#Microrrelatos | Convocatoria 100 palabras

Los microrrelatos son pequeñas esferas de textos comprimidos; algunos eligen escribirlos con una temática dominante, otros prefieren, en cambio, dominar el ambiente a través de una incógnita sostenida y otros, van al punto, sin escalas. La elección que hice fue para todos los gustos, por eso acá encontrarán una compilación de microrrelatos surgidos a partir de una convocatoria que abrí un martes de noviembre: 100 palabras y texto inédito como únicos requisitos. Así, seas quién seas y escribas desde el lugar en el mundo desde donde escribas, Kundra te da espacio. ¡Gracias a todos por enviar sus textos!

Angie Pagnotta


 

Chinchillas, por Celso Lunghi:

Nadie sospecha de ellas. Sin embargo, yo les cuento que, para acondicionar el galpón, tu mamá había tirado tus cosas y que a vos te había quedado la rabia y que por eso te escabullías y las quemabas. Lo que me intriga saber es cómo se habrán organizado. Lo concreto es que un día se hartaron y te saltaron encima. No los pude convencer de que te atacaron y te comieron. Ni de que yo solo probé un cachito para saber si lo habían actuado por venganza o si realmente les había gustado tanto el sabor de tu carne.

 

Traviesa, por Julieta Antonelli:

Entro en un restorán de la mano de mi hombre, a uno de esos lugares finolis de donde me hubieran echado a patadas. Me río para adentro, ¿y vos que mirás, pituca, tarada?

El mozo me llama señor, pero no me importa.

Mi hombre dice lo que siempre soñé, que estoy hermosa, que lo pongo loco, que la va a dejar.

Me besa dulcemente, no como esas veces que se vuelve un animal y me lastima. Hoy todo es distinto, me siento como una dama. El paga todo, pero no me paga a mí; esta noche soy su mujer.

 

Noruega, por Francisco Cascallares:

Coleccionaba jarrones. Cuando se separó, puso los dos jarrones celestes, anticuados, horribles, sobre una repisa. Uno venía de San Pablo. El otro de Noruega. Y le dijo a su hija: estos somos.

            Aunque los jarrones fueran idénticos, Noruega se sentía a gusto mirándolos, segura de que no había nada que fuera realmente idéntico a otra cosa.

            San Pablo dijo que había un tercer jarrón, Canadá, y partió. Cuando regresó, dos meses después, acompañado, Noruega no estaba. Encendió las luces para despejar el silencio. Miró a Canadá; ella señaló la repisa. El segundo jarrón faltaba. Estaba destrozado en el piso.

 

Placebo, por Angie Pagnotta:

Nos acercamos lentamente, despacio, midiéndonos. Ahí estabas, después de tantos kilómetros y tanto tiempo, estabas. Olí tu fuego; venía de golpe hacia mí, como una manzana tentadora y perfectamente redonda, roja, chorreando jugos de Dios. Te dejé morderme, te dejé tocarme, te besé. La carne parecía estar viva del ardor de nuestras manos. Los ojos, inyectados, buscaban el alivio de unos minutos más. El estado de placer, así, es un estado difícil de encontrar cuando el placer cotidiano es propiedad de otro.

Abrieron la puerta. Nos llamaron para seguir con la reunión. Ante los ojos ajenos seguíamos enojados, tal vez más que nunca.

 

 Accidente 3, por Agustín Acevedo Kanopa:

No podría precisar si era exactamente dolor. Tengo una idea del dolor, puedo recomponer la escena e imaginar el dolor. Por ejemplo, recuerdo la pierna aplastada entre todos los fierros y el dolor se dibuja como por un juego de conectar los puntos en esos cincuenta centímetros de nada que ahora quedan en su lugar.

No sé si estaba tan calmo como me gusta imaginarme, pero cuando los bomberos se pusieron a arrancar la puerta del coche yo seguía viendo a la loca que me chocó –gritaba y caminaba en círculos, creo que era linda- y pensaba “me chocó una mina”. Pensé en ella y en cómo sería si saliéramos, cómo sería cuando me viese desnudo, sin la pierna. Pensé en chistes para hacerle para que no se sintiera tan culpable, chistes sobre amputaciones para incomodar a mis amigos en la sala de hospital. Después me desmayé.

