#Narrativa | Cerca del plato (fragmento de Muerta de hambre), Fernanda García Lao.

#Narrativa

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Cerca del plato

 

 

”Yo no era nada, por lo tanto,

podía permitírmelo todo”

Witold Gombrowicz

 

 

1.

He sido gruesa y desgraciada desde que tengo memoria. En mis sueños, sin embargo, llevaba cascabeles o meaba en un frasco, alocadamente.

Me recuerdo corriendo por las praderas inmaculadas de mi infancia siendo infeliz y transpirando.

Tenía secretos escondidos detrás del sillón. Cosas inservibles pero frescas. Tijeras y cucharitas de postre. Las pasaba por mi cara siempre acalorada por la furia de ser y pensar como una gorda de treinta y nueve años.

Mis padres se escabullían en fiestas y en viñedos y yo fumaba los restos que dejaba la empleada, en el cenicero de servicio.

El hecho de no tener hermanos me dio la libertad de ser desgraciada sin testigos. Pero observaba con rencor a la familia numerosa que vivía enfrente. Allí ninguno era imprescindible. Si faltaba algún miembro, nadie lo echaba en falta.

En mi caso la presencia era un factor determinante. Mis padres pasaban revista a mis orejas cada mañana.

Los días de mi niñez eran una sucesión de momentos interminables y sin cierre. Todo se alargaba más de lo normal. La noche se recostaba sobre la mañana y juntas caían sobre la tarde sin definir claramente sus límites.

En mi casa había habitaciones donde era de día y otras donde la luna brillaba sobre los mármoles. También los climas eran simultáneos. Mi madre prefería el balcón de invierno y mi padre, la calidez de los cuartos de baño. Yo gozaba de la indefinición templada del salón de juegos.

Después de tomar el jugo de naranjas recién exprimidas, probaba las mermeladas sobre diversos tipos de panes crudos o tostados. Dedicaba horas a la deglución matinal. Un vecino me pasaba a buscar y me trasladaba hasta el colegio. Es un dato importante porque siempre fui a colegios lejanos. Recorríamos media provincia y afortunadamente esperaban mi presencia para comenzar las clases. El vecino era un taxista sin papeles, que siempre lavaba el auto.

Recuerdo mi cuerpo deformado, peleando su libertad contra la tela cuadriculada. Sentía las miradas de desprecio en cuanto descendía del automóvil. Mis compañeros eran altos y rubicundos. Todos con los dientes perfectos y con olor a crema de enjuague.

Sin embargo esas magníficas piezas debían esperar a que la gorda inaugurara la jornada escolar. Siempre tuvimos contactos en el ministerio.

Yo destacaba en gimnasia a pesar de mi tamaño. Era muy resistente. Corredora de fondo. Siempre quedaba segunda porque el primer puesto era rotativo, pero yo no.

Nunca pude saltar el potro por un tema psicológico.  Así que cuando se armaba la fila, me iba al baño.

Fui una alumna mediocre. Mis cálculos eran aproximados. No vas a necesitar de las matemáticas, era la frase que repetía la inútil de turno, bajo el delantal blanco.

2.

Tengo la boca llena de hambre. Sin embargo mi cuerpo está demasiado pesado para seguir engullendo. He aumentado varios kilos en los últimos días. No soporto lo nítido de la existencia: mis rollos se confunden con el sillón donde estoy encajada.

La señora que me ayudaba se fue hace miles de postres. Ahora pido todo por teléfono. Creo que soy el primer caso, en esta ciudad de esqueletos vengativos, que se ha fijado un objetivo tan grasiento. Quiero estallar.

Mi cuerpo es mi discurso. Espero que alguien me entienda.

3.

La primera vez que vino la hija del taxista a jugar a mi jardín dijo: ¡Una plaza! Y no volvió a dirigirme la palabra. Estuvo tres horas tirándose por el tobogán y hamacándose con rabia. Ese era mi problema. Demasiado rica para la clase media, demasiado gorda para la clase alta. Pensé en crear un club y puse anuncios que diseñó mi profesor particular que era arquitecto y lampiño. Pero nadie respondió a la convocatoria. Era la única en mi situación. Inmensa en todos los sentidos. Igual me hice presidenta y socia honoraria. El profesor también diseñó mi carné de socia, que hasta tenía banda magnética y código de barras. Lloré mucho el día en que se juntaba la comisión directiva. Recién en ese momento me di cuenta de que estaba sola. Quemé el carné, la gorra, los banderines y el póster, junto a los montículos de hojas secas que dejó el jardinero.

4.

Como mi padre trabajaba constantemente, mi madre no lo necesitaba. Faltó a mi nacimiento y creo que tampoco estuvo en mi concepción. Él tenía los ojos verdes, la piel lechosa y los pies planos. Yo sin embargo me parezco al jardinero. Soy oscura.

