#Narrativa | El chorro de la manguera, de Facu Soto

#Narrativa | #AdelantoNovela

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El chorro de la manguera

(Adelanto de la novela “Los Mutantes”, editorial Milena Caserola)

Mateo riega las plantas del jardín y huele el olor a tierra que se desprende. Es probable que a la noche se levante una tormenta; una tormenta de verano, pero ahora hace calor, y mucho. Mira al gato color canela que camina con el lomo levantado por la pared de ladrillos. Al llegar al borde salta y cae parado. Se escabulle entre la palmera. Mateo da unos pasos sintiendo el calor en la planta de los pies, mientras sigue regando. Entre los escalones de la puerta de su casa, descubre un incipiente nido de palomas con un huevo blanco como una perla gigante. Lo mira. El huevo brilla. Oye cantar una chicharra. Pasa un auto con los vidrios bajos, obligando a los vecinos a escuchar la cumbia que al irse deja una ráfaga de sonidos disipándose por el aire.

Mateo salta la reja de su casa y sale a la calle; sigue al auto con la vista. El auto parece desarmarse. El capó se mueve, para arriba y para abajo, el caño de escape,  medio suelto, deja una nube de humo azul y gris que se mueve en remolinos. Vuelve al jardín. El sol le pega de frente y empieza a transpirar. Levanta la manguera poniéndose debajo del chorro de agua. Todavía sigue oyendo el ruido del auto y la cumbia que se van apagando, de a poco. El agua de la manguera sale tibia. Mateo cierra los ojos, se la lleva a la cabeza y disfruta del baño, con los pies en el pasto. Se sobresalta al recordar lo que su mamá le dijo: “No riegues hasta que no baje el sol. El sol hace hervir el agua y quema las plantas”. Ya es tarde.

Pone el dedo en la punta de la manguera, haciendo que el agua salga para todas partes, en forma de lluvia. Mira la hoja de una planta que parece de goma. El verde es oscuro. Busca las nervaduras, le pasa el dedo por donde pasa la sabia y se sorprende al ver una ojota entre las plantas. La aparta, en un rincón y se mete en el cantero de Dalias y Pensamientos. Al acercarse ve que las flores tienen las hojas marchitas. Refriega los pies contra la tierra mojada y se embarra. Da unos pasos. Se mete entre las plantas más altas y se pierde en esa especie de bosque, de colas de zorro, altas, que hay en el jardín.

Después, para secarse, se queda en calzoncillos y cuelga el pantaloncito de Boca en la pared de entrada. Vuelve a levantar la manguera y se moja, de la cabeza a los pies. Se sienta donde empiezan las rejas, dejando colgar las piernas. Con la manguera se lava los pies y mira como el barro cae por la vereda. De la vereda baja hasta el cordón y  del cordón a la calle, formando un hilo de agua bordó, que con la mirada arma un dibujo. Una fila de hormigas sube por la pared, una tras otra; son coloradas y chiquitas. Mateo se pregunta si son carnívoras.

Pasa un chico que viene de jugar a la pelota. Está en cuero, con el bolso en los hombros. Tiene un pantaloncito de Argentina y una gorra negra, puesta al revés. La piel es blanca y fibrosa; se le marcan los músculos. Tiene las tetillas sin pelos, gruesas, con un piercing que le atraviesa el pezón. Los labios finos. Las cejas negras y tupidas. Las pestañas onduladas. Los ojos color yerba. Mateo lo mira, no puede dejar de mirarlo; está como hipnotizado. El chico se le acerca, lo mira y le observa los ojos, como si tratara de verse reflejado en él, o como si estuviera descubriendo qué color de ojos, indefinidos, tiene. Después de unos segundos, el chico deja caer la mirada en el calzoncillo blanco y mojado de Mateo.

¿Qué haces gato? ¿No te acordas de mí?

No, la verdad que no.

Jugamos en el partido del torneo, del inter country, el de…

Ah, sí, sí. Del torneo. Es que jugué poco yo. Fui pocas veces. No lo tomes a mal, me acuerdo del partido; pero no de vos.

Soy Maty. Matías- le dice mientras le da la mano. Se saludan con los pulgares para arriba.

Y yo soy Mateo. Que loco, los dos nombres empiezan con M.

Y con ma. Mat.

Sí. Pero, para mí, ahora vas a ser Fideo, si no te jode…

-Estas transpirado, Fideo…

-Es que vengo de jugar…. Y, ¿te gusta regar, gato?

-Sí. Bah. Lo tengo que hacer porque no me queda otra; sino, mi vieja me mata.

-Ahora que te veo… Sí, de una. Yo te tengo a vos… Te saqué la ficha… Vos pasaste el sábado pasado por acá… ¿no?

-Y, si. Vengo de jugar. Todos los sábados…

-Ah, qué bueno.

-¿Hace mucho que no jugas, vos?

-Y… hace… – dice Mateo saltando de la parecita, cayendo parado al lado de Fideo como antes lo había hecho su gato. Le quedan algunas gotas de agua en el pecho y el calzoncillo sigue mojado- Hace… qué se yo. Y sí, hace mucho. ¿Y vos, hace mucho que no te mojas?

