#Narrativa |En clase (o en el aula III), por Lucas Berruezo

#Narrativa

 

Por Lucas Berruezo

 

Escuchó el timbre que ponía fin al recreo. Miró el contenido de su taza: todavía estaba llena por la mitad. En ese momento, ver el vaso medio lleno era una desventaja. Tenía que apurarse o no iba a poder terminar de tomar su café. Con ímpetu, y no sin dudas, bebió lo que le quedaba en dos largos sorbos. El líquido negro le quemó la boca y la garganta, lo que derivó en una expresión de dolor que le frunció los ojos y le extrajo, casi como al pasar, una lágrima.

Afuera, los alumnos ya empezaban a volver a sus aulas. Podía verlos por el resquicio que dejaba la puerta entreabierta de la sala de profesores. De seguro, uno de sus colegas había salido con tanta prisa que había olvidado una de las normas básicas de convivencia. Si su madre estuviera ahí, no dudaría en regañar al responsable con una de sus preguntas capitales: ¿Acaso vivís en carpa?

Tiró el vaso de telgopor en el tacho de basura y salió de la sala, aunque no para trabajar, sino para entrar al baño. Así lo hacía siempre: esperaba a que tocara el timbre y, recién en ese momento, como tantos de sus alumnos que se negaban a retomar la jornada educativa, se metía en el baño de profesores. Entonces empezaba otra rutina, que llevaba a cabo con una lentitud llevada al límite de lo natural. Orinaba, se lavaba las manos, se acomodaba la ropa, se lavaba las manos de vuelta y, recién en ese momento, agarraba su portafolios y se encaminaba al aula para dar su clase de Historia.

Así lo hizo.

Al llegar a la puerta de su curso, un sexto año que no permitía ilusionarse siquiera con una clase medianamente interesante, ya habían pasado diez minutos desde que había finalizado el recreo. Si a esos diez minutos le sumaba los diez minutos que tardaba en pedir silencio, hacer que los alumnos inquietos se sentaran, llenar el libro de temas y firmar el parte, y si a eso a su vez le sumaba los cinco minutos que sobraban al terminar la clase antes para guardar sus cosas y estar listo al momento de tener que irse, sus «horas» duraban en total treinta y cinco minutos. Una pequeña revancha que lo reconfortaba al momento de ver que, mes tras mes, su sueldo no le permitía llegar al día treinta sin pedirle prestado a su madre.

Pero ese día parecía distinto. Desde la ventana rectangular de la puerta del aula podía ver que, de manera inusual, todos sus alumnos estaban sentados. Incluso, bastó entrar para sumar más razones a su desconcierto: además de sentados, los jóvenes de sexto año Comunicación estaban en silencio. Y como si eso fuera poco, al silencio había que agregarle la inmovilidad. Nadie, absolutamente nadie, se movía.

El profesor entró al aula diciendo un fugaz «buen día» que no obtuvo ninguna respuesta por parte de ningún alumno.

El grito se escuchó a los pocos segundos, desde todos los pasillos del colegio.

***

El último mensaje de whatsapp llegó al grupo de sexto año Comunicación a las 23.13 horas del 31 de mayo de 2017, después de una larga discusión que no dejó afuera a ninguno de los compañeros. Sin embargo, ese último mensaje tenía dueño, le pertenecía a Agustín Casares, el más convencido de todos, el que había dado la idea, el que había leído el cuento de Lucas Berruezo.

«La pregunta es si se la bancan. Se la bancan, wchos??????? Quieren hacer historia?????»

Nadie, excepto Agustín, estaba convencido de bancársela, pero todos, o al menos la mayoría de ellos, estaban seguros de querer hacer historia.

***

Agustín miró el reloj de su celular, eran las 21.07 y su mamá todavía no había dado siquiera señales de ponerse a cocinar. Ya llevaba compartidos en Facebook cinco videos de cachorritos y más de diez fotos con diferentes frases de autoayuda, de ésas que él mismo había visto más de una vez en los sobrecitos de azúcar que daban en esos bares de Capital Federal donde iba a merendar, muy cada tanto, con su papá (cuando no estaba demasiado ocupado con el trabajo o con sus hijos de su actual matrimonio). Esas frases que decían cosas como que «una madre está dispuesta a todo por sus hijos» o que «el éxito de los grandes es la sonrisa de los chicos». Claro, probablemente su madre no se diera cuenta de que cocinar era parte de ese «todo» y de que con la panza vacía era difícil sonreír.

Aburrido, empezó a mirar, prácticamente sin prestar atención, su TimeLine de Twitter. Fue entonces cuando vio que Candela, esa amiga de su vecina del 3º C que estaba re buena y que una vez se había cruzado en Antares, había compartido un cuento de un tal Lucas Berruezo con la aclaración: «Cuento de mi profe ♥♥♥». Más interesado en tener un tema de conversación para la próxima vez que se la cruzara que de la lectura en sí, Agustín clickeó sobre el link y empezó a leer.

