#Narrativa | Acá no es, por Bea Lunazzi

 

#Narrativa

 

Por Bea Lunazzi

 

 

  Desde arriba se lo veía diminuto, un poco desgreñado pero limpio. El pelo limpio quiero decir, brillante. Los modales delicados todavía. Parecía un profesional, un abogado o arquitecto de esos que no llegan a fin de mes. Sostenía un maletín deslucido y bastante repleto a juzgar por lo inflado. Los jeans sin planchar y una bufanda a cuadros sobre el saco gris. Otro más que no pudo con la tecnología, pensé y lo vi dirigirse con resignación de la terminal de autoservicio a la cola de al lado con las carpetas ceñidas al pecho por el brazo libre.

  La agencia marea a cualquiera, lo reconozco, sin embargo tiene una especie de ritmo parejo, un latido, por decirlo de alguna manera, constante. Desde las 7.30, cuando se abren las puertas hasta un poco antes de las 9 la cosa está tranquila, los empleados van llegando y se instalan frente a las anticuadas computadoras, con sus jarritos de café, mientras se cuentan los sueños de la noche o el incidente de tránsito que los hizo retrasarse y van indicando al público el camino a seguir. A eso de las 10 ya el gentío es suficiente para desalentar a cualquiera. El murmullo crece y el eco confunde los diálogos, los pliega. A las 12 ya hubo gritos por parte de los visitantes y, un poco más tarde, son los oficinistas los que pierden la paciencia ansiosos por tomarse la hora del almuerzo. A las 16 ya son varios los atendidos por hipertensión o taquicardia y las quejas se elevan por los pisos como aire caliente.

  El del pelo brillante ya está subiendo al primer piso luego de saltar de mesa en mesa. Tras unos cuantos intentos infructuosos le informaron que el gestor asignado lo espera en la oficina grande de arriba, que no tome ascensor que no funciona. El tipo no es viejo ni lisiado, sube de dos en dos los peldaños. En breve no tendrá tanta energía, me digo y una semisonrisa me brota de la experiencia. Ahora está en los bancos alargados contra la pared, con el número en la mano, apoyado sobre la valijita que descansa en sus rodillas. Un poco incómodo con tanta carga, pero por suerte está sentado que hay otros que ni eso.

  La gestora, luego de pasarle su tarjeta personal con teléfono por las dudas lo acompaña hasta el segundo piso para que verifiquen los datos y le expliquen el trámite. Paulita que es encantadora le va a dar la lista de los papeles que faltan. Lo dejo en buenas manos, llámeme si quiere agilizar el trámite. Que no, que tiene que haber una manera de hacerlo sin pagar extra. Mucha suerte. Gracias.

  Paulita aunque vista como una señora mayor, es muy joven y en consecuencia inexperta; pronto el de la bufanda a cuadros tiene que seguir para el tercero donde pedirá que lo atienda un superior. Ese piso es particularmente complicado, lleno de pasillos con pequeñas oficinas a un lado y otro. Al azar toma un corredor y atento observa las placas donde se indica el cargo; espía, cuando tiene la posibilidad, buscando según parece, un escritorio más elegante de lo común o bien alguna cortina o decorado que ostente mayor jerarquía. No parece tener suerte pero para su consuelo da con la puerta de un baño, por fin. Empuja suavemente con el antebrazo y la resistencia desaparece porque justo está saliendo alguien. El sanitario no es para uso público, le dicen y cierran con llave. Un poco confundido, retrocede y dobla por un sitio más estrecho. Un señor de saco pasado de moda y corbata ancha viene en dirección contraria, a él le consulta por el gerente; por el señor Místico, que así se llama, pero hoy no vino al parecer. Vaya un piso más que Suárez lo va a atender. Por atrás llega directo. No me levante la voz que todos queremos irnos a casa.

  Debe ser el otro Suárez, somos varios.

  A esta altura lo tengo más cerca, le puedo observar la ira en los ojos. Mejor que se ventile. Para eso hay que hacerlo subir al quinto y lograr que salga a la terraza. El falso Suárez podría aportar lo suyo, mandarlo con alguna excusa, de esas que nunca faltan, al piso de arriba. Podría decirle por ejemplo: si sube un pisito más puede concertar una entrevista con la secretaria del gerente general. Es casi una excepción que usted sin recomendación alguna haya llegado hasta aquí. Aproveche su fortuna y por solo unos escalones más podrá acceder a ese privilegio. ¿Que es sólo un sello? Sello y firma, señor. Y sin eso no puede seguir el trámite. Mire, porque no tengo más tiempo, acá los mártires mueren, no se puede contra el sistema. Es un decir, usted me entiende.

Lo notable es ver cómo nuestro amigo acata las reglas de juego. Con la cabeza baja y la frente humedecida toma la escalera, al llegar al descanso se para y con alguna dificultad por tanto bulto, saca del bolsillo un pañuelo blanco. Sigue. Y ahí nuestra estrategia: tener la puerta ventana abierta para que las ráfagas de viento despierten su curiosidad.

