#Narrativa | Vivir y aprender, por Cristian Lisdero

#Narrativa

 

Por Cristian Lisdero

Ese año asistí a nueve funerales. Los chicos al principio están serios y uno empieza a pensar que están tristes; después se van a jugar alrededor de un árbol o de cualquier otra cosa.

Estaba por salir hacia el supermercado cuando sonó el teléfono. El colectivo había  volcado y mi hijo había sido trasladado al hospital. Dos alumnos todavía tenían que ser encontrados pero el maestro estaba bien.

La sala de emergencia retumbaba con llantos de mujeres pero no se sabía quién lloraba por quién. A través de la puerta de vidrio la luz de una ambulancia entrecortaba todo de verde. Una mujer gorda repetía hasta el cansancio “mi nene, mi nene”.

Varias veces me incorporé al ver pasar delantales blancos, hasta que me di cuenta que solo iban por café.

                Sobre la avenida se instalaron tres camionetas con logos de canales de TV. Algunos indignados fueron a tomar protagonismo pero yo no estaba para demandar nada; me fui al patio de atrás porque adentro está prohibido fumar.

A la madrugada el maestro se bajó de un taxi con un cabestrillo y la camisa manchada de sangre. Explicó que el bus pasó por arriba de la camioneta antes de caerse de lado y que el chofer no pudo ver las balizas por culpa de la niebla. No quedaba claro que había pasado después.

Ahora tenemos que esperar y mantenernos fuertes, dijo el maestro tomándome la mano; yo se la solté y esperé.

Un médico joven nos pasó el parte; casi todos estaban en terapia intensiva con un cuadro de politraumatismo. Los padres de los chicos que habían sido estabilizados podían llevarlos a un sanatorio privado, pero todavía no era recomendable.

Cuando entré a la habitación reconocí a Lucas por el pelo; su cama era la segunda desde la ventana. Me asombró lo duro que era el colchón. Tuve que mirar a los otros pacientes; me pareció que uno movía el brazo.

Empecé a llevar el mate al hospital. Lucas estaba siempre sedado y no convenía pasar todo el tiempo en la habitación. Algunos familiares lo hacían pero yo prefería charlar con el hombre de seguridad que siempre estaba al tanto de todo.

En la sala de espera para donar sangre el abogado se puso a hablar. Culpó a la municipalidad y a la empresa que tenía la concesión de la autopista. Que el micro anduviera sin los faros adecuados es irrelevante, dijo, frente a los ojos de la ley. Algunos se pararon y se fueron. Yo me quedé y firmé los papeles.

Más tarde, en el patio, me encontré con una enfermera que había terminado el turno de la noche.

¿Una noche larga?, pregunté

Una noche larga y una mañana también,  dijo parece que mi reemplazo no va a venir

Esas cosas no se hacen, dije

Le invité un mate y me empezó a contar sobre las noches en el hospital. Antes de que se acabara el agua tuve que preguntar.

¿Que dice la gente antes de morir?

¿Por qué, tiene a alguien muy enfermo?

Vengo a ver a mi tío que se rompió una pierna”, mentí

Le va a causar gracia entonces

¿Por qué?

Porque las mujeres dicen dios y los hombres mamá

Una tarde le afeitaron la cabeza a Lucas. Estuve esperando horas a que lo vengan a buscar los camilleros. A las cinco de la de la mañana vino el médico; la neumonía estaba empeorando y se había echado todo para atrás. Me recomendó comprar un colchón anti escaras.

El vendedor me mostró como lo va inflando el compresor eléctrico; primero lo infla más de un lado y después lo infla más del otro pero nunca pierde el aire del todo al menos que sea desenchufado por accidente. Venía en un único color piel pero igual terminó siendo el color incorrecto.

Elegir el trajecito y la corbata no fue cosa fácil; llevarlo sin que se arrugue tampoco. El abogado entró al cementerio con un saco claro y se mantuvo callado con las manos cruzadas. Podría jurar que usaba un reloj nuevo.

Después del entierro dejé de ir al hospital pero seguí yendo a los funerales. El acta de defunción será adjuntada a la demanda colectiva; me justificaba.

Con el dinero del juicio me mudé a una casa. Me esfuerzo por mantener el pasto corto y las flores prolijas. Al maestro todavía lo veo pasar por el barrio; continúa enseñando, sólo que ahora lleva el portafolio en la otra mano. También me compré un perro.

El hocico corto hace honor a la raza, le aseguro a mis vecinas; pero en realidad es un animal más bien feo.

 


SOBRE EL AUTOR:

Cristian Lisdero.jpgCRISTIAN LISDERO (1974) Estudió Ciencias Económicas y Astrología en Casa XI. Fue vendedor ambulante, maestro de obras y también maestro en una primaria. Gracias al andinismo recorrió la Patagonia. Se radicó en Ushuaia y construyó un hostal y una agencia de turnismo. Su camino es largo y va desde la economía a la mitología, del gnosticismo a la astrología, del andinismo a la hotelería y de la paternidad a la narración fantástica. Actualmente escribe y vive en Buenos Aires.

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