#Narrativa | El purificador, por Valentina Vidal

#Narrativa

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Por Valentina Vidal

Al barrio le decían La Siberia. Era un descampado con apenas tres o cuatro familias que se disputaban el dominio del lugar. Con el tiempo, el barrio se pobló de casas bajas, talleres mecánicos y asilos. Aunque nunca pudo sacarse esa sensación de barrio de mierda, de campo minado. Me habían trasladado a la seccional de la zona hacía apenas dos meses y como era el cumpleaños de tu mujer me pusieron a cubrir dos turnos, el tuyo y el mío. Yo no sé, Ocampo, si vos sabés todo lo que pasó aquella tarde en La Siberia. Lo que dijeron los diarios no tiene mucho que ver con la realidad. Los informes oficiales variaron al poco tiempo y se empezó a archivar todo. Decían que era lo mejor para evitar las réplicas.  Pero el Purificador sigue acá. Yo sé que no lo ves, pero sabés que está porque su presencia es enorme. Aquella tarde hubo un llamado por ruidos molestos, una pavada de vecinos, me dijo el comisario.  La cosa es que subimos al móvil con Barrientos y fuimos a ver. Qué tipo,  ahora se ríe. Es una risa silenciosa, de esas que te das cuenta porque mueve los hombros. Sabés que por las noches cuando logro dormir, me habla en el oído y me dice: despertate Vázquez, despertate. Y yo me despierto, qué le voy a hacer, no me va a dejar en paz hasta que consiga lo que quiere. La casa quedaba a unas seis cuadras de la seccional. Al principio nada. Encima era la hora de la siesta con un sol que rajaba la tierra y en pleno verano. Se podía escuchar hasta la rueda de una bicicleta. Toqué timbre. No volaba una mosca. En eso salió una vieja de la casa de al lado, tenía la expresión desencajada, aunque con estas mujeres que están todo el día solas nunca se sabe qué les pasa por la cabeza. Me dijo que desde hacía un par de horas que escuchaba gritos. Pero qué gritos, le dije yo, alguna pelea familiar, qué gritos si no se oye nada, le dije con cara de que no me rompa las pelotas porque a esta altura del partido, yo lo único en lo que pensaba era en irme a mi casa, abrir una birra y directo al sobre. No, me dijo la vieja, gritos de dolor.  No va que terminó de decir la frase y escuché una voz de hombre decir: soy el Purificador y un grito. Qué es esa pelotudez, le dije a Barrientos que estaba parado al lado mío. Si al final fue mucho más vivo que yo Barrientos. Permiso, te agarro un pucho.  Como te decía, una voz gritaba eso del Purificador y yo le digo, a ver capo, salí que lo conversamos afuera. Nada. Me acerqué, golpeé, me alejé, volví a golpear, timbre.  Dos veces hasta que escuché ruido de vidrios rotos y alguien que se lamentaba, un masculino. Dale, abrí maestro, no compliquemos las cosas, dije en voz alta mientras los quejidos iban en aumento. Le dije a Barrientos que me ayude, pero el boludo estaba pálido como una hoja, se ve que a pesar de ser tan cabeza de termo estaba mucho más despierto que yo para lo que vino después. Pero la puta madre, Barrientos, qué cagón resultaste ser, le dije. No teníamos una orden ni nada,  así que vos sabes cómo es esto Ocampo, teníamos que esperar hasta que nos abrieran. Los quejidos por momentos se silenciaban, pero después volvían a aparecer.  Adentro de la casa parecía haber varias personas.  No esperé mucho más y miré la manija de la puerta, que estaba floja. Así que le pegué unos golpes y se salió al toque. Quedó un orificio de unos tres centímetros de circunferencia. Cuando miré por ahí, vi un tipo todo ensangrentado de pie y con las dos manos atadas al pasamano de una escalera. Le daban una puñalada atrás de la otra y el tipo se quedaba quietito, como con aceptación sabés, lo único que hacía era quejarse por los cuchillazos. Hay algo de salto al vacío en eso del dolor, donde lo racional le da paso a lo instintivo, como pasa con el miedo o el amor. Duele y gritas, sin intermediarios. Pero de eso no quiero hablar Ocampo.  Se ríe de nuevo.  