#Narrativa | Capítulo 4 de la novela Lloran mientras mueren, por Juan Carrá

#Narrativa 

 

Por Juan Carrá

 

Ana Laura ya no es Ana Laura. Acaba de asesinar a su fiolo. Parada junto al cuerpo, siente que ella es incapaz de matar. Que no pudo haber sido ella la que terminó con la vida de ese gordo-hijo-de-re-mil-putas que aún tiembla entre las sábanas manchadas del hotel. Ana Laura ya no es Ana Laura. Hace rato que lo siente. Desde que abre las piernas para ganar unos mangos y subsistir, cree que ha dejado de ser ella. Que en cada pijazo, Ana Laura muere como si recibiera una estocada. Pero ese sentir de muerte no la deja nacer en otra. Hasta que ella es la que mata. Como si la necesidad de olvidarse asesina la desdoblara. Ana Laura siente que no es Ana Laura. Se siente recién parida. Con otro nombre, con su nombre de guerra: Ámbar. Al menos cuando abre las piernas. O cuando tenga que matar. Será su forma de sobrevivir: olvidar, reprimir, desdoblar su mente. Ana Laura es Ámbar. Ella misma se parió en la hemorragia de muerte de su fiolo. Y se siente aliviada.

La decisión de matar no había sido fácil, pero era inevitable. El gordo-hijo-de-re-mil-putas se creía el mandamás de la zona, y ella había quedado atrapada en su red de mujeres casi sin darse cuenta. La primera noche que paró en la esquina de 9 de Julio y 20 de Septiembre se comió una paliza tremenda. Dos trabas le marcaron el territorio a mano limpia. Y fue el gordo-hijo-de-re-mil-putas el que la levantó de la calle y la llevó al hospital. Tres días internada. Sola. Así estaba desde que había llegado a Mar del Plata. El único que la visitaba era él, que por entonces era nada más que el gordo. Le llevó flores y le prometió que la iba a cuidar. Ella, más Ana Laura que nunca, se dejó querer. El gordo la esperó en la puerta del hospital el día que le dieron el alta. La subió a su auto, la llevó a comer y le propuso que se quedara con él, que tenía un hotel a una cuadra de donde la había encontrado tirada y que ahí, si quería, podía laburar tranquila. Ana Laura ni lo pensó. Le dijo que sí, que por unos días prefería no trabajar, hasta que se le fueran los hematomas de la cara. Y el gordo-hijo-de-remil-putas le dijo que no había problema, que en el hotel tenía lugar de sobra. Apenas Ana Laura entró en El Nido las dos trabas le dieron la bienvenida. Entonces entendió todo. El gordo-hijode-re-mil-putas tenía armada la cadena perfecta para que las todas las que pararan por La Perla le rindieran tributo. Mía y Nadia eran una especie de fuerza de choque del gordo-hijode-re-mil-putas. Su trabajo: ubicar a las nuevas o a las que no estaban bajo el ala de su jefe para cagarlas a trompadas. Después era el turno del gordo-hijo-de-re-mil-putas. Ana Laura mucho no pudo decir, a las dos primeras puteadas que largó se comió la primera piña. Ni Mía, ni Nadia habían movido las manos. El gordo-hijo-de-re-mil-putas era el autor del derechazo en el plexo que la dejó sin aire.

