#Dossier | La literatura de Flannery O´Connor: territorio donde el bien y el mal definen por penal, por Victoria Mora.

 Flannery O´Connor amaba las aves exóticas, especialmente a los pavos reales. Quizás le recordaran un poco a ella misma: una mujer tan excepcional como los animales que ella criaba en su granja.

Nació en 1925 en Savannah Georgia y se crió en el seno de una familia católica en una sociedad protestante al sur de los Estados Unidos. A los 15 años su padre murió de Lupus, enfermedad que también empujaría a Flannery a una prematura muerte a los 39 años.

Siempre fue una niña y joven solitaria que prefería dibujar a leer o escribir. Cuando ingresó a la Universidad de Iowa lo hizo pensando en estudiar periodismo pero pronto se cambió de carrera y comenzó a estudiar escritura creativa. Hasta entonces  había leído muy poco, no conocía a Kafka, Faulkner o Joyce, autores que luego leería copiosamente. Durante esos años comenzó a escribir los que serían unos de los mejores cuentos de la literatura norteamericana del Siglo XX.

Finalizados sus estudios en la Universidad en el año 48 fue recomendada por uno de sus profesores para ingresar a la residencia para escritores de Yaddo en Nueva York. Allí sería como un ave exótica, tomada por la religión y las costumbres cristianas, fuera de lugar en una comunidad que acostumbraba tener sexo y consumir drogas y alcohol. Entre ellos se encontraban Patricia Highsmith y Robert Lowell. Este último terminaría con un brote psicótico internado, pero antes, en plena crisis, se dedicó a insistir a todo el mundo con la canonización de Flannery O´Connor, tal había sido la impresión que la joven mujer sureña y su escritura le habían causado.

Incluida en la serie de las escritoras sureñas de la literatura norteamericana (junto a Eudora Welty, Carson McCullers, y Katherine Anne Porter) sus relatos se distinguen por recrear el ambiente que tan bien conocía de el cinturón bíblico de Estado Unidos. Son historias donde abundan los seres discapacitados, las personas heridas, seres deficientes, que no son tratados con ninguna conmiseración.

Las relaciones humanas entre padres e hijos, patrones y sirvientes, o habitantes de un pueblo son retratados de manera magistral, nada es explicado, todo se muestra y se recrea de un modo vívido y con un exquisito manejo del lenguaje. En cada unos de sus cuentos la lucha entre el bien y el mal subyace como fondo necesario de una sociedad hostil y racista. La mayoría de las veces el mal gana la partida. Sus personajes son seres exóticos pero no son bellos y admirables como sus pavos y sus aves, sino que se encuentran sumergidos en las peores tragedias y no siempre están a la altura de las circunstancias, más bien lo que aparecen son personajes que muestran sus bajezas y muchas veces ni siquiera aparece la culpa. En sus historias recurren temas como la religión, la salvación de las almas, o su absoluta perdición, la perversión, la muerte, el crimen, el delirio. “Cuando repaso los relatos que he escrito, me doy cuenta de que tratan, en su mayoría, de personas pobres, de cuerpos y mentes afligidos, que tienen un sentido casi nulo del horizonte espiritual o, en el mejor de los casos, distorsionado y cuyas acciones no parecen sugerirle al lector que sea posible la alegría de vivir” escribe en su ensayo “El escritor y su país”.

En “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, quizás el mejor de sus cuentos, escribe una historia terrible donde una anciana que vive con su hijo reniega de las decisiones que el toma en relación a sus vacaciones. En esa insistencia y queja le pide un desvío camino a Florida, entonces el azar y el encuentro con un hombre criminal desata la tragedia.

