#Dossier | La herencia opaca de J.R.R. Tolkien, por Marcos Bertorello

#DOSSIER

tolkien

Por Marcos Bertorello

El extenso epistolario de Tolkien tal vez sea uno de los libros más deslumbrantes para leer de su también extensa obra. Durante más de veinte años, el filólogo, se dedicó a una pasión que hoy nos resulta anacrónica y algo inexplicable, la compulsiva escritura de cartas a todo tipo de destinatarios: sus editores, sus hijos, amigos escritores, lectores, poetas reconocidos como Auden, los diferentes traductores de sus libros, amigos de toda la vida y un largo etcétera. La lectura de las cartas de Tolkien es apasionante más allá o más acá de la relación que cada uno pueda tener con su literatura. Quiero decir: puede que a uno le importe absolutamente nada el mundo heroico y fantástico que el escritor inglés inventó, pero parece difícil permanecer inmune al derrotero a veces entusiasta, a veces trágico, a veces cómico, a veces erudito, que Tolkien muestra en sus cartas.

El epistolario en su conjunto puede ser leído, en consecuencia, como una extraña novela de aventuras: un conservador profesor de filología de la comunidad académica de Oxford dedica casi toda su vida a desentrañar partícula por partícula un mundo imaginario que parecía habérsele incrustado en su fantasía como si se tratara de un tumor cerebral de origen alienígena. Por eso dedica cartas enteras a los editores extranjeros de sus obras, donde se toma el trabajo hercúleo de señalar posibles traducciones a sus palabras inventadas, como si esas palabras realmente pertenecieran a una lengua muerta de una civilización perdida y él fuera un simple erudito encargado de interpretar escritos antiguos. O por ahí, un lector desconocido, le pregunta por la botánica de la Tierra Media, y entonces, el viejo profesor, le responde, respetuosamente, que todavía no averiguó lo suficiente sobre el tópico, como si el mundo imaginario que pacientemente creó durante décadas, fuera en rigor, un lugar con ubicación geográfica determinada. Entonces, comprendemos cuál fue el fundamental aporte de Tolkien al género conocido como Fantasía Heroica, la instauración de un tipo de lector puntilloso, el ideal para cualquier escritor de ficción: un lector que nunca renuncia a la convicción de lectura, hasta el punto de creerse hasta en sus más mínimos detalles el mundo imaginario de la ficción.

Entiendo que esta convicción puntillosa del lector de la Tierra Media, es una consecuencia directa de las dos grandes innovaciones de Tolkien al género: la coherente invención de una lengua con todas sus trazas, por un lado, y la creación de un tipo de personaje como los Hobbit, por otro.

El género existía antes de la publicación de El hobbit en 1937 y había dado autores y obras interesantes. Por nombrar algunos, Lord Dunsany, William Morris, Georges McDonald, H. Rider Haggar, E. R. Eddison, y R. E. Howard. Pero la irrupción de la obra de Tolkien le aportó al género estos dos elementos que lo redefinieron casi por completo.

Tolkien inventó dos lenguas: el Sindarin y el Quenya. Después se le ocurrió que esas lenguas debían tener una historia que las justificara. Lo realmente sorprendente es el grado de sofisticación de esas lenguas artificiales. Tanto el Sindarin como el Quenya, son lenguas con una gramática y una historia filológica determinada, de modo que los nombres de los personajes y de los lugares geográficos, no solo tienen significaciones estables y concretas, sino que tienen variaciones históricas que siguen una serie de leyes lingüísticas similares a lo que sucede con cualquier otra lengua. Este grado de verosimilitud, les dio a las historias de Tolkien un sostén narrativo insospechado. El lector comenzó a percibir que esos nombres que no entendía y que apenas podía pronunciar, eran el fundamento certero que hacía sostener toda la historia que estaba leyendo. De modo que el viejo recurso retórico del narrador como un traductor de un texto antiguo, en este caso, adquiría una consistencia deslumbrante.

Los Hobbits vinieron a resolver otro de los problemas estéticos del género. Tradicionalmente los personajes de la épica son personajes lejanos para el lector moderno. El héroe épico parece encarnar valores absolutos, casi monolíticos, que están completamente alejados de la contradicción propia del héroe moderno. Aquiles o Ulises están ahí para que los admiremos y hasta para que los envidiemos: uno mira a esos héroes desde abajo, como si fueran la encarnación lejana de lo que queremos ser, pero sabemos, nunca seremos. En cambio, el aburrimiento y la angustia de Emma Bovary son muy similares a las de cualquier vecina de la cuadra. Y si nos atrae como lectores, no es por admiración, sino por identificación. Leemos a Flaubert a la misma altura: son personajes muy parecidos a nosotros mismos. En fin, la contradicción entre el lector de la novela moderna y el lector de la épica antigua, fue lo que los Hobbits vinieron a resolver, o en todo caso, crear las condiciones para un nuevo tipo de lector: alguien que puede identificarse con el pathos de un personaje no muy alejado de su propia circunstancias, y al mismo tiempo, admirar desde abajo la grandeza de un mundo de leyenda poblado por héroes inquebrantables.

