#Entrevista | Enrique Decarli, por Leandro Surce

#Entrevista

Por Leandro Surce

 

LS ‒ Sé que además de escritor sos músico, ¿pensás que tu formación musical tiene algún tipo de incidencia en lo que escribís (o en cómo escribís lo que escribís)?

ED ‒ Sí, yo pienso que sí. No sé exactamente dónde, pero sí en el ritmo. En el ritmo del relato yo creo que sí. No es algo que busque, pero siento la presencia de cuestiones rítmicas dentro del relato, en la puntación. De hecho, siempre que corrijo el texto el parámetro final es rítmico, por eso corrijo con un metrónomo. [Risas] LS ‒ ¡¿En serio?! ¿Cómo es eso? ED ‒ Cuando estoy cerca de la versión final del texto, leo mucho en voz alta y en un determinado momento pongo un metrónomo más o menos al ritmo que yo siento que tiene el relato y la edición final del texto la define el metrónomo, o sea, todo lo que está escrito tiene que entrar en el ritmo. Si no entra en el ritmo para mí es una señal de que sobra o falta algo y ahí edito. Así que sí, ni hablar, yo creo que tiene mucha influencia.

LS ‒ En todos y cada uno de tus cuentos añadís, ya sea al principio o al final, la fecha y el lugar en el que fueron escritos: ¿a qué se debe esta necesidad de inscripción espaciotemporal?

ED ‒ A nada en particular. Fue algo que una vez le vi a Levrero y me gustó. No sé, diría “Montevideo”, “Argentina”, qué sé yo, en los distintos lugares donde había estado escribiendo el texto, con las fechas y me gustó. Eso por un lado, después cuando lo empecé a usar me di cuenta de que me servía para ubicar la época en que habían sido escritos los relatos porque después de un determinado tiempo me hubiera empezado a perder, no hubiera podido ubicar la fecha exacta en que fueron escritos. Y está bueno porque así puedo analizar ciertos períodos de escritura. Por ejemplo, en Bengalas hay como un racimo o un puñado de cuentos que fueron escritos casi en la misma semana o en el mismo mes (es que yo estaba atravesando una época muy luminosa de escritura); pero ahora, 4 o 5 años después, lo puedo detectar por haber puesto las fechas en ese momento. Pero cómo empecé, empecé por lo de Levrero, nada más. Y ahora me sirve como referencia.

LS ‒ Creo que a lo largo de tus libros puede rastrearse una especie de “fascinación cósmica”. Para dar algunos ejemplos: uno de tus cuentos se titula Vía Láctea (Bengalas; Ed. Paisanita, 2014), otro ‒que también presta su título al libro‒ Big Bang (Big Bang; Ed. Textos Intrusos, 2013), muchos de tus personajes parecen venidos de otro planeta, en uno de tus epígrafes citás nada menos que a Stephen Hawking… ¿Qué nos podés decir acerca de tu relación con el universo?

ED ‒ Sí, te puedo decir que tengo también pensado, todavía no tengo el relato o los relatos que van a integrar el libro, pero que me gustaría tener un libro que se llamara “Cuásar”. [Risas] Sí… Desde chico tuve interés por el espacio, por el universo. Me acuerdo que de chico (tendría 10, 11 años), mi vieja me regaló un libro que se llamaba “Astronomía sin telescopio”. En su momento lo dejé porque no lo entendí. Después lo volví a agarrar de más grande y es como un librito de astronomía para gente que no sabe. De hecho no tengo posibilidades tampoco de profundizar mucho sobre el tema porque siempre fui un queso en física, en matemáticas… Pero sí, tengo una fascinación natural, innata. Por ahí estoy haciendo zapping y me quedo viendo la formación de una estrella supernova, pero no entiendo nada. Y también a mí me parece que esa “fascinación con el universo” como vos bien nombrás, me viene por la literatura de Borges. Esa cosa tremenda que tiene él que labura el infinito, los espacios, bueno, El Aleph. Pero sí, es cierto. Pero en ningún caso son búsquedas hechas a propósito. Derivo en esos personajes que podrían ser extraterrestres, en esos personajes que se cuelgan mirando las estrellas, en la idea del Big Bang, pero sí, porque es algo que está en mí, que es una zona de interés mía. LS ‒¿Pensás que “Estamos determinados por la luz” [chusméese, Big Bang]? ED ‒ [Risas] No lo sé.