Fue durante la lectura que se le ocurrió la idea.

Para cuando terminó el cuento, estaba completamente seguro de lo que tenían que hacer. Quedarían en la historia del colegio Domingo Faustino Sarmiento. Incluso, en la historia de Castelar. Por qué no, en la historia de Argentina y del mundo.

***

El cuento se llamaba «En clase», aunque tenía una extraña aclaración entre paréntesis: «(en el aula III)». Contaba la historia, de una manera que se hacía difícil de seguir, de un grupo de chicos de sexto año que decidían suicidarse tomando una pastilla letal justo antes de que empezara la clase de Historia. Pero eso no era todo. No conocía a ese tal Lucas Berruezo, pero el tipo había decidido poner en el cuento que el sexto año era de Comunicación y que el colegio se llamaba Domingo Faustino Sarmiento.

Demasiadas casualidades.

Demasiadas.

Agustín terminó de leer con el corazón golpeándole el pecho, tan acelerado como aquella vez que se había mandado la pastilla con la cara de Darth Vader. Aunque era distinto. Ahora no sentía que se iba a morir, sino todo lo contrario. Iba a vivir para siempre, marcaría un antes y un después, y no con fiestas pedorras, iguales a todas las fiestas que hacían todos los sextos años de todos los colegios del país y del mundo, y tampoco con un viaje de egresados que lo único que prometía era decepcionar las enormes expectativas que todos parecían ponerle. No, nada de todo eso.

Lo haría, lo harían, con arte.

Mandó el primer mensaje al grupo de sexto año Comunicación a las 21.28.

Su madre, por su parte, seguía en Facebook.

***

«Te volviste loco gil»

«Q te fumaste»

«Tu hermano es farmacéutico, no????»

«Vos te pensás que mi hermano va a hacer algo así? Podría ir en cana. Ni en pedo»

«Decile que es para otra cosa»

«Y para qué mierda va a serrrrrrrr pelotudo»

«Estás hablando en serio?»

«Vamos a hacer historia, manga de cagones. Todo el país, todo el mundo va a hablar de nosotros. TODOS»

«Y de qué mierda nos va a servir si no lo podemos ver»

«Igual nos vamos a morir algún día. Por qué no hacerlo a lo grande»

«Estás loco»

«Putos»

«Se dejan de joder que mañana hay prueba. No pelotudeen y pónganse a estudiar»

«Nos van a conocer en todas partes. Vamos a ser historia. HISTORIA»

«No sé»

«Hasta puede que otros colegios hagan lo mismo. Podemos ser leyendas»

«No sé»

«No me parece»

«Ni en pedo»

«No sé»

«Yo sí sé. Háganme caso. Lean el cuento de ese Berruezo. Ahí está todo. Dice que los pibes se hicieron re famosos, que salieron en todos lados. Hasta cuenta que en un colegio de Japón hicieron lo mismo por copiarlos. Japón boludooooooo!!!!!!!!»

«Y si mi hermano no quiere. O no puede????»

«Buscamos en Google»

«Claro»

«La pregunta es si se la bancan. Se la bancan, wchos??????? Quieren hacer historia?????»

***

Entró al aula.

Por primera vez en sus años de docente, todos los pibes sentados, todos los pibes en silencio, todos los pibes sin moverse. Parecía un milagro.

«Los milagros existen», solía decir su mamá, «solamente hay que tener los ojos bien abiertos».

–Buen día –dijo al aire mientras caminaba en dirección a su escritorio.

Dejó el portafolios arriba de una silla y empezó a sacar sus cosas, que iba dejando sobre la superficie de madera laqueada. Su cartuchera, su carpeta, su cuaderno…

–Buen día, dije.

El silencio le respondió con su inusual incongruencia.

Entonces levantó la vista. No, no estaban todos sentados, sólo los de las primeras cuatro o cinco filas. En el fondo del aula había dos chicos tirados en el piso, desparramados como si hubiesen decidido dormirse una siesta antes de empezar la clase. En otras tantas filas, en sus bancos, pero a medio caerse, había media docena más. Las cabezas de todos colgaban de sus cuellos. Parecían muñecos, salvo por el detalle de que muchos habían tenido una profusa hemorragia nasal, que les manchaba la parte inferior de la cara y todo el uniforme. La sangre, un poco acá y un poco allá, formaba charcos en el suelo.

Tardo unos segundos en procesar lo que estaba viendo.

Fue después de esos segundos que empezó a gritar.

***

–¡No vamos a perder la oportunidad por ustedes dos, manga de cagones! –dijo Agustín, empujando al gordo Saavedra contra la pared. En la otra esquina del aula, las chicas se encargaban de Melanie Varela.

–¡Yo no quiero! –gritó Saavedra. Al parecer, no tenía ningún reparo en mostrar que era capaz de llorar como un nene de jardín, con lágrimas y mocos incluidos.

