#Reseña | Caballos en la niebla de Juan Carlos Moya, por Juan José Pozo

Caballos en la niebla: la profundidad del exilio

Por Juan José Pozo (Ecuador)

Datos del libro:

Título: Caballos en la niebla

Autor: Juan Carlos Moya

Editorial: Planeta-Seix Barral

Año: 2014

Páginas: 155

La novela Caballos en la niebla está lograda con un manejo fluido, virtuoso, e incluso seductor de nuestra lengua. Su autor es el escritor y periodista ecuatoriano Juan Carlos Moya. El título cautiva, oculta, vibra, convoca. Caballos en la niebla establece el lenguaje olvidado del viento entre las crines furiosas, trae el latido oscuro de la tierra a su galope, quiebra la blanca nomenclatura de los árboles velados, abre la flor palpitante del silencio (esa llanura de sombra o estatura constelada en el pecho de los hombres). Moya escribe más allá de la letra impresa: crea imágenes, parajes interiores, angustia, miedo, desolación, horror y humanidad. Caballos en la niebla, partiendo de la caracterización de la novela como género total, nutre su savia con poesía. Lo impreso es apenas el tronco. Hay que leer el libro varias veces para comprender la magnitud que engloba esta novela. No dudo al afirmar que esta obra contiene un universo propio, circular —todo círculo es inquebrantable, es un número uno, es la concavidad y convexidad de la máscara: superficie humana/profundidad animal—. Moya enmascara su poesía en la espuma de la prosa: la convierte en oleaje submarino.

Pienso en los versos de César Vallejo (“Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como/ cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;/ vuelve los ojos locos, y todo lo vivido/ se empoza, como charco de culpa, en la mirada.”), cuando leo sobre Lucas, el protagonista de la novela. Guardabosques, hombre huraño, derrotado, aquejado por una gastritis que carcome sus entrañas, vive acompañado por Apache, su perro, con quien se adentra en el bosque y naufraga entre el negro oleaje de sus recuerdos —la muerte de su padre, su anterior vida en la ciudad, su irreversible deterioro— y un punzante deseo suicida. El bosque es una constante en la novela, es el ámbito en que Lucas vuelve a su pasado —su única verdad—, lastre, fango, hundimiento. Lucas está ahí por voluntad propia: quiere morir.

Pero no está solo.

De la espesura, como un rumor furioso, tres asesinos llevan la noche a sus espaldas. La flor de sus cuchillos está tatuada con sangre. Lucas y Apache. Los asesinos y la muerte. Disparos en la noche. Silencio. Leer Caballos en la niebla es como ver dos películas de ritmo lento y acelerado. Mientras una hoja seca cruje bajo los pies del guardabosques, se dispara un arma; mientras la lluvia cae descalza entre los árboles hasta llegar a la raíz, un puñal entra en el corazón; mientras una linterna se enciende al atardecer, hay un golpe en la oscuridad. Cuando dos caminos se cruzan, ningún caminante sale ileso. Caballos en la niebla habla sobre aquella lucha que es todo encuentro.

Prefiero no entrar en detalles de la novela. Esa tarea corresponde a los lectores. Pero advierto: hay un antes y un después luego de leer Caballos en la niebla (¿después de todo, leer un libro acaso no es llegar a aquella encrucijada de la cual nadie sale ileso?).

Considero que la obra de Juan Carlos Moya encierra algo esencial de la condición humana: la lucha entre el hombre y el animal. Matar por placer o atacar para sobrevivir. No hay ciudad que ofrezca amparo. Lucas debe valerse por sí mismo. Recuerdo el cuento titulado El sur, uno de mis favoritos de Jorge Luis Borges. Caballos en la niebla acude a esa imagen: entre dos hombres, un arma. Solo uno puede vivir. El final de la novela es abierto. Más allá de la muerte, alguien atraviesa la niebla en motocicleta. Se detiene ante una yegua que defiende a su cría de un lobo hambriento. Cascos y colmillos como truenos: fulgor del miedo y la furia. Sangre y estampida. Caballos. Niebla. Lobos al acecho. Y el hombre, minúsculo, insignificante, impotente, contempla.

Creo que la buena literatura desprende al lector del libro para llevarlo a su vida, para retornar. Caballos en la niebla (publicada con el prestigioso sello editorial Seix Barral) me llevó al páramo, al silencio, a la contemplación. Saludo a Juan Carlos Moya y agradezco su buena literatura, producto del contacto con la vida, producto del asombro que crece como una flor luminosa dentro de su pecho.

Termino este texto recordando unos versos del poeta argentino Hugo Mujica, versos que, creo, merecen ser recordados:

El paraíso no fue perdido

lo perdido es el asombro.

Para contacto con el autor:


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Juan José Pozo (Ecuador) Poeta ecuatoriano. Autor del libro Sísmicas mariposas. Bailarín de danza contemporánea en la PUCE e integrante de TALVEZ – USFQ

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