#Narrativa | Pecados en el techo, por Silvina Gruppo

#Narrativa

Por Silvina Gruppo

En un jardín de Montevideo, una nena y un nene de cinco años, primos, se acaban de conocer en la casa de la abuela que tienen en común. Por buen anfitrión o por tímido, él acepta todos los juegos que se le ocurren a ella. Emma se pone a hacer los molinetes de la mujer maravilla y le pide que la siga. Giran lo más rápido que pueden, se vuelven dos trompos que, al grito de basta, frenan y tratan de caminar en línea recta, pero se tambalean y se van al suelo muertos de risa. Si cierran los ojos es peor porque el mundo completo se les pone a girar.

Quietos, que se van a marear les advierte algún mayor y ella se pone el índice sobre la boca, no vaya a ser que Alan termine confesando que, justamente, la gracia del juego está en esa borrachera.

Le toca a él. Tiene que inventar algo que también les haga efecto. Uno, dos y… tres, dice y ambos abren los ojos y miran el sol por todo el tiempo que aguantan. Ahora, grita y entran corriendo a la casa. Emma no tiene chances de ganar. La hazaña consiste en caminar ciegos dentro de esa casa de persianas bajas. Tienen que cruzar las habitaciones sin golpearse con los muebles. Y, claro, más vale que no rompan los adornos. Emma no logra ni un tramo del laberinto y se queda en el living esperando a que él vuelva. No vale, qué vivo, él se conoce todo de punta a punta y para ella es pura novedad, ni siquiera termina de creerse que esa viejita que carraspea cuando habla sea su abuela, tan abuela como la otra, la mamá de su mamá, la de verdad, la que vive en Buenos Aires.

Todavía están encandilados. Se tiran en la alfombra peluda del living y esperan a que los ojos se acostumbren a la oscuridad. Emma siente olor a tierra mojada dentro de la casa y nota que está muy fresca aunque no haya aire acondicionado, ni ventiladores. Es por el techo, explica Alan. Para la nena esa aclaración es lo mismo que nada. Aislante térmico, escuchó que le decían los adultos. ¿Y eso?

Los llaman a comer. Las dos parejas charlan, todos al mismo tiempo cuentan anécdotas de la infancia, pero si la abuela quiere hablar, hacen silencio. Ella manda. La ensaladera va para allá, la panera, por favor, para acá, apoyá el salero que si no es mala suerte y Emma, no hables con la boca llena y Alan, no levantes los codos que parecés un pollo. Los chicos se llenan antes y se aburren, quieren salir a jugar, pero los obligan a quedarse en la mesa hasta que terminen todos. Retiran los platos, los vasos no, va a ser largo. Una de las mujeres junta, la otra lava y la vieja pide que dejen todo así, que ella se ocupa, pero no se mueve de su silla. El padre de Alan descorcha otra botella y el papá de Emma mete el pan que sobró en una bolsa.

—¡Hace pila de años que no hago esto! —dice y se va para afuera. Cuando por fin los dejan levantar, Emma sale disparada a buscarlo y lo encuentra bajando la escalerita de hierro que está amurada a la pared exterior de la casa. En la mano tiene la bolsa vacía.

—¿Qué hay arriba?

El padre le contesta con las palabras de Alan: un aislante térmico. La agarra firme de los hombros y le dice que tiene prohibido subir, que si se llega a caer de ahí se le abre la cabeza como un zapallo que se cayó del camión. Y, si tiene suerte y no se la rompe, que se prepare, porque se la da vuelta él de un cachetazo.

¿Está claro?

Emma hace que sí y piensa en el zapallo, pero ahora la curiosidad por lo que hay en el techo es más grande. Apenas se quedan solos, Emma le clava los ojos al primo, que entiende lo que ella le está pidiendo, pero se hace el tonto todo lo que puede, hasta que no le queda más remedio que obedecerle: la alza por la cintura y ella se agarra del último peldaño. Queda colgando y no sabe cómo hacer para subir un poco más. Se le cansan los brazos, toca el suelo y justo aparece la abuela y les pregunta qué están haciendo.

Juntamos caracoles dice iluminada por el bicho infeliz que se arrastra frente a sus ojos. Lo arranca de la pared y se lo muestra a la vieja que les cree y se va. Por ser fieles a la mentira se pasan el día juntando caracoles de tierra en un balde. Cuando ya son varios, deslizándose uno sobre otro, les da asco.

