#Ensayo | El autor sin obra, por Juan Agustín Otero

#Ensayo

 

Por Juan Agustín Otero

 

En un ensayo lento, pero corto, trataremos de revivir la vieja pregunta de qué es ser un escritor, a partir de un discurso razonado y preocupante.

¿Qué queda de un escritor si suprimimos, mentalmente, su obra? Nada o apenas una persona que podría haber hecho algo con las palabras, si se lo hubiera propuesto. En principio, un escritor que no escribe parece un absurdo, una contradicción que camina con muchísima dificultad y al quinto paso se derrumba en el suelo. Pero esto no es más que una caricatura. Como pasa con frecuencia en las discusiones más complicadas y también en las más simples, alcanza con reformular la pregunta para reflotar la tesis derrotada y sacarla del ridículo.

Reformulo, entonces: ¿es suficiente tener obra para ser escritor? Ahora el asunto no es tan obvio y una sombra se tiende en el terreno baldío. Mientras demoramos la respuesta, surgen otras preguntas: ¿qué condiciones debe satisfacer la obra para ser obra?, ¿es indispensable que esté publicada? Sin el auxilio de Brod, no hubiéramos conocido a Kafka, pero algo me dice que la publicación de sus papeles, que él mismo mandó a quemar, es circunstancial. Kafka inédito, injustamente ignorado por siempre, sigue siendo un escritor de los grandes. En otro continente, unos siglos después y con matices, se repite la historia: Benesdra se tira del balcón de su departamento en Buenos Aires, dejando trunco un proyecto literario de largo alcance. En este caso, supongamos que Benesdra no hubiera escrito El traductor ni El camino total, que no hubiera nada que salvar entre los cajones de su escritorio. Podríamos decir que Benesdra, en este mundo imaginario, no es un escritor y, sin embargo, esa afirmación no sería convincente, no del todo.

El ejemplo de Kafka inédito muestra que la publicación es meramente una circunstancia, no un requisito. El ejemplo de Benesdra estéril, por otro lado, insinúa que incluso sin obra, hay algo del carácter de escritor que permanece. De los dos supuestos, se siguen cosas distintas. Del primero, que existen escritores no publicados. Del segundo, más extrañamente, que ser escritor implica algo más que escribir.

En Tradition and the Individual Talent, T. S. Elliot sostuvo con la maestría habitual que ningún artista tiene, por sí solo, su sentido completo. La frase es cierta, incluso de maneras que T. S. Elliot no previó ni quiso prever. Cualquier autor necesita lectores, una tradición con la que hablar, personas que estén dispuestas a editarlo, glosarlo y a inventarle interpretaciones. Todo eso lo convierte en un escritor pleno, cuyas novelas pueden comprarse en librerías y apilarse en la mesita de luz. Es verdad que Kafka inédito es un escritor, pero convengamos que es menos escritor que el Kafka editado. Sin embargo, los dos polos aparentemente contrarios tienen algo en común, porque hay algo más, independiente del oficio de escribir, que todo autor, por sí solo, debe tener: una especie de atributo personal, una cualidad misteriosa, un aura que permita a los demás decir, al conversar con él, “he aquí un escritor”.

Nadie sabe bien en qué consiste ese atributo o cualidad de la que hablo. Algunos lo llaman talento. Pero aun aceptando que fuera talento, ¿talento para qué? Ciertamente no puede ser para escribir, teniendo en cuenta que eso no puede advertirse en el curso de una conversación. Tampoco puede ser solamente el don del discurso. Sobran los casos de escritores que son pésimos oradores o que tardan minutos enteros en articular una idea sencilla. Estoy tentado a decir que es la capacidad para cierto tipo de discurso, para construir una mirada particular sobre las cosas, aunque sea de forma precaria. Pero es una solución tan vaga que apenas funciona.

No hay duda de que este atributo misterioso tiene que estar relacionado, aunque sea de manera lateral, con la escritura. Es necesario que haya alguna conexión entre la actividad y el carácter del escritor, si se quiere preservar un significado real y valioso del arte. No estoy muy convencido, pero pienso que el único elemento que vincula adecuadamente ambas cosas, sin desnaturalizarlas, es el más obvio: el talento para la ficción. Que el escritor, para alcanzar la solidez, tenga que recrearse en un personaje es algo difícil de cuestionar. La práctica, desde Shakespeare a Houellebecq, es decir, desde hace siglos, es la misma: el autor no sólo produce obra en papel, sino que arma una obra más sobre su propio cuerpo, sobre su imagen, sobre los rumores y los entredichos que rodean su personalidad. Ser un escritor implica generar una apariencia de escritor, de tipo excepcional y, en el peor de los casos, de loco con ribetes de genio. En los hechos, es una exigencia que surge, en simultáneo, de las editoriales, del público y del circuito literario. Lo que distingue al autor, en definitiva, del chanta o del farsante, es que realmente escribe, que hace algo, pero no le basta con la verdad para consagrarse: necesita también la impostura, que otros hablen de él como de un tema interesante y raro.

Aunque no lo parezca, el cuadro de situación es bastante oscuro. No estoy seguro de que esta segunda ficción de la que hablo, la que el autor construye sobre sí mismo, sea un buen criterio para valorar la calidad de un escritor. En una sociedad cada vez más acostumbrada a consumir imágenes y palabras simples antes que discursos complejos, el autor como figura estética compite con su propia obra. Paradójicamente, César Aira se vuelve un producto que compite con las novelas de César Aira y, a veces, las desplaza. Hay lectores que, por cuestiones de tiempo, van a preferir consumirlo a él y descartar lo demás. Con este nuevo telón de fondo, el escritor sin obra reaparece como un fantasma aterrador. La posibilidad de un mundo de escritores donde ninguno de ellos es leído, más allá de las reseñas, las contratapas y los rumores que circulan, es una fantasía que infecta, poco a poco, la realidad. El problema, ahora, ya no es teórico, sino práctico. No se trata de autores que no escriben, sino de autores que escriben pero no son leídos, que son considerados escritores en la sola medida de su apariencia, a partir del personaje que salieron a vender con mayor o menor éxito.

Para sobrevivir, si quiere sobrevivir, la literatura tendrá que imaginar formas de demorar el terror. Por el momento, yo no sé bien qué hacer, más que seguir escribiendo. Para mitigar el tedio, para superar el show autoral o, al menos, para taparlo, escribir es lo mejor que se me ocurre, aunque no sea suficiente.

SOBRE EL AUTOR:

fotoJUAN AGUSTÍN OTERO nació en 1995, poco después del segundo triunfo de Menem. Serio, se define como coleccionista de cosas de otros y fotógrafo sin cámara. Actualmente, es redactor en una revista de izquierda y corrector freelance. Escribe, pero lo poco que tiene publicado no le parece convincente.


Crédito de la imágen: Sofía Laizerowitch

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