#Narrativa | El fin del mundo (fragmento de Flipper) por Enrique Decarli

#Narrativa

Por Enrique Decarli

 

II

El fin del mundo

 

Por algo que yo no comprendo, esos recuerdos acuden a este relato.
Y como insisten, he preferido atenderlos.
Felisberto Hernández.

 

La historia de la Virgen venía de un problema que tuvo mamá cuando quedó embarazada de Vir. Un problema que ponía en riesgo la vida de Vir. Lo que no entendía; lo que no podía unir con la Virgen era el motivo del viaje.

―A qué vas ―le pregunté a papá.

―A agradecer ―me dijo―. Fue una promesa.

Me contestó como si la respuesta fuera obvia y, la verdad, no era nada obvia. Primero. Yo siempre creí que papá se cagaba en Dios. Segundo. A cinco cuadras de casa había (todavía está) una parroquia de la Virgen de Fátima.

―Pero la promesa la hice allá ―me dijo―. Y de paso aprovecho y visito a Otamendi.

Ya me parecía raro: tanta devoción. Con ese giro utilitario, papá volvía a ser el padre a imagen y semejanza de mi padre.

―¿Venís? ―Salía el sábado a la madrugada.

―No sé ―le dije. E imagino lo que habrá pensado. Que ya era un viejo para mí. Siempre habíamos tenido una relación distante. Ahora, encima, yo desaparecía los fines de semana. Salía con Nashua. Vivía en la calle o en el club: apenas nos saludábamos.

La Virgen, al parecer, había ayudado. Por eso el bebé se llamó Virginia. Papá decía que Vir había traído un pan bajo el brazo. Un premio veinte en el sorteo de Reyes del año ´79. Su número era el 22.333. La patente de un auto que estrelló y del que los bomberos lo sacaron enroscado de entre los fierros, la nariz destrozada y vivo de milagro. Papá decía que “el número”, lo había salvado, y que algún día lo volvería a salvar. Lo seguía religiosamente. El viernes a la noche tuve el primer sueño. Un sueño que cada tanto se repite y esa madrugada me decidió a acompañarlo:

Estoy parado frente al flipper. Mis manos aprietan los botones que activan las paletas y devuelven al tablero la bola que cae en busca del hoyo central. Tanto fijo la vista en la bola y tan rápido gira, que sin darme cuenta entro al juego para comprobar que el tablero es un cementerio. Tengo las manos libres. Ya no hay botones ni paletas ni bolas. Y si bien sigo parado, ahora estoy en medio de un campo oscuro.

Primero miro a todos lados. Compruebo que, en verdad, es un cementerio, y no entiendo de qué forma llegué. Entonces empiezo a caminar, y aunque avanzo con cuidado, sin querer voy pisando las tumbas y cada vez que las piso, la placa, la cruz o el monumento se tiñe de un color amarillo fosforescente pálido y enciende un número que titila y, supongo, serán los puntos que acabo de sumar. Cuando piso la tumba de papá, la placa enciende el número 22.333. Estalla y papá sale disparado como un payaso de la caja sorpresa. El sobresalto me hace caer sentado en la tierra mojada. Me asustaste, boludo, le digo. Pero él no me contesta. Se balancea adelante y atrás. De la cintura para abajo es un resorte enorme que se hunde en la tierra. Se mata de risa y, evidentemente, no es el premio mayor. El cartel que sostiene en las manos, dice: GAME OVER.

El desayuno fue silencioso. No parecía que estuviese a punto de irme a más de mil kilómetros de casa. Parecía un desayuno común; más temprano nada más. Mamá me dio un abrazo fuerte y un beso.

―Cuidate mucho ―me dijo―. Cuidá mucho a tu padre.

Ellos se besaron en la mejilla y a mí, un beso en la mejilla, para un viaje tan largo, me sonó a poco. Todavía en la vereda de casa (Otamendi, vaya y pase), el viaje olía a cualquier cosa menos a deuda con la Virgen.

La aguja de la temperatura empezó a subir. Papá bajó el cebador. Bajó el auto a la calle y bajó la ventanilla.

―¿Vamos, chiquitín?

Vamos.

Chau ―le dijo a mamá.

―Buen viaje ―dijo ella. Y saludó con la mano.

Mamá y papá se peleaban bastante. Las últimas vacaciones (de esto hacía varios años) habían empezado mal. En casa vivíamos en economía de guerra porque ―después de muchos veranos― nos íbamos de vacaciones una semana a la costa. Unos días antes, los Reyes me habían traído un fuerte para los soldaditos. Un fuerte de madera con miradores, torres y mangrullo. Las paredes revestidas en paja producían la ilusión de un tapiado de troncos. No era el mismo fuerte de la juguetería, pero era hermoso. Además había cosas que yo no sabía.

