#Narrativa | Macho, Por Narciso Rossi

#Narrativa

Por Narciso Rossi

Macho

Sí, ya sé. Lo que pasa es que una se da cuenta tarde, cuando ya no queda mucho por hacer. Si no lo cambió el tiempo no lo iba a cambiar yo. ¿Con qué? ¿Con tres gritos? Si soy más buena que el pan, vos los sabés bien. Por eso hago esto. Ahora, te digo algo, Tana… Teneme ahí. Abrí las piernas y no grites que esto no duele. Sale enseguida. Ay, yo dándole a la lengua y vos en ese estado, tesoro. ¡Que a mí no me vuelva a llamar así porque se pudre, eh! Vos sabés que no tengo muchas pulgas y no me iba a sacar ese piojoso las pocas que me quedan. Si me levantan la voz, agarrate Catalina porque no los salva ni Cristo. Yo pensé que algún día iba a cambiar, te digo la verdad, que iba a ser mejor, menos odioso al menos. Pero no. Así que no quedaba otra salida. Cuando a él se le clava algo en la cabeza, andá a sacárselo. Decí que a mí me tenía un poco de miedo. Él estaba la última vez que mi papá se me hizo el macho. Le tiré el aceite hirviendo en la cabeza al viejo y el Martín ni se mosqueó. Por eso le quedó el ojo ése medio derretido. Y mirá que yo me la veía venir, Tana, eh. Y no hice nada. No si yo en otra vida debo haber sido bruja. Vos me ves mansita, tranquila pero no me busquen porque me encuentran. ¡Ay, te lastimé! Perdoná, Tana, es que tengo las uñas largas y medio flojas. ¡Cómo no me di cuenta de sacármelas antes de empezar a hacer esto! Mirá esta cómo me quedó. Ya está. Ya está. Me las saco ahora y listo. Total, para lo que me sirvieron… Ay, callate, callate, callate. ¡Ahí veo algo! Shhhh. No, si esto es pan comido, te dije. Es la cabecita. ¡Dejá de gritar que me ponés nerviosa y yo nerviosa me pongo mala! Preguntale a tu marido si no. Contale a la Tana qué te pasó cuando te quisiste ir y dejarme sola con todo el quilombo. Agarré el rebenque y en las patas nomás. Sin asco. ¡De acá no se va nadie! le dije y terminó todo meado ahí atrás de la puerta. Yo le voy a enseñar. Macho para dar golpes pero maricón para la vida. Si es algo que aprendí es a tener a los hombres a raya. A mí no se me viene nadie a hacer el macho. Ah, sí. El de arriba lo ve todo y él sabe. El que me las hace las paga. Si no mirá a mi hermano. Por querer levantarme la mano terminó con un brazo menos. Si yo no encontraba la sierra del viejo éste, algo iba a encontrar. Siempre me la rebusqué. Desde que era así. Nadie puede decir lo contrario. Por eso te digo. Si yo fuera hija de puta, como dice él, le hubiera arrancado los dos brazos, no uno. ¿Sabés qué pasa, Tana? Te voy a decir algo y abrí bien esas orejas llenas de tierra que tenés porque no lo voy a repetir. A mí me ven así, carita de buena, simpaticona, y enseguida me quieren pasar por encima. Por eso todos me adoran. No, mamita. A mí, no. Yo seré muy buena pero boluda, no. En mi familia no hay nadie boludo. Bueno por ahí mi vieja, pobrecita. ¿Te acordás cuando le dije que no quería que me llamara más por mi nombre? Ay, la bronca que le agarró a esa cristiana. Y este viejo de mierda en lugar de defenderme me quiso pegar. Sí, así, abrí bien la boca que entre y salga aire. Tenés que acostumbrar la respiración, Tana. El viejo lo intentó nomás, porque lo miré y se abatató. No, si acá el que no corre vuela, Tana. Sabe lo que es bueno el viejo. Mirá. Mirá cómo me mira. ¡¿Qué pasa, viejo?! ¿Tenés ganas de decir algo? ¡Hablá! Contale a la Tana que sos la piel de Judas. La que no grita es mi vieja, mirala. Esa sí que no va a gritar más. ¿Te acordás cuando éramos criaturitas y me llamaba a comer? ¡Los alaridos que pegaba la hija de puta! Y yo ya desde esos años se la tenía jurada. No era un «cuando sea grande la ubico». Para mí eso de ser grande era secundario. Pero yo sabía que cuando fuera grande iba a ser esto que ves ahora. Una princesa, mirame lo linda que soy. Ay, Tana, las que me hizo pasar. Una siesta cuando llegué de la casa del Martín la encontré durmiendo en el suelo. La puerta abierta y la señora tirada en el piso. Todos los veranos lo mismo. Entré sin hacer mucho ruido pero me olió o algo. ¡Se despertó y me pegó un grito, Tana, que para qué te cuento! Esa fue la última vez que gritó. Menos linda me dijo de todo. Se echó de nuevo al costado de la mesa y a los cinco minutos estaba dormida. Tenía la boca abierta y las moscas se le paraban en la lengua. Ahí nomás; tijeretazo. ¡Ay, abrí más, Tana, que ya viene, ya viene! Respirá hondo, tesoro, te lo pido por favor que soy un ser humano. ¡Tana! ¡Me estás