#Narrativa | Piso diecinueve, por Claudio Ramos

#Narrativa

Por Claudio Ramos

Octavio Gauna salió del subte por la boca más cercana a Callao. Camisa blanca, pantalón gris oscuro, zapatos negros impecables. Caminó unos metros hacia atrás y entró a Far­macity. Nadie reparó en él. Sólo un hombre de seguridad lo siguió con la mirada. Algo en la forma de caminar decidida de Gauna le llamó la atención: espalda erguida, músculos que resaltaban a pesar de la edad, lo inmaculado de la ca­misa. La certeza de sus movimientos. La pregunta de una clienta lo sacó de ese momento, de reojo vio cómo el hom­bre iba hacia los lockers. Las manos colgaban como si estu­vieran listas para actuar. Él que sabía que lo miraban ni se inmutó. Sacó una caja envuelta para regalo y se fue. 

Volvió a tomar el subte ahora hacia la estación Medrano. Cuando llegó al departamento que había alquilado en Al­magro, dejó la caja sobre la mesa del living. Abrió la ventana que daba al contrafrente del edifico y prendió un cigarrillo. Estaba por cumplir sesenta y tres años, sabía que su reti­ro estaba próximo. Cuando lo contactaron para este traba­jo supo que empezaba el final. Recordó las palabras que le había dicho la persona que le enseñó casi todo lo que sabía: “No hay feriados. No hay días hábiles. Para matar solo hay que tener una víctima”. Y él, ahora, volvía a tener una. Se recostó en un sillón amplio y confortable, había alquilado el lugar amueblado por poco tiempo. 

Puso la caja a un costado, la abrió, había tres sobres: uno con una nota breve que, entre otras cosas, decía, “No tiene que quedar nadie vivo”, otro con la primera cuota del pago, diez fajos de billetes con olor a recién hechos, y el último con cuatro fotos. La primera que sacó era de un chico, debía rondar los ocho años. Había algo en la mirada que lo hizo detenerse en la foto: una melancolía conocida, la tristeza de los labios. No lo pudo definir. 

Dejó la foto a un costado, sacó la otra. Era de un chico, más grande que el anterior, la apoyó sobre la mesa, al lado de la primera. Sacó la tercera foto, era de una mujer joven que sonreía distendida. Cuando vio la última le tembló la mano. El sillón ya no era confortable, le pareció de piedra, se levantó y caminó por el living con la foto en la mano. Prendió un cigarrillo. A través del humo, las imágenes re­gresaron nítidas. Médanos altos, mar, anochecer en Mar de Ajó; él tenía ocho, la edad que parecía tener el chico me­nor. El hombre de la foto que sostenía con su mano, tenía en aquel momento quince. La mano de quince años, fina, suave, tapándole la boca, su boca tragando arena, el dolor, sus jadeos, y las tres palabras que se sucedían una y otra vez: “tranquilo, ya pasa”. Había tapado con muertes esa vieja historia, creía haber olvidado todo, pero estaba equivocado. Hoy era ayer. 

“Los quiero muertos a más tardar a las doce y cinco” ter­minaba la nota. Octavio Gauna pensó lo mismo. La releyó y luego con el encendedor la quemó junto con las fotos, guardó el dinero. Tenía tres días antes del veinticuatro. Su hermano, el hombre de la foto, es una figura pública, muy conocida, admirada. Intachable. Pensó en averiguar por qué querían matarlo, pero decidió que no tenía sentido. No im­portaba el motivo. Quiso saber, sí, por qué lo habían elegido a él. Habló con contactos que le debían favores inolvidables, era un buen precio por el silencio de sus preguntas. “¿Por qué yo?”, le preguntó directamente al último de la lista. Algo que le pareció una risa piadosa, lapidaria, llegó del otro lado. 

Después silencio. Miró el teléfono buscando una res­puesta que no iba a llegar, las manos se contrajeron hasta ponerse rojas. Si ya no quedaban rastros que lo vincularan a su familia, si había cambiado de nombre y apellido (Octavio Gauna lo tomó de su maestro), no entendía cómo lo habían elegido. Su hermano por supuesto lo siguió usando, orgullo­so. Y sus padres más. Ellos habían muerto en un accidente de autos pocos años después de aquel suceso y nunca su­pieron lo que había pasado. Se fue del país muy joven para aprender el oficio, cuando volvió ya era un profesional. El mejor. Quizás allí estuviera el motivo. Pensó que atribuir a la casualidad uno de sus últimos encargos no era una mala idea. Nunca creyó en la justicia divina, ni siquiera ahora, que se acercaba la Navidad. De todas formas no importaba, iba a cumplir su trabajo. Necesitaba la plata.

Fue hasta la dirección que le indicaron. Era de noche, hacía demasiado calor. La cercanía del río, como la del mar aquella vez, no ayudaba. Se paró frente al edificio suntuoso. 

Miró hacia arriba, el piso diecinueve tenía vista a la calle y al Río de la Plata. Estaba iluminado con luces de colores y un papá Noel grande, ridículo. Uno de los chicos parecía ju­gar en el balcón. Luego se asomó la mujer, miró hacia abajo, instintivamente Octavio Gauna se ocultó. Se asomó el otro hijo, la mujer le acarició la cabeza, acomodó el gorro del muñeco y se fue hacia adentro. “Qué felicidad de mierda”, pensó.

