#Narrativa | Inés y Gregor, por Miguel Ángel Di Giovanni

Convocatoria Kundra

Por Miguel Ángel Di Giovani*

 

Inés y Gregor

Inés se fue a la cama tarde. Repasar la modesta cocina de la cabaña, la haría calmarse después de la discusión. Pasó al cuarto tratando de no hacer ruido, y se metió en la cama. Gregor ya estaba dormido. Le dio la espalda y lo intuyó frío, más frío.

¿Qué Karma estaría pagando —se preguntaba Inés—, si es que eso existe? Gregor tenía tantos motivos para odiar su vida, que ella se sentía culpable por tratarlo como a una persona normal.

Sin embargo, fue precisamente ese trato lo que dio a la vida de Gregor una esperanza, cuando aquella madrugada se desvaneció, y todo el mundo lo creyó un bicho muerto. Todos, menos Inés.

La familia de Gregor había mutado, su entorno se había vuelto hostil. El padre, la madre y la hermana se habían transformado en seres crueles e insensibles como insectos.

Inés lo conoció a través de Grete, la hermana de Gregor. Ellas compartían algunas tardes practicando violín.

Para Inés, su Gregor siempre fue así, o casi siempre. Apenas unas miradas como saludos durante la activa vida de viajes de él, antes de la metamorfosis. Y cuando no viajaba, él pasaba más tiempo descansando en su cuarto, que haciendo sociales con la amiga de la hermana.

De todas formas, algo más allá de lo físico los había atravesado, y cuando la familia partió dejando lo que creían un bicho muerto, Inés se apiadó de él.

De a poco, Gregor se fue recuperando. Inés decidió que era mejor para ellos alejarse de la gente. Una noche partieron hacia las afueras de la ciudad. Allí, apartados, ocuparon una cabaña abandonada en el bosque.

Si bien al principio no fue fácil, se fueron amoldando el uno al otro. Después de un tiempo, Gregor logró, gracias a la ayuda de Inés, dejar de usar un rudimentario sistema de golpes para comunicarse, y cambió aquellos gruñidos y sonidos monstruosos, por algunas palabras simples, aunque siempre con un chillido de fondo.

Como Inés fue educada en una escuela de monjas, era habitual que le leyera La Biblia. Él solía repetir, dentro de sus posibilidades, la última palabra del párrafo que Inés acababa de leer.

Los años pasaron, y los días de felicidad se fueron alejando.

Inés, que tenía que ocuparse de todo, envejecía rápido, y él seguía siempre igual. ¿La sobreviviría como sobrevivió a su familia? Sabían que de no mediar algún cruce con cazadores en el bosque, sí, Gregor sobreviviría a Inés, como a todo lo humano.

Vivir a escondidas de la gente se le hacía muy pesado a Inés. Y para los ojos de los campesinos de la zona, era la vieja solitaria del bosque.

Y otra vez la pregunta que ya no les causaba gracia como cuando ella era joven: ¿Era un  humano con cuerpo de insecto o un insecto con intelecto humano?

Estaba amaneciendo cuando por fin Inés se durmió. Nunca escuchó a Gregor levantarse y salir. Gregor se perdió temprano en las profundidades del bosque.

Cuando Inés se despertó, vio un montoncito de flores silvestres sobre la pequeña mesa junto a la cama. Sonrió, y adivinó la silueta de Gregor entrando en la habitación.

Volvieron a hablar sobre la idea de Gregor para que Inés regresara a la ciudad. A ella nada la haría cambiar de opinión: Mejorar la calidad de sus últimos días alejada de su Gregor, no estaba en su cabeza. Esta vez, Inés no tuvo fuerzas de discutir, y no hizo falta. Gregor no la contradijo. Ya era demasiado tarde, no había dudas que se estaba muriendo.

Durante la agonía de Inés, él se las ingenió para traer agua del arroyito con la ayuda de una soga y un balde. Fueron varios viajes ya que era más lo que perdía por el camino, que el agua que llegaba a la casa. También recolectaba algunos frutos y hongos.

Pero aún así,  la alimentación de Inés era insuficiente. Su delicado estado de salud empeoró, y finalmente murió.

Las flores que los últimos días Gregor había llevado a la cabaña, y que alegraban a su amada, se fueron pudriendo al igual que los frutos que había recolectado. El mismo cuerpo de su querida Inés se descomponía.

Gregor pasó varios días al lado de la cama, sin moverse, sin comer. Quizás soñó con las lecturas que Inés le hacía de La Biblia, quizás ese ambiente putrefacto le fue más propicio a su condición de bicho. Finalmente hubo una íntima comunión con los restos de su amada. ¿Fue su intelecto cristiano, o el instinto animal el que predominó? Como sea, cuando Gregor cruzó por última vez la puerta para internarse en el bosque, no quedaban huellas de Inés en la cabaña.


Miguel AngelMIGUEL ÁNGEL DI GIOVANI: nació en el Colegiales de empedrado (CABA) el 14/10/57. A pesar de su paso por la UTN, su formación técnica (técnico mecánico y de sonido), cedió el lugar a las letras y la música, que terminaron por imponerse desordenadamente en su vida. Escribe desde la adolescencia, y entre 2013 y 2017 participó del Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s