#Reseña | Adentro tampoco hay luz, de Leila Sucari

Título: Adentro tampoco hay luz
Autora: Leila Sucari
Editorial: Tusquets
Año: 2017
208 páginas

Una sordina para el desastre

 

Por Hernán Bergara

Adentro tampoco hay luz es una novela de miradas al ras: personajes que no levantan la vista. Así empieza, de hecho: la preadolescente que narra se encuentra con los pies de una mujer que le tapa el sol: su abuela. Quizá ese modo de ver, encandilado por el sol o limitado por su ausencia, propicia esta novela que es casi una ficción de listas, de distribución escombrosa, propia del descubrimiento antes que de la clasificación. De la observación antes que del saber.

Es quizá por eso que toda otra mirada que interactúa con la de la narradora se vuelve más o menos cómica. Su madre, que le señala a modo de estribillo “no entendiste nada”, habla desde las certezas enajenadas del discurso new-age. Su abuela, matriarca de la casa de campo que es escenario de la novela, eclipsa entusiasmos incipientes (incluidos los propios) con certezas al mismo tiempo metafísicas y harto terrenales. Estas dos voces, que en una novela dócil a las modas deberían ser el centro de ceñudas objeciones, aparecen aquí algo asordinadas y, por su lejanía, algo simpáticas.

Sospecho que es ese asordinamiento el que mantiene el caos de las acciones bajo las formas de lo tenue. Un desastre familiar o la familia como desastre: estamos también frente a los distintos modos del desoír. Asombra que, con estas bases, la novela no sea “psicológica” (inmenso gesto de resistencia en un país freudista, es decir, en un país que no sabe absolutamente nada de Freud pero que usa algunas de sus categorías para darle verosimilitud al daño): aquí hay percepción y anotación, en un efecto de pura exterioridad. Y el efecto se tensa mejor contra otras dos elecciones: la de narrar en primera persona (una primera persona que la autora despega de toda baratija del yo) y el encadenamiento de escenarios cerrados, o de encierro: la casa de campo a la que se destina a la narradora sin demasiada explicación, el vientre hediondo de una chancha con embarazo psicológico, el de una mujer que pare una criatura decepcionante, una habitación casi tapiada, un placard donde se oculta a un lagarto, un auto del que no se puede salir ni bajar la ventanilla, un pecho y una memoria que se abren a la soledad, un pozo para terapia con barro que se parece a una fosa, espacios varios para daños íntimos y oscuros.

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Una escena de la propia novela se hace muy pertinente aquí: las hormigas, según la narradora, están “concentradas en el suelo, con la vista fija en el objetivo. No pueden mover el cuello. Son insectos diseñados para mirar hacia el futuro. Nunca dudan” (73). Al ras del suelo, el futuro no es sino una intuición, sólo accesible con la nariz y la mirada en la tierra. Sólo desde aquí, es decir desde la tentativa casi ciega por inmediata, tentativa de hormiga, podría pensarse que es esta una novela de aprendizaje.

El tratamiento cruel de ese género es parte de una lógica general de corrimientos, de desoíres parciales que Leila Sucari pone en juego para su novela y que echa a rodar además entre sus personajes. Último elogio del desoír: “desoír” se parece a “desaire”. La inteligencia del desaire de esta novela la recorta de toda obediencia vigente. Toda omisión es invisible, pero Leila Sucari parece ver lo innecesario como uno ve una estación de servicio, e insiste en lo pasajero hasta volverlo necesario. Sin subrayar, sin pedir atención. Sin impostar un orden, sin pedir posición, sin obligaciones éticas de Concejo Deliberante. En la erótica de esas ausencias está la potencia ficcional y política de la novela.


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Hernán Bergara: Escritor y compositor musical. Desde hace diez años está radicado en la ciudad de Puerto Madryn. Publicó su primer libro de relatos, Papeles (2011), y en 2016, El Manual de Fluctuaciones, traducido y presentado en Tokio, Japón, y reeditado en edición cartonera por la editorial trelewense El Piche Cartonero en 2018. En 2017 publica, junto con Marcelo Eckhardt y David Fiel, Cajón desastre, ensayos ajenos a operaciones académicas obligatorias. Estudia detenidamente la obra de Alberto Laiseca.  

 


Foto portada: Adolfo Rozenfeld

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