#Narrativa | El Olvido, por Fabiana Duarte

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Por Fabiana Duarte

Eran las tres de la tarde, el sol de agosto en Marbella picaba en la piel. María había estado caminado por el Parque de Alameda con una amiga, hicieron una parada en Los Naranjos para almorzar. El aire del mar la ponía melancólica en esta época del año. Llegó a su casa, indecisa, tocó el timbre de Matilde, la casera. Se había olvidado las llaves en su departamento. No sabía si estaba, quizá había salido a pagar los impuestos que esta mañana le había dejado para abonar. Observó cómo los malvones del jardín padecían la brisa caliente que los envolvía. Insistió con el timbre, su cuerpo comenzaba a sudar.

            Quién le abrió la puerta fue Martín, el joven inquilino del departamento B. Un adonis morocho de ojos verdes y mirada intrigante.

            —Hola —dijo él, mientras tomaba a su perra Penélope de la panza y la levantaba del piso.

            —Eh, toqué el timbre de Matilde, creo… —dijo María y miró el tablero de timbres como si la vista la hubiese engañado.

            —Pues, parece que no… El timbre sonó en mi departamento… ¿Cuál era tu nombre? —preguntó distraído.

            Él la conocía, sabía que era la dueña del departamento que alquilaba desde hacía año y medio en este edificio. La veía deambular por el pasillo como un fantasma. Las pocas veces que se cruzaron, ella ni siquiera lo miró. Pero él no podía dejar de observarla, era una mujer naturalmente atractiva. Su presencia lo perturbaba y no entendía bien porque. Estaba ahí parada, a los rayos del sol, acalorada y sensual. Su cuerpo emanaba un mensaje que él no podía descifrar.

            —Hace mucho calor para que te quedes parada en la puerta. Pasa y te preparo algo fresco, quién sabe lo que tardara Matilde en regresar, la vi irse hace un rato, cuando saqué a Penélope a pasear. Cuando sonó el timbre pensé que era… Bueno, no importa, ¿Entrás?

            Martín esperó con la puerta entreabierta, mirándola fijamente a los ojos. Vestía un pantalón de jean, unas zapatillas de lona blanca con los cordones desatados, no llevaba camisa, lo que dejaba ver un cuerpo bien trabajado, el cabello revuelto indicaba que lo había despertado de la siesta, le ofreció una media sonrisa seductora. Cuando María terminó de examinarlo, lo miró a la cara. Él levantó sus cejas e inclinó la cabeza invitándola a pasar.

             —María, me llamo María —repitió tímida—. Salí a hacer unas compras y me olvidé las llaves de arriba. Discúlpeme me confundí de departamento, parece que Matilde no está, no salió a abrirme. No se preocupe la espero aquí. —dijo tropezando con las palabras.

            Ingresó al pasillo común y se quedó hablando sola porque el joven se dirigió a su departamento. Mientras él caminaba, ella lo observó. En el hombro derecho, tenía tres letras, pequeñas, tatuadas en sentido vertical: Ana. Bajó la vista y lo recorrió completo. El jean deshilachado rozaba el piso, caminaba con un andar lento y desvergonzado. Le resultó una visión inquietante. Titubeó un momento, finalmente lo siguió.

            Maria llevaba treinta años viviendo es este lugar. Era conocida por todos en el barrio. Su madre comentó siempre todos sus logros escolares. También fue noticia cuando la mandaron a vivir con sus tíos al interior, durante largos meses, solo porque el día de su primera comunión, el hijo de Matilde,  que era dos años mayor que ella, le dio un beso en la boca.

            La iglesia Nuestra Señora de la Encarnación estaba repleta ese día, ella esperaba en la fila a recibir el sagrado sacramento con su vestido blanco. El jovencito le tocó el hombro, ella se dio vuelta y sin mediar palabra, rodeo su cintura y la besó en la boca. Ese fue su primer beso. Recuerda que se quedó impávida, con la mente en blanco y los ojos cerrados. Pudo sentir la suavidad y el gusto a manzana en la boca de Claudio. Esa sensación deliciosa y extraña, quedó grabada a fuego en su memoria y en su cuerpo.

            Su madre la sacó a los empujones de la iglesia apenas terminó de comulgar, para llevársela lejos. En ese destierro doloroso a los doce años, muchas noches imaginaba que estaba en los brazos de Claudio, soñaba que la besaba con la misma dulzura que ese día en la iglesia y se sonrojaba. Cuando regresó a su casa, a Claudio lo había enviado pupilo a un colegio de varones. Nunca más regresó.