Dicho y hecho. Ya lo tenemos afuera, en la señorial terraza del edificio. Propia para un baile. La tarde se puso fresca y tan anaranjada que el brillo molesta los ojos, los entrecierra. El hombre respira profundo, mira en derredor, descubre que no es el único; un viejo vestido de traje oscuro está apoyado sobre la balaustrada. Tal vez haya salido a fumar, pensamos que piensa. Podría pedirle un cigarrillo, solo por hoy. Un tropezón no es caída.

Al final el viejo no tiene fuego ni nada; está extasiado mirando fijo el paisaje, el manto verde de los árboles. Con voz ronca le dice, ¿sabe que hay cadáveres enterrados allí? La epidemia colapsó las estructuras. No daban abasto. Los cuerpos se apilaban hasta que los carros de basura los recogían para tirarlos en las fosas colectivas. Ya hay poca luz pero eso blanco es el monumento a las víctimas.

Es el momento justo para reencontrarnos. Bastará con que el portero haga un poco de ruido al cerrar la puerta ventana. Sin dudarlo él querrá salir de ahí, o entrar mejor, de vuelta al edificio. Un poco encandilado por la puesta del sol, le dará a su pupila unos segundos para estabilizarse. Al reaccionar, dará un medio giro buscando al viejo; es extraño, no lo ve. El portero, sin decir pío, también desaparece de su vista, es esperable, el personal de maestranza no tiene por qué permanecer después de hora. Probablemente, nuestro aspirante, se esté sorprendiendo con el abrupto cambio de escena: pasillos desiertos y en penumbras; silencio. ¿Tanto tiempo pasó? Al pobre se lo adivina cansado, enrarecido. Avanza hacia el interior del edificio y toma por uno de los atajos; visiblemente alterado golpea con la punta del zapato un par de puertas pero son oficinas vacías. Vuelve a doblar por un pasillo angosto y descascarado; las ventanas ya no son las de estilo neoclásico, con cristales repartidos biselados y herrajes de bronce sino de carpintería más sencilla, vidrios esmerilados, incluso alguno roto por donde silba el frío. Sobre la pared de enfrente a las ventanas se apoyan pilas de expedientes, carpetas; todas llenas de un polvo espeso que brilla con los reflejos de la calle. Tose el abogado, o quizás arquitecto, casi sin saliva; hace horas que no toma ni agua. El rostro pálido con un tinte verdoso. No se puede negar: está asustado.

Ahí vio la escalera, la del fondo, la que solo va hacia arriba. Vuelve la cabeza para atrás pero no tiene escapatoria; demasiado oscuro. Se entiende que tiene los brazos adormecidos de tanto sostener porque apoya el maletín y los papeles en el primer escalón, se incorpora lento y se frota con las manos la zona de los bíceps, sube con la izquierda hasta el cuello, lo masajea y sigue por el mentón hasta la cara; se refriega los ojos con los dedos pulgar e índice. Se queda comprimiendo la vista un rato como derrotado. De golpe es otro; cansado, amarillo, enfermo.

Comienza el lento ascenso. Me gusta particularmente verlo acercarse al tramo final en estas condiciones; cara desencajada, sudoroso; sentir su respiración arrítmica, los pasos vacilantes. Queda poco, todo está preparado. Lo aguarda el cuartito, solo abrir la puerta chirriante y adelantarse los pocos pasos hasta la abertura, ese hueco de una antigua puerta,  ya sin balcón. Al asomarse sentirá el vértigo que suele producir la desolación, no podrá dejar de inclinar su espalda y ver sobre el suelo natural, sin desmontar, el carro de madera desvencijada, con los bultos tapados por trapos, esperando. El  olor acre se impregnará en sus fosas nasales y lo irá mareando hasta hacerle perder el equilibrio. No será necesario el empujón. Como de costumbre el cuerpo caerá por su propio peso.


SOBRE LA AUTORA:

 bea presentacionBEA LUNAZZI es Licenciada en Letras, docente, poeta y correctora literaria. Publicó en 2005 Paisaje en el paisaje, escribió y dirigió una obra de teatro para niños, El episodio jamás contado…en 2007. En 2011 coordinó la publicación de la antología Búsquedas de escritores de San Isidro. En 2014 la publicaron en la antología del Municipio de Lomas de Zamora y en 2016 en la antología Rapsodia (El mono armado). Fue traducida al inglés y publicada en Irlanda. Actualmente coordina desde hace más de diez años talleres literarios. Ha colaborado en numerosas ediciones de la Feria del Libro realizando diversos proyectos entre los que se cuentan talleres interdisciplinarios y la dirección de un stand abocado a difundir las leyendas de las culturas originarias. Ha participado como panelista en las V y VI Jornadas de Literatura y Psicoanálisis Autopistas de la palabra en la Biblioteca Nacional. Colabora como periodista literaria en revistas nacionales e internacionales con artículos críticos y entrevistas a escritores. Como narradora ha publicando en revistas literarias y diversos medios virtuales.

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