Uno. La paja que revestía el fuerte era de una esterilla.

Dos. Una esterilla, entera y en uso.

La tarde que mamá hizo las valijas se armó tal quilombo que casi peligra el viaje y en la discusión nadie se dio cuenta de que yo estaba adelante. Así que, Tres. Los Reyes no eran tan magos. Los Reyes hacían lo que podían.

En la playa (como correspondía: así dijo mamá), papá fue el único que no tuvo esterilla, y se pasó los primeros días sentado solo en la arena. Yo, la verdad, me sentía un poco culpable. Al fin y al cabo, el lío se había armado por el fuerte y el fuerte había sido mi regalo. Entonces si Vir y mamá iban al agua, a caminar o a juntar caracoles, yo le decía a papá de sentarse en mi esterilla y él venía enseguida y se ponía al lado mío. Como entre ellos no se hablaban, papá tampoco compartía la sombrilla y así terminó: sin poder calzarse ni ponerse la camisa de lo quemado que tenía los empeines y los hombros. A la tarde, cuando íbamos al centro a pasear, él se quedaba en el hotel. Por nada del mundo hubiera salido a la calle descalzo y en cuero así de colorado. Cuando el ardor en la piel bajó, empezó a pelarse. Vir le sacaba pedazos de piel entera y le ponía crema. Al fin se curó. Al fin íbamos a ir juntos a la playa a jugar en el mar y a caminar por el centro. Pero cuando papá volvió a vestirse, mamá volvió a armar los bolsos.

En la ruta, disminuyó la velocidad. Me pidió un café. Prendió un cigarrillo y el humo se iba por un pedazo de su ventana abierta. Estiré las piernas y me desperecé.

―Qué querés escuchar ―le dije.

―Poné al Polaco ―dijo.

De la guantera saqué un cassette. Lo puse en el estéreo y papá empezó a cantar.

―Estás desorientado y no sabés, qué trole hay que tomar, para seguir…

Si no venían autos de frente, dirigía la orquesta. El cigarrillo en la mano izquierda era la batuta. Me miraba rápido, como con ojos de tiburón, y seguía:

―…Y en ese desencuentro con la fe, querés cruzar el mar, y no podés…

En general viajábamos en silencio. Un silencio lindo. Lleno de campo, de sol. Del zumbido de los árboles. Del viento que sacudía el auto cuando cruzábamos un camión y antes de cruzarnos hacía luces. Papá siempre devolvía los guiños. Pobres tipos, decía. Estarán aburridísimos.

La estación de servicio era grande. Muchos surtidores y la playa de estacionamiento llena de camiones. El comedor olía a desinfectante. Nos sentamos al lado de un ventanal. Pedimos dos pebetes de jamón y queso y una Seven Up que compartimos. Cominos en silencio, hasta que papá pidió el café. Entonces me dijo que quería saber algo. Después se quedó callado, mirando por el ventanal y yo no entendía. Su cara me preocupaba. Que no encontrara las palabras, me preocupaba.

―Como ya tenés dieciséis años ―me dijo―. Y nunca me dijiste nada… Yo quería saber…

Miró hacia los costados. El único mozo recogía los platos de una mesa vacía. El café marchaba en la barra. Volvió a mirarme y hundió la cabeza entre los hombros.

―¿Vos me entendés, no?

Lo entendía, a medias.

―Porque yo…, a tu edad… ¿Viste?

No me aclaraba mucho. Pero lo que fuese que quisiera saber, resolví decirle que sí. La situación me dividía entre la vergüenza y el dolor de verlo, a su edad, haciendo malabares para arrancarle una confidencia a un hijo varón.

―No te preocupes ―le dije―. Yo también.

Me palmeó fuerte la mano derecha y cerró los ojos asintiendo.

―Yo sabía ―dijo. Aunque en realidad no sabía nada.

A papá nunca le dije que a los nueve años me agarraron robando en un supermercado. Había ido a comprar arroz y en la ropa me escondí una bolsa de grisines. En la caja me sacaron los grisines y el arroz. Me metieron una patada en el culo y me prohibieron volver. Si se lo hubiera contado, habría ido a boxearlos, estoy seguro; o habría dicho que me joda. Por chorro.

A papá nunca le dije que cambiaba las notas del boletín. Donde decía R, de Regular, redondeaba una panza baja para que pareciera una B de Bien. Si decía M, de Mal, al lado escribía una B de Muy Bien.

