#Cuento | Teléfono, por Ever Román

Teléfono*

 

Ayer llamé a casa de mamá, luego de algunos meses, y conversamos de todo un poco, entre otras cosas de la muerte, que invariablemente es un tema entretenido para los dos, y sin que me lo esperara esta conversación terminó por dejarme un poco incómodo, hasta triste incluso, porque de 6 o 7 veces que hablamos por teléfono este año mamá y yo, el promedio de muertos cercanos por llamada nunca superaba a dos, y a veces incluso los muertos eran solo parientes de vecinos, o vagos chismes oídos en el barrio, y los suicidios, siempre sorprendentes, tenían una justificación que por lo menos nos llevaba a meditar y decir: Qué espantosa vida, ¿no?, qué cagada que le tocó vivir a ese o ésa, pero la llamada de ayer me dejó triste, esta es la palabra, incluso con miedo, porque la parte de los muertos fue casi toda la llamada, limitándose los saludos de rigor solo a dos o tres frases, a saber, primero con mi padre que atendió el teléfono. ¿Cómo estás, hijo? Bien, pa, ¿y vos? Bien, tranqui. ¿Y los negocios? Y ahí andan, en realidad no andan, me dijo. ¿Cómo que no andan?, le dije. ¿Supiste de la nueva ley presidencial?, me dijo, y antes de explicar qué es la nueva ley presidencial, diré que mi padre es jubilado hace 10 años, pero no se contentó para nada con la jubilación, porque el dinero de la jubilación no le alcanza para un carajo, pues es una jubilación paraguaya, una jubilación de mierda, por no alcanzarle para nada la pensión de jubilación, mi padre se dedicó desde los primeros días a armarse distintos tipos de negocios, entre ellos el de técnico de reparación de celulares, solo por un tiempo, muy breve por cierto, rápidamente los celulares se fueron poniendo demasiado tecnológicos para él, pues mi padre se formó en los 60 en electrónica, época florida de aparatos gigantescos y ahora inútiles, circuitos cerrados y demás, que la ciencia ficción de Sturgeon y Asimov, salvo ribetes metafísicos y algún que otro asomo a una robótica hipercomplicada, llevaron al paroxismo y que nosotros, siervos de las nuevas tecnologías, olvidamos íntegramente, o por lo menos vamos en camino de olvidar completamente, cambiando a una tecnología de bits, casi abstracta, más simple a primera vista, pero infinitamente compleja para alguien que como mi padre se formó reparando televisores con transistores y demás, imposible de seguir para mi padre esta nueva tecnología, aunque mi hermano, estudiante de ingeniería en electrónica, le intenta explicar una y otra vez, infructuosamente, pues mi padre ni siquiera es capaz de escribir un e-mail, por ejemplo, simplemente lo dicta a mi hermano, o llama por teléfono, o espera que yo llame, o no espera nada y sigue con sus negocios de emergencia, que son raros y únicos, poco funcionales como la vieja tecnología que estudió, y justamente el último negocio de mi padre fue el afectado por la nueva ley presidencial, una ley justísima a mi parecer, una ley poco oportuna para mi padre, que como recurso loco había empezado a intentar vender terrenos de reservas ecológicas, se había metido al mercado de los bienes raíces de reservas ecológicas que políticos y militares habían modificado falsamente en los papeles haciéndose pasar por dueños legítimos, un papeleo mentiroso que sin embargo servía y aún sirve para que partes de estas reservas sean usadas como terrenos de cultivo, o pastoreo, o lo que sea, en fi n, es conocida la historia, estas reservas ecológicas de miles de hectáreas habían sido partidas en pedazos por sus dueños ilegales, y mi padre se había puesto a la tarea de venderlos a inversores extranjeros, puesto que el usufructo por parte de políticos y militares se había complicado bastante por culpa de