#Narrativa | Culpa del amor, por Sebastián González

Por Sebastián González

 

¿Esto me hizo el amor? ¿Puedo echarle la culpa? Paso a contarles, y por si alguno quiere tómelo como un aviso. Van a preguntar si la he amado, bueno no, seguro no van a preguntar, ni siquiera saben quién soy y encima, comentario al margen, estoy muerto, es decir, ya no me van a ver más por ese insufrible plano terrenal, pero no nos desviemos del tema, paso a contarles y si alguno quiere tómelo como un aviso.

Seguro ya conocen todo el protocolo de una boda católica, llegado el momento el buen hombre que nos casó dijo bien claro: “hasta que la muerte los separe, porque lo que Dios une, sólo la muerte puede separarlo” (o algo así, fue hace mucho). A estas alturas, creo que es una suerte que su poder tenga algo de límites. Pero hay algo que nadie nos explicó, ninguna letra chica, y particularmente, me siento víctima de una especie de timo.

Que fui yo el primero en morir, no es ninguna novedad. Tenía setenta y ocho años, un paro cardíaco mientras dormía; eso vi escrito en la planilla que tenés que firmar para poder acceder a este supuesto paraíso, en la columna que reza, convenientemente, “motivo del deceso terrenal”. En aquel entonces pensé: ¿Voy a morir de nuevo? que es necesaria la aclaración de terrenal. Lo bueno es que morí de la manera que siempre deseé. Bueno, ya basta de paréntesis, porque fiel a mi costumbre, hablo demasiado y no cierro ningún tema.

La llegada, lo hermoso del lugar, la belleza del paisaje, de las damas, incluso de los hombres y hasta de las mascotas, porque lamento decepcionarlo pero es falso lo del cielo para cada especie, estamos todos acá, amontonados en la inmensidad.

Hago otro paréntesis en mi caótica forma de contarles, el aspecto físico en este lado es imperturbable, uno no envejece más, la piel no se arruga, las articulaciones no rechinan; la definición exacta me la dio el portero (no le gusta que le digan encargado) cuando me mostró por primera vez las instalaciones, obvio que desde la puerta, es imposible recorrer todo esto cada vez que viene uno (y vienen muchos y muy seguido), la frase fue: “el día que mejor te sentiste y te viste allá en la tierra, así serás acá el tiempo que te toque”. Sí, hablaba enroscado ¡Y otra vez! te meten en la cabeza la puta idea de la finitud ¿Con qué necesidad digo yo? No avisen, nos morimos de nuevo y ya. Lo cierto es que acá me veo como a los 35 terrenales desde que llegué.

¿Por dónde iba? Ah sí, ya me acuerdo. Fiel a mi costumbre, a los pocos meses de estar acá, empecé a tratar con bellas señoritas, porque eso sí, acá llegan todas como señoritas, alguna que otra seguro que se sintió mejor ya siendo señora, pero nunca, nunca, nunca, lo va a confesar, la juventud ante todo. A todas hay que hacerles la siguiente pregunta (con el tiempo se aprende el código) para iniciar la charla ¿es usted la señorita…? para que ellas completen el dato con su apellido, y a partir de ahí, si no esperan a ningún hombre, es que uno puede empezar a hacer su trabajo. Por cierto, otro paréntesis: “acá no se trabaja, sufra mientras lo lee en algún tiempo muerto de esos que no se devuelven. Como las  horas de traslados, no importa si fueron en sulky o en autos de alta gama y con chofer, son horas que deberían devolverte, el punto es que no se trabaja, lea y sufra, bueno, no, no sufra. Sepa lo que le espera cuando llegue”.

Crappwel, eso fue lo que dijo, sonreía, con una de esas sonrisas que iluminaban, aún más, el siempre diáfano lugar. Mi primer amor en el paraíso, deduje luego, ya que no podía dejar de pensar en ella ni un minuto, pero qué digo un minuto, ni un segundo.

No dijo la frase que se usa para que te alejes: “Soy la señora tanto de tanto” ¿qué patética forma de posesión es esa? Igual entendés que no sos de su agrado y te vas.  Y algo de mi escasa experiencia con las mujeres, me decía que ella algo sentía. Por eso me le pegué y los días se hicieron agradables. Por cierto, no hay noches, al principio uno se siente cansado porque viene con la forma de vida de allá abajo, donde la noche normalmente anuncia el horario de descanso, pero después casi no se duerme, uno se tira un rato por ahí, pero nada más, tampoco es que se hace mucho como para cansarse.

