#Narrativa | El fin de la soledad, por Néstor Darío Figueiras

#Narrativa 

 

por Néstor Darío Figueiras

*

Las tres de la mañana, y el maldito colectivo no viene. Hace una hora que lo esperás bajo la garúa fría que no para. Como todas las noches, lamentás que esta calle sea tan solitaria. No dejás de vigilar el manicomio que domina la cuadra, al otro lado del pavimento. Se escucha una sirena a lo lejos… No parece una ambulancia. Pensás que es un patrullero que ronda por ahí, en busca de violadores o ladrones. Pero sabés que lo más probable es que los oficiales estén forzando a algún travesti, amenazándolo con encerrarlo si no les hace un “completito”.

Como todas las noches, los gritos escalofriantes de los locos del manicomio te recuerdan que siempre tenés que estar alerta. Has oído las cosas que se cuentan de ese lugar. Aterrada, volvés a atisbar las innumerables ventanas que titilan en la mole de cemento. Son como ojos parpadeantes. Un grito. Otro grito, de nuevo. Y otro. Las luces mortecinas merman con cada alarido, como amagando un apagón. Pero sabés que la causa de esos gritos sos vos, y no el electroshock.

La llovizna barrosa telegrafía señales secretas sobre el techo de chapa de la parada, pero aun así un ruido de vidrios rotos se impone sobre el martilleo. Entonces una sombra desaforada se larga a correr por el parque del siquiátrico. Grita diabólicamente mientras se dirige hacia la calle. Te estremecés. En ese momento ves el resplandor de las luces del colectivo por el rabillo del ojo. Tu salvación. Levantás la mano, desesperada, como si pudieras apurar su andar tardío de trasnoche. Hace un guiño con las luces, pero parece que no va a llegar a tiempo.

El crescendo de la alarma del manicomio aumenta a niveles insoportables. Las corridas se multiplican. Los guardias amodorrados gritan y tratan de alcanzar a la bestia, que ahora está saltando la reja. Una vez en la vereda, te clava la mirada. Escuchás que el colectivo ruge, apurando el motor. Seguís con la mano extendida, temblorosa y apremiante, pero ya es tarde: la luz halógena descubre a tu cazador, que jadea y babea. Ves su rostro lastimado, y en el torso desnudo, las costillas quemadas. Te preguntás cómo es posible que esos locos de mierda siempre adivinen tu presencia, y aunque estás paralizada, empezás a temblar sin control.

La bestia salta hacia vos, con las manos extendidas, buscando tu cuello. Entonces el colectivo, lanzado a una velocidad mortífera, la intercepta en la mitad del asfalto, golpeando su cuerpo esquelético. El ruido a huesos rotos, sordo al principio, se va transformando bajo las ruedas en múltiples crujidos. Luego, el chirrido largo y humeante de los frenos. Los gritos de guardias y enfermeros se pierden en el ulular de la alarma. La llovizna va arrastrando la sangre del cuerpo destrozado hacia las alcantarillas, esa sangre impía que hace que vomites entre espasmos y cólicos agudos. Bilis y jugos gástricos, nada más, porque no comiste bien últimamente.

Vos, muerta de miedo, y el chofer, imperturbable, se dejan llevar a la comisaría, y prestan declaración ante los oficiales haraganes e ineptos. Te sorprende que no se molesten en verificar las identidades de ambos. Te asombra que basten tu asustado “nada más esperaba el colectivo, fue todo tan repentino que no pude ver bien lo que pasó” y el seco “no los vi, ni al loco ni a ella” del chofer ojeroso. Sólo cuando se les permite irse, reparás en su extrema palidez, en su andar sigiloso y en las uñas de sus manos, largas y afiladas. Ya en la calle, donde agradecés que a las cinco de la mañana la oscuridad de las noches invernales se resista a irse, te guiña un ojo, como dos horas antes lo hiciera con los faroles.

—Sos nueva, ¿no? Te observé durante las últimas noches, cuando subís al colectivo.

Intentás decirle que no sabés de qué está hablando.

—No te preocupés, todos tuvimos miedo al comienzo. Él iba a matarte, por eso lo atropellé. Algunos dementes intuyen nuestra presencia y se sienten empujados a destruirnos. Si no aprendés a usar tus poderes no vas a sobrevivir. ¿Cómo creés que nos zafamos de la policía? Y buscate un empleo nocturno, o alguno en el que no tengas que salir a la intemperie, como el de un amigo, que es bibliotecario. En mi caso es fácil, los pasajeros casi siempre están dormidos, drogados o borrachos, y no oponen resistencia cuando los muerdo…

Mientras se despide, algo que creías perdido para siempre se agita donde alguna vez latió tu corazón: la esperanza. Nunca más estarás sola, y eso aleja todos los temores. La sonrisa te dura incluso cuando bajás la tapa del ataúd y te sumergís en las sombras.

*Cuento perteneciente al libro Capricho #43

 


7.jpgNÉSTOR DARÍO FIGUEIRAS nació en Buenos Aires el 18 de noviembre de 1973. Es escritor, músico, productor musical e ilustrador aficionado. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía. Ha publicado en la mayoría de las revistas digitales del género, como Axxón, NM, Alfa Eridiani, miNatura, NGC 3660, Necronomicón, Crónicas de la Forja, etc. Asimismo participó en varias revistas en papel y fanzines, como Catarsi, Próxima, Ópera galáctica, el fanzine francés Présences d’esprits, y la célebre revista húngara de CF Galaktika. Sus historias han sido traducidas al francés, al catalán, al italiano, al húngaro y al griego, y forman parte de varias antologías en papel (como la chileno-argentina “Espacio Austral”, la griego-argentina “Galaxias olvidadas”, la italiano-argentina “El futuro al acecho”, la mexicano-argentina “Extremos” y “Latinoamérica en breve”, con microficciones de autores latinoamericanos), y también en antologías en formato digital (por ejemplo, “Whitestar”, que compendia textos de 32 autores de diversas nacionalidades, inspirados en la obra del músico David Bowie).  Entre los premios más destacados que ha obtenidos por su labor encontramos una mención de honor del Premio “Más allá” 1991, por su cuento “Organicasa” –escrito a los dieciséis años–; una mención de honor en el Premio Andrómeda 2005, por “Reunión de consorcio”; y el primer y el segundo puesto del Premio Ictineu 2012, en la categoría “Mejor cuento traducido al catalán”, por “Reunión de Consorcio” y “El mejor de los nombres”, respectivamente. En 2016, la editorial textosintrusos ha editado en Argentina “El cerrojo del mundo está en Butteler”, una antología de trece relatos suyos que alternan ciencia ficción, fantasía y ficción especulativa. En marzo de 2017, la editorial Peces de Ciudad editó su segundo libro de cuentos, “Capricho #43”.

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