Mi madre cantaba en el coro de la iglesia y se hacia brushing. Pesaba la mitad que yo. Nadie podía explicarse cómo había logrado parirme. Jamás nos acariciamos ni me dijo nada bueno. Por otra parte en mi casa nunca se personalizó ninguna conversación. Se usaba la elipsis,  la sinécdoque o el silencio.

Cuando cumplí siete años me sorprendieron con un triciclo con música que me trajo mi padre de Estados Unidos. Era un aparato inmenso y llamativo que además tenía luces y cable, lo que me obligaba al mismo recorrido inútil para no desenchufarme. Los chicos del barrio se amontonaban en la reja para verme dar vueltas al cantero de magnolias.

5.

Ante tal cúmulo de dificultades deduje que tenía dos opciones. Deprimirme y encerrarme, o mirar fijamente a los ojos de mis enemigos buceando en su debilidad. Me decidí por la primera. Pero era tan aburrido que cambié de táctica repentinamente y dejé a todos desconcertados.

El asunto de la debilidad, comenzaba con una observación fría y general del incauto. Después, acomodaba mi falda o las medias obligándolo a observarme. Buscaba su punto débil y enseguida le hacía saber que lo había encontrado. Hasta el más perfecto galán tiene desperfectos. Hacia allí dirigía mi mirada amenazante. Vi tu caspa, percibí tu soriasis, abusaste del antitranspirante, tus pies son enormes. Y si por desgracia me topaba con alguien sin contradicciones,  mentía. Les hacía pensar que su cuello era demasiado perfecto y causaría rechazo en la comunidad escolar.

Así logré, en sexto grado, un cambio radical en mis compañeritos. Sembré la inseguridad en el aula y fui aceptada.

6.

Desesperada necesidad de masticar. Sólo pienso en triturar, nunca estoy satisfecha. Nunca digo basta. Quiero siempre un bocado más, con locura. Por qué ser humilde si tengo capacidad en el estómago para contener kilos de materia. Siento necesidad de procesar; mi única herramienta es el estómago, las manos fueron hechas para ir hacia la boca, para arrastrar delicias o inmundicias, qué mas da. No puedo ser objetiva, odio la miseria; quiero concretar mi plan maniático, pero cada vez me parece más imposible lograrlo. Cuánta comida entra en mí, qué necesito para explotar.  Pollos, pizzas, carnaza, tortillas, se pasean por mi cuerpo y se acomodan armoniosamente, provocando nada más que un ensanchamiento asqueroso de mis límites. Si uno es lo que come, yo soy todo lo que se pasea por la tierra. Vegetal y animal. Parece que soy mucho más de lo que había imaginado.

7.

Mi vida se reducía a deambular por la mansión y a las jornadas escolares. Sin amistades, ni viajes, ni familia, yo era todo lo que tenía. Pero no podía profundizar demasiado en mí porque estaba convencida de que mis pensamientos carecían de valor, que cualquier cosa que yo inventara ya había fracasado en mentes más brillantes que la mía. Por otro lado, la lectura siempre fue algo ajeno, para otros. En mi casa sólo los libros decorativos tenían un lugar en los estantes. Cuidadas selecciones o novelas de supermercado que nadie podía terminar. Pensaba que la literatura era una excusa para tener tema de conversación en casos extremos. Mi madre era una avezada lectora de solapas y catálogos. Y mi padre se lamentaba de no tener tiempo para leer, pero cuando tenía tiempo libre lo desperdiciaba en cualquier otra cosa. Puedo resumir años en tres líneas.

Sin embargo, yo sufría de esa nadería, de la gran estupidización de mi ser, si es que yo era un ser. Me preocupaba no darme cuenta de lo que me rodeaba, de perderme algo. Pero por más que buscara a mi alrededor no había nada imperdible. Todos eran como yo. Basura.

8.

Pero el destino trajo consigo a las gemelas. Aquellas gemelas. Perfectas, dobles. Hicieron su aparición un día soleado e inusual de invierno. Fueron bajadas de un camión de mudanzas junto a un perro y una voluptuosa mujer, a la que llamaban Mother.

Yo estaba observando una fila de hormigas que cargaba con ingenuidad un poderoso veneno dejado premeditadamente por el jardinero. Era la única actividad interesante que se llevaba a cabo todos los sábados a la mañana.

Mi madre dormía y mi padre se había escabullido a horas tempranas con alguna excusa laboral. Entonces escuché peones trabajando. Movimientos de frenada, apertura de portón, silbidos, indicaciones, objetos que pesan y obligan a maniobrar en parejas. Excitada por la novedad, abandoné la masacre que se avecinaba en mi jardín y asomé la cara por entre las rejas.

