#Narrativa | Estrógenos, Por Leticia Martin

#Narrativa

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Por Leticia Martin

 

Capítulo 9

 

Decido dejar el auto en el estacionamiento y subo por Maipú hasta el pedestal donde en alguna época estuvo emplazado el monumento a San Martín. Los manifestantes siguen aglutinados en la zona central de la plaza, cerca del viejo ombú. Quiero ignorarlos pero siento curiosidad y avanzo en dirección a la multitud. Alguien da la orden y todos se tiran al piso. Ninguno de los involucrados mira quién está delante o detrás suyo, o qué parte de otro cuerpo le cae encima. Todos cierran los ojos y así quedan. Amuchados. Semi-protegidos por la idea de la congregación. Una mano sobre un cuello, un pie trabado en una espalda, un par de tetas encima de una axila. La voz potente del líder da la segunda orden y todos levantan sus teléfonos celulares sin mover más que el brazo que lo sostiene. Disparan fotos de 360º. Luego vuelven a la postura inicial. El cuerpo apoyado contra los baldosones de la plaza, los ojos cerrados y la actitud inerte de los músculos. Los medios presentes en el lugar graban el cuadro fijo, estático. Algunos periodistas hablan a cámara presentando la nota en vivo. Otros quieren entrevistar a los manifestantes pero no logran sacarle una palabra a nadie. Puedo comprender el reclamo, también puedo estar de acuerdo con algunos puntos, pero no creo en el efecto de la exposición masiva del cuerpo desnudo. No hace falta que me ponga a pensar ahora. Tengo que esperar. Tiene que pasar este momento de una buena vez.

Dejo la plaza atrás y llego a la boca del subte. Una vez ahí decido no bajar las escaleras y sigo hasta la estación del monorriel que enseguida, sin premeditarlo, también dejo atrás. Y así. Camino por Florida hasta Santa fe. Podría tomar el subte más adelante, a la altura de avenida Corrientes, pero prefiero hacer tiempo antes de llegar a casa. La tarde cae más rápido que de costumbre. Las nubes bajas aceleran el efecto lumínico del atardecer. De golpe oscurece y una especie de bruma que no llega a ser garúa comienza a humedecer mi ropa. Los semáforos no funcionan. Sus luces rojas titilan todas al mismo tiempo y el tránsito va transformándose en un caos. Ya lejos del tumulto todavía se escucha la voz afectada del megáfono. “Los hombres tenemos derecho a engendrar. Exigimos días de licencia por paternidad. Leyes que protejan la continuidad de la especie”.

No sé cómo voy a hablar con Cecilia. Ella no espera una noticia de este tipo. De todos modos tengo resuelto contarle todo lo que pasó.

Apenas abro la puerta, la veo ahí, de pie frente a la tele, con su vestido negro y los borcegos verdes que le regalé. Está hermosa. No quiero desilusionarla. Siento que la necesito mucho en este momento, pero la saludo como si fuera cualquier otra noche. Cecilia me mira y me pregunta qué me pasa. Le digo que ahora le cuento, que no es nada importante. Me hace bien sentir que me conoce, que percibe algo raro en mi actitud. Miro la mesa vacía del comedor. Me llama la atención que no haya platos para la cena, como otras veces. Afuera, por fin, se larga a llover. Las pantallas de transmisión de contenidos se encienden solas porque acaban de ser las nueve. Me acerco a Cecilia para besarla pero ella mueve la cabeza alejándose de mí. Se escucha la cortina del noticiero sobre la cortina de lluvia desaguando afuera.

–Quiero que hablemos –me dice ella.

–Yo también –le contesto, y le cedo el turno mientras me siento en el sofá. Cecilia se niega a comenzar pero yo insisto en que me cuente y por fin comienza a hablar. Me saco las zapatillas y me aflojo el cinturón. Su gesto preocupado me hace pensar que algo pasa con la salud de su madre, o que quiere volver a intervenir su cuerpo porque está desconforme con la apariencia de sus piernas. Sólo tengo que escucharla. Entonces ella me cuenta, siempre de pie, que en verdad está cansada de la vida, de trabajar, de la distancia diaria, que no nos vemos nunca y que cuando nos vemos estamos desconectados. Yo la escucho con cara de preocupación, pero comienzo a sentirme aliviado. Pienso que esa sensación es pasajera, corregible, que en unos días voy a convencerla de lo contrario. Sin embargo Cecilia sigue hablando y de pronto se pone más enfática y va subiendo el tono de voz y comienza a decirme que no tiene ganas de que tengamos un hijo en estas circunstancias, que nos apuramos para tomar una decisión tan importante, que ella es joven, que el mundo va camino al desastre y que no tiene sentido colaborar con la continuidad de lo que se degrada sin retorno. Pienso de dónde habrá sacado, de golpe, esas ideas. Cuando termina de enumerarlas agrega que está saliendo con alguien. Por como lo dice parece que no estaba en sus planes hablar de eso, pero en cuanto lo hace su cara se ilumina. Quiere esconder el gesto y se muerde el labio inferior, pero igual puedo leer su excitación reprimida. Cecilia me explica que no sabe cómo pasó. Que ella no buscó la situación. Que se encontraron de casualidad, en el Nit, y que todo se dio sin que pueda entender muy bien por qué.

Voy hacia la heladera y me sirvo un vaso de agua. Ya no miro a la mujer que inoculó sus óvulos en mi cuerpo y me convenció de someterme a un tratamiento hormonal durante el último año. Cierro la puerta con fuerza. Las botellas se golpean en el estante. Tomo un vaso de agua y otro vaso más. Uno detrás del otro y sin controlar el ruido que va haciendo el líquido en su paso brusco por mi garganta. Cecilia me habla como si nunca hubiera insistido en que necesitábamos engendrar, como si me avisara que se acabó el papel higiénico, o como si mi vida no se hubiera transformado completamente desde que acepté que congelara sus óvulos en jeringas descartables. Su discurso, o el agua que tragué, vuelven a hacerme vomitar. Meto la cabeza en la bacha de la cocina y despido un líquido amarillento, gelatinoso, biliar. Después de vaciarme abro la canilla para enjuagarme la boca. Siento un gusto metálico y áspero entre la lengua y el paladar. Ella se acerca para ayudarme, pero le digo que puedo solo. Entonces me pide disculpas.

–No te enojes –me dice– todo va a salir bien.

SOBRE LA AUTORA:

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LETICIA MARTIN: Es narradora y poeta. Autora de Breviario o el oficio religioso, (Funesiana, 2012), El gusto, (Pánico el Pánico, 2012), La coronación del peón (Milena Caserola-8voLoco, 2014) y Estrógenos, (Galerna, 2016). En Twitter es Tymieniecka Martin

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