Todo le causa gracia. Ya te vas a dar cuenta por qué. Le hice señas a Barrientos para que se quede al lado mío y grité: policía, abran la puerta, carajo  y nada. No quedó otra que forzarla. Para qué mierda, me pregunto, para qué la tiré abajo. El deber y todas esas gansadas. Entré y había una piba con un cuchillo en la mano, meta tajear al tipo. No sabes lo que era eso. Te juro, Ocampo, que era como si lo abominable del mundo se hubiera dado cita en ese living de 4 x 5. La piba me miró y me dijo con voz de hombre que era el Purificador y que nos fuéramos. Que tenía que terminar el trabajo con este y con la otra  y señaló a una chica que estaba en un rincón, con la cabeza metida entre las piernas. La señalaba con la punta del cuchillo sin sacarme la vista de encima. Se me congeló el alma. No podría decir si era linda o no, solo que sus piernas eran larguísimas y que el cuchillo parecía su extensión metálica. El tipo se desplomó, pero quedó colgado con las manos hacia atrás, desfigurado y lleno de sangre, con los ojos abiertos. La miré a la piba, que apenas tenía puesta una remera y una bombacha, y me volvió a decir que me fuera que ya terminaba. La otra lloraba en silencio. Parecía que se ahogaba. Y el olor, había olor a solvente y transpiración. No me lo olvido más. Te juro, Ocampo, en todos estos años de servicio nunca vi tanta sangre. Vos menos, que vas a ver si te hacés siempre el boludo. Había sangre en las cortinas y en las paredes. El pasamanos estaba todo salpicado y terminaba en un charco alrededor del tipo. En el piso, velas  y vísceras de animales. Podías ver en la mesada de la cocina el termo con el mate y al lado un trapo ensangrentado. Dos presentes quebrados y mutilados en sí mismos. Tan sórdido como conmovedor. El tipo en ese momento todavía respiraba y tenía los ojos abiertos porque le habían sacado los párpados. Tenía un cartel colgado del cuello. Después me enteré que era una lista con nombres de otros miembros de la familia y que las dos pibas eran hermanas y el tipo, el padre.  Viste, Ocampo, hay gente que la tiene jodida de verdad. Le dije a la piba que suelte el cuchillo y lo miré a Barrientos. Estaba espantado el pelotudo. Puteaba y rezaba. Vomitaba y rezaba. No lo pudo resistir y se rajó, me dejó solo, mientras yo le apuntaba a la piba, que me miraba fijo y repetía lo del Purificador. Las manos me empezaron a temblar desde ese momento. No sé si alguna vez te pasó, no, a vos qué te va a pasar Ocampo, a vos no te pasó nunca una mierda. Las manos me temblaban como ahora, pero con el arma que apuntaba al medio de los ojos de la piba. Unos ojos fríos y a la vez calientes. Era como si el Danubio se estuviera por abrir paso a hacia el Perito Moreno con una guadaña. Hasta que empezó a tirar cuchillazos al aire, amenazándome. Ahí reaccioné. No me preguntes cómo porque los movimientos fueron  confusos, pero la terminé tirando al piso y la puse boca abajo. Podés creer que la piba trató de girar la cabeza a la fuerza para seguir mirándome. La agarré de la nuca y le aplasté la jeta contra el suelo. Supongo que te darás cuenta que lo tenés justo al lado tuyo, oliéndote la sangre como un perro. Los de Sistemas me contaron que esta gente tenía una página en internet que hablaba de transmutaciones por medio de la purificación. Nada más había que registrarse, sacar un usuario y te ponías de acuerdo con las listas de nombres a purificar. Pero se ve que la limpieza bien entendida empieza por casa. Un quilombo de los grandes esa familia, no como la tuya. Al resto de los integrantes que estaban en la lista no los encontraron y la casa fue cerrada con toda la mierda adentro. Nadie quiso tocar nada con justa razón. Para ellos lo mejor era tapiar y olvidarse del asunto, porque los monstruos están tranquilos mientras no mires debajo de la cama. Lo que siguió después es de conocimiento público. A las pibas las internaron en un loquero, a mí me ofrecieron el retiro voluntario y lo agarré, un poco por este tema de los temblores y otro poco porque ya no podía dormir. Empecé a tomar todas y cada una de las líneas de colectivos hasta el final de su recorrido. Cada ramal de tren hasta la última estación, durante semanas. Dormía en los trayectos, sabés. Era de la única manera que podía hacerlo. Hay algo de estar en tránsito permanente que lo alivia a uno de las responsabilidades del estar y del hacer y eso es impagable. Pensé que con el tiempo todo se iba a acomodar. Pero me picó el bichito y quise salir a buscar laburo. Nadie me daba trabajo porque apenas me sentaba en la entrevista, las manos me empezaban a temblar. Me aburría, no sabía qué hacer, vivía de la pensión.  