#Narrativa | Crimen y castigo en Flores, por Luciano Doti

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Crimen y castigo en Flores

por Luciano Doti

 Desde la esquina alcanzó a ver la luz encendida de la pieza en la cual vivía junto a su pareja. Era muy tarde, ya había pasado la medianoche, eran las dos, y era raro que ella no estuviera durmiendo. La televisión abierta ya habría dejado de emitir hace rato y cable no tenían, no podían pagarlo. Así que la situación se presentaba como anormal, al menos para él, que no acostumbraba volver a su casa a esa hora. Trabajaba como mozo en un bar que permanecía abierto las veinticuatro horas, él tenía el turno nocturno; pero justo esa noche iban a pulir los pisos, tarea que se realizaba muy de vez en cuando, así que el patrón se quedaría en el bar para supervisar esa tarea y a él le dio el resto de la noche libre. A eso se debía que Jorge, así se llamaba, estuviera entonces en la esquina de su hogar contemplando, con ojos escrutadores, esa ventana que, iluminada, desafiaba la oscuridad en la noche parda.

De pronto vio una sombra, asumió que era la figura de su pareja, porque no podía ni siquiera imaginar que hubiera alguien más allí dentro, aunque a decir verdad, le resultaba irreconocible; luego vio otra sombra, a esa sí la reconoció como su pareja; por lo tanto, si ésa era ella, su inconfundible contorno femenino no le dejaba dudas, ¿a quién pertenecía la otra sombra?

Mientras ordenaba esos pensamientos vio a las dos sombras abrazarse, en acostumbrado ritual de despedida, después ambas desaparecieron de la ventana; tras un instante, reapareció la de su pareja sola y finalmente vio como la puerta del pasillo, al pie de la escalera, se abría y salía un hombre, con la misma contextura física de la sombra que, un par de minutos antes, intrusaba su lecho conyugal.

El sujeto se marchó por el lado contrario al que se hallaba Jorge, entonces éste comenzó a caminar hacia la puerta de su hogar, con la mirada clavada en la espalda del intruso, que se alejaba satisfecho, fumando un cigarrillo. Cuando llegó a la mencionada puerta, la abrió con sólo accionar el picaporte; es que quedaba sin llave debido a la gran cantidad de personas que vivían en el edificio, entre ellas, varias travestis que entraban y salían durante toda la noche, a veces acompañadas por algún cliente y otras solas, simplemente para guardar dinero y no exponerse a que se lo roben en la calle. Seguidamente subió los escalones hasta llegar a su pieza y golpeó llamando a la puerta. Marta, su pareja, abrió pensando que su amante se había olvidado algo y se sobresaltó al ver a Jorge allí parado.

—¿Qué hacés acá? —le espetó ella en la cara.

—A mí también me da gusto verte —le respondió sarcástico.

—Disculpá, es que no te esperaba a esta hora.

—Parece que hubieras visto a un fantasma.

—Ya te dije, es sólo que no esperaba que volvieras tan temprano.

—¿No sabías que era yo?

—No.

—¿Y entonces por qué abriste tan rápido y sin preguntar ”quién es”?

—No sé, ahora que lo decís, la verdad es que la próxima vez voy a tener más cuidado —dijo ella, aún con un notable nerviosismo por lo que podría haber sucedido. ”De haber llegado cinco minutos antes, hubiera hallado a mi amante acá adentro”, pensó.

—Para estar durmiendo abriste muy rápido —insistió él.

—No dormía, estaba desvelada.

—Sí, claro —dijo él, simulando que la explicación lo conformaba.

—¿Y vos, no tendrías que estar trabajando? —preguntó ella. Él le contó lo del pulido del piso en el bar.

—Bueno, ¿por qué no dejamos esta conversación y aprovechamos que tenemos la noche para estar juntos? —sugirió ella y se acercó, con el inusual cariño que da el querer disimular la culpa. Él la rechazó.

—¡¿Qué te pasa?!

—Nada, estoy un poco cansado.

—¡Dale, vení acá, si hoy no trabajaste casi nada!

El accedió a ese segundo pedido. Participó del preámbulo amatorio con toda normalidad, después se colocó sobre ella y comenzó a poseerla; a medida que se acercaba al climax su performance iba aumentando en intensidad; vigoroso, descargaba su furia sobre ella; al llegar al punto más álgido sus manos se cerraron sobre el cuello de la mujer. Ahora sacudía la cabeza de Marta sobre la almohada, la estaba asfixiando.

—¡Puta, dos tipos en una noche! —le gritó.