 

 

Cinco segundos, por Damián Snitifker:

Había dos cuestiones, que aún después de tanto tiempo, seguían haciéndolo pensar bastante.
La primera, que tan solo cinco segundos hayan sido suficientes para cambiar su vida tan drásticamente. La segunda, que le llamaba atención que le resultase imposible acortar el relato a menos de diez minutos para describir aquellos ínfimos cinco segundos. Se sentía obligado a comenzar por la lluvia, la condición del asfalto, la temperatura, la canción que sonaba en el estéreo, el tráfico, la moto que lo pasó por la derecha, el sonido de la frenada, el olor que despidieron las cubiertas, el auto fuera de control, y aquella cabeza atravesando el parabrisas.”

 

 Entre hielos y pampa, por Sandra Gasparini:

En poco tiempo lograron acercarse pantalla a pantalla diluyendo la distancia física. Una noche ella creyó soñar que él había logrado atravesar los miles de kilómetros entre norte y sur y estaba acostado ahí, a un lado de la notebook. Se besaban. Ella tembló cuando detectó un pequeño parpadeo en el cuerpo de su amante. Todo siguió su curso, sin embargo. El fondo de pantalla en sepia con mujer morocha y hombre pálido desnudos los sobrevivió un tiempo.

 

Resurrección, por Luciano Doti:

Pablo había comprado esos zapatos de blues en una feria de usados. Se notaba que eran una reliquia hecha en cuero blanco y negro. Tenían algo mágico.

Una noche en que los llevaba calzados, caminó sin rumbo y fue a parar al paredón de un cementerio. En medio de la oscuridad e inmerso en una atmósfera enrarecida, sintió un golpe en la cabeza. Desde el piso alcanzó a ver a un sujeto demacrado, de raza negra, vestido como un blusero afroamericano. Estaba descalzo, por lo que robó los zapatos a Pablo.

Los zapatos de blues volvieron a su legítimo dueño.

 

Desahogo, por Patricia Nasello:

—La princesa libera de sus obligaciones a toda la servidumbre, planta las zarzas alrededor del castillo y controla que crezcan fuertes, retorcidas. Nombra guardián de palacio al más feroz de los dragones. “Que nadie, por ningún motivo, perturbe mi descanso” ordena. Y se acuesta a dormir cien años.
—No me gustó, se parece a La Bella Durmiente pero corto y feo —dice el niño.
—Es otro —replica la madre controlando una vez más que el cabello cubra las marcas del último golpe.
—¿Cuál?
—La Princesa Que No Quería Sufrir.

 

El pecador, por Ezequiel Rodríguez:

Amanece con un viento suave. El róbalo boquea sobre la arena, contra el asma del aire. Mientras sostengo la caña con una mano, con la otra entierro dos dedos en las agallas.

Siento algas que jadean en el pálpito de las branquias. Son órganos fuertes que en cada espasmo se estrechan contra mis dedos. Hay un latir como de perlas negras.
Hurgo, todavía más adentro, la pulpa suave y blanca de sus órganos. La humedad íntima de la muerte.

En el bosque, por Lola Ghiglione:

Estaban en el bosque, eran siete, todos enanos; fáciles de ocultar: detrás de los troncos, entre los arbustos…siempre esperando.
De repente, aparece por el camino una vieja harapienta que cargaba una canasta con manzanas. Se le abalanzaron y le dieron de golpes sin piedad. Entre todos la cargan y la llevan cantando felices a una choza escondida en lo profundo del bosque,
-¡Qué trajeron?- se escuchó desde la cocina; una voz fría y calculadora.
-¡Comida!- respondieron a coro los siete.y terminando de decir esto depositaron el cuerpo de la anciana sobre el piso de la cocina…

 

 

Felicidonia, por Eduardo E. Vardé:

El nene se colgó de la ventana del kiosco y, estirando un bracito a través de la seguridad de las rejas, abrió la palma de su mano mostrando al kioskero las brillantes monedas que los tíos le habían regalado. Preguntó “¿Cuánto me alcanza con esto?”. Luego, volvió a su casa con todos los caramelitos juntos en la boca, creyendo ser feliz.

