#Narrativa | Lo que no se sabe (extracto), por Giselle Aronson

#Narrativa

Por Giselle Aronson
1

Dos cajas de cartón, marrones.

Lo suficientemente grandes como para guardar lo esencial ¿Qué es lo esencial?

Javier las mira desde el espejo retrovisor, apoyadas en el asiento trasero del Corsa. Resultarían sospechosas para alguien que no conociera su contenido. Él no lo conoce y supone que a cualquier persona le parecerían extrañas.

Avanza hacia la casilla del peaje. Unos metros más adelante hay un gendarme, vigilando. Si lo paran y le preguntan el contenido de las cajas, no sabrá qué decir porque él tampoco sabe, todavía. Ni siquiera sabe si quiere saberlo.

Paga, pasa al gendarme y sigue camino por la autopista.

En la radio suena una música boba y cansina. Son las seis y cuarto y ya pasó el tramo de mayor tráfico.

Vuelve al oeste. No le gusta ir a Capital los días de semana pero esta vez no quiso usarlo de excusa, si no, no iba a animarse nunca.

Con una mano, abre el cierre de la mochila que dejó en el asiento del acompañante, saca los anteojos de sol y se los pone. En minutos, los rayos se van asomar por debajo de la visera del coche y lo van a encandilar. Es lo que pasa cuando uno conduce hacia Haedo a esas horas, durante el mes de octubre. Después, el sol aparecerá en otro ángulo y ya no molestará la visión. Javier no recuerda qué es lo que le hace activar este recuerdo, este cálculo. Viaja a Capital una vez al mes, el mismo camino, las mismas horas.

No sabe si va a abrir las cajas cuando llegue. A pesar de que el fin de semana estará solo, sin Rocío que se queda de su madre, no sabe si se va a atrever. Se pregunta por qué aceptó recibirlas, incluso ir a buscarlas; ese gesto, esa intención lo ponen ahora en el compromiso de involucrarse.

Él no es el destinatario original de esas cajas, o quizás sí, quizás Carla también previó eso.

 

2

Las dejó en un rincón del taller, el día que las trajo de Capital. Rivero las olfateó y estuvo a punto de mearlas para sumarlas a su territorio pero el grito de Javier lo disuadió, definitivamente, porque no volvió a acercarse.

De eso hace ya dos semanas, más o menos. Javier sólo espió, apenas; para explorar bien quiere estar tranquilo y solo. Rocío no las vio, pasan desapercibidas en el desorden cotidiano de los materiales. No quiso contarle, todavía. Más adelante, cuando tenga en claro algunas cosas. Si es que le cuenta.

Un día antes de irse a vivir a España, la mamá de Carla se apareció sin aviso en casa de Analía, una de sus mejores amigas; le dejó las cajas y le encomendó que le avisara a Javier. Él fue su último novio serio, había dicho la madre, yo no puedo con esto, él es quien debe conservar las cosas que dejó Carla.

Analía hizo lo propio y le transmitió a Javier la cadena de supuestas voluntades de la que él era el último eslabón.

En la cocina de su casa, mientras tomaban un café, Analía le contó lo poco que sabía del suicidio de Carla. Sus fragmentos, los que le había escuchado a la mamá, los que fue recolectando de cuanto se decía en el entorno de su amiga. No pudo hacer mucho con tantas parcialidades y así, como una especie de collage, se lo dijo a Javier y le entregó las cajas; quizás, indagando en su contenido, él pueda terminar de armar la historia.

Quedaron en continuar el contacto. Ella, afectada todavía y sin poder explicar demasiado, le prometió a Javier un segundo encuentro.

De esto ya habían pasado dos semanas.

Javier no cree que le corresponda. Javier no cree nada. Ni sabe por qué fue a buscar esas cajas. ¿Por respeto a la relación que tuvo con Carla, por compasión al dolor de alguien que se suicida, por curiosidad? No lo sabe.

El hecho es que las cajas ya están ahí, incriminándolo con su quietud.

Entiende que haya sido demasiado para cualquier madre, no entiende por qué a él, Carla tuvo relaciones con otros tipos. Quizás pueda corroborar eso, si ella dejó pistas entre los objetos de las cajas. ¿Y qué sentido tiene ahora emprender una investigación que no le incumbe? ¿Y qué pasaría si decidiera no abrirlas, tirarlas en algún baldío, deshacerse de su contenido? ¿Acaso la amiga o la madre de Carla vendrían a reclamar o a pedir alguna explicación, algo de vuelta? ¿Alguien sabe qué hay dentro de esas cajas? ¿Por qué no se lo preguntó a Analía el día que fue a buscarlas? ¿Correspondería preguntárselo ahora?

Javier putea mientras termina de ahuecar el taco de madera que en unos días se convertirá en un charango. No tiene ganas de hacerse cargo de problemas ajenos.

Acomoda la gubia, empuña la masa y golpea con más fuerza de la necesaria. Se da cuenta que puede dañar la madera y echar a perder todo el trabajo. Decide suspenderlo hasta mañana. Ya son las seis de la tarde, pronto la luz natural comenzará a retirarse y los colores del taller empezarán a mutar hacia los rojizos, cuando los rayos del sol biselen las paredes, como suele hacer él con la madera.

Por la ventana apenas abierta entra el fresco de la tarde como promesa de una noche típica de primavera, Rivero está echado en un rincón.

El celular de Javier vibra por debajo del bolsillo trasero del pantalón. Es un mensaje de su hija. Rocío le confirma que no irá esta noche, que mañana. El padre responde un okey escueto y vuelve a guardar el teléfono. Busca la camisa que tiene en el taller para esas horas de fresco y se la pone. Sube a la cocina y prepara mate. Cuando está todo listo, se acomoda con el mate y el termo en la banqueta al lado de la ventana por donde se ve la plaza Rivadavia.

A esta hora ya es mucha la gente que corre o camina. Quizás algún día empiece él también. Sólo debe subir las escaleras, ponerse un jogging y las zapatillas deportivas, bajar y cruzar la calle. Teniendo la plaza ahí, tan a mano.

Sorbe el mate y piensa en las cajas, allá abajo en el taller. Esta noche Rocío no viene. Quizás hoy se anime a abrirlas e investigar a fondo qué guardan. Ahí, tan a mano.


SOBRE LA AUTORA:

margotGISELLE ARONSON es co-coordinadora del ciclo literario “Crudo & Cocido” en la localidad de Haedo, provincia de Buenos Aires. Coordina talleres literarios en la misma ciudad. Publicó los libros de cuentos breves y microficciones: Cuentos para no matar y otros más inofensivos (Macedonia Ediciones, 2011), Poleas (Textos Intrusos, 2013), Sin ir más lejos (Macedonia Ediciones, 2014), Orden del vértigo (Exposición de la actual narrativa rioplatense – Milena Caserola, El 8vo Loco, Alto Pogo, 2014) y las novelas Dos (Milena Caserola, 2014) y Lo que no se sabe (Modesto Rimba, 2016) En el año 2012 se estrenó la obra teatral Cuentos que te hago…para no matarte sobre textos de su autoría. Sus libros han sido presentados en ferias y congresos nacionales e internacionales. Cuenta con publicaciones en revistas literarias y portales como Kundra y Leedor.com y La Agenda BA. Algunos de sus cuentos forman parte de varias antologías. Otros han sido traducidos al inglés, francés, italiano y hebreo.

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