LS ‒ En lugar de preguntarte cuáles son tus influencias, me gustaría que me señales dos o tres cosas puntuales que hayas aprendido o te hayan maravillado de otros escritores.

ED ‒ A ver… Es difícil. Un poco lo que te decía antes, la lectura de Borges creo que produjo una influencia enorme no sé si después en lo que termina siendo mi práctica de escritura pero sí en el acercamiento que produjo hacia la literatura. Creo que leyendo a Borges sentí por primera vez que estaba leyendo algo groso y que estaba bueno acercarse a la literatura. Después, qué te puedo decir… Experiencias así, perturbadoras que tuve con la literatura, que volví a sentir esto: con la lectura de Kafka también. Es como un momento importante en la vida de cualquier lector o de cualquier persona que tiene inclinación a la escritura o a la literatura. Mucho tiempo después sentí que redescubría a Kafka a través de Levrero. Y hace poco me pasó algo de similares características y lo quiero destacar porque se trata de un contemporáneo nuestro, que es la lectura de uno de los libros de Luciano Lamberti, me pareció como que estaba leyendo algo de la puta madre. Puntualmente me refiero a El loro que podía adivinar el futuro [Ed. Nudista, 2012]. Como éstas hubo más experiencias. También me pasó lo mismo con Roberto Arlt. Sigo sintiendo una fascinación muy grande cada vez que leo sobre todo los ensayos, también la poesía, menos con la narrativa, en ese orden: ensayo, poesía, narrativa, me sigue pasando con Fabián Casas. Supongo que las influencias las habré sacado de un mix de estos autores y de muchos más que no tiene sentido nombrarlos ahora. Estos los recuerdo como experiencias grandes, muy grandes.

LS ‒ Ahora te la hago un poco más difícil: ¿podrías identificar influencias extraliterarias que hayan repercutido de algún modo en tu escritura?

ED ‒ Influencias extraliterarias… Bueno, un poco ineludiblemente las experiencias de vida. Yo trabajo mucho con eso, tal vez no se note porque en términos generales yo cultivo lo fantástico o lo extraño. Sin embargo, casi todos los textos están atravesados por experiencias propias. Por supuesto después novelizadas o ficcionalizadas. Digamos que no manejo los resortes de la pura imaginación, siempre lo que dispara la historia por más descabellada que después pueda resultar es algo vivido. Después quizás en el relato queda reducido, pero experiencias como un determinado viaje que hice con mi viejo hace 30 años atrás, es la estructura que sostiene el relato Vía Láctea. Lo que hablábamos un poco antes, de mis zonas de interés, son influencias, aparecen, esto del universo, de los extraterrestres, de la posibilidad de que las cosas se animen, las rupturas en el espacio, como por ejemplo un tipo que puede alojar una silla adentro de la nariz. Esas zonas de interés también son una influencia que aparece en los temas y después, desde el punto de vista formal, la música.

LS  ‒ ¿Cuándo y cómo te diste cuenta de que querías dedicarte a escribir?    

ED ‒ Empecé a escribir a partir de 1997, después de la muerte de mi viejo. De alguna manera como una suerte de búsqueda de él o de tratar de entender… Yo tenía 24 años, tenía una hermana chica, fue un proceso muy difícil y creo que empecé a escribir por eso. De hecho, casi todos los relatos de aquella época tenían algo… Los vínculos se tejían entre padres e hijos y estaban atravesados un poco por la idea de la muerte. Algunos relatos sobrevivieron y están en Desde la habitación del sur [Ed. Libresa, 2009]. En ese momento yo escribía y escribía con pasión, trataba de corregir, tenía una persona de referencia que me ayudaba un poco, pero fue algo fortuito que ocurrió con ese libro (con Desde la habitación…): que en diciembre del año 2007, o sea que ya habían pasado 10 años de que yo venía escribiendo más menos seriamente, acababa de nacer mi hija y yo tenía un puñado de textos y había un premio en Ecuador que era de 5.000 dólares y yo justo estaba sin laburo en ese momento. Mandé los textos al concurso exclusivamente por la posibilidad de ganar el premio. Ni siquiera los textos me permitían llegar al mínimo de páginas que pedía la editorial así que achiqué los márgenes, hice toda una historieta para poder mandar el libro. Lo mandé. El libro no ganó finalmente, pero fue finalista y entonces se publicó. Cuando me dicen que lo van a publicar y yo me pongo a releerlo sentía terror de que se publicara porque para mí era muy malo. Por suerte el libro se publicó un año después así que tuve un año para laburar y corregirlo. Así y todo hubo textos que no se pudieron mejorar y así hubo 2 textos que estuvieron en el original y yo tuve que pedirle a la editorial que los saquen porque no iban ni para atrás en mi opinión. Los sacaron y listo, así que el libro original era un poco más largo. Yo creo que de toda esa experiencia, primero de la buena noticia de que se publicara mi primer libro, todo ese año tan intenso de corrección, donde además tengo la suerte en ese año de conocerlo a Ariel Bermani. Él daba clases en el mismo lugar donde estaba dando clases yo y me ayudó muchísimo. Y finalmente, salí sumamente fortalecido de ese proceso, con otro vínculo completamente distinto con la literatura y con el trabajo propio. Antes era un tipo que escribía y dejaba ahí y me parecía buenísimo. Ahora sentía que había hecho un trabajo poderoso sobre el texto y ver el libro ya publicado y todo el circo de la presentación, bueno, creo que un poco de todo eso me ayudó a que yo empezara a pensar la literatura de otra manera. Si se quiere, más allá de mi inclinación más o menos natural para empezar a escribir, fue un proceso fortuito, algo de lo que me fui enamorando en el camino.