 

El juicio, por Cristian Lecam:

Aquella noche no había podido dormir. El diario semienrollado seguía sobre su mesa de luz. Absuelto, podía leerse sobre la foto en las escaleras de tribunales. Pero no significaba nada. Aquel juicio comprado con favores macabros del pasado solo era un circo, una ilusión. Afuera, mientras el sol comenzaba a opacar las estrellas, las sombras de cientos de personas se dibujaban sobre el frente de la casa. El juicio, el verdadero juicio, era hoy, y sus verdugos ya estaban ahí.

 

Clara, por Verónica Martínez:

—¿Otra vez atendiste? ¿Era ella, no?

—Sabés que si no la atiendo es peor, lo sabés, Clara.

Otra vez desplazada. Otra vez se veía así misma, deshojando una esperanza casi marchita.

—¿Vas a seguir así? ¡Cortala, Clara! Es MI mujer ¿Entendés? Cortala y vestite.

Clara se levantó y fue hasta su cartera. Revolvió sin mirar. Tocó un lápiz labial, el celular, la agenda y la cartuchera para las clases de arte. Allí esperaba el cutter.

Caminó hasta Sebastián y lo abrazó fuerte. Mientras se sucedían los espasmos y los gritos de dolor eran insoportables, Clara habló:

—Listo, Sebas. La corté.

 

 Huellas en la barranca, por Ricardo Alberto Bugarín:

En la barranca han quedado las huellas. Esas huellas son de una estentórea evidencia. Da vergüenza el sólo verlas. Ellas también lo saben y van como retorciéndose, como queriéndose ocultar, como intentando decir aquí no ha pasado nada. En su ignorancia, las huellas, no saben que la barranca es muda. Yo tampoco diré nada. Que los demás opinen lo que quieran. Ya sabemos cómo son los pueblos, siempre se está en la búsqueda de que suceda algo.

 

 

Inspirar, expirar, por Julián Lucero:

Le resultaba complicado allí, en la maraña de cuerpos que reposaba sobre el césped, imaginar qué podía ser mejor  o más leal a sus sentidos. Su mano izquierda se acobijaba una axila repleta de vellos, mientras que la derecha se sumergía en un sexo húmedo, pegajoso . Sus ojos se encontraban, tentativamente, con unos ojos color miel o con labios carnosos que sonreían tentadores. Sobre su pecho  dos piernas hirsutas  provocaban cientos de cortes imperceptibles que al contactarse con el aire producían aquella sensación que le era familiar, tan dolorosa como el placer. ¿Qué sería, hombre o mujer?

 

 

Gore, por Santiago Ramos:

Hay algo peor que empujar a esa pobre chica que, por evidentes razones anatómicas de sus miembros inferiores, se demora al bajar la escalera delante de uno. Más aún que mirarla sentarse cerca en el mismo andén del subte, avergonzada de saber que nuestro insulto refleja su triste realidad de sobrepeso y frustración: verla pararse y saltar tapándose los ojos llorosos delante del tren que casi frena. El bolso caído en el borde del andén, la moneda salpicada de sangre rueda hasta mis pies. Mirar a los lados, recoger esa moneda, limpiarla entre los dedos. Guardarla. Gastarla.

 

 

Cortito #2, por Facundo Dassieu:

—¿Qué es eso?

—No sé, parece un ser humano.

—¿Está vivo?

—Creo que no pero no me doy cuenta. Son muy blandos.

 

El cangrejo más grande se rascó el espacio entre los ojos con la punta de la tenaza, pensativo.

No es raro encontrar humanos muertos en la costa – se dijo y se lamentó no haber podido encontrar uno vivo para mostrarle a su hijo como caminaban ridículamente de frente.

 

—Tiralo de vuelta al mar, hijo. Va a echar olor, si no.

—Ya voy Pa, dejame mirarlo un poco más.

— Bueno.

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