#Narrativa | Tiempos muertos, por Hernán Domínguez Nimo

#Narrativa

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Más trabajo

 Los asientos de los colectivos están repletos de inscripciones.

Amores y odios. Felisa que ama a Rafael. Mariela que ama y manda a la mierda a Fernando. Ana que ofrece su teléfono y sus servicios sexuales. Ricardo que tiene el culo roto. Boca que es capo, otro opina que no, que es puto, y que el capo es River. Nombres de varias bandas, alguien que ama el punk rock, alguien que defenestra el rock y vitorea el reggae.

Todos están escritos con marcador o con birome sobre el respaldo, la cuerina de las butacas o la pared del colectivo.

Pero también hay otras inscripciones, no en tinta sino más perennes, que perduran en el tiempo, labradas trabajosamente con el filo de una navaja o de algún cuchillo. Éstas, a diferencia de las otras, son todas de amor. Por un club, por otra persona, por uno mismo. Para construir algo que se ama hay que invertir más trabajo que para lo que se odia.

El temperamento del mar

 

El tránsito moldeado por la autopista adquiere cualidades marinas. Cada carril alfombrado de autos se comporta como una franja del denso oleaje de un mar amable, moviéndose todos con el delay justo que les marca el ritmo de ese arrancar y avanzar y frenar con la perfecta sincronización que nace de la contigüidad, la afinidad de las gotas de agua.

Cada tanto, como piedra que asoma en la rompiente, un auto quiebra la armonía, avanza unos segundos más tarde de lo debido, y obliga al de atrás, que arrancaba anticipando su momento pautado, a volver a frenar, interrumpiendo así el ritmo de las olas.

Cruce imperfecto

 En Buenos Aires hay un cruce de calles, una esquina por demás rara.

No es rara por la forma. No tiene cortadas ni diagonales que aparezcan de golpe y formen más esquinas, ahusadas y desusadas. Son solo dos calles que se cruzan en perfecto ángulo recto y dibujan cuatro esquinas prolijamente ochavadas. Hasta ahí, todo como corresponde.

Lo raro es que las calles no corren como deberían.

Lo acostumbrado es que, si tomamos como punto de partida o llegada la esquina propiamente dicha, dos calles lleguen y dos se alejen. A veces, muy de vez en cuando, pasa que una calle cambia de sentido justo en ese punto, y entonces hay tres que se alejan y una sola que llega. O tres que llegan y una sola que sale, con el quilombo de tránsito que genera semejante efecto embudo.

En esta esquina en particular, las cuatro calles se van. Las cuatro se alejan.

Unos dicen que no es más que un claro ejemplo de que la planificación del tránsito porteño está en manos de sádicos o sicóticos. Otros, más informados o más dados a la fabulación, aseguran que es obra de un ex intendente que vivía allí con su pareja. Dicen que era una relación despareja, que él estaba muy enamorado y ella no, se la pasaba dudando de esa relación. Entonces él le dio un ultimátum, que si no lo amaba se fuera y no volviera nunca más.

Pero el buen hombre estaba cansado de sufrir. Ella podía irse y luego arrepentirse, quizá volver, y él no quería vivir en la duda permanente. No quería esa esperanza clavada. También estaba convencido de que si ella no tenía la posibilidad de volver, tomar la decisión de irse le sería más difícil. Y así fue que arregló todo para que no hubiera regreso posible. Así fue que no hubo dudas ni regreso.

El cruce sigue igual desde entonces. Los autos siempre se están yendo y los transeúntes no encuentran manera de volver. La soledad de los que viven en esta zona es completa. Como un pueblo del interior, los hijos abandonan la casa para no regresar. Los carteros y las cartas nunca llegan. Nadie paga sus cuentas y les cortan los servicios. Internet solucionó las comunicaciones y los pagos por un tiempo, hasta que un cable cayó en una tormenta y nadie vino a reemplazarlo.

Como no hay ningún sanatorio en la zona, el futuro de la esquina no es otro que el de la soledad completa. A menos que algún intendente o ministro de tránsito decida remediar semejante disparate.

*Todos los cuentos pertenecen al libro “Tiempos muertos” (Pecces de Ciudad, 2016)

SOBRE EL AUTOR:

yo3bnHERNÁN DOMÍNGUEZ NIMO: Como casi toda la gente, intento recuperar ese tiempo que la vida moderna me roba. Mientras algunos juegan o chatean con el celular, se aíslan para concentrarse, y a otros les alcanza con escuchar música y mirar por la ventana, yo leo. Leo mucho. Las horas que de chico leía en mi cama, en mi casa, ahora las uso para viajar. Tengo auto y lo uso, obligado, pero cuando puedo prefiero los transportes públicos. El bondi, el subte, el tren. Otros manejan y yo puedo leer todo lo que quiera, sin prestar atención al camino. A veces, escribo. Así, merced a este robo hormiga de minutos y horas al día, logré publicar cuentos y artículos en revistas y antologías de Argentina, Venezuela, Colombia, Chile, EEUU, España, Francia, Grecia y Japón. Y dos libros de cuentos: Si algo está muerto no puede morir (Textos intrusos) en 2015, y Tiempos Muertos (Peces de Ciudad) en 2016.

 

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