#Narrativa | Spam, por Horacio Convertini

#Narrativa

Por Horacio Convertini

 

Abre el correo electrónico y nada. A veces es mejor así, porque cuando aparece el cartelito que le indica que hay un mensaje nuevo y sólo se trata de algún amigo aburrido o del boletín informativo del banco, la decepción es mayor y se le da por golpear la pantalla y preguntarse qué carajo tendrán sus mails que nadie los responde. Él, un profesional con experiencia, 45 años, foja intachable en un par de firmas importantes, sin grandes exigencias económicas porque no es el momento de preocuparse por el dinero. O sí, en todo caso, pero por su drenaje fatal e inevitable, y cualquier cosa que le ofrezcan será maná del cielo. Piensa que si él fuera el gerente de personal de una empresa, detectaría las trazas de desesperación que se ocultan en el lenguaje seco de un currículum como el suyo: futuro corto, sueños olvidados, puré de autoestima, docilidad garantizada.

     El tiempo parece detenido. De ahora en más, lo sabe, cada segundo será igual al anterior, lo que hace a todos uno solo; un segundo interminable, moroso y elástico que estira la frustración sin llegar a romperla jamás. No, no, no, se dice, se repite, y quiere llenarse la cabeza con ese arrebato de bronca, aunque está convencido de que no hay rebelión posible. Las cosas son así y él no las maneja.

     En la casilla de spam hay un uno entre paréntesis. Lleva ocho días ahí. Un mensaje que la inteligencia del sistema codificó como peligroso y desplazó al lugar donde cualquier usuario prudente jamás pondría su cursor. Lo va a abrir. ¿Por qué no? ¿Cuál es el riesgo? ¿Un cuento del tío global destinado a los idiotas del mundo? ¿Un virus que pudra su computadora? Pavadas que no se comparan con la agonía de esperar una oferta de trabajo. Cliquea. El nombre de una empresa que no recuerda. La respuesta a uno de los cientos de mensajes de náufrago que ha lanzado en el último año. Le dicen que ha sido seleccionado para el puesto. Y lo citan a una entrevista con el director de recursos humanos en un piso catorce de Lavalle al 2200. Lunes 13 de julio, a las cinco y cuarto de la tarde, se ruega estricta puntualidad. Es decir hoy, dentro de un ratito. Garabatea la dirección en un papel, corre a ducharse, traje, corbata. Dios, el tiempo que se mueve de nuevo.

El edificio es una mole gris, sin gracia, el típico colmenar de oficinas de alquiler. La puerta está abierta. Son las cinco y cuarto en punto. Quizás deba anunciarse ante el ordenanza, que parece muy entretenido acomodando correspondencia detrás de un mostrador. Pero ya es la hora, no quiere retrasarse, y el hombre, por otra parte, ni siquiera le dirige la mirada. Sigue hasta el ascensor. Busca en el tablero el botón del piso catorce. Sólo hay trece. Seguramente deberá hacer uno por escalera.

     Mientras sube, se mira al espejo y se ajusta la corbata a rayas azules y grises. Se pregunta si otras ofertas de trabajo pudieron haberse desviado automáticamente al correo basura. Cuántos spam que no eran spam –cuántas oportunidades, al fin– se le habrán diluido por una confusión informática. Acaso pueda hacer juicio, reclamar algo por todo lo que ha sufrido, por esas noches agrias de vino barato y sollozos. Por la sensación de estar muerto en vida cada vez que la pantalla celeste de la computadora le demostraba con una frialdad humillante que nadie, ahí afuera, se interesaba en él. Basta. Basta. Mejor no pensar en eso. La energía negativa se delata en los ojos y él quiere lucir bien, optimista, o como se dice ahora, proactivo. Un hombre en su mejor momento, que busca crecer y dar lo mejor de sí para provecho propio y de la empresa. O al revés.

     Llega. Sale a un pasillo a oscuras. Aprieta un botón rojo y se enciende un tubo fluorescente. Tres puertas. Al fondo a la izquierda, una escalera. Trepa los escalones de dos en dos hasta un rellano iluminado por la luz natural que entra a través de una claraboya. Hay una puerta de chapa con picaduras de óxido en los bordes. Algo anda mal. No puede ser ahí. Baja y aprieta de nuevo el botón rojo. Ve un trece pintado en la pared. Siente que las palmas de las manos se le cubren de sudor. ¿Qué rango de tolerancia tendrá la estricta puntualidad? ¿Dos minutos, cinco, diez? Encima, el temporizador de la luz del pasillo no dura nada. El tiempo, de nuevo, que juega en su contra. Siempre fue así.

