#Narrativa | Un grito. Dos pasos. Un Golpe, por Rubén Risso:

#Narrativa

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La primera noche que se despertaron en mitad de la madrugada, fue luego de sentir un grito, dos pasos y un golpe.

Las miradas engarzadas una dentro de otra. El gesto de preocupación, la ceja levantada. El brazo que sostiene al cuerpo en ángulo agudo contra el colchón, listo para la acción, listo para escapar si es debido.

La segunda noche que se despertaron en mitad de la madrugada, lo hicieron luego de sentir un grito, dos pasos y un golpe. No sabían qué dirección tomar. No sabían si era menester ir a ver, si era preferible retomar el sueño. No iban a poder dormir, lo sabían bien. Tampoco querían seguir balanceándose sobre esa cuerda floja de incertidumbre, por lo que era tomar una decisión y tomarla ya.

Martín hacía semanas que estaba perdido en el tiempo. Cada noche, luego de los ruidos, pensaba que jamás había conciliado el sueño, pero hacía ya horas que había caído de espaldas al colchón bajo el peso ligero del cuerpo empapado de su novia. Ella no pegaba un ojo. Nunca.

La tercera noche que se despertaron en mitad de la madrugada, Emilia empezó a desesperarse. Quiso subir a ver pero Martín le pidió que se quedara en la cama. Ella le preguntó si había algo que le ocultaba. Él le mintió.

La cuarta noche que se despertaron en mitad de la madrugada, Martín le dijo que había sido una pesadilla.

Por las mañanas desayunaban en silencio y con mal humor. Abandonaban las sábanas a las siete en punto, se vestían en silencio y el único que miraba era él. La deseaba aun enojada, aun ansiosa por cubrir su desnudez.

No fue hasta el amanecer del octavo día que él rompió el hielo.

—Ya ni dormir puedo. Esto no puede seguir así.

—Vos sí dormís —le dijo ella mientras hacía bailar su pulgar sobre el teléfono—. La que no pega un ojo soy yo.

Y él se puso de pie. Tal vez para irse, tal vez para acercarse a ella. Tal vez porque no soportaba conversar más que dos minutos con esa mujer.

—Me voy —le dijo colgándose la mochila antes de acomodarse el corbatín.

—Martín… esta noche vayamos los dos —le suplicó ella. Todos sus pedidos eran súplicas. Siempre lo habían sido—. No podemos seguir ignorándolo.

Pero no. Él no iba a subir. No de nuevo. Ya sabía todo lo que había que saber.

—Mi casa, querrás decir —como siempre, ella puso cara de idiota y perdió la mirada—. Llego tarde, voy a ir al cementerio después del trabajo.

—Tu mamá no se va a mover de ahí. En cambio yo sí te necesito… no me voy a quedar acá a volverme loca.

Martín la ignoró. Como tantas veces. Se alejó paso a paso como si las palabras de Emilia se evaporaran en el aire. Pero su genio lo traicionó antes de atravesar el umbral de la entrada. El deseo de lastimarla un poquito más era demasiado excitante.

—Si te querés mover, movete… ándate y no vuelvas, me solucionas la vida, sabés.

—¿Qué me ocultas en el piso de arriba?

Era la una en punto cuando Martín cruzó la puerta de la calle. Tenía olor a alcohol y el culo sucio. Había sido un imbécil esa mañana y pedirle perdón a Emilia no era una opción.

Entró a la habitación solo para encontrarla envuelta en el acolchado. Desnuda. Como cada noche.

—Hubo también una puerta que crujía.

—¿Una puerta que crujía?

Sí. Así como le decía, una puerta que crujía. Igual que la noche anterior.

Martín le prohibió que se le cruzara por la cabeza el ir a mirar. Era su casa, él decidía. De todos modos el segundo piso tiene llave, le había dicho siempre. Y la llave la tenía él. Ella no podía vivir con un hombre que le ocultara cosas. Ahí está a puerta, le indicaba él.

—Me voy a volver loca Martín.

—Ya lo sos… una loca de mierda.

La noche anterior a la primera noche, él llegó flotando en una nube de alcohol. Emilia usualmente se dejaba traicionar por sus pasiones. Había sido lo suficientemente curiosa como para preguntar, explorar y encontrar. La halló en el segundo piso, de espaldas a la puerta y petrificada frente al secreto.

Cuando se percató de que alguien la observaba, se volteó para encontrar a Martín recortado contra la oscuridad de la habitación. El rostro en sombras, la pose desgarbada, la mano derecha oculta tras el torso.

Emilia dejó escapar un grito. Martín estuvo sobre ella  en dos zancadas. Luego descargó el golpe contra el lóbulo temporal derecho y se quedó hasta el alba contemplando el cuerpo inerte de su novia.

Ese día fue a trabajar, pasó por el gimnasio y llegó para la hora de la cena. Emilia lo recibió con una copa de vino blanco.

La decimocuarta noche que se despertaron en mitad de la madrugada, Emilia abandonó las sábanas aún mientras Martín se despabilaba. Corrió escaleras arriba sin importar lo que él pensara, pero no avanzó mucho antes de sentir sus pasos persiguiéndola, casi como si ya no se tratase de ella, sino una intrusa, una presa asustada.

Él, que no quería empezar de nuevo, hizo todo lo posible por frenarla, pero Emilia se abrió paso con la llave que horas antes le había robado.

La puerta del segundo nivel se abrió con violencia. La mujer entró con la cara desencajada. En el suelo, su propio semblante sin vida le devolvió la mirada.

Y la serpiente mordió su propia cola.

—————–

El sol del decimoquinto día lo encontró tomando un café y mirando por la ventana. Volvemos a empezar, pensó.

