#Perfil | Martín Sancia Kawamichi: el samurai de la palabra

Por Angie Pagnotta

Un bar del Abasto nos sirve de escenario para, entre cafés, risas y silencios, descubrir los conjuros poéticos de Martín Sancia Kawamichi, un escritor que, casi sin buscarlo, es uno de los más relevantes de los últimos tiempos.

De algún modo, los rituales y las metodologías de trabajo para abordar una tarea —sea creativa, lúdica o laboral— son escogidos y realizados por algunas personas, incluso cuando el proceso no está del todo resuelto en la cabeza, incluso cuando se trata más de un movimiento autómata que de una elección consciente. Se trata de acciones que, simplemente, hacemos para avanzar y crear aquello que construimos. De un modo u otro, la contraposición oriental-occidental nos hace ver el contraste que supone para ambas culturas la realización de una tarea, allí, entonces, se evidencian las diferencias y también los puntos de contacto.

La cultura japonesa, por ejemplo, contempla una serie de rituales que están relacionados a la profundidad y a lo superfluo, por ejemplo, los rituales vinculados a la comida, la cocina y la ceremonias del té, las prácticas de respiración y relajación, o también la forma de curarse y de ahondar en la purgación para luego avanzar en la labor que se propongan. Entre otras cosas, la cultura oriental aplica una serie de técnicas según el nicho en el que intenten inmiscuirse. En el caso del arte, la guerra y las artes marciales (solo por nombrar algunos aspectos), los japoneses utilizan la sabiduría como una estrategia, llevando al máximo sus capacidades y así fortalecieron aspectos espirituales, tan necesarios como una buena armadura.

En cuanto a los puntos de contacto, éstos tienen que ver con algo simple y mundano: la utilización de estupefacientes, alcohol o algún recurso adicional que ponga en evidencia la parte inconsciente sobre la consciente y así se liberen energías y pensamientos que, de otro modo, no se podrían exteriorizar tan fácilmente.

En este sentido, por ejemplo, sabemos que Truman Capote escribía las primeras versiones de sus textos a mano y con lápiz. Se describía a si mismo como “un autor completamente horizontal” ya que escribía acostado en su cama o un sillón, con un cigarro y algo para beber. ¿Qué tomaba? Según sus palabras: “a medida que avanza la tarde, cambio de café a té de menta, y de jerez a martinis”.

Por su parte, Ernest Hemingway disfrutaba del alcohol como su colega Capote y también disfrutaba de hospedarse en hoteles para poder escribir mejor. Así es que se ponía a trabajar bien temprano por las mañana y escribía al igual que Capote, con lápiz y en hojas tamaño carta. Al finalizar una página la insertaba bocabajo en un sujetapapeles que tenía en su escritorio. La máquina de escribir la utilizaba para fragmentos que consideraba más sencillos, como lo pueden ser los diálogos. Además, el autor de El viejo y el mar llevaba un recordatorio de su trabajo diario, en una hoja ponía los detalles de su escritura y éste papel lo pegaba en la pared.

Martín Sancia Kawamichi, escritor argentino con un tinte sanguíneo japonés, nacido en 1973 y criado en barrios disímiles pero también cercanos como Caballito, Lanús, San Telmo, Villa Celina y el microcentro porteño, es una de las voces narrativas del momento. Al hablar, la cadencia de su voz, las palabras y el halo íntimo de ciertas respuestas marcan la senda de un hombre que, a esta altura, no le tiene miedo a sus propios fantasmas ni a sus propias oscuridades, sino más bien todo lo contrario. En absoluta concordancia, creo yo, con la fusión oriental-occidental pero también con las enumeraciones anteriores donde la fortaleza, entonces, se convierte en una pluma visceral como la de Sancia Kawamichi.

¿Identificás algún ritual de escritura?

Por suerte no tengo rituales para escribir. Sí necesito del ruido, porque el silencio me parece un estorbo, una llaga. No soporto el silencio. Quizá porque soy peronista y creo que no hay nada más antiperonista que el silencio…Hay algo que, ahora que lo pienso, suelo hacer: cada tanto dejo de escribir unos instantes y juego con algunos de mis gatos. Tengo tres: Satánica, Nemuke y Cerebro. Los molesto, los fastidio, hasta que se enojan y entonces vuelvo a escribir.

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Su búsqueda por la literatura infantil lo llevó a ser doble ganador del premio Sigmar, primero en 2014 con su novela Los poseídos de la Luna Picante y luego este año con Todas las sombras son mías, pero la sacudida llegó cuando Sancia Kawamichi aterrizó con su estilo y su prosa poética en el terreno adulto con dos novelas que rompen con todo: Hotaru, ganadora del concurso extremo negro BAN! 2014 y Shunga, publicada por Evaristo Cultural, una novela audaz, cargada de imágenes, erotismo y perversión que a pocos meses de ser publicada, agotó su primera edición.

Lo sorprendente al leer su literatura para adultos es entender cómo un escritor así, de ese tipo de lenguaje, de hallazgos, de prosa, se perfila para un mundo completamente disímil como es el terreno infantil. En ese sentido, Sancia Kawamichi supo que la carga de su vida era muy limitada y su infancia tampoco tenía nada de especial o fuera de lugar para invocar recuerdos o invenciones relacionadas al pasado, entonces pensó que su prosa tenía que ser pulida, consistente y con una poética funcional a un niño pero con una escritura trabajada.