Si les tirás sal se mueren dice Alan y en un segundo logra robarse el salero de la cocina. Le echa con saña a uno que empieza a encogerse y a largar jugo, pero no saben si eso significa que está definitivamente muerto. A Emma le da culpa, entonces lo revolea a la casa del vecino. Un perro ladra y listo. Si no lo ve, se lo olvida. Primero la regla es que va a ganar el que junte más cantidad, pero pierden la cuenta, mejor que gane el que encuentre el más gordo.

El día para Emma vale por una semana entera: el viaje en ferry, los parientes nuevos, los juegos al sol y la intriga en el techo son ya muchas aventuras para una chica criada en un departamento de tres ambientes, con vista al contrafrente. Llega la noche y le toca dormir con la abuela. Se acuesta en la cama con ella y se jura que no va a llorar. Y no llora ni siquiera cuando ve los mechones que formaban el rodete convertidos en una cabellera blanca y larga que parece hecha con hilo de pesca. Tampoco llora cuando se da cuenta de que la abuela no usa bombacha debajo del camisón, ni cuando ve los dientes postizos en el vaso de la mesa de luz. No llora, pero le transpiran tanto las manos que juraría que son las lágrimas que le salen por otro lado. La abuela con sus uñas largas y duras como huesos le rasca la espalda y Emma se queda dormida mientras le va perdiendo el miedo.

En cada comida los adultos festejan, pero los chicos se apagan y desean volver a ser libres para jugar y adivinar qué hay en el techo. Arriesgan: una colchoneta enorme, dice Alan. Emma resopla, le pide que se concentre, que no sea bobo, que para qué le van a llevar pan a una colchoneta. Para ella hay un mendigo.

¿Qué es un mendigo? pregunta Alan y Emma, a quien le habrán leído más cuentos de hadas, explica que los mendigos son los que piden pan, que el pan de los mendigos se llama mendrugo, que los mendigos siempre se transforman en príncipes al final y por eso hay que tratarlos bien.

Cualquiera dice Alan, a ver, entonces, vos que te las sabés todas ¿cómo va a hacer un mendigo para mantener fresca la casa?

Tenemos que subir dice ella y él no sabe cómo hacer para contagiarle a la prima el temor de los padres. Al final se deja convencer, pero Emma no se conforma con que le diga que sí y punto, tiene que ser un pacto: se escupen las manos, como vio ella en una película, y cierran la promesa en un apretón. En cuanto los mayores se distraigan, se suben los dos.

Después del almuerzo la abuela está boleada. Los padres se ríen a escondidas de ella y se señalan la boca con el pulgar. Necesita una siesta, dicen y la llevan a la cama en andas. Las dos parejas están alegres, no quieren dormir, van a ir a recorrer los lugares a los que iban de chicos. Los invitan, pero Emma empieza a fingir bostezos y le clava los ojos a Alan para que haga lo mismo.

Se sientan en el pasillo y una vez que escuchan los ronquidos fuertes de la abuela, se van hacia la escalerita de afuera. Ya saben que no es suficiente con levantarse uno al otro, por eso usan los muebles de hierro del jardín que son mucho más pesados de lo que se habían imaginado. La abuela sigue dormida a pesar de los chirridos que hacen para arrastrar un silloncito al que se sube Emma y después Alan y, de ahí, se les hace más fácil atrapar el primer escalón, el segundo, el tercero y los nueve que hay hasta el final. Emma llega primero y se le escapa un gemido que podría ser de susto o de sorpresa.

Adiviná lo desafía a Alan que viene subiendo atrás de ella. El primo, empecinado, pregunta si es la colchoneta enorme. Emma se muerde el labio y ni le contesta.

Alan y Emma quedan sentados sin aliento en el borde de la terraza. Tienen los ojos enormes y las bocas abiertas. Frente a ellos hay un techo lleno de agua, una especie de pileta de natación sucia puesta en un lugar imposible.

¡Te lo dije!se vanagloria Emma.

Nada que ver, tarada, vos dijiste que era un mendigo y, a ver, ¿el mendigo dónde está?

Pero el techo les ofrece algo tan hermoso e inesperado, que la pelea no les dura nada. Y hay más: el estanque está lleno de peces.

Son madrecitas del agua dice Alan tratando de lucir sus conocimientos de pescador.