A las ocho llegó de trabajar y encontró a Emilia sentada frente al televisor.

—Traje un chardonnay y empanadas—le dijo mientras aflojaba el hombro y la mochila caía sobre el futón.

—————–

El amanecer del primer día los encontró una vez más en la cama. Él había descansado como nunca, pero en el semblante pálido de Emilia había una mueca de angustia.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Martín sintiendo el apretón en el pecho. Emilia abandonó las sábanas hecha un rayo, como si las palabras de su novio se le hubiesen enterraran en la carne.

—No.

Martín supo al instante que había estado llorando. ¿Qué podía hacer él? A veces las mujeres tienen que llorar y no hay nada que podamos hacer al respecto, pensaba y se autoconvencía. Luego recordaba que la mente de un hombre es más compleja de lo que se deja ver. Le decía su viejo que al hombre le es fácil encontrar placer en el sufrimiento o el llanto de una mujer. Por eso es que quizás no perdió la oportunidad de mirarle el culo mientras ella abandonaba la habitación y se encerraba en el baño. Y todo sin dejar de sentir preocupación y congoja.

—Hoy no voy a ir a trabajar —dijo en voz alta. Ella no le respondió—. ¿Pudiste dormir bien?

El baño se abrió de un portazo y Emilia apareció en la habitación. Estaba pálida, ojerosa y su aspecto era el de una persona enferma.

—Hace —le gritó, desencajada— semanas que no pego un ojo. Y vos, sorete, ¿me preguntás si pude dormir bien?

—Emi… —resopló Martín mientras se agarraba la cara. Ella estuvo, en pocos segundos, sobre él. Era una tormenta de golpes y puños cerrados que golpeaban sin fuerza pero que herían la virilidad, casi como si la chica sumisa de cara de idiota ahora disputara el trono.

Todo terminó con un golpe a puño cerrado que le fisuró la mandíbula. La muchacha cayó, aún sorprendida por el estallido de sangre que le invadió la boca, pero no era suficiente para Martín. Se abalanzó sobre el cuerpo entumecido de su novia y siguió golpeándola. Una y otra vez.

Cuando sintió las delicadas extremidades dejar de moverse bajo su peso, se reclinó y observó la escena. No quedaba mucho de Emilia. Había muerto con los ojos bien abiertos, enfocados hacia la ventana.

Y tan solo era el primer día. Cargó el cuerpo de su novia y lo subió al segundo nivel. Esperaba que, si lo dejaba allí, todo volviese a la normalidad esa misma noche.

Se bañó, desayunó, fue a trabajar de todos modos y en el camino a casa pasó por el supermercado para comprar una botella de vino blanco. Cuando llegó a su casa, la encontró silenciosa e invadida por un olor asqueroso. Ni rastros había de Emilia.

Martín cenó solo, se tomó la botella de vino y se arrastró como pudo a la cama. No pudo pegar un ojo, pues esa noche no hubo ningún ruido. Esperaba, de alguna manera, que Emilia apareciera por la puerta.

La segunda noche tampoco pudo descansar. Así tampoco la tercera, la cuarta y la quinta. Comenzó a faltar al trabajo, a descuidar su higiene y para el amanecer de la sexta jornada sin su novia ya ni siquiera abandonaba sus aposentos.

La séptima noche sin Emilia, Martín escuchó murmullos sobre su cabeza. Miró el reloj y puteó al percatarse de que se había quedado sin batería.  Agarró el celular, entonces, pero tampoco pudo saber la hora. Había en cada espacio un signo de interrogación. Salió impulsado de la cama, miró por la ventana. Afuera no había nada. La casa parecía estar suspendida sobre un agujero negro.

Desde el piso de arriba le llegaron los sonidos tan ansiados –aunque desordenados: Dos pasos. Un grito. Un golpe.

Subió la escalera a zancadas y con mano temblorosa metió la llave en la cerradura. Se abrió paso y encendió la luz del desván con suma rapidez.

No había nada.

Paso a paso se acercó a la montaña de cuerpos. Todos pertenecían a Emilia.

—Estuve mirándolos durante una semana —le dijo una voz familiar a sus espaldas—. ¿Cuántas veces necesitabas matarme para sentirte bien?

—¿Y vos?, ¿cuántas veces tenías que volver?

Emilia dio dos pasos largos y, para el momento en que Martín pudo darse vuelta, dejó escapar un grito mientras el filo se deslizaba dentro del cuerpo. La cuchilla salió con tanta sutileza como con la que había entrado. El cuerpo de su novio se desplomó sobre el suelo con un golpe sonoro.

La séptima noche sin Emilia, Martín escuchó murmullos sobre su cabeza. Miró el reloj y puteó al percatarse de que se había quedado sin batería.  Agarró el celular, entonces, pero tampoco pudo saber la hora. Había en cada espacio un signo de interrogación. Salió impulsado de la cama, miró por la ventana. Afuera no había nada. La casa parecía estar suspendida sobre un agujero negro.

Desde el piso de arriba le llegaron los sonidos tan ansiados –aunque desordenados: Dos pasos. Un grito. Un golpe.

 SOBRE EL AUTOR:

13325571_10157182495010495_1311150604574075218_nNació en 1990 la localidad de Pergamino, Buenos Aires. Es licenciado en psicología con especialización en adicciones. Publicó “El Jardín de los Lobos” (Autores de Argentina y Thelema, 2015) y “Once Cáscaras” (Textos Intrusos, 2016). Fue co-cordinador de la Colección Pelos De Punta, destinada a la difusión de autores nacionales y es co-editor de La Otra Gemela Editora.

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