            Gracias a la pensión que su padre les dejo, ella y su madre vivían tranquilamente de la renta de los departamentos de la planta baja de este caserón. Nunca tuvo que salir a trabajar, se sentía agradecida por eso. Se dedicó a estudiar música y a tocar el piano, tenía algunos alumnos que venían por las tardes. Cuando tocaba a Mozart, se dejaba transportar por la música a lugares de ensueño. A veces se animaba a componer alguna melodía, angustiosa y trágica. Su madre enfermó y ya no pudo hacerlo, la enfermedad le demandaba todo su tiempo, meses de tratamientos dolorosos, hacían flaquear su buen juicio.

            “No te cases con nadie, María” Le rogó su madre. “Que nadie se quede con nuestras cosas, hija. Le costó mucho a tu padre dejarnos este caserón, para que venga un cualquiera y se haga “el señorito dueño de casa”. Así estamos bien, hija no necesitamos a nadie”.

            Esas palabras aún las persiguen. “Así estás bien, María, no necesitas a nadie” Solía repetirse a sí misma a modo de mantra algunas noches, en las que tomaba una copa de vino, luego de cenar, en la soledad de la terraza.

            Se asomó insegura, a la puerta del departamento b.

            —Matilde tiene una copia de mis llaves —se justificó mientras ingresaba tímida, observando toda la estancia.

            Era un lugar agradable y ordenado, las paredes, pintadas de un color verde agua, que ella misma había elegido. Sillones de tela adornados con almohadones llenaban el espacio. El ventilador de techo cortaba el aire, silencioso.

            Varias fotografías colgaban de las paredes, en el mar haciendo surf, a punto de tirarse de un avión en paracaídas, con Penélope en la playa, en todas se lo veía sonriendo. Eso le gustaría hacer a ella alguna vez, no sonreír, sino hacer algo arriesgado, como tirarse de un paracaídas.

            Sobre el sillón había un maletín de tela azul, entre abierto. María se acercó y pudo ver algunos libros, y unos escritos a mano, sin vergüenza sacó uno de ellos. Llegó a leer: “Él quería olvidar lo que se había propuesto no olvidar jamás, pero las letras en su piel no hacían más que remitirlo a una devastada zona de su memoria, donde la verdad hiriente seguía latiendo entre los escombros”

            Se quedó unos minutos con el papel en la mano, releyendo el párrafo. Es difícil olvidar, pensó. Logró ver unos dibujos realizados sin dudas por un niño pequeño. En ese momento, Martín salió del cuarto, María devolvió el escrito al maletín y dio unos pasos hacia atrás. El joven iba poniéndose una camisa a rayas sin ninguna intención de abotonarla. Se paró frente a ella.  La miró a los ojos, la tomó de los hombros y le dedicó una fresca sonrisa.

            “Permiso”, le dijo, corriéndola delicadamente a un costado para poder ingresar a la cocina detrás de ella.

            María sintió como el calor inundó su cara. Esos ojos verdosos, como el mar en verano, la obnubilaron por un momento. Las manos fuertes apoyadas en sus hombros hicieron que se encogiera  instintivamente, como si esas manos quemaran.

            Matilde, la casera, se encargaba de los inquilinos. María, nunca tuvo que tratar con ninguno de ellos. Pero al muchacho del departamento b,  lo veía salir a correr todas las mañanas. Escuchaba las fiestas que hacía aquí abajo en su departamento, las risas, la música lenta de los sábados por la noche. Lo veía despedir a jovencitas a la mañana siguiente. Había visto muchas mujeres distintas irse de este mismo lugar en donde ella estaba ahora. Le pareció que tenía una sonrisa cautivante, y emanaba una sensualidad desconocida para ella.

            —¿Preparo limonada? No tengo té frio en este momento —se lamentó, mientras abría la heladera.

            —¿No te molesta que te tutee verdad?  —dijo él, cerró la heladera se incorporó y la miró esperando una respuesta— Algunas veces te veo asomada a la ventana de arriba mirando hacia la calle cuando vuelvo de mi rutina.

            —Eh… Sí, es que me levanto muy temprano, me cuesta un poco dormir.  Limonada está bien, gracias.  —respondió, inquieta.

            La perra llegó caminando y de un salto se subió al sillón. María, le acarició el lomo y la agarró de la cara, “Tenes la mirada pícara, como tu amo”, susurró. La palabra amo, escuchada de su boca, la estremeció.

            Caminó unos pasos para observar de cerca las fotos. María se paró en seco frente a un espejo con marco de madera que llegaba hasta el piso, del que colgaban algunas corbatas. Jamás se había visto en un espejo que reflejara su cuerpo entero. Era una imagen realmente olvidable. El rostro lánguido, los ojos oscuros apagados, El cabello enrulado, caía sobre sus hombros sin ninguna gracia, su aspecto era como el de una flor descolorida, parezco como de cuarenta años, pensó.