la prensa, entonces habían decidido vendérselas a gente que quisiera ir a cultivar soja a Paraguay, o criar ganado por millares, los clientes proyectados eran estadounidenses, alemanes y brasileños, con un par de coimas y papeleos estos inversores tienen la posibilidad de duplicar, triplicar, cuadruplicar sus riquezas, en fi n, es una historia recurrente, folclórica, un negocio de moda últimamente y mi padre había llegado a la conclusión de que ser corredor de bienes raíces de reservas ecológicas robadas era buen negocio, un negocio fácil, ya me había hablado en conversaciones telefónicas anteriores de este negocio, pero no había fructificado, por lo visto, para felicidad mía y dentro de todo para menos complicación de mi padre, todo se había truncado porque la nueva ley presidencial prohíbe la venta de tierra a extranjeros hasta que se complete la reforma agraria, que dicho sea de paso puede tomar décadas, o no realizarse nunca, y esto truncó el negocio de mi padre, que no pasó de especulaciones, por cierto, pretensiones suyas de aprovechar parientes en el extranjero para hacerlos corredores inmobiliarios, yo en Argentina, Alberto en algún país europeo o africano, Tía Gloria en España, otros parientes en los Estados Unidos y Francia, pues mis familiares, como toda familia paraguaya, están esparcidos por todas partes, loca, demencialmente repartidos por todas partes, y todos mis familiares, como yo mismo, están locos, demencialmente necesitados de dinero, mi padre quería aprovecharlo usándonos como corredores inmobiliarios y conseguir así posibles inversionistas que nos crucemos por ahí, y sí, es una idea loca, demencial, por suerte no prosperó, no dejó de ser pura charla, de todas maneras era un negocio estúpido, egoísta, y yo no pretendía ayudarlo para nada, aunque a mí, en Argentina, era al que menos ayuda iba a pedirle porque aquí, también como en Paraguay, están repartiendo todo para todas partes, así que no iba a pedírmelo, solo me lo comentó, Y pusieron esa ley y ahora no se puede vender nada, me dijo, y yo le dije que estaba bien, que era un negocio estúpido, un negocio egoísta, Andá, pa, hacé una olla popular en la esquina de casa, ahí te va a ir mejor, vas a ser más útil, quise decirle, pero no le dije mucho, solo que el próximo negocio iría mejor, siempre y cuando no sea vender el País, le dije, y me pasó con mi madre, pobre viejo, pensé entonces, pienso ahora, y mi madre también, pobre vieja, qué vida jodida, pero también, cada tanto, pienso, qué vida feliz, me atendió mi madre y me saludó feliz. Hijo querido, ¿cómo estás?, dijo, y yo todo compungido dije: Bien, menos mal que a papá se le olvidó el negocio, dije, y ella dijo que eso estaba mejor, y luego intercambiamos más palabras de rigor, pocas y breves, y empezamos con el recuento de muertos, eje de nuestras conversaciones, rutina oscura y salvadora, pues hablar de muertos nos recuerda que estamos vivos y francamente nos deja de buen humor, hablar de muertos, no sé por qué nos gusta tanto, aunque también nos entristece, ¿a quién no le gusta y a la vez le entristece la muerte?, en todo caso a mi madre y a mí nos gusta y entristece y después nos pone de buen humor hablar de  muertos, como ayer a las 5 de la tarde, hora en que empezamos a hablar de muertos, Lo demás era muerte y solo muerte a las cinco de la tarde, dice un poema de García Lorca, y tal cual fue nuestra conversación de ayer a las 5 de la tarde, en ese momento no recordé el poema como lo recuerdo ahora, pero los dos sabíamos que a partir de esa hora, las 5 de la tarde, y en la hora siguiente de extenderse la conversación, hablaríamos de muertos, haríamos hipótesis, como es costumbre, y luego colgaríamos el teléfono con mejor