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LS ‒ Esta pregunta va a sonar más técnica de lo que es porque en realidad persigue un interés vital: ¿cuál es (si tenés una) tu metodología de trabajo? ¿Escribís de día, de noche, a mano, en la compu, terminás los cuentos de un tirón o los vas armando de a poquito, corregís hasta volverte loco, abusás del café, etc.?

ED ‒ No, no tengo mayores rituales para escribir, escribo en cualquier momento. En términos generales, no parto nunca de algo preconcebido. Siempre es una imagen inicial, generadora X, que la empiezo a seguir. Con lo cual en la línea 10 yo no sé dónde el texto termina. Felizmente, siempre me termina sorprendiendo el desarrollo de los cuentos. Y siempre compruebo que en esa suerte de improvisación el cuento va derivando en lugares mejores que a los que yo lo podría haber llevado, incluidos los finales. Siempre laburo así. Tal es así que Jauría [Ed. Eloísa Cartonera, 2014] es un libro hecho prácticamente en reuniones de escritura con Ariel Bermani y con otro amigo más, Pablo Oubiña. Nosotros nos juntamos durante años todos los viernes a escribir en la casa de Ariel… En las distintas casas de Ariel, porque él se iba mudando y nosotros trasladábamos ese espacio de escritura a sus distintas casas y el tema era así: nos juntábamos a charlar como amigos, de partidos, de las novedades de la semana… Nos juntábamos los viernes, y en un determinado momento decíamos, bueno, vamos a escribir y escribíamos media hora, y en términos generales, todos escribíamos con algo que había quedado flotando de la conversación que habíamos tenido. De esas reuniones salieron 3 libros, uno de cada uno, el mío es Jauría, el de Pablo Oubiña está inédito y el de Ariel lo publicó Ed. Conejos, que es Ciertas Chicas. Esos eran ejercicios de pura improvisación y ahí, te contesto parte de la pregunta, todos escribíamos a mano. No llevábamos computadora, nada. Por una cuestión de tiempo y de comodidad, cuando escribo en casa escribo en la compu, porque me resulta más fácil editar, pero tengo mucho material escrito a mano. Bengalas, el relato entero [El cuento, no el libro homónimo], salió de una reunión así. Y la verdad es que escribo cuando puedo. No soy noctámbulo así que a las 11 capaz ya me voy a dormir. Por ahí escribo un sábado a las 10 de la mañana. Y esto de escribir de un tirón, depende de la extensión del texto. Los textos más o menos cortos, sí, suelo escribirlos de un tirón. Los textos más largos, si no se me traban, por ahí los escribo en un par de días. Y hay un par de textos de Big Bang, el primero y el último, que en algún momento se me plantaron y tuvieron un arco de 10 meses, un año, abiertos, donde yo reanudaba las búsquedas porque se me había diluido la historia. Pero cuando los textos son cortos, sí, los escribo de una. LS ‒ ¿Y corrección? ED ‒ Corregir, corrijo una bocha. En distintas etapas. Si vos te fijás, en términos generales, los libros se publican varios años después de escritos los textos. En ese período yo siempre los corrijo. Una vez al año seguro, pero tal vez 2 veces al año también. Como que cada 6 meses los dejo reposar y los voy corrigiendo y corrigiendo hasta que siento que ya no los soporto más. Es una cuestión física, viste. Cuando siento que el cuerpo los rechaza, me parece que están. Corrijo mucho en papel, tratando que no se desvirtúe la voz del narrador y después la etapa final, cuando siento que el texto está más limpio, es una cuestión puramente rítmica. Puntuación y mucha pero mucha lectura en voz alta.          