            Martín se acercó con un vaso largo de limonada fresca. Estiró su mano y se lo ofreció mirándola de abajo hacia arriba. Su piel era tan blanca que parecía transparente, podía adivinar sus huesos. Las caderas firmes, las piernas entornadas, el cuello fino y delgado. Cada parte de su cuerpo merecía una lamida.

            Él envolvió con sus dos manos la de ella,  ambos sostenían el vaso helado.

            —Lamento mucho no habernos conocido antes. —dijo

            Ella se sonrojó.

            Martín bajó lentamente la vista, unas gotas de sudor se deslizaban atrevidas entre los pechos de María. Se contuvo las ganas de pasar la lengua por el escote y apropiarse de esas gotas. Se quedó ahí un momento, midiendo el riesgo.

            Martín tomó uno de los rulos que caía rebelde sobre la cara de María  y lo acomodó por detrás de la oreja. Todo su cuerpo parecía temblar. La tomó de la cintura, la acercó más, y pudo sentir el olor de su carne, latiendo.

            Ahora entendía… La virtud de su cuerpo había sido negada a los hombres, hasta ahora. Esa revelación, lo encendió como un candil. La tomó del cuello y la estampó contra su boca abierta. La mantuvo cautiva en un baile frenético de lenguas. Jugaron a encontrarse, a reconocerse. La urgencia física surgió intempestiva entre sus piernas.  El deseo le recorrió el cuerpo con una contundencia dolorosa.

            Para ella fue como cabalgar una montaña rusa, sus sentidos fueron alterados. Ya no era dueña de su cuerpo, que reaccionaba indecoroso a los estímulos de esa lengua. Se sintió húmeda, agitada, vacilante. Sentía en el cuerpo una energía desbordante y desconocida que no sabía cómo manejar. Quería devorar, morder, destruir. El vaso de limonada cayó sobre la alfombra y rodó por el piso.

            María pudo sentir en sus muslos la presión del miembro erecto. Él se detuvo para mirarla a los ojos, estaba agitado. Ella tardó unos segundos en calmar su respiración, abrió los ojos.

            María parpadeó y rompió el hechizo, instintivamente se alejó dando marcha atrás, tropezó torpemente con sus propios pasos. Quería más de eso, necesitaba ser explorada y conquistada. La vergüenza, la timidez, la estancaban al piso. Se secó la boca con la mano, acomodó su vestido, miró a todos lados. Se excusó diciendo que había olvidado hacer algo en la calle y salió rauda de la habitación.

            En su carrera hacia la puerta de salida tropezó con Matilde, le pidió la llave de su departamento y subió las escaleras de dos en dos.

            Cerró de un portazo. Descansó su perturbado cuerpo en la puerta de entrada. Poco a poco recobró la calma. Una sensación deliciosa, un tibio dolor en su bajo vientre le recordó que estaba viva. Íntimamente sonrió. Cerró los ojos, y lanzó un profundo suspiro.

            En ese silencio absoluto solo escuchaba las articulaciones de sus propios pensamientos Había tantas cosas que necesitaba saber: ¿Quién era Ana? ¿Quién le había hecho esos dibujos? ¿Qué era lo que necesitaba olvidar? Sabía que ya no podría observarlo cada madrugada cuando saliera a correr, tampoco podría ver cómo será la jovencita que despedirá el domingo siguiente.

            Se puso seria. Enderezó su cuerpo. La nostalgia la invadió, le dio escalofríos pensar en su futuro. Recordó las palabras de su madre, “así estás bien, María, no necesitas a nadie”, se dijo en voz alta, y se quedó mirando el vacío.

 

SOBRE LA AUTORA:

faby.jpgFABIANA DUARTE: Mención especial en el Concurso de Narrativa La Pluma Azul de la Municipalidad de Malvinas Argentinas (2015), Segundo premio en el Concurso Literario Barracas Al Sud de la municipalidad de Avellaneda (2016) Mención de Honor en el Certamen Internacional de cuentos de Ediciones Mis Escritos (2016).  La universidad de La Plata eligió el cuento El Walichú para ser parte del proyecto “Te cuento un cuento” Cuentos Solidarios Ilustrados 2016. He publicado para la Editorial Pelos de Punta, en el Tomo 11 “Lista Negra” (2016) En la revista de literatura digital El Narratorio (2016). Actualmente es parte en el proyecto Bajo Consumo Colectivo Fotográfico de la Universidad de Gral Sarmiento y se encuentra trabajando en el primer libro de relatos “La imposibilidad de sostener la mirada”. Su facebook es: Fabiana Duarte

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1 Comment

  1. Te lo leí. Está bueno. No sé bien si tuvieron relaciones, o si era todo vuelo de la imaginación mientras el pibe se fue a hacer limonada o algo así. Quién sabe, no? Te felicito…

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