#Narrativa |Los Herederos, por Gabriel Payares

#Narrativa

Los Herederos

para el abuelo Jesús

Al final, papá terminó quedándose ciego. Empezó a decirnos con resignación que ya había visto mucho en esta vida, que había usado sus ojos más de lo que le correspondía, y eso era algo que ninguno se atrevía a refutarle. Preferimos que justificara su mirada anémica como un justo castigo a sus excesos, sobre todo en los días en que más le dolía su ceguera, en que más rabioso se ponía. Sin mediar más que una mirada rápida, Guillermo y yo nos limitábamos a escucharlo y a asentir, con una especie de murmullo compartido.

Durante aquellos primeros tiempos nos turnábamos para atenderlo, lo que equivale a decir, para soportarlo. Estar con Papá era luchar con él, era perseguirlo, era prever sus constantes demostraciones de independencia, que terminaban derramando el café sobre la mesa, discando el número telefónico equivocado o abriendo el agua fría en lugar de la caliente. Por eso procurábamos permanecer a su lado hasta dejarlo dormido, o si no, hasta al menos casi entrada la madrugada. Papá nunca estuvo de acuerdo. A menudo, con aire soberbio, nos daba lecciones sobre lo inútil que podía llegar a ser la vista, y sobre lo innecesaria de nuestra ayuda en su apartamento milimétricamente memorizado tras tantos años habitándolo. A Guillermo, recuerdo, lo amenazó una noche con darle una paliza —«como muchas veces hice, cuando eras un cagatintas»— si no le cedía de una vez el control de la televisión. Después tendría que pedirle ayuda, al no distinguir los números verdes en la pantalla. Su enfermedad daba lugar a episodios graciosísimos, sin embargo, y con frecuencia nos reíamos juntos de él: en silencio para no ofenderlo y a carcajadas cuando estábamos a solas. Lidiar con Papá se hacía mucho más llevadero teniendo a alguien con quien comentar estos asuntos, con quien convertirlos en burla. Sobre todo si ese alguien era mi hermano, siempre dispuesto a ver las cosas de otra manera. Nosotros éramos sus ojos. Papá lo había dicho alguna vez.

Un día, arrastrado por las oportunidades, Guillermo recogió sus cosas y planificó su vida en el extranjero, persiguiendo títulos y diplomados y dejándonos a Papá y a mí en una isla desierta. El día en que me lo dijo, no supe qué responder. Prometió enviar dinero, venir en vacaciones y llamar con frecuencia. Al final sólo le dije que se cuidara. Tampoco recuerdo si Papá le dijo algo. Y es que en aquellos días se peleaban muy a menudo, discutían por niñerías y luego pasaban horas sin hablarse; horas que habrían sido días, de no haber estado Papá como estaba. Recuerdo una pelea particularmente encarnizada, que giró en torno al máximo exponente del jazz. Ya no recuerdo los nombres, pero sí que la disputa terminó en silencio, como todas, y en un aire hostil que les debió acompañar toda la noche. El caso es que la beca de Guillermo representó una suerte de liberación —«como un esclavo rompiendo sus cadenas», dijo— que Papá no tardó en empañar con grandes bocanadas de culpa. Le reclamó la prontitud de su viaje, lo desordenada de su vida, lo abandonado que él quedaría, pero fue inútil. Guillermo se defendió con un abanico de promesas, escudándose siempre detrás de mí, tal y como hacía de niño, cuando Papá le prometía la correa.

A las pocas semanas llevé a Guillermo al aeropuerto. Papá no quiso acompañarnos. No sé si lo hizo por soberbia o porque no quería que viéramos sus ojos opacos llorar. Simplemente dijo que eso era demasiado lejos, como si lo hubiésemos invitado a una caminata. Guillermo, entre molesto y resignado, estuvo a punto de irse en taxi al aeropuerto para no dejar solo a Papá. Porque al final no hubo manera de convencerlo. Sólo yo vi a mi hermano abordar su avión sin escalas a Madrid.