LS ‒ ¿Cómo definirías tu relación con los títulos?, ¿se te ocurren antes de empezar un cuento o una vez que lo terminaste?, ¿te cuesta elegirlos o se te ocurren con facilidad?

LS ‒ Ah, entre paréntesis: ¿puede ser que tu libro Bengalas se iba a titular Vía Láctea?

ED ‒ Sí, lo que pasa es que ese libro se titulaba Vía Láctea, había concursado en la Biblioteca Nacional, había salido finalista del Cambaceres, que después ese concurso lo ganó Carolina Bruck, y un tiempo después Editorial Paisanita lo quiso publicar. Lo que pasó es que los chicos de Escrituras Indie me pidieron unos textos para armar una plaquette, yo les mandé algunos textos, entre ellos Vía Láctea, y la plaquette se llamó Vía Láctea. Con lo cual, cuando llegó el momento de publicar lo que terminó siendo Bengalas, yo no quería cagarles el título a los chicos. Y como esos eran los primeros libros de Paisanita, se estaba todavía delineando la estética, buscaban que tuviera una foto, en blanco y negro, que tuviera algo que ver con el autor. Yo tenía una foto de mi hija en la que está con una bengala y entonces les dije, “Che, esta foto está buena, pero el libro se tendría que llamar Bengalas”, y nos pareció que estaba bueno. El cuento Bengalas ya estaba escrito, pero el libro hasta entonces se seguía llamando Vía Láctea, que para mí es el relato central. Pero después lo terminamos cambiando por “Bengalas” y quedó bien.

Con relación a los títulos, depende. Hay títulos que se me presentan como recontra claros al principio del relato o cuando lo terminé, pero re claros. Hay veces que tengo el título y no tengo el relato. Digo, me gustaría, como te decía antes, escribir algo con el nombre “Cuásar”. Y hay veces que no tengo el título pero lo que sí trato de hacer es buscarlo dentro del relato. Trato de encontrarlo como ya escrito en el relato, y que uno no se da cuenta que es título. En las constantes relecturas eso en algún momento cobra relieve. Define el texto, tiene fuerza, es un buen nombre y a veces me ocurre así, que lo descubro ya escrito.

LS ‒ Pienso que todo escritor no sólo tiene que aprender a crear sino también a destruir, ¿cómo te llevás con la destrucción de tu propia obra (es decir, de esa parte de tu obra condenada a no pasar a ser parte de tu obra)?

ED ‒ Bien. En términos generales, bien. Pero creo que no tengo una mirada definitiva sobre lo que hoy no me gusta. Generalmente siempre vuelvo a revisar el material viejo, porque aun cuando no lo pueda rescatar en su versión original o con las intenciones originales, a veces logro sí reciclarlo y esa idea me gusta. Por ahí hay un determinado texto que como cuento no tiene autonomía pero de repente puesto en una novela como un sueño, que permite fragmentar o disgregar la historia en un determinado momento, detener un poco la acción, a veces sirve. Y eso yo lo uso mucho. Sobre todo por ejemplo en Flipper, es una novela fragmentada. Entonces desde ese punto de vista he rescatado desde muchos lugares, ya en desuso pedazos que a veces se incorporan. O por ejemplo, hay un cuento entero de Big Bang, Dana, que es un episodio completo de una novela que en algún momento aborté. El cuento Fiebre, también de Big Bang, es un mix de dos descartes: una parte pertenece a esta misma novela de la que te hablo, y otra a un ejercicio que hice hace mucho en un taller de dramaturgia. Entonces, yo me doy cuenta enseguida de lo que no me gusta y no publico cosas que a mí no me gustan. Pero no las tiro nunca porque siento que en algún momento pueden servir, y si no sirven no sirven.