humor, pues es nuestra rutina nombrar un par de muertos, ponernos de buen humor y colgar el teléfono, pero no resultó así esta vez, ambos, tanto mi madre como yo, nos despedimos tristes, asustados, luego de hablar de los muertos recientemente, y todavía hoy que escribo esto me pongo triste al recordarlo, al recordar a los muertos, nombrados así a la ligera por mi madre y yo, envenenándonos sin darnos cuenta, y la verdad es que solo me empecé a envenenar yo, pues mi madre ya estaba envenenada de antes de la conversación conmigo con esas noticias, pues ya las sabía y las había pensado y sentido antes de contarme a mí sobre ellas, y también sabía que me las iba a contar, así a la ligera, y eso que quizá la envenenaba un poco más, habrá paladeado la muerte imaginando como iba a ir soltándome cada cadáver, por lo tanto creo que también sabía que iba a envenenarme a mí con cada muerto, gota a gota, como se dice, a medida que fuera nombrando los muertos y las circunstancias de sus muertes iría haciéndome daño a mí, aunque a decir verdad de estas circunstancias de las muertes no sabía mucho, pues por suerte ninguna ocurrió cerca de ella, aunque sí ocurrieron en el seno de nuestra familia, familia no tan cercana por suerte, pues los cercanos somos los que estamos más lejos, al otro lado del mundo inclusive, otros no tanto, solo un par de miles de kilómetros, como yo, eran, después de todo, familia cercana en segunda o tercera generación, pero muertos familiares a fi n de cuentas eran todos, al menos tenían foto o almuerzo en la casa de mamá, o habían pasado alguna vez por su casa por vaya cuestión peregrina e incluso yo los había visto, más precisamente he mirado y observado, a cada uno, seguramente hasta les había hablado a todos, y ellos a su vez me hablaron, como suele suceder, aunque ahora solo recuerdo haber conversado largo con uno de ellos, pero también sé que a los otros dos les hablé al menos una vez, o les dije solo hola, en fi n, al menos: Hola, cómo va, y hasta quizá les haya dado un beso que eso se hace con frecuencia, y ahora estaban muertos, contados así para deleite de mi madre y yo, los cuatro muertos, pues esta vez no eran dos o solo uno, como de costumbre en nuestras conversaciones, sino cuatro los muertos, cada uno trágico, doloroso, que dejaron adolorida a mi madre y que me provocaron dolor a mí, un dolor que todavía ahora lo estoy sintiendo, dolor y miedo, tristeza, qué banal y estúpida es la muerte, pienso ahora, y también mi madre y yo al hablar de estas cosas, qué banales y estúpidos somos, pero ya no puedo dejar de preguntarle, tan estúpida y banalmente, como le pregunté ayer a las 5 de la tarde: ¿Qué hay por ahí, ma, murió alguien?, y por supuesto yo esperaba el sí, pero no ese sí que me dio mi madre, un sí lúgubre, atragantado, un sí que desembocó luego en la frase larga, ininterrumpida, de los cuatro nombres, a saber, Estela, Amancio, Sami y el militar marido de Cari, este último carente de nombre porque ni mi madre ni yo lo supimos nunca, pero que sí conocíamos de haberlo visto más de una vez, y ya que empecé a identificar al marido de Cari, identificarlo sin nombre, contaré primero la muerte de éste, tal como me la contó mi madre, sin retórica. Se ahorcó de mañana antes de ir a trabajar, Cari salió de la habitación de los dos para ir al baño y lo encontró colgado de una de las vigas de la sala de su casa, me dijo mi madre. Cari lo encontró colgado con unos cables, imagino que habrán sido cables muy resistentes porque era un tipo grande, esto fue como a las 7 de la mañana, luego de encontrar a su marido colgado, Cari fue corriendo a llamar a los vecinos para que lo descolgaran y los vecinos vinieron y lo descolgaron, y luego fueron al