La eyaculación le trajo un alivio. Ya más tranquilo se volteó y quedó acostado mirando al techo; su respiración iba recuperando el ritmo normal; junto a él yacía Marta, la que en vida fuera su pareja; ella no respiraba. Pero el alivio le duró poco, porque inmediatamente después de todo eso lo invadió una nueva preocupación, mayor que la de ser cornudo, mucho mayor: debía pensar qué hacer con el cuerpo; dejarlo allí y escapar no parecía buena idea, tarde o temprano lo encontrarían y los vecinos no demorarían en darle su identidad a la policía; mejor era hacerlo desaparecer, sin evidencia no hay delito. Para ello tendría que desmembrarlo y colocarlo en algún bolso o caja de cartón; podría utilizar el embalaje del televisor, ¿por qué no? Tomó la cuchilla más grande que tenía allí en la pieza, ésa que usaba para rebanar el salamín en lonjas bien finitas, cuando se le antojaba una picadita y no tenía ganas de salir. Comenzó a cortar el cuerpo por las articulaciones, dado que sabía que los cartílagos, que se hallan en esos puntos de coyuntura, serían más fáciles de atravesar que los huesos. Primero serruchó una de las axilas, no había llegado a la mitad del corte que tenía que hacer cuando tuvo que detenerse; sentía arcadas, un poco por lo espantosa que era la operación que estaba practicando y otro poco porque empezaba a instalarse en su conciencia la idea de remordimiento. A medida que se acallaban los ecos de la indignación y el orgullo herido, esa voz interior que lo había impulsado a cometer el crimen, su convincente accionar revanchista declinaba; ahora dudaba, ya no estaba seguro de haber hecho lo correcto; en realidad nunca lo estuvo, sólo había actuado movido por un impulso primario, y dentro suyo el espíritu de la culpa lo carcomía. Se alejó un poco de la escena del crimen, tanto como era posible en el interior de esa habitación; tomó la botella de ginebra, se sirvió un vaso como para varios y se lo mandó completo de tres tragos sostenidos, uno tras otro, después aguardó hasta que le hiciera efecto; por último, con la conciencia anestesiada, regresó a completar su tarea. Continuó con ese desagradable trabajo con movimientos mecanizados, ya sin pensar; debía terminar cuanto antes, eliminar toda evidencia que pudiera incriminarlo; luego él seguiría con su vida, pretendiendo que ella jamás había existido, y a los vecinos, en caso de que preguntaran por ella, les diría que se había marchado al interior. Marta era entrerriana y a nadie le llamaría la atención que regresara a su provincia.

El barrio de Flores alberga en su seno a una importante comunidad asiática. Casi todos ellos comerciantes; tiendas de ropa, restaurantes y supermercados son sus rubros predilectos. Precisamente en uno de esos supermercados, temprano a la mañana, hubo un asalto. Aprovechando que al comenzar el día hay poca gente y las cajas están llenas de billetes de bajo valor, que el señor Han se encarga de retirar el día anterior en el banco, los delincuentes, conocedores de esta situación, eligieron ese comercio como blanco para dar su golpe. Uno de ellos ingresó al local simulando ser un cliente e inmediatamente encañonó a la cajera; el policía de civil, que cumplía labor adicional como vigilante privado, intentó detenerlo. ”Alto, policía”, gritó desde la puerta pensando que el malviviente actuaba solo, pero se desplomó enseguida como consecuencia de los disparos que un cómplice, de quien intentaba detener, descargó sobre su humanidad.

Los delincuentes lograron escapar con el botín, y al poco rato, la esquina sobre la cual se hallaba el comercio comenzó a llenarse de patrulleros y policías.

Jorge ya casi había terminado de desmembrar el cuerpo de su pareja cuando oyó ruido de sirenas. Se asomó por la ventana y no dudó: estaba rodeado. De alguna manera alguien se había ocupado de delatarlo. Sin un arma al alcance de su mano le resultaría imposible fugarse; además, el efecto del alcohol se extinguía y volvía a sentirse culpable por el asesinato. Estaba agotado, tras haber trabajado toda la noche para ocultar el cuerpo del delito, y el hecho de estar rodeado lo dejaba sin chances.

Abrió la puerta de la pieza y comenzó a bajar los escalones sin vacilar, ya sobre la vereda, se dirigió hacia la esquina donde se hallaban los policías, se arrodilló sobre el pavimento con las manos sobre la nuca y confesó todo. Inmediatamente lo esposaron y lo llevaron a la seccional. Después se enteró del asalto al supermercado de los chinos.

Sobre el autor:

dotiLUCIANO DOTI (Buenos Aires, 1977) Ha publicado cuentos, microficciones y poemas en varias revistas como 27, Penumbria, El Narratorio, Brevilla, Insomnia, Qu, NM y miNatura, y en antologías de Pelos de Punta, Macedonia, De los Cuatro Vientos, Dunken, Desde la Gente, Mis Escritos y Ediciones Irreverentes entre otras. Obtuvo los premios Kapasulino a la Inspiración 2009 –otorgado por un taller literario-, Sexto Continente de Relato 2011 –por una audición de Radio Exterior de España-, Microrrelato de Miedo 2013 –por un grupo de estudiantes de la Universidad de Navarra- y los 2° premios de microficción Mis Escritos 2014 –de ese sello editor- y Guka 2015 –revista auspiciada por la Bilioteca Nacional-. En 2016, fue finalista del concurso de microficción #Twitteratura400 en honor a los 400 años de los fallecimientos de Cervantes y Shakespeare, en el marco de la 42ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

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