-Hace calor…

-Bueno, entonces, con tu permiso te doy la bienvenida. Tomá. Tomá…- y lo moja con la manguera en forma de lluvia. Fideo se tapa la cara y se ríe.

Se sientan en la puerta de la casa. No hablan. Pasa el tiempo. Dejan que el sol los seque.

-Ah, mira lo que encontré. Me olvidaba. Vení- Mateo salta la verja y cae otra vez en el jardín. Se refriega la planta del pie en el pasto y se mete entre las platas.

-Dale, vení- le dice mirando para atrás.

Fideo lo sigue. Dan una vuelta por el tronco de una palmera y vuelven al mismo lugar.

-¿Me estas cargando?

-No, boludo. Mirá- le dice Mateo mostrándole un caracol en un rincón. Está lleno de tierra con terrones compactos pero húmedos. La sopla pero la tierra no se desprende.

-¿Esto querías mostrarme?- le dice Fideo sacando la tierra mojada con el dedo.

-Vení- Camina hasta donde termina el jardín y empieza el caminito que los lleva a la puerta de la casa.

-Mateo se agacha. Fideo se apoya en su espalda.

-¿Qué?

-Mirá tranka el segundo escalón de la puerta… Ahí viene todos los días una paloma montera, plateada. Va y viene con ramitas en el pico. Las pone en el escalón. Ayer casi piso el huevo, uno blanco, chiquito… Y mirá como está hoy.

-¿A dónde está?

-No sé. No lo encuentro. Debe de estar por acá. Hace un rato estaba ahí. Le tengo que decir a mi vieja que tenga cuidado, que no lo pise. Mirá si lo pisa…

-…

-Pensé en sacarlo de acá y ponerlo con cuidado en otro lugar. Pero no daba. Si ella…

-¿Ella?

-La paloma.

-Había elegido ese lugar, por algo era… ¿no? ¿Cómo le voy a cambiar el nido de lugar sin preguntarle?

-…

-Mirá, callate, ahí está. Viene para acá, no te muevas.

-Mirá cómo aterriza en el nido, y se queda sentada la loca. Re piola.

-Debe de tener el huevo ahí, abajo- dice Mateo sin dejar de mirarla.

-¿Y el padre?- pregunta Fideo.

-Qué sé yo… Yo la veo a ella… Y cuando paso por acá, para entrar a casa, se espanta. No sé. Se asusta. Se va. Como si le daría vergüenza estar sola, sin el palomo, ¿no?

-…

-Pero ya la veo desde la ventana, y no vuela lejos. Se queda en alguna rama del jazmín y apenas me voy vuelve. Está loca.

-¿Cómo es el dicho? Sos más puta que la paloma…

-Bueno, pero esta no es una puta, es la mamá, gil. Y es la gallina la puta, no la paloma…

-¿Y dónde está el marido?

-Se fue, te dije. No sé. La dejó sola.

-Y seguro que después, cuando nace se come al pichón o se hace coger por otro- dice Fideo mientras se acerca a la puerta.

-Pará, ¿qué haces? La vas a espantar…

Fideo se acerca. La paloma vuela y Fideo agarra el huevo.

-Mirá, parece un Kinder de chocolate blanco- Se lo lleva a la boca como si lo fuese a morder- ¿Lo hacemos frito?

-Pará, boludo. Dejá eso ahí. Se te puede romper. No jodas.

-Tomá- le dice Fideo a Mateo, tirándole el huevo. El huevo vuela por el aire haciendo un puente, y cuando Mateo lo agarra, suspira.

-Sos un forro. La reputa madre que te parió. Gil.

-Para, gato. Calmate. Era una joda.

-Gato, sos vos. La concha de tu madre.

-Pará. ¿Qué decís, pedazo de gato?

-Tomatela o te cago a trompada- le grita Mateo poniendo el huevito en el nido sin terminar.

-Pará, no te enojes. Era un chiste. Estaba jugando.

-Con ésta vas a jugar vos, pelotudo.

-Y sí, ¿por qué no? Podemos ver quién la tiene más larga y el que pierde le hace una paja al otro.

-Cállate, pelotudo. Me hiciste calentar.

-Pero si no iba a hacer nada. Pero ahora puedo hacerlo- dice acercándose a la puerta.

Mateo se le tira encima y se caen al piso; le empieza a pegar puñetazos por la espalda y la cintura. Aparece la mamá de Mateo en la puerta.

-¿Qué pasa, chicos? ¿Qué están haciendo?

-No te muevas, ma. Cuidado que… Hay un huevito de paloma ahí. No te muevas- dice Mateo soltando a Fideo, mientras se levanta. Se mira y se da cuenta que la tiene parada y se le marca porque está en calzoncillos.

-Entrá. Entrá y estás castigado. No vas a salís por… por dos semanas. Y no vas a faltar más al colegio. Entrá. Entrá de una vez.


SOBRE EL AUTOR:

1 mirando al cielo facu r soto por claudia jares.JPG

FACU SOTO es narrador, poeta, periodista y psicólogo. Colabora en el suplemento Soy de Página 12, Revista Gente Rara (Venezuela), y cuenta con una sección fija en la revista de España Gay + Art. En El interpretador hizo reseñas de libros. Desde el 2011 hasta el 2016 fue co-editor de Conejos Editorial.

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