—Dejemos los rencores para otro momento, mamita — le dijo antes de arrastrarla de los pelos a una habitación en el segundo piso de El Nido. Dos semanas después, se dedicaba a coger sin chistar. De los que ganaba, la mitad era para el gordo-hijo-de-re-milputas. De vez en cuando, también, le chupaba la pija. Según el gordo-hijo-de-re-mil-putas la guita era su cometa, y la mamada el pago del alquiler de la pieza en la que Ana Laura vivía y trabajaba. Mía y Nadia, poco a poco, fueron convirtiéndose en sus amigas. Después de la paliza inicial, Ana Laura había sabido manejarse en El Nido. Respetaba a las que sabía cerca del gordo-hijo-de-re-mil-putas, pero también reclamaba su lugar. Incluso una noche había salido con Mía en reemplazo de Nadia. —Tiene una zurda de puta madre —le comentó Mía al gordo-hijo-de-re-mil-putas después de pegarle una paliza de órdagos a una que se resistía a alinearse a las huestes de El Nido. Ana Laura sabía que al lado de Mía y de Nadia podía pasarla mejor que si se las ponía de punta. Fingía quererlas. Pasaban noches enteras tomando ginebra y charlando de la vida. Fue una de esas noches que Ana Laura hizo la propuesta. Mía y Nadia la miraron con los ojos grandes como platos. Y no era solamente por la merca. Ninguna de las dos podía creer que fuera Ana Laura la que les estuviera proponiendo boletear al gordo-hijo-de-re-mil-putas. —Yo me lo cargo, ustedes se quedan con El Nido, pero me ayudan a hacerlo. Mía fue la primera que dijo que sí. No era que Nadia no estuviera de acuerdo, el asombro no la dejaba reaccionar. Al fin y al cabo, no había pasado tanto tiempo desde que ellas dos la habían dejado moribunda.

—A ver rubia, ¿y cómo pensás cargártelo? —preguntó Mía pensando en la posibilidad de manejar El Nido. —No sé… Justo en eso quiero que me ayuden. —Veneno —rompió el silencio Nadia—. El arma de las mujeres. —Esa es buena; yo se la chupo seguido a un tipo que labura para una minera… Siempre habla de los quilombos que tienen con el cianuro —contó Mía mientras servía otra ronda de ginebra. —¿Y te dará algo? —preguntó Ana Laura. —Nena, pareces pelotuda, no puta… Cuando tenés en la boca la pija de un tipo, podés pedirle el mundo. Las tres explotaron en una carcajada. Levantaron los vasos de ginebra y brindaron. Un mes después Ana Laura se iría de El Nido aún con el cuerpo tibio del gordo-hijo-de-remil-putas tirado en una cama. Nadia la abrazó antes de verla salir. —Tomá, entre esas dos tetas se luce mejor —le dijo mientras le colgaba una cadena con un perfumero de plata labrado con hojas de enredadera.

La muerte del gordo-hijo-de-re-mil-putas se había convertido en una leyenda urbana entre putas y malandras. Mía y Nadia nunca la habían delatado. Pero su ausencia en El Nido la señalaba como la Juana de Arco de las putas de La Perla. No faltó mucho para que le pidieran que se cargara a otro. Ella, ya más Ámbar que Ana Laura, se negó todo lo que pudo. Hasta que encontró en la adrenalina de la muerte algo más que una forma de conseguir guita. “Al fin y al cabo –pensó–, ¿qué mal le hace al mundo un hijo de puta menos?”

Capítulo 4 de la novela Lloran mientras mueren

 


SOBRE EL AUTOR:

Juan Carrá por Noelia Monópoli1.jpg
PH: Noelia Monópoli

JUAN CARRÁ (Mar del Plata, 1978) Periodista y escritor. Publicó las novelas negras Lloran mientras mueren (Vestales, 2016); Lima, un sábado más (Vestales, 2014) y Criminis Causa (Letra Sudaca, 2013). Participó del a colección Leer es futuro 2 –dirigida por el Ministerio de Cultura de la Nación– con el libro Antes y después de la muerte. También forma parte de las antologías Listas negras (Pelos de punta, aún inédito); Charco Negro (WuWei, Argentina y UnomasUno, España) y Poca cosa (Letra Sudaca). Fue distinguido por la Secretaria de Cultura de la Municipalidad de General Pueyrredón con el premio Alfonsina en el rubro “Creación literaria”. Como periodista publicó en Página12, Clarín, Brando, Rumbos, Anfibia, Infojus Noticias, Cosecha Roja entre otros. Es docente de la carrera de Periodismo en TEA ; de la carrera Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de Arte y dicta talleres de ficción y de crónica narrativa hace cinco años.

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