entierro, al otro día, los que descolgaron al militar, de 26 años, el día anterior, frente a Cari que miraba el cadáver desde la entrada de la sala, sin saber qué decir pero queriendo explicar alguna cosa, y todavía no tiene nada para explicar, al menos no oficialmente, pues el marido militar que se colgó no dejó una carta, un fax, un E-mail ni un video grabado, nada, ni siquiera una conversación con un mejor amigo para explicarse, simplemente se colgó esa mañana, vaya a saber por qué, aunque por supuesto la familia entera dice que tenía problemas con la esposa, viuda ahora, problemas de cuernos y demás, pero eso qué importa, no sirve de explicación, en todo caso la esposa no puede ir por ahí diciendo yo le ponía los cuernos y por eso se mató, no quedaría bien, pero mi madre y yo, por supuesto, dijimos que seguro se mató por eso. Hay mucha gente que no soporta eso de los cuernos, ma, dije yo. Y no, dijo mi madre, y después me dijo que ella sabía que yo soporté muchos cuernos y yo le cambié de tema, y en vez de hablarle de los cuernos que soporté, que ahora me doy cuenta de que hubiera sido mejor, le pregunté quién más murió, así, a bocajarro como dicen los novelistas españoles del XIX, banalmente le pregunté quién más murió, y ella, mi madre, me dijo, también a bocajarro: Murió también tu tía Estela, de un infarto, la semana pasada, en su casa, en su cama, ella estaba muy enferma, dijo mi madre, y yo no pregunté más porque Estela era prima suya y amiga de infancia, según creo, pues las oí hablar por teléfono muchas veces, aunque esto último, lo de haberlas escuchado hablar varias veces puede ser un error, pues hay muchas Estelas en mi familia, está Estela la alcohólica, Estela la eterna prima con la hija doctora, Estela la narigona, Estelita, no sé cuál Estela será y no quise preguntar más porque mi madre me dijo Estela con voz todavía más apesadumbrada que cuando me nombró el muerto anterior, y entonces yo solo le dije: Mamá, ¿estás bien?, y ella dijo: Sí, es muy triste nomás, era mi amiga. Ah, siento lo que pasó, dije, y después le hablé de otra cosa, de mi vida acá, creo que le dije algo como que iría al teatro esa noche, como de hecho fui, o tal vez le dije que había ido al cine la noche anterior, como de hecho fui, o alguna cosa por el estilo para cambiar de tema, y ella me dijo luego, sin prestarme mucha atención. También se murió Sami. ¿Sami?, pregunté yo: ¿Quién Sami? ¡Sami!, dijo mamá, y ahí me quedé helado, pues Sami era un chico hermoso, muy joven, de poco más de 20, castaño, grandes ojos verdes, siempre sonriente, fuerte, amable. ¿Y cómo murió?, le dije a mi madre, profundamente apenado. Yo sé que le querías mucho, me dijo; y sí, era así, qué muerte injusta, todavía hoy veo a Sami sonriendo, preparando mate, hablando de chicas, haciendo chistes, amable, adorable. ¿Y cómo murió Sami, ma?, pregunté. De un accidente de moto, dijo, y yo no quise saber más, esta vez fue ella quien me preguntó: ¿Y vos estás bien?; y yo por supuesto le dije que más o menos. Estoy impactado, ma, dije, ¿cómo esperás que esté? Y hay más, dijo mi madre, y ahí, no sé por qué, por ese espíritu autoflagelador que tenemos, quise escuchar más, aunque sabía que ya sería demasiado, pues a fi n de cuentas tres muertes es sufi ciente, es más de lo que uno puede pedir en una llamada telefónica rutinaria, para qué más, sin embargo en el momento que mi madre me dijo hay más, yo quise escuchar más, una muerte más, pues dada la conversación que estábamos llevando no podía tratarse de otra cosa que una muerte más, tal vez una muerte todavía más dolorosa, o una muerte indiferente, en todo caso otra muerte más, y otra muerte más sería el corolario de la conversación que estábamos llevando, una