LS ‒ ¿Qué esperás de tus potenciales lectores? El fantasma del lector futuro… ¿te acecha o no te dice ni bu?

ED – Yo creo que uno siempre espera agradar, que lo que uno hace guste, que pasen un buen momento. Supongo que espero que a la gente que me lee le pase lo mismo que me pasa a mí cuando leo algo que me encanta. Que es algo muy loco, esa cosa de estarla pasando bien leyendo. Entonces, creo que un poco eso; y de alguna manera me lo confirma la gente… Qué sé yo, mucha gente me escribe. Mensualmente siempre me escribe alguien, un par de personas con las que no nos conocemos y que me dicen que leyeron algo mío que les encantó… Esas cosas que dicen los lectores, “Gracias por escribir”, pero que están llenas de cariño, que es muy loco. Siempre pienso yo en qué momento lo habrán leído. Por ahí uno está transcurriendo su día, completamente desprevenido y hay alguien que te está leyendo. Creo que es eso, nada más que eso. ¿Cómo era lo otro? LS – Si el fantasma del lector futuro te acecha… ED – No, porque nunca escribo pensando en. Después sí, por supuesto que cuando los libros están en la calle, me siento a veces un poco pendiente de a ver qué onda, si a la gente le gustó, si alguien quiere reseñarlo. Sobre todo al principio. Y después cuando recibo estos mensajes que te digo, a mí me ponen muy contento. En el después sí, me gusta saber algo de cómo le está yendo al libro, pero antes no, imposible, pero no lo tengo ni en cuenta. De hecho hay veces que yo abordo relatos más largos que digo, che, pero esto, hay que leer esto. Pero si el relato a mí me convence sigo adelante y de hecho pienso que es lo mejor que escribí. Viste que uno siempre cree que lo mejor que escribió es lo que está escribiendo ahora [Risas].

LS ‒ Flipper (Ed. Paisanita, 2016) es tu primera novela, ¿te costó pasar del cuento a la novela?, ¿cómo fue la experiencia? ¿Escribirías otra novela?

ED ‒ No es la primera novela. Es la primera novela que se publica. Yo había escrito una antes. Escribí una novela juvenil en el 2008, que es una novela mucho más larga, como de 200 páginas. Escribí otra novela después, que es esta que te digo que la escribí, la corregí y la terminé abortando y todos los años le robo un pedacito para otro texto. Y después yo creo que empecé otra novela, que la terminé pero la estoy corrigiendo pero que tiene bastantes problemas de estructura por el momento y creo que después empecé Flipper. Con lo cual, pasar del cuento a la novela, a pesar de que no hay muchas novelas mías en la calle, sólo una, no lo experimenté. Escribí en primera persona, en tercera persona, fragmentadas, propuestas más ortodoxas. En Flipper lo que verdaderamente me costó, durante mucho tiempo, fue poder separar lo que era importante para mí, como hijo estoy hablando, de lo que era importante para la historia. Eso me llevó años separarlo. Después en un determinado momento lo vi clarísimo. Y después sí, lo que me costó fue conservar el ritmo ante tanta fragmentación. Eso probé mucho, muchas versiones de Flipper, hasta que llegué a la que se publicó que me parece que era la que mejor funcionaba. Pero no me costó ese paso y mucho menos en Flipper, porque de alguna manera Flipper está estructurada en base a pequeños relatos. Entonces hay algo todavía del cuentista en esa novela.  

LS ‒ En muchos de tus cuentos las cosas (me refiero a las cosas a secas, a los objetos) cobran casi tanto protagonismo como tus personajes. Si se puede contar, ¿cuál es la secreta razón de estas sorprendentes animaciones?

Cuando era chico yo creía que los juguetes, a la noche, vivían las historias que habíamos jugado en el día. Era necesario pensarlo así. Era injusto. Horrible creer que los juguetes estaban muertos.

