#Semblanza | El Extranjero, sobre la muerte de Leonard Cohen, por Esteban Galarza

#Semblanza

Por Esteban Galarza

En Los Ángeles y a los 82 años murió Leonard Cohen, uno de los poetas más importantes que dio el siglo XX. Su arte influyó a 5 generaciones y creó un mundo propio sin parangón.

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Las palabras no salen con naturalidad cuando muere un ser querido. No aceptamos la muerte y es natural porque queremos vivir. La boca se vuelve piedra y las lágrimas nos hunden en un océano de incertidumbre. Las imágenes de duelo multiplicadas son difíciles de imaginar cuando quien murió físicamente es alguien llamado Leonard Cohen.

Es difícil asir en un breve texto el porqué es tan doloroso que haya muerto Cohen, pero es imprescindible. Leonard Cohen escribió infinidad de poemas, algunas novelas, canciones y frases que pueblan inconscientemente nuestra memoria emotiva. Y es certero no reducir a un nicho su influencia porque Leonard Cohen es un ser sagrado tanto para quienes disfrutan del folk, los góticos de los ochenta e inclusive quienes empezaron a escuchar música en las dos últimas décadas. Su voz enigmática se deposita en cada uno de nosotros inclusive sin haberlo escuchado nunca directamente.

Nacido el 21 de septiembre de 1934, el canadiense tuvo varios estadios en su música, pero podríamos resumir sus preocupaciones en teológicas, políticas y sentimentales. Esas tres columnas son las que marcan los límites de los misterios que aquejan a la Humanidad; y sobre estos tres grandes temas Cohen no solo se pronunció, sino que influyó en nuestro modo de ver el mundo en el que nacimos. Su vida tuvo muchos momentos dolorosos y de fuertes crisis espirituales que enriquecieron su arte: fue un judío converso, fue traicionado por su mejor amigo, cambió de domicilio, se volvió un asceta.

Poco más de 82 años vivió en un mundo conflictivo y confuso, donde, a esta altura, había perdido la esperanza en un Dios; algo que había sido borroneado como la metáfora de la esponja y el horizonte, esbozada en La Gaya Ciencia de Friedrich Nietzsche. En esa tierra baldía Cohen buscó el punto de escisión en el que el hombre se volvió contra el hombre para enmendar en algo la pérdida de compasión. Ese mundo que él creó durante tantas décadas podría compararse con el sur mítico de William Faulkner, El universo cósmico de David Bowie, el esmero autobiográfico y nostálgico de Chateaubriand o las relecturas del vasto espectro literario bíblico de Jorge Luis Borges. De toda esa vida real e imaginaria consiguió que le concedan el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 y que fuese introducido en el Salón de la Fama del Rock and Roll. Todos estos premios se vuelven polvo de los tiempos detrás del legado que dejó tras su muerte.

Las imágenes a las que recurre en sus primeros discos son contundentes: Isaac y Jacob, Juana de Arco, partisanos, carniceros, hermanas de la piedad, un ave en un cable. A fines de los 80 y principios de los 90 coquetea con el cyberpunk y nos habla con una voz cada vez más cavernosa desde el futuro: revoluciones a las grandes capitales del mundo, sistemas de gobiernos opresivos, milagros que son esperados en lento fluir de ríos. Las canciones son heraclíticas porque fluyen sin ser nunca las mismas y, al mismo tiempo, la cadencia forma el mismo tema, el mismo tiempo. En sus últimos discos volvió a su tiempo, coqueteó con su propia figura, un hombre menudo vestido de negro con bastón. Entonces editó You want it darker, su testamento.

En su disco, editado poco tiempo antes de morir hace un último repaso por su mundo. Es una casa ya inhabitada que va apagando una a una las luces, se va retirando al lugar obscuro de donde nació. El disco está emparentado a Blackstar de David Bowie ya que ambos hablan desde el futuro, saben que harán sufrir con sus muertes y buscan consuelo una última vez. Las imágenes de un mundo en tinieblas se suceden en ambos, los dos artistas nos confirman que ellos ya no están allí y piden disculpas por no haberlo dado todo. Es difícil pensar que exista algo más allá de la humildad de los grandes, pero en el caso de ambos se debe hacer un esfuerzo por alcanzar esa imagen imposible.

Si hubiese que elegir una frase de las infinitas que escribió, que pudieran resumir algo de todo su espíritu y su genio, sería acertado buscar su ser en los labios de su primera gran heroína: Juana de Arco. El tema Joan of Arc, último del disco visceral Songs of Love and Hate termina con Juana aceptando su destino:

“Myself I long for love and Light, /But must it come so cruel, and oh so bright? (“Viví por el amor y la luz, / ¿pero debían ser tan crueles y oh tan luminosas?”).

 

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