La página de internet no la pudieron bajar nunca y vos debés saber cómo es esto de estar solo. No, Ocampo, qué vas a saber, si tenés pibes y una mujer divina, no tenés la más puta idea lo que es estar solo. Se me volvió costumbre entrar a mirar, aunque te  confieso que un poco me movía saber algo de la piba. Hasta que una noche de tantas en las que para variar no podía dormir, yo contaba las manchas de humedad en el cielorraso desde la cama y escuché el repiqueteo del teclado de la computadora en el comedor. Un calor raro me envolvía el cuerpo. A la altura de la cabeza en cambio, más específicamente de los ojos, había como una ruta fría, como un pica hielo que me perforaba por dentro. En el aire se sentía el olor al solvente y el sudor que había en la casa de La Siberia. Se me vino la mirada de la piba del cuchillo. Entonces lo vi por primera vez al Purificador. No podría definirlo como un hombre corriente. Más bien tenía algo de mujer, de hombre y de animal. Pero no tenía miedo sabés. No sé por qué, pero podría decir que todo se había aflojado. Es que los nervios son como estar enfermo, como incubar alguna mierda. Cuando se declara ya está, sabés lo que tenés que hacer. En ese momento las manos me dejaron de temblar. Miré la pantalla y había una lista. Una lista negra como una bolsa de consorcio llena de nombres desconocidos. Excepto uno que resplandecía como el sol en el meridiano cuando se refleja en el agua.  El tuyo, Ocampo. Y es el que tenés colgado del cuello. Debo haberme quedado dormido o desvanecido, porque amanecí en el piso empapado en transpiración. Y acá estamos. Vos, el Purificador y yo. Y bueno, ese día yo no tenía que estar en el turno. Disculpame la desprolijidad del lugar, pero nadie tocó nada desde entonces, supongo que sabrás comprender. Si hasta debe estar petrificado el vómito de Barrientos con la sangre seca del tipo. ¿Te conté lo que pasó con Barrientos?  Lo mandaron al psicólogo y al poco tiempo se pegó un tiro. Dejó una nota que decía: no puedo escucharlo más.  No te vi en el velorio, Ocampo. Ni para dar un pésame servís. Dejá de quejarte y mirame. Es muy importante que entiendas que tus ojos son la ventana por donde te vamos a purificar, a sacar todo ese oportunismo podrido que llevas en el alma. Si no, te saco los párpados y a la mierda Ocampo, vos elegís. El Purificador me guía. Su voz rebota en mi caja craneana como un balón, dividiéndose en decenas de voces que me hablan en distintos idiomas y me dicen lo que tengo que hacer. Y a mí no me queda otra que obedecer sabés. Una vez que terminemos voy a poder volver a dormir. Es lo que me prometió. Y bueno Ocampo, lo lamento de verdad, mentira, no lo lamento nada, el que tendría que haber estado acá eras vos. Quedate quieto y ahora, mirame. Podés gritar.

SOBRE LA AUTORA:

perfil-1VALENTINA VIDAL es escritora y música. Nació en Buenos Aires en 1970. Como escritora, publicó su primer libro de cuentos titulado “Fondo Blanco” por Llanto de Mudo ediciones (2013). Participó en el tomo #11 de la antología de Pelos de Punta (2016), en “21 experimentos” antología de relatos ilustrados por Aleta Vidal por Llanto de Mudo ediciones (2014)  y en “Martes 7” antología de cuentos por Ediciones del Dock (2015). Varios de sus relatos fueron publicados en diferentes revistas literarias, recibiendo una mención de honor en el concurso Floreal Gorini 2015 por “Rojo California” (Centro Cultural de la Cooperación) que salió publicado en la antología “El cuento, una pasión argentina 25 años”. Coordinó y realizó talleres de lectura y escritura. En la actualidad colabora como reseñadora en Solo Tempestad y se encuentra escribiendo lo que será su primera novela.  Como música, tocó el bajo en varias bandas y editó tres discos.

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