#Crónica | Fui a Japón

Crónica

Por Hernán Bergara

“Las líneas inesperadas que una crónica propicia encuentran casi por accidente su lugar. Esta es la nota que sostiene la presentación del último libro de Hernán Bergara en Tokio, y es también el punto de partida para una pregunta: ¿Cuáles son las posibilidades narrativas de la crónica cuando la propia temporalidad, alterada, rehace una percepción todavía analfabeta?

Muchas personas saben sobre Japón, han viajado a Japón, son más japonesas que los japoneses, son más sensibles que yo, que no registré nada de mi viaje, que me volví sin libreto. Remito ya mismo a las captaciones que Amalia Sato reúne en su hermosa crónica. Está en la revista Tokonoma. Por mi parte, según dije, volví sin poder anotar. Lo intentaré ahora, dos años después, entretenido al decir que “por cortesía”.

No se trata de exotismo: todo me es familiar siempre, como si yo mismo fuera una especie de recuerdo. Y además, registro más estados que recuerdos de este viaje. Pero hubo escenas familiares ahí donde no las esperé, y elementos insólitos justo cuando algo estaba volviéndose familiar. Esas dislocaciones fueron precisamente las que impidieron el acto turístico algo refinado, ya, del apunte, de la bitácora. Intento descubrir por qué es que puedo decir del viaje, pero conservo esta trabazón para narrar. Capté —pero lo registro con la torpeza de Carlos Daneri— versiones dislocadas del humor; informalidad repentina; la cortesía en el rechazo; el afecto en la distancia; el arte incrustado en lo industrial y en lo alienante; la versión del otro en el mundo. Actos inadmisibles allí, aquí cotidianos: estornudar, sonarse la nariz, tocar a otra persona… recibir unas disculpas ante incidentes no percibidos, recibir indulgencia respecto del propio mal gusto ignorado.

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Pude vivir cada cosa con la angustia de lo que no se repetirá. Esa angustia se parece al perfume de los cambios de estación. Quise estar a la altura, redoblar la apuesta. Me sentí triste ante las noches divertidas. Sentí en los otros, entreverada en su cortesía, una sensibilidad perdida en mi niñez, parodiada entre amigos. Una señora en un tranvía nos preguntó de dónde éramos. Mi switch idiomático no funcionó el primer día, luego sí. Mi primo dijo “Qué lengua protocolar”. Sí, en ese primer nivel, o sí, no conociendo a nadie. Todas esas fronteras de la lengua, del contacto, eran fronteras frágiles. Recuperé de pronto, antes de que se activara el switch del idioma incluso, el sentido del gusto. Compré el libro de Barthes sobre Japón en japonés, para un amigo. Tuve una cita con una mujer que me saludó tres veces mientras bajaba las escaleras del subte y se iba: una al comienzo, otra cuando estaba por el medio, otra antes de desaparecer. Un amigo que vive allá, Chiappe, dice que sus amigos japoneses desaparecen al año. Qué es el “para siempre” entre esta gente milenaria. Qué habrá sido ese triple saludo con relación al tiempo. ¿La eternidad para principiantes? 

Creo que entendí qué es eso, qué es el amor: es no poder pasar al número dos, no saber qué elegir, casi no poder hablar pero hacerlo y dar en la tecla, incluso sin saber dónde está esa tecla, pensar siempre en los amigos como los destinatarios de un regalo, no tener necesidad de sacar ninguna foto, querer despertarse temprano, saber que no se repetirá, aunque no haya más que repetición, andar en bicicleta, recordar lo no acontecido.

En Tokio presenté el Manual de fluctuaciones. Me lo tradujeron al japonés, una sensei que sonreía mientras esgrimía dudas angustiantes para mí, que también sonreí, porque estar enamorado es también esto: que los problemas sean una cosa tirada por ahí, a merced del deseo de vivir.

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Mi papá llegó a saber de mi viaje. Llegó a leer una palabra en japonés: “Nooto”. Alargó la “o” porque le expliqué de qué iba el guion en katakana. Pronunció muy bien. Tal vez esa fue su palabra de pasaje. Ojalá que en el otro mundo también haya un Japón, que morir sea viajar a Japón, que cualquier partícula viva que cobije todo nuestro deseo, y que sobreviva a nuestro cuerpo, nos lleve a un país en el que respiré ese amor en forma de perfume, uno que a veces llega desde el pasado, camuflándose de aire por venir. Son sus formas. Esto fue. Voy a volver solo, a intentar hacer amigos que permanezcan. Al menos, más de un año. Si lo consigo, le daré la fórmula a Chiappe. Él consiguió, junto con Yuya Takagiwa, el lugar para la presentación del Manual de fluctuaciones: un “café anarquista”, quizás el único de Tokio. Su nombre es Café Lavandería. Todavía existe. Chomsky estuvo ahí. Tomé cerveza. Mi papa dejó una novela inconclusa. 

    


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Hernán Bergara: Escritor y compositor musical. Desde hace diez años está radicado en la ciudad de Puerto Madryn. Publicó su primer libro de relatos, Papeles (2011), y en 2016, El Manual de Fluctuaciones, traducido y presentado en Tokio, Japón, y reeditado en edición cartonera por la editorial trelewense El Piche Cartonero en 2018. En 2017 publica, junto con Marcelo Eckhardt y David Fiel, Cajón desastre, ensayos ajenos a operaciones académicas obligatorias. Estudia detenidamente la obra de Alberto Laiseca.  

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