perjudicando, tesoro! ¡Pero, che! Está bien que estés medio atontada pero no me podés hacer una jugada así. Si te digo que ya viene, tirá. Ahora se volvió a meter la cabeza, querida. Esperá a ver si lo puedo sacar de un brazo aunque sea. ¡Y vos, viejo! Cambiá esa cara de perro y acercá la vela que no veo mucho acá. No me mirés con esa cara te estoy diciendo. No te me hagás el macho que te las corto y las cuelgo del árbol, eh. Mirá que ganas no me faltan. ¡Y vos, muda, abríle un poco ahí el agujero que pedirle a la Tana es como hablarle a la pared! Ahora sí, mamita. Ahora se ve más. Mirá cómo tengo las manos de sangre, Tana. Mala señal. Oscura como la que le afanábamos a los cadáveres, ¿te acordás? Ves lo que pasa por hablar de más. Pero, ¡será de Dios! ¡Ahí está! Te pediría ayuda pero en tu situación más que ayuda me das pena, Tanita. Bueno, todo no se puede. En vez de llorar porque te duele la soga, agradecé que tenés manos todavía. La última vez no las tenías. Hay que ver lo positivo de las cosas, vos misma me lo decías, ¿te acordás? ¿O no eras vos? Ay, no. Era la otra. La primera. A esta edad se me va la cabeza. Aunque los años se me vengan encima yo sé que algún día me va a tocar ser feliz. Dios, Jesús, María o los ángeles tienen que ver todo lo que me esfuerzo. Si yo soy buena. Nadie puede decir lo contrario, ¿o no, muda? Todo el bien que hago. Escucháme, estoy trayendo vida a esta tierra. ¡Qué mejor hazaña que esa! Yo a misa no te falto nunca, vos sabés. Y Dios no quiso que pueda tener hijos porque si no, te lleno la casa de muchachitos. ¿Te imaginás la cara del Martín si aparezco con bombo? Lástima que las chicas como yo no podemos tener hijos. Algún día, tal vez, qué se yo. Pero todo pasa por algo, dicen. Los caminos de la vida. Lo único que está siempre firme en todo esto sos vos, Tana. Bueno no vos vos, sino la otra. La primera. Por eso era para mí tan importante que estés acá. Te miro y me vienen tantas anécdotas a la cabeza. ¿Te acordás cuando a vos te crecieron las tetas y a mí nada? Ay, cómo me había enojado con vos. ¡La envidia! Qué mierda me iba a crecer a mí si ni sabía que existían hormonas ni nada. Yo andaba con las medias dobladas y los corpiños de tu hermana. ¿Y cuando el gordo de la moto me llevó al campito atrás del hospital? Te conté y se enteró toda la escuela, hija de puta. ¡Esos sí que son años imborrables! A la que no perdoné nunca es a la Daiana Micaela. ¡Me agarró de los pelos a la salida del colegio y me cagó a cachetazos! No sé quién le había ido con el cuento de que yo me estaba comiendo al Martín y la zorra ese día me esperó. ¡Con lo que me había costado tener el pelo lindo como lo tenía! Donde me arrancó un mechón me prendí del cogote y hasta que no se le pusieron los ojos rojos no la solté. ¡Matala! ¡Matala!, me gritaban las amigas. Esa noche, me acuerdo, lo vi al Martín y no me dijo nada ni de mi frente pelada ni de los ojos saltones que le quedaron a su mujer. Por eso te digo que yo soy buena pero todo tiene su límite. El que busca, encuentra. Y el que no quiere encontrar, mejor que no… ¡Ahí está de nuevo! Abrí, Tana, abrí. Y vos, viejo, acercá la vela que con tanta tierra no veo. Ahí está, mirá qué linda carita que tiene. Ayudame muda, agarralo de ese brazo que yo lo agarro de este. No si yo sabía que tenía que ser hoy. La luna me lo dijo. Ahora sí ya estamos todos igual que antes. La familia reunida para siempre. A ver, decí algo, che. ¡Estás vivo de nuevo! ¿Me escuchás o te quedó tierra en las orejas? Si hasta parecés más joven que cuando estabas vivo. ¡Tapá de nuevo el agujero, muda, así no queda la montaña de tierra. A ver los dientes. ¡Abrí la jeta te digo! No me obligues a que te la abra yo. ¿Eh? ¿Cómo que qué me pasó? Ya te van a ir llegando los recuerdos. Tiempo al tiempo. La Tana ya está volviendo. ¿Qué te pasa, Martín? Hablá fuerte si tenés algo qué decir, tesoro. Esto lo hice por vos.

SOBRE EL AUTOR:

14068199_10209702086489654_7367631584509415652_nNARCISO ROSSI (San Pedro, Buenos Aires, 1985) trabaja como profesor de Lengua y Literatura. Es corrector en Editorial Thelema. Publicó las novelas La caída de Las Lechiguanas (Thelema, 2015) y Con los ojos bien abiertos (Perro Gris, 2015), y el libro de cuentos Los chicos también se mueren (Textos Intrusos, 2016). Dirigió la colección PelosDePunta, destinada a la difusión de autores nacionales mediante relatos de terror, y forma parte del equipo editorial de Laotragemela editora.

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