Entonces, tras su paso por lo infantil y su regreso al mundo de adultos se dió cuenta de que no le interesaban los mismos temas que había abordado antes y hubo un cambio radical. Allí nacieron sus novelas japonesas, eróticas, lisérgicas y que profundizan entre lo fantástico y lo extremo.

¿Qué es lo que te atrapa de una historia que leés? ¿Tenés identificadas temáticas, estilos o sensaciones sobre tus lecturas?

Lo que más me atrapa, supongo, es la voz del narrador. Creo que lo demás, si bien es importante, juega un papel secundario. Ni siquiera un personaje interesante me atrae más que la voz del narrador. En cuanto a temas o argumentos, no podría decirte. Por ejemplo, dos de las novelas que más me han gustado en los últimos años son “El último chiste del Gran Jacobi”, de Eduardo Goldman, y “La habitación alemana” de Carla Maliandi. Me volvieron loco. Son extraordinarias. Pero las historias de esas novelas no sé si me hubieran atraído en otras manos. Fueron la escritura de Goldman y la de Mariani las que me llevaron a interesarme por las historias que contaban.

Entre sus referentes literarios está Jorge Luis Borges, quién lo impactó con El Aleph y  fue con Borges con quién comprendió la dimensión de lo que un escritor podría llegar a producir. Luego llegó el uruguayo Juan Carlos Onetti y ahí le quedó claro el camino que estaba buscando. En Onetti encontró un mundo nuevo, a tal punto que Sancia Kawamichi puede identificar qué textos son o no del autor. ‘‘Con Onetti pude descifrar el trabajo de la prosa, con él me quedó absolutamente claro el trabajo de un escritor y nada de lo que había leído antes se parecía a él. Eso me impactó’’.

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El autor de Hotaru y Shunga, distingue la importancia que el autor de La vida breve le da a los silencios, a la respiración del texto y a la calidad de la prosa. Muchas de esas cualidades que menciona Sancia Kawamichi son las mismas cualidades que se pueden apreciar al leer sus novelas. En Shunga, por ejemplo, la trama de la novela arrastra al lector desde el argumento: Hotaru —a quién no le ha sido dado el don del llanto— decide contratar a tres hermanas para que lloren la muerte de su amada esposa Oriko, pero las muchachas han sido entregadas por su padre a la demencia de un lunático usurero, el gigante Kazuma, pota perverso que junto a cuatro monos nibonzaru, las tiene esclavas en su árbol, sometidas a delirantes y obscenos caprichos que recopila en un libro erótico narrado e ilustrado por él mismo.

Las dos novelas abundan en imágenes, en una construcción valiosa de personajes y una prosa atractiva que te conducen a lo intenso al leer fragmentos como:

Oriko se quitó el kimono floreado y miró el río unos segundos. Taru quiso ir de a poco: primero le miró el hombro izquierdo, que tenía forma de mordisco, y al mirar el derecho tuvo un mal presentimiento. ¿Qué pasaría si Oriko, por la razón que fuera, decidía ahogarse? ¿Iría a socorrerla así vestido, con esa yukata y esa peluca de alfalfa? ¿O la dejaría morir? Pero sus presentimientos, tanto los malos como los buenos, eran solo camino que él tomaba para no pensar. Y en ese momento necesitaba eso: no pensar.

O

Ver el amanecer, que hoy si es rojo y parece desollado, ver a las cuatro muchachas vendadas, inmóviles porque temen caerse, estremecidas de rocío, y saber que esa imagen es mía, creación mía, me hace sentir más que un artista: me hace sentir sagrado.

¿Tenés alguna frase que te haya marcado en cuanto a la literatura?

Elijo algunas al azar:

Joyce: La arena es lenguaje que el mar ha sedimentado allí.

Oscar Wilde: La literatura siempre anticipa la vida. No la copia, sino que la moldea a su voluntad. El siglo diecinueve, tal como lo conocemos, es mayormente una invención de Balzac.

Borges: Cada autor crea a sus precursores.

 

Sancia Kawamichi tiene el poder de cautivar y seducir a través de su escritura. No hay dudas, definitivamente lo logra. Sus novelas, tan brutales como apasionantes, tienen además el plus de lo meta literario ya que cuentos y poesías —dignas de ser compiladas para formar parte de un nuevo libro— están ofrecidas al lector. Sancia Kawamichi otorga un profundo trabajo a la creación de imágenes y personajes que se desdoblan y se retroalimentan en una narración que lo da todo por el todo, a cada capítulo. Una vez leída esta nota, no hay mejor forma de conocer más a este autor que ir a comprar sus libros, leerlos y encontrar entre las páginas las claves que hacen de Sancia Kawamichi un samurai de las palabra, un artesano incansable de lo profundo.

 


Angie Pagnotta Foto 2018ANGIE PAGNOTTA es periodista, editora y escritora. En 2012 fundó Revista Kundra –literatura aleatoria– y el portal de arte y cultura Baires Digital. Trabaja como periodista en varios medios de Argentina y Europa escribiendo crónicas de viajes, entrevistas, perfiles y notas del ámbito cultural y artístico. Su primer libro de cuentos «Memoria de lo posible» salió en marzo 2017 por la editorial Peces de Ciudad. Escribió  «Nada que no quieras» (novela), «Los desiertos efímeros» (poesía) y el libro de cuentos «Un segundo antes» Materiales inéditos. Su blog literario es www.matesliterarios.blogspot.com

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