este doctor, Mensogna, es el mejor.
Ah, ahí la llama el doctor. Vaya, señora, vaya. No pierda tiempo. Sí, gracias, gracias. Sí. ¡Ojalá!

SOBRE LA AUTORA | FLAVIA PANTANELLI:

flavia 12Es fonoaudióloga y cuentista. empezó a escribir hace cinco años en los talleres de la municipalidad de san isidro. se formó con Bea Lunazzi, ariel Bermani, JOsé María Brindisi, Pedro Mairal, Felix Bruzzone y Elsa Drucaroff entre otros. Concurrió a la formación intensiva de CAsa de Letras. sus trabajos fueron distinguidos en concursos como Mujica Lainez, Victoria Ocampo, concurso federal de relatos, entre otros. algunos cuentos fueron publicados en revistas literarias y antologías del país, de brasil y de españa }en 2015 publicó dos libros de cuentos Haceme lo que quieras, de ed. Outsider y Carne rota, editorial ModesoRimba.

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