A papá nunca le conté que a los catorce años fui a un puterío en Liniers a debutar. A papá le dije que fui al Italpark.

A papá nunca le conté de ninguna chica. Si a la salida del colegio me quedaba apretando, le decía que me había demorado sacando fotocopias. A la que él, suponía, era mi novia, le puso Nashua. Nashua tenía diecisiete años y unas tetas hermosas. Se llamaba Cecilia.

A papá nunca le dije que lo quería. Le dije que él siempre tenía razón y yo nunca. Qué él era el que sabía mucho y yo nada. Creo que no le dije nada importante a papá. Entre mis primeras imágenes hay un barrilete de caña, engrudo y papel, rojo y azul. Él lo hizo. Él me llevó a remontarlo a Ezeiza cuando Ezeiza, para mí, era el fin del mundo.

Terminó el café y bostezó. Hacía más de siete horas que venía manejando.

―¿Vamos, chiquitín? ―Apoyó las manos sobre la mesa y se levantó―. Un tironcito más, dale. Tres horitas. ―Pero antes de subir al auto, en la gran playa de estacionamiento, me dio las llaves.

―¿Te animás?

La verdad, no me animaba nada; pero tampoco podía negarme. Papá estaba confiando en mí. Alguna vez me había enseñado a manejar, así que manejé, unos treinta kilómetros, tenso y despacio, hasta un cartel azul que anunció un destacamento policial. Papá fumaba mientras me contaba del terremoto, y entonces otra vez. Quién era mi viejo y quién era yo para él. Un tipo que había sobrevivido a un terremoto de la manera más ridícula y de lo que yo me enteraba, como si nada, a los dieciséis años, manejando en la ruta por primera vez al lado de él.

La cuestión fue que Emiliano encontró a su mujer en la cama con otro tipo. Tan pronto abrió la puerta, pidió perdón y la cerró. Se llevó lo puesto y nadie, nunca (pero nunca más) supo nada de él. Papá se enteraría de esto años después, en noviembre del ´77, en San Juan. Hasta ese día, Emiliano simplemente había desaparecido.

Papá llegó a San Juan sobre el fin de la madrugada. Buscaba un hotel cuando vio a Emiliano caminando por la calle. Se bajó del auto y lo corrió. Se abrazaron y lo invitó a desayunar. Emiliano le dijo que no. Tenía un presentimiento raro. Los perros, le decía. Fijate los perros.

―Y era verdad ―decía papá―. Los que no ladraban, aullaban, inquietos por todos lados.

Minutos antes de las seis y media se desató el terremoto. Cincuenta y cinco segundos para que la ciudad casi desaparezca. Papá y Emiliano se agarraron de un farol.

El humo del cigarrillo se iba por la ventanilla del acompañante. Papá parecía relajado aunque no perdería detalles de mí ni de la ruta.

―Qué querés escuchar ―me dijo.

La pregunta llegó demorada. Después de un silencio en el que arriba mío siguieron cayendo cascotes. Lo miré como a un sobreviviente, ése era mi viejo.

―¡Mirá la ruta! ―me dijo.

―Bueno ―le dije―. Poné al Polaco.


 SOBRE EL AUTOR

IMG-20160307-NRR.jpgENRIQUE DECARLI  (Buenos Aires, 1973) es abogado y músico. Publicó los libros de cuentos Desde la habitación del sur (Libresa, 2009), finalista del Concurso Internacional de Literatura Juvenil organizado en Quito, Ecuador: recomendado para la escuela media por el Ministerio de Educación y Cultura de la Nación Argentina en el marco del Plan de Lectura Nacional 2010; Big Bang (Textos Intrusos, 2013), Jauría (Eloísa Cartonera, 2014), premio “Nuevos Sudaca Border” 2013, Bengalas (Paisanita Editora, 2014). En junio de 2016, Paisanita Editora publicó su primera novela: Flipper. Su libro de cuentos inédito, Vía Láctea, en abril de 2013, fue finalista del 3er. Concurso de Narrativa Eugenio Cambaceres, organizado por la Biblioteca Nacional Argentina y el Museo de la Lengua.  Varios de sus relatos fueron publicados en Escrituras Indie, Revista Axxón, La Balandra (otra narrativa), Revista Kundra, Artezeta; en la primera antología Leer es soñar, publicada por Casimiro Bigüa Cartonera, La idea Fija y Revista Buriñon; Literatosis, en Uruguay; El coloquio de los perros, Narrativas, Babab.com y Letralia (tierra de letras), en España, y Revista Destiempos en México. Desde el año 2008 dicta talleres de lectura y narrativa. Vive en Rafael Calzada, provincia de Buenos Aires.

 

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