Lo primero que descargaron fue un piano negro. Todos los objetos eran interesantes. Jaulas chinas, alfombras peludas, mecedoras yanquis. Observando aquella mudanza recordé que el mundo giraba. Estuve dos horas viendo bajar las cosas que algún extraño había elegido para vivir.

Cuando ya no quedaba nada, los peones tomaron entre sus brazos a las gemelas en cuestión. Dos chiquillas dormidas tan exóticas como los objetos que habían desfilado ante mí. Tenían un complejo peinado de trenzas y flores, vestidos de terciopelo negro y medias con zapatillas rojas. A pesar de estar dormidas, ambas mascaban chicle. Su piel era colorada y el pelo una cuchillada de color.

Tras ellas, descendió la tal Mother, con un perro muy serio en brazos. Cuando cerraron la puerta de la casa, yo seguía ahí.

El camión despareció y la calle quedó vacía como antes. No como antes. Yo continuaba pegada a la reja intentando adivinar el trajín de mis vecinas, puertas adentro.

Enseguida alguna de ellas comenzó a tocar el piano. Recuerdo aquella estúpida música que me hizo detestar a mi familia, mi vida y a mi tortuga. Yo quería un perro austero o adusto y todo lo que ellas representaban. La vida se me hizo un asco. Por contraste.

9.

Me cuesta sentir respeto por mí. Sin embargo si alguien me preguntara cómo me siento, diría que feliz y los muy idiotas me creerían. Miro el pájaro de mi vecino y después produzco algo parecido a una sonrisa. Porque se parece a mí. Rodeado de cacas que nadie limpia. Aburrido en su jaulita mínima, con una manzana y semillas que piensa comer recordando los viejos tiempos. Aquellos tiempos decolorados y pendencieros en que ambos teníamos actividades amatorias y cambios de plumas. En que pensábamos que teníamos algún mérito, que se podía esperar algo de nosotros. Qué jóvenes que fuimos, cuando éramos ingenuos.

10.

Los días siguientes me dediqué a estudiar al enemigo. Cada rincón se volvía trinchera para mi curiosidad. Las espiaba a toda hora. Volvía rápido del colegio para no perderme nada. Pero… mi madre se enamoró de su ginecólogo, un ser anodino y cínico como todos los ginecólogos, y comenzamos a viajar. Así en pocos meses recorrimos Latinoamérica, coincidiendo con cuanto congreso, charla y seminario tuviera lugar en torno a las trompas de Falopio.

Cuando regresé, las gemelas habían desaparecido. Sentí pánico. ¿Mi vida volvería a ser sólo mía? Enseguida obtuve una respuesta. Estaban en un concurso de belleza internacional para gemelas, mellizos y niños probeta. Mi madre fue la informante. Durante nuestra ausencia, el taxista había entrado al servicio de las repetidas y las había llevado diariamente al centro de belleza,  a la academia de bailes de salón y al dentista. El jardinero les cortaba las hortensias y mi padre se había hecho confidente de la señora Mother. Mi vida estaba siendo absorbida por las vecinas.

Mi madre tuvo un ataque de nervios después de relatarme todo lo sucedido, por lo que estuvo internada en un centro de recreo para gente descompensada. Yo permanecí en la mansión junto al caradura de mi padre. Todos los hombres que habían estado a nuestro alrededor conspiraban contra nosotras. Así dijo mi madre. Nuestras magnolias crecían salvajemente; en lugar de viajar en auto debí adaptarme a los horarios del transporte escolar y mi padre ya no abandonaba la casa salvo en casos extremos. Había trasladado su estudio a la planta baja de la mansión que lindaba con el jardín de las dobles.

Me di cuenta de que mi vida anterior me gustaba, ahora que irremediablemente la había perdido. Recordaba con nostalgia la ausencia de mi padre y la presencia de jardinero y taxista, escoltando mis tardes de modorra. Ahora estaba obligada a acercarme a la figura paterna para recabar información, que a su vez debía transmitir a la internada de mi madre.

Las niñas usaban su casa para entrenar, porque viajaban cada dos meses. Eran campeonas de belleza y habilidades. Representaban a Ohio. No hablaban castellano. Mother era teñida y golosa. Armaba las enfermizas coreografías de las ratitas. Tocaba piano y bongó.

De noche,  cuando mi padre tomaba el licor de huevo, me sentaba a su lado y le daba conversación. Me sentía como una espía británica. Gorda y británica. Abordaba el tema de costado,  hasta comprobar que el huevo había hecho su efecto. Entonces él comenzaba a hablar y yo lo apuntaba discretamente con el pequeño grabador cedido por la desolada de mi madre. Y a pesar de que el móvil era perverso, empecé a disfrutar de nuestras charlas. Los leños crujían en el hogar y parecíamos una familia con tema de conversación.

