#Narrativa | Luminosa (adelanto de novela), por Gilda Manso

14462854_10210832815846404_7778899916230822249_n.jpgFausta se despertó con el tercer timbre del teléfono. Entre el sueño y la vigilia pudo percibir que no había amanecido, y miró la hora y atendió al mismo tiempo. Las cinco y veinte.

-Hola –dijo, con la voz pastosa.

Del otro lado se oyó primero un silencio que mostraba duda, y luego una mujer.

-Señora, tiene algo en la puerta de su casa. Se lo acabo de dejar ahí; recién, hace un minuto. Vaya a verlo ahora mismo por favor, es urgente. No puede esperar. No se asuste. Disculpe el horario. Disculpe.

La mujer dijo eso y cortó. Fausta miró el teléfono y oyó ladrar a las perras. No era un ladrido de anuncio de peligro, pero era un llamado; un llamado a ella, a quién si no. El sábado no llegaba a las seis de la mañana y Fausta, en un instante, había recibido dos llamados: esa mujer y ahora sus perras. Las perras sabían que no tenían que ladrar hasta que Fausta se levantara, a menos que pasara algo. Y la gente no solía llamar por teléfono en esas horas. Entonces Fausta se incorporó, apretó el botón que encendía el velador de la mesa de luz, empujó la sábana a un costado, se puso las pantuflas, se puso la bata, sacó la pistola de la caja fuerte, y fue hasta la puerta de entrada. Apoyó un ojo en la mirilla. Nada. Destrabó el arma que sólo había disparado en un polígono de tiro –destrabó el arma deseando no tener que disparar en ese momento- y abrió la puerta.

Lo que le habían dejado estaba sobre el felpudo, justo arriba de la palabra Bienvenido. Era una especie de cuna (de esas llamadas “huevito”) con un bebé adentro. El bebé dormía. A su lado, dos bolsas grandes llenas de cosas y un bolso de maternidad, color verde agua con una guarda blanca con dibujos de ositos, también lleno de cosas. Enganchada con un alfiler al bolso de maternidad (el alfiler le daba justo a un osito en la cabeza), una carta dirigida a la Señora Fausta.

El primer impulso de Fausta fue entrar todo a la casa: huevito con bebé, bolso y bolsas. Era octubre, ya no hacía tanto frío a esa hora, pero no podía tener a ese bebé ahí afuera; Fausta no pensó todo esto, pero su subconsciente sí. Luego fue al patio trasero y les abrió la puerta a las perras, que no paraban de ladrar.

-¡Shh, cállense! ¡Vengan adentro! No hagan tanto quilombo, se va a despertar todo el barrio.

Se metió en el comedor con perras y paquete y no vio que, en ese momento, el auto gris que estaba en marcha en la vereda de enfrente arrancó y se fue con rapidez. No lo vio porque a decir verdad, a Fausta, en esa circunstancia puntual, la movió el instinto, no la razón. De haber razonado, no habría entrado a su casa a un bebé con su mudanza obvia sin formularse antes varias cuestiones necesarias.

Puso todo arriba de la mesa y mientras las perras olfateaban las cosas nuevas en busca de pistas con las que saciar su curiosidad, sacó el alfiler de la cabeza del osito de la guarda del bolso de maternidad, abrió la carta y la leyó:

“Señora Fausta: antes que nada quiero pedirle disculpas por todo esto y aclararle que si lo hago es porque después de mucho pensarlo no encontré una solución mejor. Usted no me conoce personalmente, en realidad una vez nos cruzamos pero estoy segura de que no se acordará; yo me acuerdo porque, como ya sabe, usted es conocida y querida en el pueblo. Por problemas personales no puedo hacerme responsable de mi hija Marisol. No puedo ser la madre que necesita. Me tomo el atrevimiento de dejarla en la puerta de su casa esperando que usted la acepte y la cuide como si fuera su propia hija. Sé que esto parece una locura, pero mis familiares son pocos y ninguno la quiere, no la aceptan. Por otra parte, sé que con usted estará en buenas condiciones y no le faltará nada: al elegirla a usted también tuve en cuenta que no la pondría en un aprieto económico, que usted se encuentra en una situación cómoda y puede permitirse criar a otra persona (espero que no se ofenda ni piense que soy una maleducada por decir eso). Junto con Marisol le dejo todo lo que ella tiene: ropa, juguetes, mamaderas, pañales para un par de días. No le dejo su DNI ni su partida de nacimiento porque necesito permanecer desconocida para usted. Marisol nació el 4 de diciembre del año pasado y su grupo sanguíneo es B+. Tiene todas las vacunas de su edad y es una nena sana y normal. Por ahora toma leche y yogur y en la cena le empecé a dar puré de manzana o zapallo, y a veces un poco de pollo bien picado. Su juguete preferido es el hipopótamo azul (está en una bolsa). Le pido disculpas otra vez y le agradezco con todo mi corazón”.

 SOBRE LA AUTORA:

 

10501672_10204275343273688_8122246000062813452_n
PH: Emmanuel Distilo

GILDA MANSO (Buenos Aires, 1983) es escritora y periodista. Publicó los libros de cuentos breves y microficciones Primitivo ramo de orquídeas, Matrioska, Temple, Temporada de jabalíes, y Flora y Fauna – Antología personal de microficción; y las novelas Mal bicho (Milena Caserola, 2014) y Luminosa (Milena Caserola, 2016). Desde el 2011 coordina el ciclo de lecturas Los Fantásticos. Contacto: gildamanso@gmail.com

 

 

#PRESENTACIÓN:

14433186_10210832816406418_1795874489549086637_n.jpg

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s