Fue entonces que a mí, después de varios años habitando el otro extremo de la ciudad, se me ocurrió que Papá tendría que irse a vivir conmigo. Era lo más práctico, por no decir la única opción, ahora que Guillermo no estaba para relevarme. Pero como era de esperarse, no quiso. Alegó lo de siempre: que tenía su apartamento memorizado —aunque vivía amoratado de tantos golpes con la punta de la mesa—, que en mi casa hacían demasiado ruido los vecinos o incluso que allí tenía una buena vista de la montaña. Insistí hasta el cansancio, sin obtener resultado: Papá era una piedra con cuyo peso no podía yo solo. Ni siquiera las llamadas de Guillermo aconsejándole la mudanza —llamadas que yo mismo le solicité— pudieron convencerlo de lo conveniente de mi plan. El punto final en aquel debate ocurrió, tras días de machacona insistencia, cuando Papá propuso con toda firmeza que si era mucho joder que lo visitara, mejor olvidara de una vez que él era mi padre y me fuera yo también para el carajo. «Ya me las apañaré yo solo, como siempre», fueron sus palabras exactas.

Entonces me ofrecí a mudarme con él. No podía dejarlo solo y tampoco pensaba atravesar diariamente la ciudad para verlo: el tráfico no lo permitiría. Para mi despecho, Papá fue mucho más receptivo con esa idea, una que no representaba un cambio sencillo, después de todo lo que había costado mi precaria independencia. Pero me ahorraré esos detalles que no vienen a cuento.

Contaré más bien que Papá había sido periodista. Había dedicado su vida entera a la fotografía, a la áspera acumulación de periódicos y a convencerse de que su labor era de alguna manera histórica e importante. Todo ese pasado, húmedo y apestoso, se apilaba ahora en el pequeño cuarto de estudio que Papá mantenía cerrado, quizás reconociendo lo desabrida que resultaba para sus ojos la prensa añeja. El polvo y el comején eran los únicos que parecían tener algún interés en los kilómetros de papel amontonado en aquella habitación; ni siquiera nosotros, muchachos medianamente curiosos, nos habíamos molestado alguna vez en desvelar el pasado profesional de Papá. Supongo que para nosotros aquel era apenas un cuarto lleno de basura.

El dilema, no obstante, es que no había otro disponible, así que fue obligatoria la remodelación. En contra de la voluntad de Papá, derribé y recogí torres enormes de papel periódico amarillo, carpetas interminablemente amontonadas y rotuladas en rojo, y muebles adormilados por el paso de los años, acostumbrados ya a la capa de polvo que los recubría. Papá me escuchaba hacer, con rostro marchito. Supongo que aquello era para él una acción semejante a los saqueos de tumbas.

En tres rápidas noches había reordenado el cuarto lo suficiente como para instalarme allí de manera provisional. La idea era pasar algunas noches con Papá, contando siempre con mi refugio, mi apartamento, cuando la paciencia no resistiera ya más embates. Era un buen plan, a pesar de que el polvo me hacía tupir la nariz en la madrugada y de que Papá no aceptó deshacerse sino de un tercio —cuando mucho— de los muebles que allí tenía apilados. Es decir, que contaba yo con un espacio bastante limitado para vivir, lo cual me convertía en una especie de inquilino empobrecido. Los primeros días, Papá pareció contento de tener a alguien con quien hablar y discutir, alguien que le dijera el color de las cosas. Alguien a quien explicar constantemente lo justo e inevitable de su ceguera, después de haber usado tanto y tan maravillosamente sus ojos. Yo me esforcé por mostrarme siempre de acuerdo.

Creo haber dicho que Papá nunca entraba en su estudio. Ni Papá, ni nadie. Pero no hubo pasado una semana de mi apresurada invasión, cuando unas ganas misteriosas —es decir, caprichosas— le hicieron dirigir sus pasos hacia mi cuarto. Tuve que acostumbrarme a la idea de hallarlo allí dentro, sentado sobre mi cama improvisada, con algún pergamino desmigajado sobre las rodillas; o de pie, junto al aparatoso estante de madera, recorriendo los lomos de sus libros con la punta de los dedos. Apenas me sentía llegar se detenía, hacía dos veces un amago de pregunta y después se marchaba en completo silencio. Guillermo, a quien mantuve siempre al tanto del estado de salud de Papá —mediante correos electrónicos que él en raras ocasiones llegaba a responderme— insistía en que el viejo lo hacía por puro molestar, por hacer notoria su presencia. Pero lo que en un principio había sido un mero capricho, terminó convirtiéndose en un repetitivo gesto de melancolía y finalmente en una costumbre. La frecuencia de aquellas visitas se incrementó tanto con el paso de los días, que comenzaron a resultarme agobiantes y prácticamente tenía que obligarme a volver a su casa al salir de la oficina.