Una noche, me confesó sentir un gran cariño por Mother. Admitió sus visitas. Dijo sentirse solo, a pesar de estar en la flor de la madurez. Habló con entusiasmo de las campeonas. Me miró con complicidad por primera vez y descubrí que sus ojos no eran verdes sino celestes. No pude traicionarlo. Decidí mentirle a mi madre y ponerme del otro lado. Ella se recuperó gracias a mis embustes y pronto volvió a casa con una nariz nueva. Había aprovechado su crisis para cambiarse el perfil. Además me di cuenta de que me era más útil mi padre dentro del campo enemigo, que afuera. Yo sentía un hambre inusitada. Hambre de ellas. De las extranjeras.

11.

He devorado durante horas salvajemente. Sólo verduras. Zapallitos, coles, papas, cebollas, boniatos, calabazas, rábanos. Empiezo a ponerme terrestre y clorofílica. Sutil.  Tengo recuerdos de campo verde. Me adormilo y me veo cerca del heno, desnuda e impenetrable. Soy una campesina voluptuosa y con licencia. Llevo lechugas francesas entre los labios y mis piernas comparten la tierra con un grupo de papas. Creo que estoy cerca. Seré un volcán en erupción y mi cuarto, Pompeya. Voy a proyectarme. Comienzo a sentir hachazos en el vientre. Las verduras se comportan criminalmente. Quisiera revolcarme en el piso, pero el sillón es demasiado pequeño. Sonrío como una bestia, produciendo un mugido de vaca en celo.

12.

Las niñas regresaron con gloria del norte. Según pude escuchar, habían arrasado con los premios en varios rubros. Simpatía, conjunto tejano, pies y manos, canción rural y manejo del cepillo. Para colmo de males, la hija del taxista estaba intentando hacerse amiga de ellas.

Una tarde las descubrí mirando con asco hacia mi casa. Yo estaba comiendo algo en la cocina, cuando escuché algunas voces enanas riendo sin control. Sonaban como ratas risueñas con talento para reír. Pero sonaban a rata. Dejé el bocado abandonado en la lengua e hice silencio. Tal vez había escuchado un ruido de caños o un misterio en mi cabeza. Las risitas provenían de la calle. Una señalaba, enfundada en un guante marfil, la ventana de mi cuarto. La otra secreteaba en la oreja de la taxista algún comentario jocoso que hacía reír y mover los ojos a la otra.

Descubrí que mis sentimientos habían sido una premonición de lo que las dobles iban a sentir por mí. Yo me había anticipado. Me oculté de la burla. Pero no había rincón lo suficientemente grande para contener mi tristeza.

Al día siguiente, pensé que sus risas eran una forma infantil de protegerse de mi odio. Ellas sabían que yo las detestaba. Eso se siente a la distancia y por desgracia, las tenía muy cerca.

13.

Cuando sea un estallido quiero dejar sin aliento a la prensa. Esos imbéciles no han visto nada todavía. Voy a obligar a esta ciudad a contemplar mi podredumbre. Quiero hacerlos llorar. Presenciarán con espanto mis restos desparramados. Ellos vendrán a mí. Ya no quiero nada de nadie. Me aburren. No soy como aquel millonario que comía helado de limón en algún hotel de Miami. Yo soy un asco en serio.

 

*Cerca del plato (fragmento de Muerta de hambre), Fernanda García Lao.

SOBRE LA AUTORA:

fernandaFERNANDA GARCÍA LAO  (Mendoza, 1966) fue seleccionada por la Feria Internacional de Libro de Guadalajara 2011 como uno de “Los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Vivió en España desde 1976 hasta 1993. Es escritora, dramaturga y poeta. Publicó las novelas  Muerta de hambre  (1º Premio del Fondo Nacional de las Artes),  La perfecta otra cosa  (3º Premio Cortázar),  La piel dura ,  Vagabundas  y  Fuera de la jaula , así como el libro de cuentos  Cómo usar un cuchillo . En 2015, publicó Amor invertido, en coautoría con Guillermo Saccomanno. En 2016, editó Carnívora, su primer libro libro de poesía. Ha colaborado en distintas publicaciones a ambos lados del océano (Radar, Babelia, Revista Quimera, Letras Libres, El Buensalvaje, Las/12, Revista Ñ). Algunos de sus textos han sido traducidos al portugués, al inglés, al sueco y al griego para revistas digitales y en papel. Ha publicado en Francia, México y España. Desde 2010 coordina talleres de escritura.

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