Tolkien escribió durante casi toda su vida las historias que terminaron de agruparse en El Silmarilion. Escribió varias versiones en diferentes épocas. Esas historias fueron el marco épico general. Y en su epistolarios, resulta curioso, cómo trata todo el tiempo de hacerle entender a sus diferentes editores que esas historias son lo fundamental de todo el arco narrativo. Los editores, por su lado, invariablemente le preguntan por los Hobbit. De hecho, El señor de los anillos nació de ese malentendido. Los editores, tras el éxito de ventas de El Hobbit, insistían con una segunda parte. Tolkien, entonces, accedió. Pero lo hizo a su manera: escribió una historia en donde seguía las peripecias de un grupo de Hobbit como querían los editores, pero esas aventuras estaban atravesadas por el marco épico y mítico del Silmarilión.

Estos dos elementos: la genial invención de una lengua artificial y la creación de los Hobbit como personajes, crearon un lector de una convicción inquebrantable para la Fantasía Épica. Sin embargo, esta innovación que supuso un cambio radical en la escritura del género, implicó al mismo tiempo, una reducción al mínimo de los matices y la exuberancia que el género había mostrado. Quiero decir: en la Tierra Media de Tolkien casi no hay lugar para sutilezas: el bien es siempre idéntico a sí mismo, y el mal nunca parece sufrir contradicciones; las mujeres solo tienen un lugar secundario y deslucido; el elemento sobrenatural (la magia) aparece con demasiada frecuencia para resolver callejones sin salida de la trama; el poder es un elemento invariablemente corruptor y que solo parece amortiguado por la bondad de quién lo ejerce, sin tener en cuenta la contradicción tan propiamente humana entre acciones y valoración moral: acciones malas que produce buenos efectos, o viceversa; la casi nula existencia de la idea de redención. En fin, Tolkien creó un mundo ficcional cristiano, pero dejando de lado lo más interesante del cristianismo como cosmovisión: la idea de que el mal y el bien están confundidos en el mundo. Tal vez este pobre esquema narrativo sea la explicación última de la consideración especial de la obra de Tolkien en círculos conservadores del catolicismo.

En sus cartas Tolkien menciona hasta cinco veces a uno de sus antecedentes literarios, el también escritor inglés, E. R. Eddison, autor de una genial obra, La serpiente de Uróboros. En todas las menciones, Tolkien dice lo mismo: reconoce el poder cautivador de sus narraciones y repudia por igual, su falta de cuidado estético en la creación de nombres inventados y la deplorable filosofía que subyace en sus ficciones. Estas dos críticas de Tolkien a la obra de Eddison, son el mejor ejemplo de la situación paradójica de su herencia narrativa.

Me explico.

Es cierto que los nombres en la obra de Eddison adolecen de coherencia lingüística y que, por eso mismo, tienen un efecto negativo sobre la narración; sobre todo en la construcción del verosímil. Parece difícil no leer en clave paródica nombres como el Señor Juss, Señor Gro, Eshgrar Ogo, o Señora Sriva.  La segunda crítica (cuando Tolkien pone reparos al fondo filosófico), muestran la miopía de nuestro autor respecto de cosmovisiones morales alejados de un esquematismo maniqueo y avejentado. Y de este modo, entiendo, la herencia de la obra de Tolkien para el género tuvo este efecto paradójico: por un lado brindó sólidos elementos para la construcción de un mundo imaginario y épico que perfectamente se podía adecuar a las exigencias de un lector moderno, pero a la vez,  puso un tope a la exuberancia de la narración, como si los vaivenes voluptuosos del género, de pronto, fueran rápidamente censurados por la mirada miope de un monje de clausura.

SOBRE EL AUTOR:

14269497_10210374918952997_785701782_n.jpgMARCOS BERTORELLO escritor y psicoanalista. Publicó Porno (2009, Eterna Cadencia), Rokerito (2011, Textos Intrusos), El evangelio según Marcos (2012, Textos Intrusos), Quieto en la Orilla (2012, Interzona), Substancia (2014, Textos Intrusos) y Genealogía Mamuskas (Outsider, 2014).

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