Cierto día le pregunté, en un tono que no admitía reproches, qué era lo que buscaba con tanta insistencia. Pareció haber estado esperando la pregunta. Tenía entre sus manos un sobre enorme y carcomido en las esquinas, del cual brotaron, vertiéndose sobre las sábanas, siete u ocho fotografías en blanco y negro. Ante mi repentino silencio, Papá me pidió que viera aquellas fotos y le dijera cuáles eran. Creo que a sus ojos, aquellos cuadritos de cartón eran portadores de significados ocultos, de memorias antiguas y dulces nostalgias que revivir, tristemente inaccesibles para quien las tomó. A los míos, en cambio, eran una colección de imágenes antiguas. Y es que yo nunca he sido bueno para esas cosas. Le dije que eran varias y le expliqué lo que mostraban: un hombre levantando las manos en señal de rendición, un niño blanquísimo con un dedo metido en la nariz, una chica morena de espaldas y con un bikini rojo, una pared repleta de graffitis, un caballo con una pata vendada, una mujer vestida tan sólo con un abrigo de piel. Pasé los recuadros de a uno en uno, con velocidad desdeñosa y voz un poco monocorde —«rezando una oración sin fe», me dijo Guillermo al contarle, amigo como es de las frases pomposas—, hasta que una de las manos de Papá detuvo las mías con violencia —«¡No, coño, así no!», dijo—, haciendo un gesto que casi era un puchero infantil. Es que así era Papá: irascible, pero ridículo en su rabia. Yo le respondí, no sin cierto rencor, si quería que le escribiera un poema de cada una. Como única respuesta dijo que no había forma en que un hijo suyo fuera tan estúpido. Después de eso abandonó en silencio la habitación.

Aún no sé por qué dediqué, esa misma noche, al menos una hora a juguetear con las dichosas fotografías. Dándoles la vuelta, descubrí la letra hormigueante de Papá marcando cada una con lo que podía ser un título: «Quijote», «Victoria», «Guanche», «Godiva», «Sísifo»; cada foto con su rótulo respectivo, inmerso en un código que obviamente no me correspondía a mí descifrar. Estaba seguro de que eran fotografías de mi padre —es decir, que las había tomado él—, pero a qué erudito concepto referían, o a qué significado hacían sus nombres alusión, no era algo que yo pudiera o pueda aún responder. Tras mucho hojearlas se me ocurrió que Guillermo probablemente habría tenido algo más interesante que decirle, de haber estado en mi lugar. Seguro que habría cautivado a Papá con alguna reflexión a partir de una pata de caballo, un niño sacándose los mocos o una morena en bikini. Yo no tengo ese don, de ver las cosas como parte de un catálogo de palabras; para mí las cosas terminan en sí mismas. Por eso no entendía a Papá, ni su afán por recordar sus viejas fotos o por revolver sus diarios podridos. Para mí, la ceguera de Papá terminaba en sus ojos. Para él, aparentemente, comenzaba en los míos.

Al día siguiente tomé el sobre con las fotos y me lo llevé bajo el brazo. De camino a la oficina se lo envié a Guillermo por correo, incluyéndole una nota aparte —para no profanar con mi letra aquellas obras de arte— en la que contaba el episodio de la noche anterior y le pedía su opinión al respecto. No me animé a decírselo a Papá, quien por suerte no mencionó de nuevo sus fotografías. Era como si las supiese perdidas en mis manos. De cualquier modo, me convencí de que habría preferido enviárselas a Guillermo, quien al menos habría sabido qué lugar darles en el mundo. Serían parte de su herencia. A mí, en cambio, me dejaría su ceguera, junto a los periódicos apilados por doquier. Para mí serían las cosas concretas. Las que no duran.

Al principio fue un gran alivio que Papá no extrañara sus fotografías: ni ésas, ni otras. Más bien, como ejerciéndose un castigo a sí mismo, suspendió sus visitas a mi habitación y respondió con un silencio terco las lecturas que, cada tres o cuatro días, le hacía de las pocas cartas de Guillermo en que no hablábamos de él. Con un talante ofendido fue ignorando selectivamente mis preguntas y mis comentarios sobre mi hermano, tratando de extenderles su ceguera por encima. Y yo fui dejando de hacerlos. Como queriendo ocultar a Guillermo bajo un manto negro, jugando como los magos a desaparecerlo, me lo fue arrebatando poco a poco de la boca. Cualquiera habría pensado que se encontraba muy molesto con él o conmigo, que intentaba demostrarme de una manera cortés lo tediosas que le resultaban mis lecturas. A mí me pareció que tal vez no tenía mucho que contestar; Guillermo, al igual que sus cartas o que las fotografías, se encontraban completamente fuera de su alcance. Y mi lectura y mis opiniones no hacían otra cosa que recordárselo, restregándole su ceguera, y supongo que también mi estupidez, en los oídos.

