#Narrativa |Ninguna mujer decente, por Silvia Renee Arias

#Narrativa

Lo único inesperado que había sucedido esa tarde, en la que mi padre había dicho, como siempre, ante el espectáculo del mar: Qué cosa, más lo miro, más me gusta, había tenido lugar en la zona del Caracolero, a cien metros de la orilla, cerca de los médanos. Caminábamos por allí con mi sobrino Teo, bajo el sol apasionado de las tres de la tarde, y a cada paso, con un tronco largo, torcido y escuálido, papá levantaba las piedras en busca de lagartijas para Teo. Teo se había quejado de que, a causa de las sandalias que le habían traído los Reyes Magos, se le metía arena y se quemaba los pies, pero ya se había resignado o, ante la perspectiva de encontrar lagartijas, lo había olvidado, porque para eso tenía cinco años.

Lo cierto es que papá levantaba las piedras más grandes y descubríamos debajo de ellas –cuando no algunos bichos bolita- la nada en forma de arena seca, como manchas marrones sepultadas por el peso. Había alrededor algunas huellas de lagartijas, pequeñas marcas perfectas en la lisa y blanca superficie que se perdían debajo de las piedras, pero debajo de ellas no había nada.

Hasta que hubo algo. Parecía otra piedra, más chica, oscura. Se hicieron tres silencios. Cuando miré mejor (Teo se había puesto detrás de mí, como temiendo quién sabe qué) pude ver a un mismo tiempo la sonrisa de papá y el cuerpo recogido y áspero de un sapo. El grito y mi salto hacia atrás, espantada, fue una sola cosa, en un mismo instante, y por poco no hice caer a Teo, que se apartó justo a tiempo. Papá exclamó con alegría ¡un sapo, Teo, un sapo!, y lo tocó con el palo. A salvo, unos metros más atrás, como si ese horrible animal ya no pudiera comernos, proferí algunas exclamaciones eufóricas para no asustar a Teo, y vimos, mientras nos reíamos como chicos, la desenfrenada y saltarina carrera del sapo, cuyos saltos tenían que ver, más que con su naturaleza, con la arena caliente que lo obligaba a un íntimo y mudo sufrimiento. Teo reía nervioso. El tamarisco al que el bicho apuntaba estaba lejos, pero era el más cercano. No se nos ocurrió, pienso ahora, desviarlo de su camino. Demasiado cruel habría sido. Y por fin el sapo alcanzó la sombra y se tiró por la exigua pendiente de arena hacia la base del tamarisco verde claro y seco y desapareció y seguimos buscando lagartijas pero no encontramos ninguna.

Eso había sido todo lo inesperado que había sucedido esa tarde. Una anécdota de verano, para recordar en invierno. ¿Te acordás del sapo que encontramos en el Caracolero? ¿Cómo, un sapo?, ¿hay sapos en los médanos? Sí, hay sapos en los médanos.

En eso pensaba horas después, cuando mis padres habían ido a llevar a Teo a la calesita. Estaba sola en la casa, me esperaba una ducha que disfrutaba de antemano. Era la hora en que los amigos comenzaban el recorrido para organizar encuentros después de comer o tomar una cerveza y, sobre todo, el sol no se había puesto todavía y pensé que me bastaría caminar dos cuadras para llegar a la costanera y verlo desaparecer en el mar. Pero preferí tomar un libro y sentarme a leer afuera.

Lo hice, pero sólo por un momento. En una pausa de la lectura en la que, extrañamente, no podía concentrarme, vi al matrimonio Codagnone. Iban caminando por el centro de la calle, porque aquí la gente camina por la calle aunque en algunas hay veredas. Ella, bajita y redonda como una manzana; él, una cabeza más alto y con la delgadez de siempre. ¿Cuánto hacía que no los veía, tres, cinco años? ¿Dónde vivían ahora, después de lo que había pasado? Pronto habían desaparecido de mi vista. Sentí la morbosa tentación de levantarme de la reposera y seguirlos con la mirada, pero no: ya estaba tratando de acordarme de otra cosa, de lo que había sucedido hacía varios años, en ese mismo pueblo con playa.