conversación lúgubre como pocas, esta muerte más sería un corolario espantoso, el golpe del knockout pero dado ya al rival derribado, el re-knockout, pues yo ya estaba derribado, sangrando, sin muchas ganas de levantarme y seguir bailando el ring, después de todo tres muertes es suficiente para una llamada rutinaria. Tres muertes ya está bien para una llamada rutinaria, ma, le dije a mi madre, qué otra cosa le iba a decir, pero en vez de dejar que ella permaneciera callada y proponer otro tema, le dije: ¿Y qué más hay, ma? Se murió también tu tío Amancio, dijo mi madre. ¿Amancio? Un tío tuyo, no sé si te acordás de él. ¿Y cómo murió?, pregunté, aunque saber que se murió además de las tres anteriores personas un tío mío ya era suficiente, de hecho no podía pedir más, le pregunté cómo había ocurrido, quería detalles, después de todo, detalles, no puedo entender por qué, y peor aún mi madre quería decirme estos detalles, a pesar de haberme contado ya tres muertes ella quería darme estos detalles, y entonces yo callé un ratito y esperé que me cuente, y como a la pregunta de cómo ocurrió no me respondió enseguida la apuré diciéndole otra vez: Ma, ¿cómo pasó? Y se metió un tiro, me dijo mamá, se encerró en su pieza una mañana y se metió un tiro. ¿Así nomás?, le volví a preguntar. ¿Y qué le pasaba, era depresivo, tenía deudas, qué le pasaba?, pregunté. Y no sé, me dijo mamá. Era jubilado, tiene un hijo que es médico, un hijo ya grande, y su esposa está bien, tienen plata, no sé si tenía otra mujer, no sé qué le pasó, nunca se intentó matar antes, siempre fue un buen señor, no dejó carta ni nada, me dijo mamá, y yo no podía entender cómo un jubilado se metía un tiro sin tener deudas ni otra familia, sin historial depresivo ni nada, siendo un buen señor, cómo alguien así se podía matar así nomás, no lo podía entender, aunque por supuesto estas cosas nunca se entienden, pues la gente se mata todos los días, cada uno con su razón, siempre hay una razón, la que sea, una razón sin razón muchas veces, pero no hay suicidio gratuito, muchas veces ni siquiera el que se mata sabe por qué y por supuesto el porqué de que Amancio se meta un tiro mi madre no tenía por qué saberlo, a pesar de esto yo se lo pregunté igual. ¿Y por qué se mató?, y mi madre me dijo que no lo sabía, la familia no dice nada. Solo nos invitaron al entierro pero no pudimos ir porque era lejos, me dijo mi madre, y entonces yo la inquirí de vuelta pidiéndole detalles. ¿Cómo pasó, ma? Y él estaba en su pieza hablando por teléfono, después colgó el teléfono y llaveó la puerta y se disparó en la cabeza con una pistola, así nomás pasó, me dijo mamá; ¿y qué más podía preguntarle yo a mi madre?, era una muerte que no tendría explicación para nosotros ahora, en esta conversación, de todas formas le dije que a lo mejor Amancio estaba hablando con otra mujer y después se mató, o con alguien que le robó. Y quién sabe, me dijo mamá, Tal vez estaba hablando con Dios, le dije entonces a mi madre, No digas pavadas, me dijo ella. Ma, ya no quiero hablar más por hoy, me cansé, le dije, Te extrañamos mucho por acá, dijo mi madre, y después nos dijimos pocas cosas más, cosas que no me acuerdo, entonces nos despedimos y colgué.

(2009)

*Del Libro “Falsete”, E. Arandura, 2016

AUTOR DEL CUENTO | EVER ROMÁN:

11222792_830501583724796_5017016294217936154_nEver Román (1981). Autor de los libros de cuentos “Osobuco” (Ed. Pánico el Pánico 2012) y “Falsete” (Ed. Arandura 2016). Publicó relatos en antologías de Argentina, Paraguay, España y Alemania, y en revistas de Bolivia, Brasil y Estados Unidos. Dicta talleres de escritura y audiovisuales en instituciones psiquiátricas.

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