Enrique Decarli, Big Bang

ED ‒ [Risas] La secreta razón… No sé, son flashes. Una de las cosas que fui aprendiendo que tienen valor, que sirven para la literatura, para lo creativo, es aceptar esos pequeños juegos en los que uno a veces divaga y que normalmente tendería a censurar. Como si te dijera: si vos lo pensás dos veces, un tipo que tiene una silla en la nariz, no lo escribís. Ahora si decís, para loco, un tipo que tiene una silla en la nariz es una idea potente. Bueno, hay que escribirlo, ver cómo. Entonces, no sé si es algo puntual. Pero de repente se te cruzan ideas, como este tipo que habla, que se vincula con las cosas, en el cuento Cuatro tapas y manijas amarrillas [Bengalas]. Debe haber sido algo que en algún momento se me cruzó por la cabeza y asumí como posible tema de un cuento, nada más. Es cierto que tengo una determinada fascinación con esa suerte de animación de las cosas. No sé bien de dónde me viene. A veces lo reconozco cuando leo a otros autores. Por ejemplo Felisberto Hernández, Silvina Ocampo. Hay un cuento de Silvina Ocampo que se llama Los objetos que para mí es tremendo. El argumento es muy simple: en un determinado momento hay una persona que empieza a encontrarse de casualidad todos los pequeños objetos que durante el curso de su vida fue perdiendo. Entonces los va poniendo en una vitrina y va construyendo un pequeño infierno en esos hallazgos. Como que las cosas se pierden no para volver a ser encontradas. Bueno, es un cuento de dos páginas (te lo cuento y se me pone la piel de gallina) y es tremendo, tremendo. Tengo un interés en el vínculo con las cosas. Igual yo tengo pocas cosas. No soy una persona que acumula cosas. Pero, volviendo a lo de la animación, creo que más que nada se trata de asumir el desafío, detectar que una historia puede tener peso. Te cuento un ejemplo: en la casa de mi vieja hay una pileta de natación, la pileta está usable nada más que en verano, después la dejan llena pero con el agua verde, con el agua podrida. Pero en noviembre-diciembre la vacían. Una vez la vaciaron ¡y había una silla! ¡¡En el fondo de la pileta había una silla!! [Risas]. Yo no sé… se había caído una silla. Es eso, una familia que se reúne todos los veranos a ver qué aparece cuando vacían la pileta. Cosas así que se me cruzan por la cabeza, son las que digo, bueno, está bueno, y asumo el desafío de escribir un cuento.

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LS ‒ Al leerte me da la sensación de que todas las historias que narrás tienen en común una gran sensibilidad de fondo. ¿Qué ingredientes dirías que no le pueden faltar a tus cuentos para que sean tus cuentos?

ED ‒ Sí, es cierto. No lo digo como una virtud sino como una preocupación mía. En general, a mí lo que más me interesa son los vínculos. O las impresiones que una persona causa en otra. Creo que, por ejemplo, cuentos como Sanlugón, a mí la idea me gusta, la de un hombre que se va reduciendo como una propuesta ficcional, pero más me gusta el vínculo al cual se alude porque está aludido: lo que Sanlugón vivió cuando se encogió su padre. Y también me gusta el vínculo entre el narrador y Sanlugón, esos amigos. Los Despojados, me gusta la idea esta de los hombres que se transforman en objetos, pero más me gusta esos hombres que para integrar esa suerte de sociedad secreta han dejado atrás toda su familia y sobre todo esa pequeña microhistoria de la escalera mecánica que una vez llevó a su madre. En Vía Láctea, me gusta la posibilidad de que el padre sea el enmascarado, pero más me gusta cuál es la mirada que el hijo tiene sobre el padre. Y eso no es patrimonio auténtico de mi escritura. Yo siempre pensé que a una historia que a mí me marcó que fue La Guerra de las Galaxias, vos le podés sacar (creo que yo tenía 10 años cuando se estrenó El Retorno del Jedi) los láser, las naves, todo y es la historia de un padre y un hijo que están enfrentados. Entonces creo que lo que no les puede faltar esa dimensión que tiene que ver con los vínculos, cómo se vinculan los personajes.

* Los cuentos mencionados, Sanlugón, Los Despojados y Vía Láctea, forman parte del libro Bengalas (Ed. Paisanita, 2014).

LS ‒ Diría que la imaginación es el combustible de tus cuentos. ¿Cómo fomentás tu imaginación? ¿Qué cosas te gusta hacer cuando no estás escribiendo?