Emma no entiende, el agua la puede haber llevado la lluvia, ¿pero los peces? Miran el cielo. Es magia. Alan pone su mano al ras del agua y se le acercan muchos. La hunde de golpe y los peces huyen. ¡Un estanque con peces de verdad en el techo! Es mucho más de lo que se les podía ocurrir.

Emma se saca las sandalias y, sentada en el borde, mete los pies en el agua. El alivio es inmediato. Está tibia de tanto sol, pero igual es agua y refresca. Alan la sigue, se saca las ojotas y mete los pies en el estanque del techo. Pronto empiezan a balancear el peso de un costado al otro, es que el borde de la terraza les está quemando la cola. Emma tantea el fondo con los dedos de los pies. Es escurridizo, baboso. Hay una película de barro blando en el fondo, esa suavidad pastosa la invita. El agua no huele mal, así que a pesar de lo turbia, no debe estar podrida. Se para con cuidado de no resbalarse y de no mojar el vestido. Se lo levanta y lo junta todo en un bollo que aprieta debajo del brazo. El agua le llega más arriba de las rodillas. Camina algunos pasos. Si se queda muy quieta, los peces vienen a husmearle los pies y las piernas y con sus ínfimas bocas de sopapa le hacen cosquillas, pero ante un mínimo movimiento que haga ella se asustan y desaparecen. Alan también camina lento por el estanque, con las dos manos se sostiene los pantalones. Ese poquito sumergido no alcanza para la felicidad, se mueren de calor y de ganas de meterse de lleno al agua. Basta. Emma se acerca a donde dejó las sandalias.

—Te aviso, nene, me voy a sacar el vestido. Si no se nos moja la ropa nadie se va a dar cuenta de nada.

 Alan se pone colorado y no levanta la cabeza, pero imita a su prima. Se saca la remera y los pantalones cortos. Cuando alza la vista ve que Emma tampoco tiene puesta la bombacha.

—Si no me mirás, yo no te miro —promete ella. Pero aprovechan las distracciones para mirarse entre las piernas. En cuanto se sumergen del todo, esa curiosidad se disipa: persiguen peces, tratan de patalear para atraparlos, pero no pueden golpear con mucha fuerza el agua porque es baja y los pies encuentran el fondo enseguida. Alan es tiburón, Emma prefiere convertirse en un pulpo. Se divierten y el tiempo se les vuela. Se jactan de su experiencia en escuelas de natación y se atreven a hundir la cabeza en el agua. Emma se olvida de cerrar los ojos y ahora sale protestando, siente que le quedaron pegadas miles de basuritas. Alan se le acerca, le corre el pelo de la cara y le sopla los ojos. No tenés nada, le dice y la salpica. Pero cuando ella logra abrirlos, se encuentra con una imagen espantosa que Alan todavía no ve: su padre está asomando la cabeza por el borde de la terraza. Los pescaron.

El papá de Emma grita un montón de cosas, no se le entienden las palabras, es más bien un rugido o un trueno. De un manotazo tira la ropa de ambos al jardín y los obliga a salir del agua. Los expulsa del techo y nunca más les permite pisarlo. Cuando los chicos llegan al suelo están desnudos, chorreantes y tienen el pelo lleno de verdín. Todos los adultos los observan, la abuela, con ojos vidriosos y una mueca rara, también.

—Piel de Judas —le dice a Emma, muchas veces con su voz ronca.

Alan se tapa con las dos manos como si estuviera haciendo la barrera para un tiro libre. Su padre le pide explicaciones y él, en silencio, la mira a Emma y, así, la señala.

¡Vergüenza tendría que darte, cochina!le grita la madre. Emma de pronto se da cuenta de que está desnuda y sí, siente toda la vergüenza junta, querría cubrirse íntegra, pero no sabe por dónde empezar, entonces baja la cabeza y se tapa la cara.


Silvina Gruppo Kundra1SILVINA GRUPPO es Licenciada en Letras (UBA) y docente en la carrera Licenciatura en Artes de la Escritura (UNA). Publicó más de cien relatos en www.quetepensas.com, coeditó el libro 8cho Y och8. Antología de Imágenes y textos (2014) y coordinó la parte literaria de 3 historias en 1 clic de la Fundación PH 15 (2016). Obtuvo el tercer puesto en el Premio Nuevos Narradores (2010) del Centro Cultural Ricardo Rojas. Varios de sus textos se publicaron en antologías y en revistas digitales e impresas.

 

 

 

 

 

 

 

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