Una mujer en bicicleta lo distrajo. Pasó cantando “Vol­ver”, el viejo tango que escuchaban obsesivamente sus pa­dres. Lo saludó seductora, redujo la velocidad pero él no le hizo caso. No le quedaban dudas: las fiestas volvían un poco más estúpida a las personas, las reblandecían. Alcanzó a ver que la mujer retomaba su andar con un movimiento de hombros haciendo como que no le importaba. Miró ha­cia arriba otra vez, en el balcón estaban los cuatro, llenos de aire puro. La esposa mucho más joven (era su segundo matrimonio), le había dado los dos únicos hijos. Subió a la moto y arrancó con el estruendo, obvio, del caño de escape. 

Averiguó que iban a pasar esta navidad, la última, en el departamento del piso diecinueve. Solos. Ni siquiera iba a estar el servicio doméstico. Eso facilitaría su trabajo. No habría muertes innecesarias que por otra parte ni siquiera estaban incluidas en el precio. Llegó al edificio cuando fal­taban diez minutos para la medianoche. Había dos hombres de seguridad dentro de una cabina vidriada. Preparaban las copas para brindar. Tenía que actuar rápido y limpio, como siempre. Abrió la puerta de rejas altas tecleando el código. 

Uno de los hombres lo miró. Octavio Gauna vio la duda en sus ojos. Lo anticipó saludándolo por su apodo, con una sonrisa de las que había practicado frente al espejo. Fue ha­cia la entrada de vidrios, marcó otro código y entró. Los de seguridad ya se habían desentendido de él. Subió al ascen­sor, tocó el número diecinueve. 

Cuando se cerró la puerta, algo se modificó. Un nudo en el estómago le subió hacia la boca que se le llenó de saliva, se recostó en la pared del ascensor, transpiraba. Los cincuenta y cinco años se condensaron en el cubo amplio, espejado,  

que repetía su imagen infinitamente. Se miró en sus repeti­ciones. Lo que él creía sepultado sacaba una garra a través del tiempo. La arena le volvió a llenar la boca. Aquella olvi­dada impotencia reapareció intacta. Si se esforzaba quizás hasta escucharía el mar. Sacó el arma con el silenciador, le temblaba levemente el pulso. En el piso dieciocho, el ascen­sor comenzó a frenar con una alarma suave. Se detuvo en el diecinueve. 

La puerta se abrió y apareció la mujer. No tuvo tiempo de darse cuenta de lo que pasaba, la bala entró en el medio de la frente. El living amplio era el escenario perfecto para ver el río. La mano ya estaba firme. Cuando apareció su her­mano apuntó al estómago y disparó. Lo vio taparse el lugar de entrada del proyectil y cómo miraba las manos, todavía suaves, que estaban empapadas de rojo. Su víctima, tamba­leando, abrió los ojos suplicantes; el segundo tiro le atravesó el pómulo derecho. Quiso hablar y solo salía sangre. Los dos hijos aparecieron juntos, esperaban una sorpresa de navi­dad. Lo que había sido su hermano retrocedió hacia ellos y levantó los brazos pidiendo clemencia. Reptaba en el piso. 

“Tranquilo, ya pasa”, le dijo sin dejar de apuntarlo. Se de­tuvo y lo miró. El grito de su hermano retumbó en el depar­tamento. Los chicos corrieron para esconderse. Al mayor la bala le entró por la cabeza rubia. Cayó como un muñeco de trapo. El menor, el que tenía su edad aquella vez, resbaló y pegó con la cara contra un escritorio que estaba lleno de fotos. Le sangraba mucho la nariz. Tenía sus ojos y su ino­cencia. No emitía ningún sonido. Octavio Gauna miró las fotos. Ahí estaban su hermano, sus padres y él, los cuatro en la casa de Mar de Ajó, abrazados y felices. Se vio reír en la foto con una sonrisa que ningún espejo logró devolverle. El chico miró la foto y lo miró, fue lo último. 

Volvió al living. El cuerpo seguía allí, ensangrentando el piso de mármol reluciente. 

—Date vuelta— le ordenó. 

—No, no, no…—

—Date vuelta— repitió separando bien las palabras. 

Como no se movía, con un pie, cuidando de no ensuciar su zapato perfectamente lustrado, lo dio vuelta como a un muñeco inútil. Su hermano emitió un gruñido inentendi­ble. Se retorcía y la sangre manaba aún más. Octavio Gauna se agachó hasta la oreja y le susurró de nuevo, “tranquilo, ya pasa”. El gruñido se hizo más fuerte. Se incorporó despacio, esperó unos segundos y vació el cargador sobre su cabeza. 

Fue hasta el escritorio y agarró aquella foto, la guardó en el pantalón. Después bajó y salió. Eran las doce y cinco. El guardia lo miró. “Feliz navidad”, le dijo. “Para usted tam­bién”, le contestó y levantó una copa detrás del vidrio opaco. 

Cuando pasó la reja de entrada se dio vuelta, vio cómo se empezaba a cerrar. Siguió caminando. No llegó a escuchar el clack metálico por los fuegos artificiales. Las luces ilumi­naban el cielo oscuro.


Claudio RamosClaudio Ricardo Ramos, nació en Junín, Provincia de Buenos Aires,  el 6 de febrero 1961. Es, además de escritor,  Psicólogo Social y actor. Participó de diversos talleres literarios desde el año 2003 a la fecha, entre ellos los coordinados por Jorge Cabrera. Alejandra Laurencich, Luciana de Melo, Ángela Pradelli y Elsa Drucaroff.  Escribió una obra de teatro basada en sus cuentos que está pendiente de estreno: “Una enfermedad temible”. Este trabajo forma parte de su primer libro, Al Sur de Todo, publicado por Peces de Ciudad. Está trabajando en su segundo libro de cuentos a publicar por la misma Editorial.

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