No es el único cuento en el que aparece en primer plano la relación entre padres e hijos. En “La buena gente del campo” una madre y una hija lisiada tratan de convivir en un ambiente campestre, solitario y duro. Allí abundan los prejuicios que se terminan pagando caro. O´Connor describe así a la madre: “La señora Hopewell no tenía defectos, pero podía usar los de los demás de una manera tan constructiva que nunca había sentido esa carencia” y así describe a su hija que lleva una pierna ortopédica “(…) Joy, de cuyo rostro el permanente furor había borrado toda expresión, miraba un poco de lado, con sus ojos de un azul helado y la cara de alguien que ha conseguido la ceguera por una acto de voluntad y se propone conservarla” Y respecto a su invalidez: “Pero era tan susceptible respecto a su pierna artificial como un pavo real respecto a su cola. Cuidaba de ella como otros cuidaban de sus almas, en privado y casi con la mirada vuelta hacia otro lado.”

“La Persona Desplazada” cuenta la historia de la Señora McIntery y la gente que trabajo para ella para mantener la granja que heredó al enviudar: los Señores Shortley y luego las personas desplazadas, una familia polaca venida de un campo de concentración nazi. El título en principio refiere literalmente a esta familia, los desplazados que se contratan como mano de obra barata con disfraz de salvación. Luego, el sentido se desplaza hacia los otros personajes, y las situaciones que se viven en la granja se complejizan. “La Señora Shortley recordó un noticiario que había visto una vez de una pequeña habitación llena hasta arriba de cuerpos de ente muerta y desnuda, todos en un montón, los brazos y las piernas enmarañadas, una cabeza asomando aquí, otra allí, un pie, una rodilla, cierta parte que debía estar cubierta despuntando, una mano levantada aferrada a nada. (…) Si venían de donde esa clase de cosas se practicaban  contra ellos, ¿quién podía decir que no eran de la especie de gente que podía hacer lo mismo a sus semejantes? El alcance de esta pregunta casi la dejó pasmada” La historia termina mal. Una mención aparte requieren los finales: contundentes, a veces tremendos, dejan al lector al filo de lo soportable.

Flannery O´Connor tuvo un final digno de sus cuentos. Murió a los 39 años de lupus, esa enfermedad heredada de su padre. Un fin de año, de regreso en el tren a su casa para pasar las fiestas, se descompuso. Al llegar a su ciudad natal tuvo que ser directamente hospitalizada. Los médicos le diagnosticaron la enfermedad, entonces decidió quedarse con su madre en la granja Andalusia.

El resto de su vida la pasó recluida escribiendo. Su obra incluye dos novelas (Sangre sabia y Los violentos lo arrebatan) y alrededor de treinta relatos, también un libro excepcional de ensayos titulado Misterio y maneras y un volumen que recopila su correspondencia durante los años que pasó en la granja (El hábito de ser). Debía usar muletas para mantenerse en pie y sufría terribles dolores, a la vez que debía convivir con una madre con la que no se llevaba del todo bien. En lugar de quejarse,  Flannery O´Connor, se dedicó a rezar y a escribir historias magistrales hasta el último de sus días.

AUTORA DE LA NOTA | VICTORIA MORA:

11998126_610390742432739_1168963635_n Nació en Buenos Aires en 1979. Es psicoanalista, docente y narradora. Ha participado en jornadas y publicado trabajos entrecruzando psicoanálisis y literatura. En 2012 ganó el primer premio del concurso de cuentos de la Fiesta Nacional de las Letras de Necochea con su cuento “El último tren”.”Demasiado tarde” fue uno de los cuentos ganadores del Concurso literario Micaela Bastidas organizado por el INADI. En 2013 su cuento “Herencias” resultó uno de los ganadores del Concurso del 1° de Mayo organizado por la Casa de los trabajadores de Córdoba. Su cuento “Rescate” fue finalista y parte de la Antología del Certamen literario de Editorial Alma de diamante (2013). Fue finalista del II Concurso de cuento breve Osvaldo Soriano organizado por la facultad de Periodismo de la UNLP con su cuento “Huellas” (2014). Su microrrelato “Masacre” recibió una mención en el Concurso Provincial de Murales Literarios (2014). En 2014 publicó su primer libro de cuentos Un mundo oscuro por editorial Llanto de mudo. Colabora con las revistas digitales Kundra y Mercurio Contenidos.

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