No había sido fácil, pero finalmente todos habían leído el cuento y, después, aceptado el plan de Agustín. Muchos no lo habían creído hasta verlo llegar con las pastillas de lo que él llamaba cianuro de potasio, pero al verlo, se habían subido a la ola. Todos menos los cagones de Saavedra y Varela. El gordo Saavedra y la muy puta de Melanie Varela. Cagones. Cagones de mierda. Por ellos, todo se podía ir al carajo.

No lo permitirían.

Ya habían dejado sus mensajes en sus muros. Ya habían filmado la previa. Ya tenían el mundo en sus manos en forma de esas pastillitas de vidrio que, según había dicho Agustín, tenían que morder antes de tragar, porque si la tragaban de una, podía no funcionar.

Los chicos agarraron a Saavedra mientras que las chicas a Varela. Gritaban como chanchos que estaban a punto de ser degollados, o al menos eso dijo Martín, que sabía de esas cosas porque sus padres tenían campos en Azul. Gritaban como chanchos. Por suerte, la puerta del aula estaba cerrada y afuera era un quilombo en el que todos, alumnos y profesores por igual, se negaban a volver a clase.

Los agarraron entonces, les abrieron la boca y les mandaron las pastillas. Después les apretaron las mandíbulas para que las mordieran. No fue fácil, pero tampoco imposible. Hubo una lucha, breve, que no duró más de uno o dos minutos. Lo difícil, en todo caso, vino después, cuando tuvieron que sentarlos en sus pupitres.

Nada que veinte personas no pudieran hacer.

El resto es historia.

***

El miércoles 7 de junio de 2017 sólo tres alumnos de sexto año Comunicación del colegio Domingo Faustino Sarmiento faltaron a clases: Sandra Mánchester, que presentaba un cuadro gripal; Elizabeth Cesáreo, que estaba de viaje; y Marco Di Pietro, que se había quedado dormido.

Fueron los únicos tres sobrevivientes.

***

El hombre de traje sale al aire con una hoja de papel entre las manos. Mira directamente a la cámara. Las personas que lo ven, también pueden leer en la parte inferior de la pantalla, en letras blancas sobre un fondo rojo, la siguiente frase:

EL «UPV», LA MODA ADOLESCENTE

QUE ATERRORIZA AL MUNDO

El hombre, mirando cada tanto la hoja de papel, empieza a hablar. Su tono suena compungido.

Lo que empezó en Argentina, ya da vuelta al mundo con la velocidad propia de las modas en tiempos de internet. Sólo que no se trata de una moda cualquiera, el «UPV» (siglas de «Último Primer Viaje») es la nueva tendencia entre los adolescentes, que preocupa, y mucho, a padres y profesores. El «UPV» consiste en lo siguiente: todos los chicos de sexto año se ponen de acuerdo para hacer lo que ellos llaman «historia». Así, toman una pastilla con algún veneno letal y de rápida acción y se sientan a esperar a que llegue el profesor, que suele encontrarlos ya a todos muertos. Una moda nefasta, que se suma a la «Ballena azul» y a otros tantos «juegos» perversos, manipulados por personas que permanecen en la impunidad del anonimato que brindan las redes sociales. El «UPV» es un triste invento argentino, que unos jóvenes, los primeros en llevarlo a cabo, sacaron de un cuento publicado en internet por un escritor de Castelar llamado Lucas Berruezo. Al tratar de conectarnos con él, el escritor dijo que no quería hacer ninguna declaración, que lamentaba mucho lo que estaba sucediendo, pero que no creía que la literatura pudiera ser culpable, ni siquiera responsable, de lo que estaba pasando. «Los tiempos de Don Quijote –dijo–, en los que se creía que la literatura podía volver loca a una persona, ya pasaron». Sin embargo, se mostró de acuerdo con que el cuento en cuestión se bajara de todas las páginas que lo reproducían.

Las últimas noticias nos dicen que en una escuela de Japón, en la isla de Hokkaidō, un grupo de alumnos decidieron llevar a cabo el nefasto juego.

Todo nos indica que este drama recién empieza.

 


SOBRE EL AUTOR:

14440992_1071252079597424_4208531791339825640_nLUCAS BERRUEZO (Buenos Aires, 1982) es Licenciado en Letras (UBA), docente y escritor. Prologó las antologías de cuentos fantásticos y de horror Mundos en tinieblas (Galmort, 2008 y 2009) y participó, junto a escritores como Alberto Laiseca, Luis Mey y Liliana Bodoc, en Haikus Bilardo (Muerde Muertos, 2014) de Fernando Figueras y José María Marcos. Sus cuentos y artículos circulan por la web en distintas revistas, como Insomnia, miNatura y Axxón. Gestiona El lugar de lo fantástico, espacio dedicado a la literatura y el cine de terror. En 2015, Muerde Muertos publicó su primera novela Los hombres malos usan sombrero (que fue incluida como bibliografía obligatoria en el seminario de grado sobre Escritura Creativa que Elsa Drucaroff dictó en 2015 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA) y su cuento “Esperando a Matías” formó parte de Mala sangre, la primera antología de terror de la colección PelosDePunta.

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