No tardó en llegar el día en que desayunamos sin dirigirnos una palabra. Más allá de un asentimiento o de un gesto de fastidio, Papá ni siquiera se percató de mi presencia: los sermones matutinos y las quejas de rigor sonaron esa vez solamente en mi cabeza. Me pregunté si estaría enfermo o deprimido, o si habría algo que pudiera hacer para animarlo. Incluso me pregunté si extrañaría poder observar sus propias fotos, sin necesitar de un ayudante torpe como yo. Ese día llegué a la oficina en un completo silencio, contagiado por aquel extraño mutismo, y le escribí a Guillermo casi de inmediato, transmitiéndole mi nueva preocupación. Su respuesta, que llegó con inesperada prontitud, decía que la ceguera de Papá se había tragado también nuestras palabras. Y ya. Semejante explicación parecía bastarle, pues no mencionó más el asunto en su mensaje. Me envió en cambio un par de fotografías de Granada, su nueva ciudad: imágenes que ya no valía la pena describirle a Papá y que deseché al instante de mi correo electrónico. Pocas veces me he sentido tan culpable como al momento de cerrar con un suspiro la ventanita del buzón del correo electrónico. Se me ocurrió que nuevamente le arrebataba al viejo la visión, negándole mis ojos para ver dos o tres fotos de mi hermano en el extranjero. Me sorprendió ese gesto mezquino, vengativo, una nueva sentencia para quien está más que condenado. Esa noche me fui temprano a mi apartamento y le expliqué a Papá por teléfono que tenía mucho trabajo y pasaría la noche poniéndome al día. «Vale, ya yo veré», me respondió con parquedad. No sé bien a qué se refería, ni traté de preguntárselo. Pero esa misma noche tomé la decisión de regresar cuanto antes a vivir en mi apartamento. Y al contrario de lo esperado, no obtuve de Papá un solo reproche, cuando me atreví a decírselo unos días después. No se mostró ni triste ni contento. Quizás sencillamente no me vio salir.

La noche en que Papá murió no hubo nadie a su lado. No sé si eso sea bueno o no, ni sé si así lo hubiese preferido. Guillermo tampoco lo sabe. Al principio pensé que era mi culpa, que debía haber estado allí cuando ocurriera y que debí sujetarle la mano, decirle que todo iría bien, que no tuviese miedo o algo por el estilo. Tampoco soy bueno para esas cosas. El punto es que no nos fue posible: tanto mi hermano como yo nos enteramos un día después de su muerte. Yo, porque al llegar de visita hallé a Papá tendido boca arriba sobre su cama; y Guillermo, porque al día siguiente le escribí un correo electrónico desde la oficina. Ninguno de los dos vio venir el infarto a tiempo. Ninguno lo visitó antes de que muriera, o lo vio por última vez para despedirse. La ceguera de Papá terminaba realmente en nosotros.

Guillermo llegó de España dos días después, cuando sólo esperábamos por él para llevar a cabo el entierro. Las fotos, me dijo, todavía no le habían llegado.


Gabriel Payares por Katya Adaui
Foto: Katya Adaui

Gabriel Payares (Londres, 1982) Escritor venezolano. Licenciado en Letras por la Universidad
Central de Venezuela (Caracas), Magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (Caracas) y Magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Buenos Aires). Autor de los libros de relatos Cuando bajaron las aguas, Hotel y Lo irreparable. Ha recibido numerosos galardones nacionales como cuentista, entre los que destacan el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, 2008), el 66º Concurso de Cuentos del diario El Nacional (Caracas, 2011), el Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt (Maracaibo, 2014) y una primera mención en el XIII Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar (La Habana, 2014). Muchos de sus relatos se recogen en diversas antologías y aparecen en portales digitales y revistas de literatura. Reside en Buenos Aires desde 2014.

 

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