      Se queda a oscuras y pensando. El error más lógico es que haya anotado piso catorce en lugar de trece. En tal caso, detrás de algunas de esas puertas lo espera el director de recursos humanos. Quizás no esté tan pendiente del reloj como él. Imagina a un hombre sonriente, que se para al verlo entrar y le ofrece un saludo afectuoso que evaporará la humedad de sus nervios.

     Aprieta el botón rojo. Toca el timbre de una puerta, nada. Prueba con la otra, lo mismo. Y con la tercera, igual. Cinco y veintiséis. El silencio es tal que escucha el chasquido del tubo fluorescente cada vez que se prende y se apaga.

     El piso trece vacío. El catorce no existe. Entonces se equivocó de edificio. Tiene que irse ya. Por suerte, nadie llamó al ascensor y sigue ahí. Una a favor. Pero el descenso le parece demasiado lento, o al menos más lento que la subida, y aunque comprende que es una trampa de la ansiedad no puede evitar que el espejismo lo trastorne. Dale, dale, la puta madre. Sacude la reja como un preso amotinado. Se detiene cuando advierte que puede romper el mecanismo y hacer que el ascensor se paralice a mitad de camino y ya nada lo mueva de ahí.

     Llega a la planta baja. Corre desesperado hacia la puerta. Está cerrada con llave. Golpea el blíndex con el puño cerrado y el cristal vibra como un gong chino. Recién entonces se acuerda del ordenanza. Se da vuelta y no lo ve. A lo mejor ya se fue. Cinco y media. Tranquilo, tranquilo, tiene que haber una salida lógica, una manera sensata de certificar si es el sitio correcto y cómo se llega al piso catorce. Revisando la correspondencia podrá chequear la dirección. Pero el mostrador está vacío, los sobres también desaparecieron. Hace un esfuerzo terrible para pensar lo mejor: el ordenanza no se fue; está distribuyendo el correo, oficina por oficina. Va a subir por la escalera en su búsqueda. Si lo encuentra, el hombre lo sacará de la duda o le abrirá la puerta de calle para que se vaya. Si no lo encuentra, al menos sabrá cuántos pisos tiene ese edificio maldito.

Los músculos de las pantorrillas se le agarrotan en el sexto. La respiración hace rato que se le hizo ruidosa y agitada, como la de una parturienta. Toca timbres al azar. Se asoma al foso de la escalera y llama al ordenanza a los gritos. Su voz lo asusta. Pero más lo asusta el silencio y se pone a hablar solo. Cinco y cuarenta y uno. En el noveno decide sacarse el reloj de la muñeca y guardarlo en un bolsillo para no mirarlo más. En el decimoprimero se cae al pisar en falso un escalón. Siente un dolor agudo en la rodilla. Se hace un ovillo contra la pared, se frota la zona lastimada. No quiere detenerse, no puede detenerse, y avanza arrastrándose hasta que el dolor cede un poco. Se para. Algo líquido le chorrea debajo del pantalón. Sigue, renqueando. Piso doce. Piso trece. Las tres puertas. El tubo fluorescente. La escalera. La puerta de chapa. Está dura. Parece sellada por el óxido. Para abrirla tiene que empujar con el hombro. Una vez, dos veces, ahora sí. Sale a un espacio abierto, el piso revestido por una carpeta metalizada que refleja los rayos oblicuos del atardecer. El viento le vuela la corbata y se la enrosca en el cuello. Camina hasta la baranda de hierro que da a la calle. Mira hacia abajo y no ve nada. De pronto, es como si el edificio fuera de mil pisos y estuviera rodeado de una bruma blanca. Respira hondo. El aire es más frío y más limpio. Saca el reloj del bolsillo. Cinco y cincuenta. Lo hace pendular en el vacío. Quizás lo suelte. Quizás se tire con él. No está seguro, tendrá que pensarlo mejor. Tiempo es lo que le sobra.


SOBRE EL AUTOR:

Conver Gijón 1 .jpgHORACIO CONVERTINI nació en Nueva Pompeya, Buenos Aires, en 1961. Es periodista y escritor. Su obra ha sido publicada en Argentina, España, México y Venezuela. Recibió distinciones a nivel nacional e internacional, entre ellas el premio Memorial Silverio Cañada, que otorga la Semana Negra de Gijón, por su novela “La soledad del mal”, y el Premio Municipal de Literatura, bienio 2008/2009, por su libro de cuentos “Los que están afuera”. “Spam” pertenece a su más reciente libro de relatos, “Aguante”, editado en 2015 por Notanpuan. Su última novela, “New Pompey” (Del Nuevo Extremo), fue elegida como la mejor del año 2015 por el sitio Selección Literaria. A mediados de 2017 publicará la novela “Los que duermen en el polvo” por el sello Alfaguara.

 

 

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