Después de tantas charlas, tantas carcajadas, tantas sonrisas seductoras y una tensión sexual, que dicho sea de paso,  no sabíamos si estaba permitida: sucedió, nos besamos, y en ese instante el paraíso fue más paraíso que nunca. Y tengo que decirles ahora la palabra más odiada por todo ser humano que se precie de normal que es: PERO. Nunca nada bueno viene después de un PERO, “me gustás PERO como amigo”, “estaría con vos PERO, estoy casada” “le daríamos el trabajo PERO, necesitamos alguien que hable arameo encriptado”, y así puedo seguir PERO, creo que ya son suficientes ejemplos.

Nadie me agarró PERO (maldita palabra), sentí una opresión en los hombros y fue como si la puerta de entrada me atrajera hacia ella, creo que no hay de salida, que cumple las dos funciones PERO (tengo que dejar de decir PERO), no estoy seguro.

Mientras me alejaba, veía la angustia en los ojos de la señorita Crappwell, bellos ojos azules de la que, para mí, era señora. Caí de culo en la entrada. Como si una fuerza extraña me obligara a sentarme contra mi voluntad. Debe ser Dios —pensé—, finalmente voy a conocerlo PERO, por qué debería, soy demasiado insignificante para acceder a tal beneficio.

No era el portero, era otro empleado, con un traje de un blanco que te cegaba y que en finas letras doradas, qué previsible, decía grande y en imprenta mayúscula “LEY”. Asumí que sería una especie de abogado o  de fiscal, que sé yo. Me miró y me dijo: usted no se dio cuenta de  lo que acaba de hacer, acaba de violar la ley, y sepa, que aquí las promesas se cumplen, quizá allá abajo sean algo licenciosos respecto del tema, pero aquí ya no más. Hablaba pausado y exagerando la entonación, si no hubiera estado aterrado, capaz que me reía.

 Les juro que en este lugar no nos dejan tomar alcohol, ni drogas, ni nada; entonces alucinaciones no eran, sueños menos, porque como ya le conté dormimos poco. Me pellizque y el pellizco me dolió como el carajo, porque siempre me excedo con la fuerza de los pellizcos anti sueño, entonces, esto era real y mucho.

En un tono, imperceptible para el oído humano, pregunté ¿qué promesa? Cierre los ojos y ubíquese en la escena de su casamiento, el cura los declaró marido y mujer, usted la miró a los ojos y ¿qué fue lo que le susurró justo antes de besarla? Yo sólo asentía mientras el fulano monologaba, pero es obvio que recuerdo lo que le susurré: “ni la muerte nos va a separar, sos mi esposa para toda la eternidad”. Sí, usó esa expresión, por ende sólo puede estar con esa mujer para toda la eternidad. La próxima vez que incumpla su promesa, será condenado a una vida eterna en el infierno y ya no podrá volver.

Pude notar que en las malas se anula la idea de finitud, de lo que se desprende que sólo se le concede la eternidad a los pecadores, digo, por razonarlo de alguna manera. Me obligó a mirar hacia el infierno y era parecido a lo que pensaba o a lo que me enseñaron; ¿o será que lo vi como siempre creí que era? No me parecía tan grave el castigo, lo aceptaría por un  nuevo beso de la señora Crappwel (nadie me quita la idea de que es señora).

Dudaba, y no quería preguntar, si mi esposa también me iba a seguir al infierno en caso de romper nuevamente mi promesa. En una de esas el Amo de las tinieblas era un poco menos literal y entendería que dije lo que dije en un momento acaramelado. Como estaba temblando por el miedo, hice silencio y me retiré.

Como ven, acá estoy, esperando que mi terrenal amor se muera, y cuando venga, seguro se va a enojar conmigo por no averiguar antes de hacer las cosas.

 


kundraSEBASTIÁN GONZÁLEZ |  CABA 1978. Escritor y Diseñador editorial. Publicó el libro de cuentos Acorralado (2016); cuentos y poemas suyos, seleccionados y/o premiados, integran diversas antologías. Participa en Encuentros de autores, Ferias del libro de Buenos Aires, municipales e independientes.

Colabora desde 2016 con el Taller Literario Identidad de Nora Coria en Ramos Mejía.

 

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