ED ‒ Como te decía antes, es verdad que los argumentos pueden ser imaginativos, pero igual el puntapié inicial siempre es una experiencia personal, por más chiquita que sea. Como si yo te dijera que Sanlugón la verdad es que lo escribí porque hay un chico amigo que se llama Santiago Luís González que es muy chiquito y una vez yo le dije: “¡Loco, vos te estás achicando!” [Risas]. Esas cosas, viste. Por ahí cuando volví a mi casa dije, hay un cuento ahí en el amigo que se empieza a encoger como si sufriera una enfermedad. Entonces siempre los aspectos imaginativos o más creativos se disparan a partir de una situación aunque sea chiquitita pero real. Después bueno, leo bastante, hay autores que para mí son muy estimulantes, no sé de qué manera influyen. Y después cuando no escribo, no sé, laburo. No hago cosas que piense que están direccionadas a estimular la imaginación, pero sí es cierto que soy muy permeable a las cosas cotidianas. Como esto, un chiste, vos te estás achicando. Entonces eso es lo que tomo. La verdad que no te puedo decir sí, escribo como escribo por las cosas que leí, las películas que vi, las obras de teatro que vi, no. Supongo que sí, también un poco de eso habrá, pero no es algo que haga adrede ni mucho menos. Por ahí el mejor ejemplo es lo que te decía antes: cuando nos juntábamos a escribir con Ariel y con Pablo, el estímulo para escribir era simplemente la conversación que había quedado ahí flotando en el aire, todas las cosas que se habían dicho, tomarse de algo de eso y largarse en esa especie de juego. Y esas es una característica medianamente mía. Yo tengo dos hermanas de las que estoy separado por 7 y 5 años, con lo cual nuestras infancias… Cuando yo tenía 8 mi hermana mayor tenía 15, es decir, no estábamos comunicados, éramos dos universos distintos y mi hermana menor tenía 3. Con lo cual toda mi infancia transcurrió prácticamente en soledad. Jugaba mucho solo. Ahí aprendí a imaginar me parece. LS ‒ No te quedaba otra. ED ‒ No me quedaba otra, de verdad.

LS ‒ Muchos de tus cuentos, por ejemplo Sanlugón (Bengalas) o Mi amiga Luján (Jauría), parecen extraer su potencia fantástico-ficcional de una suerte de mirada crítica. ¿Te parece que vivimos en el mejor de los mundos posibles? ¿Qué papel juega la realidad en tu obra?

ED ‒ No tengo en cuenta una mirada crítica al momento de escribir. De hecho en los talleres que yo doy lo desaconsejo. Al menos como algo establecido a priori. Porque a veces direccionan el relato a un lugar que puede ir más hacia la bajada de línea. Eso por un lado, por el otro, no, no creo que vivamos en el mejor de los mundos. Vivimos en un mundo de injusticia. Pero tampoco creo que vayan las cosas a cambiar. También creo que las cosas siempre fueron así. Siempre la vida del hombre se sorteó alrededor del poder, de la acumulación. Yo tengo 44 años, tengo la mitad de mi vida vivida en un mundo que era completamente distinto porque no estaba atravesado de la manera que está ahora por la tecnología. Es decir, yo fui un adolescente sin celular, sin Internet, sin WhatsApp. Era un pibe que salía y mis viejos sabían si había estado todo bien al día siguiente cuando llegaba a la madrugada de bailar. Creo que el siglo XXI es un siglo donde se ha exacerbado paradójicamente la incomunicación y el consumo. No, no me parece que estemos viviendo en el mejor de los mundos y creo que vamos todavía a un mundo peor. Pero a pesar de todo, no tengo en cuenta eso al momento de laburar. No sé si influye, si está esto que yo pienso y creo en mis textos. Quizá muy indirectamente sí, y por eso me interesan, como decíamos antes, los vínculos, porque me parece que es lo que todavía puede seguir salvándonos. Y por eso tal vez sigo escribiendo y sigo leyendo, porque me da la sensación de que la literatura, el cine, el teatro, el arte en general, es una zona de resistencia, aunque más no sea una resistencia pasiva tipo “preferiría no hacerlo”. Pero creo que no lo soy, pero no me siento y no buscaría ser un escritor militante de la realidad. De hecho, tengo bastantes problemas para relacionarme con la literatura más realista, más política.

LS ‒ En novelas distópicas como Fahrenheit 451 o 1984 el libro es un objeto peligroso. ¿Cómo concebís la relación entre política y literatura?

