#Narrativa | Como no se había dado cuenta, por Natalia Rozenblum

#Narrativa

 

Por Natalia Rozenblum

 

Cómo no se había dado cuenta de que el televisor del departamento vecino se había apagado. Ahora él estaba ahí, en la cama, desnudo y con las manos sucias de queso crema sobre su pito. Pero eso no era su culpa. Ahora Muppy era otra vez su perro y no Malena con su risa afónica y con su pelo lacio y rubio, y se juró que la próxima vez que la viera se le animaría. Ahora Elvira estaba ahí adelante, en el marco de la puerta de su cuarto, diciéndole que su padre se había accidentado. Cómo no se había dado cuenta. Si a esa hora Elvira siempre tenía el televisor prendido. Él recordaba volver del colegio, almorzar las sobras de la noche anterior y fumar un cigarrillo en el baño, pero no contra la ventanita, sino sentado en el inodoro y con la puerta abierta. Después, acostarse en su cama con Muppy y responder algunas de las preguntas del programa de preguntas y respuestas que habían traspasado las paredes que separaban los dos departamentos. Es verdad, ella era ciega, no sorda, pero le gustaba escuchar la televisión en un volumen exagerado. O tal vez se tratara de un gesto hacia él a quien su padre no lo dejaba mirar televisión. Su padre le había sacado el aparato como si eso lo fuera a convertir en un intelectual, un hombre formado que no necesitara dos trabajos para poder sobrevivir.

Dónde estaba Muppy, pensó, pero no se animó a preguntarlo en voz alta. A preguntar eso u otra cosa, como por ejemplo qué hacía ella ahí. Qué hacía diciéndole lo de su padre mientras él estaba desnudo y sucio y el pote de queso crema con la cuchara junto a sus piernas, porque después de que Muppy lo chupara él había vuelto a ponerse queso crema en el pito sin pensar que era Muppy el que lo hacía, y no se había dado cuenta de que el televisor de Elvira se había apagado. Que ella seguramente saldría, porque era el único momento en que apagaba el televisor. Que le iba a tocar timbre, porque Elvira solo salía para tocar timbre en su casa y preguntar si necesitaban algo, o para llevar algo, un pastel de papas o un postre, y que si no le respondían, como esta vez, entonces iba a entrar con las llaves que su padre le había dado por las dudas. Por si había un escape de gas. Un incendio. Una avalancha. Pero no por si él tenía un accidente. Si su padre lo tenía. Eso no lo había dicho nunca.

Volvió a repasar lo que había hecho, pero comenzó desde más atrás. Ese día se había despertado a las siete, como todos los días. Había desayunado con su padre, algo rápido. ¿Habían hablado? ¿Habían tenido tiempo para eso? Después salió hacia la parada del colectivo. La parada estaba en la esquina de la casa y supo que, como siempre, su padre lo estaría mirando. Pero no se dio vuelta como otras veces, ya no lo hacía. Pronto se encontraría con dos compañeros y lo que menos quería era que lo vieran como un chico que necesita de su padre. Entonces llegaron Roby y Pedro. Y también Malena. Los miró y no dijo nada. No dijo nada más que hola, y hablaron de cosas sin sentido, aunque no pudo dejar de pensar si alguno lo habría hecho con ella. Si se habrían acostado o lo habrían hecho de parados, porque eso se decía: que las chicas del colegio se dejaban así, como al pasar, pero que de ninguna forma se metían en un hotel o en una casa. No le importó y abrazó a Malena. Y le acarició el pelo que era mucho más suave y más largo que el de Muppy. Eso era seguro. Lo que todavía no sabía era si su lengua también lo era. Por el momento le alcanzaba con cerrar los ojos, imaginarla y sentir lo que pasaba ahí abajo mientras en su cabeza pasaba otro montón de cosas. Subió al colectivo detrás de ella y detrás suyo apareció Alejandro. Sintió un dolor en la panza. Por Alejandro había empezado todo. Era su culpa. Había contado que se ponía queso crema para que su perro lo chupara. Lo había dicho como si fuera un acto heroico, como si eso le permitiera entrar en la banda. Pero no. Y él, él que se resistía a mirar a su padre que no dejaba la ventana hasta que lo viera camino al colegio, había sido el primero en mandarlo al frente. En contarle a todos para que se burlaran. Y después: el primero en llegar a su casa y probar, secretamente, cómo se sentía eso. Y desde ese día repetir el ritual cada tarde.

Lo que no recordaba era lo demás: cómo habían sido las clases, qué materias había tenido, si Malena lo había mirado o algo. Después de la escena del colectivo estaba otra vez en su casa, y almorzaba las sobras de la noche anterior. Y fumaba un cigarrillo en el baño. Y se tiraba en la cama con Muppy a responder las preguntas del programa de preguntas y respuestas. Y más tarde terminaría con todo eso, porque llegaría su padre y él debía tener preparada la cena y contarle cómo había estado su día.

Y sin embargo ahí estaba Elvira, parada en el marco de la puerta de su cuarto, diciéndole que su padre se había accidentado. ¿Qué tipo de accidente era? ¿Se podía comparar con el hecho de que ella hubiera entrado de ese modo y lo hubiera encontrado así? ¿Era eso también un accidente o un sacrilegio? No supo qué podía significar todo aquello, si acaso que Elvira se fuera a hacer cargo de él y entonces por un segundo se imaginó nuevamente viviendo con una mujer. Alguien que le preparara la comida a toda hora: para el almuerzo y para la cena, nada de comida recalentada.

De pronto escuchó un ladrido pero no pudo reconocer si era de Muppy o de otro perro. Temió que ya no pudiera reconocer más nada de lo conocido hasta entonces. Sintió cómo empezaban a caerle las lágrimas por la cara y quiso secarse, pero aún tenía las manos sucias tapándose el pito y sacarlas de ahí hubiera supuesto quedar totalmente desnudo y tener que limpiar las manos en algún lado, frotarlas contra las sábanas que no eran blancas, o chuparse los dedos.

Cuando decidió que la miraría. Que ya no le importaba o que sí pero que lo iba a hacer. Cuando levantó apenas la cabeza y enfocó sus ojos para preguntarle si su padre se había muerto, recordó que ella no lo veía.

 


SOBRE LA AUTORA:

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NATALIA ROZENBLUM nació en 1984 en la ciudad de Buenos Aires. Estudió filosofía. Hace casi nueve años que dicta talleres de escritura. En 2016 abrió su librería “La vecina libros” y publicó su primera novela “Los enfermos”, editada por Alto Pogo.

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