#Narrativa, Plan de exterminio, por Verónica Martínez

#Narrativa

Por Verónica Martínez

 

Había caminado más de diez cuadras bajo el sol abrasador de un diciembre que prometía ser inolvidable en varios aspectos, entre ellos, el climático.

Llego a la plaza y sin pensar demasiado (no se piensa cuando el cuerpo siente) se abalanzó sobre el bebedero antiguo. Un chorro débil podría convertirse en la salvación de esos labios agrietados y esa frente sudada y brillosa.

No fue hasta que inclinó su cuerpo y acercó su boca, que notó que el agua era rara. O poco común. O distinta.

El agua tenía un leve color amarronado y en vez de cumplir con los preceptos que la describen en los libros de biología, no era insípida, muy por el contrario, tenía sabor al jugo que despiden los churrascos cuando se cocinan a la plancha: salado e ideal para sopar el pan.

La sed pudo más y la boca se fue llenando de ese líquido que de a poco inundaba la boca y se habría paso a través de su faringe. Tragó hasta saciarse. Es decir, estuvo como unas cuatro horas.

Nadie en la plaza parecía asombrase y él, inclinado sobre el bebedero antiguo, no evidenciaba intenciones de abandonar su accionar.

No fue hasta después de unas cuantas semanas que se dio cuenta del plan urdido con magistral ingenio maquiavélico. La obesidad se había apropiado de los cuerpos de la ciudad como aquellos inquilinos que se niegan a abandonar la vivienda a pesar de ser intimados y amenazados con juicios.

Se enteró por un amigo que un par de revistas sensacionalistas había dedicado unos breves párrafos al extraño caso de los bebederos. Nadie le da real importancia a los tabloides amarillistas que proclaman noticias insólitas: que los extraterrestres viven entre nosotros, que Elvis está vivo y regentea un complejo turístico de cabañas alpinas en San Martín de los Andes y que la guerra del colesterol había comenzado.

¿Quién en su sano juicio creería semejantes sandeces? Pero a veces la verdad toma la forma de lo absurdo para no levantar sospechas.

Manuel Méndez quiso salvar a los ciudadanos. Hacía pancartas y megáfono en mano, vociferaba desde distintas plazas.

-¡Quieren aniquilarnos! Los bebederos son una trampa. ¡No beban de ellos, no lo hagan!

Muy pronto, Méndez fue encerrado en el Hospital Borda. Desde allí seguía predicando en contra del agua maligna. Fue en vano. Las palabras no cruzan los muros cuando la indeferencia impera. Como era de esperarse, Méndez se negó a beber y su vida se secó en apenas diez días.

Mientras tanto, sin explicación alguna y de un día para el otro, el agua mineral se había agotado. Ningún almacén ni supermercado la expendía. Al poco tiempo las marcas más famosas de agua mineral presentaron quiebra. Tiempo después, fue el turno de las gaseosas y jugos. Los comercios que osaban vender las últimas reservas eran clausurados. Mediante la Secretaria de Comunicación se informó al país que el suministro de agua corriente se había cortado “por problemas de infraestructura”. Solo quedaban los bebederos públicos y aunque muchos se habían negado a probar el líquido viscoso, pronto fue el único recurso para no morir de sed. Existían claramente dos bandos: los que morían de sed por no soportar el asco y las nauseas al beber y los que morían porque bebían con la esperanza de no morir.

Los hospitales asistían a diario a obesos con problemas cardíacos que se descompensaban. Algunos morían de manera repentina, mientras caminaban o corrían apurados un colectivo.

No fue hasta que el primer cuerpo explotó en medio de la avenida 9 de julio, que el Ministerio de Salud se dio por aludido. Un señor de unos cincuenta años,  esparció su humanidad sobre el asfalto caliente. Vísceras, sangre y grasa fueron prueba de lo que estaba sucediendo silenciosa pero certeramente. El ministerio lanzó un aviso: “Se comunica a la población sobre un posible caso de contaminación de los bebederos públicos. Estamos investigando el tema, mientras tanto, quedan advertidos”. Pero a nadie parecía importarle y mientras tanto alimentaban la avidez adictiva de las arterias angurrientas.

En los meses siguientes, los cuerpos siguieron explotando en diferentes puntos de la cuidad y el conurbano. Paradójicamente, en los bebederos antiguos de las plazas hacían fila para saturarse.

El gobierno decidió no enviar más alertas. En cambio, triplicaron la cantidad de bebederos antiguos en las plazas y el agua en los hogares era inexistente. La guerra estaba declarada. Eran demasiados habitantes y la tasa de natalidad había aumentado de manera descomunal. Para colmo de males, nadie se moría. En una reunión de gabinete, nació la solución imprevista y descabellada. Al ingeniero Pérez Rodríguez, titular de Obras y Servicios Públicos se le ocurrió la brillante idea que de a poco cumplía su cometido: cambiar el agua por grasa líquida. Un exterminio lento pero eficaz.

Pérez Rodríguez se felicitaba a sí mismo por el éxito de su plan, hasta el día en que tuvo sed. Durante meses su reserva de agua clandestina había abastecido a él y a su familia pero enceguecido por su conducta macabra, olvidó que todo acaba.

La sed pudo más y salió disfrazado del Ministerio para que no o reconocieran, buscando con desesperación un bebedero.

-Unos cuantos tragos no me harán daño- pensó.

Lo que no sabía Pérez Rodríguez era que andaba mal de triglicéridos. Al cabo de una semana, el plan de exterminio había ajusticiado a su propio autor.

 


SOBRE LA AUTORA:

veroeditada VERÓNICA MARTÍNEZ nació en Parque Patricios (Ciudad de Buenos Aires) pero dos días después ya estaba instalada en Lomas de Zamora, ciudad que ama y donde reside actualmente. Es Psicóloga Social y docente. Cuenta con varias publicaciones en revistas de arte De Argentina, España y México. Participó con sus cuentos en las Antologías: 8cho y Och8 – Imágenes y Textos (Arset Ediciones), Umbrales y Crepúsculos (Textos Intrusos) y Colección de Terror (Editorial Pelos de Punta). En Enero de 2016, publicó su primer libro de cuentos titulado Momentos Felices S.A. (Peces de Ciudad Ediciones). En agosto de 2016, participó en la Antología PECES DE CIUDAD TOMO I de la misma editorial. En Noviembre de 2016, publicó su segundo libro de cuentos titulado El cielo entre las vías (Peces de Ciudad Ediciones). Recientemente, participó con unos de sus cuentos en la Antología PECES DE CIUDAD TOMO II.  Es fanática de los Beatles y del mate dulce. Twitter: @martinez_vero Facebook: https://www.facebook.com/martinez.a.v   Su mail es: veronicamartinez.ps@gmail.com

Crédito de la imágen del cuento: Rafael Prado Velasco

 

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