ED ‒ Sí, evidentemente el libro en esas novelas es un objeto peligroso. Justamente el otro día veía que en Facebook alguien había posteado un fragmento de Fahrenheit y una foto de la dictadura quemando libros. A mí me parece que hay ideas que son peligrosas para los sectores de poder. Para sectores que pretenden conservar privilegios de hegemonía, pero también me da la sensación de que hoy han quedado… Antes decía con un poco de añoranza que la primera mitad de mi vida pasó en una época sin Internet sin la circulación de tanta información. Me parece que gracias a la tecnología es más difícil ocultar una obra, ocultar una idea, ocultar un pensamiento. La idea de quemar un libro, acabarla por el fuego, como plantea Fahrenheit, paradójicamente lo plantea en un futuro, un futuro que no prevé Internet. Hoy me parece que es una idea caduca. Hoy ponés algo e inmediatamente se viraliza. Desde ese punto de vista la circulación de la información está mucho más asegurada. A ver, yo no sé hasta dónde pueden llegar los servicios de inteligencia. El otro día veía que un periodista que había escrito sobre el antiguo caso IBM-Banco Nación, dice que en su momento los servicios secretos se ocuparon de comprarle todos los libros. Esto ocurrió en la década del noventa. No sé si un bloqueo de esa naturaleza ahora con Internet puede hacerse.

LS ‒ Por último, me contó un pajarito que estuviste mucho tiempo sin escribir pero que hace poco arrancaste de nuevo, ¿es verdad o me piaron cualquier cosa? ¿Qué nos podés adelantar acerca de lo que estás escribiendo actualmente?

ED ‒ Estuve más de tres años sin escribir un cuento de una. De sentarme y escribir un cuento. Fue una época muy turbulenta emocionalmente en mi vida y me pegó en ese lugar, en la escritura. Con lo cual fueron tres años en los que hice trabajos, por suerte el laburo de escritor tiene distintos aspectos. Es decir, yo tengo un libro de cuentos inédito terminado que concursa, lo estuve corrigiendo. En el medio armé Bengalas. En el medio terminé de corregir Flipper. Estuve revisando dos novelas que tengo medio terminadas pero que hay que trabajarlas un poco más. Pero sí, es cierto que estuve profundamente alejado del hecho creativo. De esto que a mí me fascina que creo que es lo que más me gusta de la literatura, que es decir: loco, hace dos horas esta historia no existía en el universo y ahora está, no sé si está buena o no pero está y es nueva y existe; y eso puede ocurrir un sábado a las 4 de la tarde en casa. Y de esa felicidad soy testigo solamente yo. Eso para mí es lo más lindo de la literatura. Así que no, nada en concreto. No hay mucho para adelantar. Escribí un cuento. Escribí un cuento largo Algo acerca del futuro, se llama, que está dedicado a una chica que yo quiero muchísimo que se llama Florencia. Y nada, fue como un volver a encontrarme con eso tan lindo que para mí tiene la literatura. Lo más lindo, que es el hecho creativo. Es un cuento medianamente largo, unas 17 páginas y lo escribí en 2 días, de una. Se me presentó, como a mí me gusta escribir, se me apareció el principio, empecé a seguirlo y seguirlo y la historia creció, se multiplicó, se volvió emotiva y a partir de ahí como que algo se desanudó y ahora estoy terminando otro relato más. Nunca había tenido un parate tan largo, eh. Medio que por un momento me hacía un poco el boludo como que no estaba preocupado pero interiormente yo creía que había algo que se había terminado en mí [Risas]. Pero por suerte parece que no.

 


SOBRE EL AUTOR:

Lean2.jpgLEANDRO SURCE: Es Licenciado en Ciencia Política (FCS-UBA), estudiante de la carrera de Filosofía (FFyL-UBA) y editor. Mención en el certamen de cuentos Vicente López, ciudad fantástica por su cuento “Limbos” (2012). Primer premio certamen de microcuentos revista Crac!-Literatura (2013). Participó del ciclo Imagen te leo por invitación de la Municipalidad de Vicente López (2014). Algunos de sus microcuentos han sido publicados en las revistas Minificción (México, 2016; número 7) y Brevilla (Chile, 2017; “Antología de microrrelatos policiales”). Obtuvo, dentro de la categoría estudiantes, el segundo premio del I Certamen de Ensayo Filosófico organizado por el Departamento de Filosofía (FFyL-UBA, 2017) gracias a su ensayo “Intemperies: Las vacaciones de Nietzsche o cómo se filosofa sin abrir el paraguas”. Pormenores (Ed. Qué diría Victor Hugo? – Argentina, 2016) es su primer libro de cuentos publicado hasta el momento.

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