#Entrevista | Janice Winkler por Victoria Mora

#Entrevista

Por Victoria Mora

En La pequeña voz del mundo la poeta Diana Bellessi escribe que la poesía ha de ser una voz con ciertas características, entre otras, debe “deshacer las cristalizaciones discursivas de lo útil y tejer una red de cedazo fino capaz de capturar las astillas de aquello que se revela. Atención y artesanía (…) Y la epifanía de este canto es, a veces, sentido y a veces herida del sentido. Si la orfebre engarza bien las chispas de la hoguera, cardúmenes luminosos que saltan siendo, volviendo a ser materia opaca, entonces el objeto que compone, el poema, es una cicatriz que ante los ojos de quién lee, anta la escucha, vuelve a abrirse en herida resplandeciente.” La experiencia de leer a Janice Winkler se asemeja, y mucho, a escuchar esta voz. En sus letras aparece lo cotidiano revelado en su lado más auténtico, ese que se esconde tras la superficie y debe rastrearse en las grietas. Grietas que revelan las cicatrices que son la vida misma.

Janice Winkler nació en Buenos Aires en 1980, además de poeta es traductora literaria de inglés y docente.  Publicó los poemarios Un Sánguche de Amor (Sacate el saquito, Mar del Plata, 2013) Burbuja negra (Modesto Rimba, 2016). En Evaristo Cultural (revista online de la Biblioteca Nacional) puede leerse su columna Crema Pastelera. Desde febrero de 2015, colabora como reseñadora para Solo Tempestad.

Revista Kundra conversó con Janice en esta breve entrevista que muestra puro amor por la palabra.

Dijo García Lorca: “Si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios-o del demonio-también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo”. ¿Qué pensás de esta cita? ¿Cómo se da en vos esta proporción?

 Hasta hace poco tiempo creía que en mí sólo había esfuerzo, estudio, perseverancia. Esto viene de lejos, de las etiquetas familiares, de la contraposición “estudiosa” versus “creativa”. A mí nunca me gustó que me pusieran en el lugar de traga —aunque lo fuera — pero, de todos modos, lo compré. Hoy, después de mucha terapia y amor, de conversaciones con mi marido, con amigos y con lectores (algunos son lectores amigos, pero a muchos otros los conocí a través de Burbuja negra y de Facebook), entiendo que también hay creatividad, algo más que la tarea de sentarme a leer y a escribir.

 ¿Tenés rituales de escritura?

Leer y escribir, salir a caminar y escribir, mirar el pulmón de manzana y escribir. Siempre es el mismo escenario, pero las ideas cambian. Las hojas cambian de color, se caen, vuelven a salir. El viento las mueve en distintas direcciones. Los vecinos cambian sus rutinas o exacerban sus obsesiones, como la mujer que se pasa tres horas seguidas limpiando el balcón que nunca usa. Amo a mis vecinos, son una gran fuente de inspiración. Antes usaba cuadernos, objeto que me encanta, para escribir lo primero que se me viniera a la cabeza, pero ahora, con mi beba, tengo que maximizar el tiempo, así que reemplacé los cuadernos por una aplicación que se llama Evernote y que sincroniza el teléfono con la computadora. Tipeo en la pantalla chica y aparece en la grande. Después copio y pego en archivos de Word que voy puliendo con paciencia.

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 ¿Cómo es la historia de tu relación con la literatura y la poesía?

Mi maestra de sexto y séptimo grado nos hacía memorizar poemas e ilustrarlos. Teníamos que entregar la ilustración y recitar el poema de turno frente a nuestros compañeros. Eso me encantaba, todavía recuerdo algunos versos. En esos años, 1992 y 1993, armamos una biblioteca. ¡Adiviná quién era la bibliotecaria! También leíamos el diario, seguíamos la guerra de Yugoslavia al detalle. Aunque no fuera literatura, había una intriga y un dolor por el dolor ajeno que me tenía pendiente. En sexto gané el concurso literario del colegio, el único que gané en mi vida. Después, en la adolescencia, fui una lectora de pocos autores, pero de muchos libros. Leí todos los Stephen King que logré conseguir en inglés: Pet Sematary, Carrie, Misery, The Shining y The body. Bradbury, Cortázar, Sábato. No muchos más por un tiempo. Una vez que empecé el Traductorado literario de inglés, terminó de estallar este amor explosivo que no hace más que crecer.

Con Flor Canosa escribiste una novela a cuatro manos ¿Cómo surgió esa idea?

Con Flor Canosa nos conocimos por Facebook. Pegamos muy buena onda de entrada, por gustos, por ideología, qué sé yo, eso que se da y que se está dando cada vez más —creo— por la necesidad de apoyarnos y acompañarnos en este momento tan tremendo que estamos viviendo. La cuestión es que un día subí un pequeño relato viejo que andaba durmiendo en una carpeta del drive, y Flor comentó que le parecía una excelente idea para una novela juvenil. Yo, que no suelo escribir novelas, le dije que la escribiera tranquila. Ella me respondió que la escribiéramos juntas. Al día siguiente arrancamos nomás. Nos fuimos mandando los capítulos por email. En casi todo el proceso hicimos uno y uno, pero hubo momentos en los que alguna de las dos tuvo que bancar a la otra y escribir un poco más, aprovechar el tiempo disponible y la inspiración. Fue un trabajo absolutamente solidario.

 Si tuvieras que nombrar tu patria literaria, ¿a qué poetas y/o escritores incluirías?

Mi patria literaria sería una fiesta de nacionalidades, géneros y generaciones. Voy a hacer el ejercicio de arrojar los nombres que primero me vengan a la cabeza a partir de los dos puntos: Dickens, Dickinson, Puig, Dahl, Salinger, Carver, Szymborska, Lispector, Levrero, Winterson, King, Nothomb, Walsh, Storni, Keret, Uhart, Tsutsui, Ma Jian, Rilke, Kafka, Bradbury, Oe,  Lange, Capote, Marosa di Giorgio. Uff, lo hice sin respirar. Hay muchos más, casi infinitos. Y también estaríamos todos nosotros. Vos, yo, todos los amigos nuevos que me dio la literatura (así la amistad se dé solamente a través de las páginas, que no es poco) y que escriben increíble. Todos seguiríamos aprendiendo de los maestros. Entiendo que eso es lo que hacemos.

Más sobre Janice Winkler en Revista Kundra


SOBRE LA AUTORA

foto-victoria-moraVICTORIA MORA nació en Buenos Aires en 1979. Es psicoanalista, docente y narradora. Ha participado en jornadas y publicado trabajos entrecruzando psicoanálisis y literatura. En 2012 ganó el primer premio del concurso de cuentos de la Fiesta Nacional de las Letras de Necochea con su cuento “El último tren”.”Demasiado tarde” fue uno de los cuentos ganadores del Concurso literario Micaela Bastidas organizado por el INADI. En 2013 su cuento “Herencias” resultó uno de los ganadores del Concurso del 1° de Mayo organizado por la Casa de los trabajadores de Córdoba. Su cuento “Rescate” fue finalista y parte de la Antología del Certamen literario de Editorial Alma de diamante (2013). Fue finalista del II Concurso de cuento breve Osvaldo Soriano organizado por la facultad de Periodismo de la UNLP con su cuento “Huellas” (2014). Su microrrelato “Masacre” recibió una mención en el Concurso Provincial de Murales Literarios (2014). En 2014 publicó su primer libro de cuentos Un mundo oscuro por editorial Llanto de mudo. Colabora con las revistas digitales Kundra y Mercurio Contenidos.

 

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