“Ninguna mujer decente se compra un corpiño rojo. Julito Codagnone”, recordé. La expresión nos había acompañado durante mucho tiempo, como una muletilla patética, y en algún momento se había desvanecido para dejar lugar a alguna otra.

Después vino a mi memoria, con esa extraña lucidez que adquieren, una tarde cualquiera, ciertas imágenes del pasado, la foto que se publicó en el diario local al día siguiente del asesinato. Se trataba de una mujer joven, morocha, de rasgos convencionales y una enorme sonrisa. De eso estaba segura; a menudo, en diarios y en revistas, la foto elegida de una mujer víctima de un crimen es aquella que la muestra con su mejor sonrisa. Miren lo que ha destruido ese asesino. Imaginen qué fuente de alegría constituía para su familia y para la sociedad. Para el mundo.

La habían encontrado en la playa, a varios metros de la orilla, donde nacen los médanos. Estaba desnuda de la cintura para arriba y tenía la cabeza semienterrada en las piedras.

Algún tiempo después, Julito Codagnone, de dieciséis años, confesó. Era el hijo de la dueña de la mercería. Había sido por eso. En la mercería de su madre, él había visto a esa chica comprarse un corpiño rojo. Ni más ni menos. “Ninguna mujer decente se compra un corpiño rojo”, había dicho Julito.

No sé cuánto tiempo pasó, no los vi llegar. Cuando me di cuenta, mis padres y Teo estaban a dos pasos de mí y sonreían.

-¡Eh! –dijo mi madre entre sorprendida y divertida, mientras abría la puerta de la casa. -¿Todavía no te cambiaste?

-¡Teo, contale a la tía cuántas veces sacaste la sortija! –lo animó papá.

-¡Dos! –gritó Teo, y se me echó encima.

-¡Muy bien, Teo, muy bien! –exclamé, y lo besé.

Teo se recompuso y acercó la boca a mi oído.

-Tía tía –susurró-. No se lo digas al abuelo… ¿Mañana vamos a ir a buscar sapos?

-Sí mi amor, claro –le respondí, pero por lo menos a mí no me sonó muy convincente.


SOBRE LA AUTORA

unnamed.jpgSILVIA RENEE ARIAS Nacida en Tres Arroyos (Buenos Aires), en 1984 se trasladó a Buenos Aires para cursar estudios de periodismo. Luego de obtener la graduación, comenzó a desarrollar su actividad periodística en Editorial Perfil, en una de cuyas publicaciones se desempeñó como Redactora y luego como Secretaria de Redacción, además de haber colaborado en distintas revistas deportivas y culturales. Actualmente colabora en distintos medios, y es reseñista del Suplemento Cultura del Diario Perfil. En 1988 el sello Lázara Grupo Editor dio a conocer su primer libro, Bioy en privado, que reúne conversaciones que mantuvo con Adolfo Bioy Casares. En 2002, Tusquets Editores publicó Los Bioy, finalista del Premio Comillas de España, un éxito editorial y de crítica que estuvo varios meses en los primeros puestos de los libros más vendidos en la Argentina, y que fuera publicado también en España en edición de bolsillo. En el mismo tuvo a cargo narrar las vivencias de Jovita Iglesias de Montes, ama de llaves de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Su último libro publicado hasta la fecha, también en Tusquets Editores, en 2016, es “Bioygrafía. Vida y obra de Adolfo Bioy Casares”. Sus cuentos han sido publicados en distintos medios periodísticos y antologías, como El Impulso Nocturno (Grupo Literario Alejandría, 2007), y Mujeres que Alzan la Voz, 2009. Actualmente trabaja en un libro de cuentos y en una novela.

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